Acto de desprendimiento de San Josemaría

El siguiente texto ha sido extraído del libro “El Fundador del Opus Dei” de Andrés Vázquez de Prada (Volumen II, Capítulo XIII).

colegiata(…) A las puertas del otoño, antes de empezar el nuevo curso, don Josemaría se hallaba tan agotado que fue preciso que se retirase a descansar por unos días a La Granja, un pueblo cerca de Segovia. Allí, acompañado de Ricardo Fernández Vallespín, escribía y paseaba.

La mañana del jueves, 25 de septiembre, se quedó en el hotel. En parte por el tiempo, con nubes grises y llovizna. Sobre todo por la urgencia que sentía de comunicar a Álvaro del Portillo la noticia que le abrasaba el alma:

Hoy ofrecí el Santo Sacrificio y todo lo del día por el Soberano Pontífice, por su Persona e intenciones —le escribía—. Por cierto que, luego de la Consagración, sentí impulso interior (segurísimo, a la vez, de que la Obra ha de ser muy amada por el Papa) de hacer algo que me ha costado lágrimas: y, con lágrimas que me quemaban los ojos, mirando a Jesús Eucarístico que estaba sobre los corporales, con el corazón le he dicho de verdad: “Señor, si tú lo quisieras, acepto la injusticia”. La injusticia ya imaginas cuál es: la destrucción de toda la labor de Dios.

Sé que le agradé. ¿Cómo me iba a negar a hacer ese acto de unión con su Voluntad, si me lo pedía? Ya otra vez, en 1933 ó 1934, costándome lo que sólo Él sabe, hice otro tanto.

Hijo mío: ¡qué hermosa mies nos prepara el Señor, después que nuestro Santo Padre nos conozca de verdad (no, por calumnia) y nos sepa —tal como somos— sus fidelísimos, y nos bendiga!.

Al igual que en 1933, aunque esta vez dentro de la misa, don Josemaría se sintió movido interiormente a ofrecer en holocausto al Señor, con su misión fundacional, todos los apostolados de la Obra. Acababa de hacer la Consagración cuando, de pronto, el Señor le pidió que aceptase, libremente, la destrucción de la Obra, la criatura divina que trabajosamente sorteaba entonces una campaña tremenda de insidias. No se trataba de una vaga posibilidad de entrega sino de una exigencia real y actual. Y, en un arranque heroico de desprendimiento, el sacerdote hizo el sacrificio, en acto de unión con su Voluntad, de algo que le era mucho más precioso que su misma vida.

jardinesEse ofrecimiento era el remate de nueve años de docilidad y absoluta sumisión a la Voluntad de Dios. En efecto, allá, por 1932, había escrito en sus Apuntes: Señor, tu borrico quiere merecer que le llamen el que ama la Voluntad de Dios . Muchas obras de amor y de obediencia habían florecido desde entonces en la Cruz. Con esta segunda muestra de amorosa aceptación del Querer divino, el Fundador se había hecho merecedor del título, y el Señor ya no volvió a someterle a esa dura prueba.

Sus sufrimientos culminaban así en la Cruz, que es signo eterno de predilección divina. Bien se lo recordaba Mons. Carmelo Ballester, Obispo de León, cuando, refiriéndose a la campaña organizada contra su persona, le escribía: «el Señor le quiere mucho, puesto que le lleva por el camino real de la Cruz».

Dolor y felicidad se le hacían al sacerdote —humana paradoja— una misma cosa. Lo único que le importaba era hacer la Voluntad divina. Mejor dicho, entregarse con toda su alma a la Voluntad de Dios, ya que los perturbadores sucesos de aquellos años no le apartaban de ella. Al contrario, como diría reflexionando sobre las pasadas injusticias:

Nos acercaban a Él; nos crucificaban con Cristo y nos hacían ver —yo lo contemplo ahora con una claridad meridiana— que los padecimientos que experimentamos los hombres son justos.

Pero, no nos engañemos. Esa unión con el Querer divino no le venía sin una titánica lucha entre el “hombre viejo”, del que habla san Pablo, y el niño renacido de la gracia. La consideración de la filiación divina —el saberse hijo de Dios— era el bálsamo con que ungía las heridas recibidas en aquella dura campaña, según explica por carta a Álvaro del Portillo:

Alvarote: pide mucho y haz pedir mucho por tu Padre: mira que permite Jesús que el enemigo me haga ver la enormidad desorbitada de esa campaña de mentiras increíbles y de calumnias de locos; y el animalis homo se alza, con impulso humano. Por la gracia de Dios, rechazo siempre esas reacciones naturales, que parecen y tal vez son llenas de sentido de rectitud y de justicia; y doy lugar a un “fiat” gozoso y filial (de filiación divina: ¡soy hijo de Dios!), que me llena de paz, de alegría y de olvido.