1. Anamnesis

Anamnesis –que los médicos pronuncian acentuando la «e»– es una palabra griega que significa «recuerdo». El Diccionario de la Real Academia dice que en Medicina «anamnesis» es la «parte del examen clínico que reúne todos los datos personales, hereditarios y familiares del enfermo, anteriores a la enfermedad». El doctor Ortiz de Landázuri –don Eduardo–, formado en la escuela del profesor Jiménez Díaz, había adquirido la convicción de que la historia clínica es la parte fundamental de la actividad del médico. Una buena historia es decisiva para el diagnóstico, pronóstico y terapia.

Este libro es como la anamnesis del propio doctor Ortiz de Landázuri, no para tratar de su enfermedad, sino de su vida, en la que durante tantos años gozó de una excelente salud, tanto física como moral. Es el fruto de un largo diálogo con el propio Ortiz de Landázuri, a través de sus papeles, y con decenas de gentes que lo conocieron, trataron y convivieron con él.

Curiosamente, don Eduardo había comenzado en 1967 una especie de diario, en el que quiso dejar constancia de todos los trabajos y gestiones realizados en relación con la Facultad de Medicina, la Clínica Universitaria y la Asociación de Amigos de la Universidad de Navarra. Les puso el título de «Entrevistas», y a ellas fue incorporando, poco a poco, una buena parte de su correspondencia. Esos documentos, que se iban encuadernando en gruesos tomos de cartoné rojo, en cuyos lomos figuraban con letras de oro el título, las fechas y la numeración, sumaban treinta y cuatro volúmenes a su muerte. Además, había ido reuniendo otros papeles y el resto de la correspondencia en otros tantos archivadores y carpetas.

Todo este material, que se guardaba en la Clínica Universitaria, pasó, de acuerdo con su voluntad, al Rectorado de la Universidad, y se depositó en los sótanos del Edificio Central.

Cuando aceptamos el compromiso de escribir este libro, desconocíamos la existencia de tan rico filón de datos. Al ver físicamente el conjunto de documentos, nos invadió un doble sentimiento de sorpresa y recelo. Pensamos entonces que el estudio y análisis de aquellos copiosos y heterogéneos textos nos iba a exigir un trabajo ímprobo, pero a la vez nos daba la confianza de topar con unas fuentes directas, auténticas, ricas, que nos sustentarían la investigación.

Un primer examen de aquel material puso, sin embargo, de manifiesto que los datos más relevantes para esta biografía estaban excesivamente dispersos en miles de páginas, en innumerables relatos, minuciosamente detallados, de sus idas y venidas, de sus entrevistas y conversaciones con personas muy diversas, de los múltiples diálogos con responsables de la Administración Pública sobre las gestiones relacionadas con la Clínica y la Asociación de Amigos de la Universidad. En este océano de papeles surgían de vez en cuando valiosos testimonios personales, destellos de su propia vida.

Pensamos entonces que este acervo documental necesitaba la vibración del testimonio oral de quienes le habían tratado de cerca –familiares, colegas, discípulos, colaboradores, pacientes…– y podían aportar recuerdos de hechos vividos que nos ayudaran a componer mejor la imagen de don Eduardo, complementando la que ya teníamos personalmente por haberle conocido a lo largo de tantos años. Estas conversaciones consumieron muchas horas de grabación y de anotaciones, y exigieron viajes a las ciudades clave en la vida de Ortiz de Landázuri. Tenemos que agradecer especialmente la colaboración de su mujer, Laurita, con la que hemos pasado horas inolvidables en su propio hogar.

Todo este trabajo planteaba, cada día, horizontes nuevos. Por una parte, progresábamos en la investigación, descubriendo panoramas inéditos, como cuando se corona una nueva cima; y, por otra, surgían interrogantes, suscitados por los mismos hallazgos.

Tras esta fructífera labor de búsqueda, no sólo encontramos respuestas, sino también preguntas que nos incitaron a consultar exhaustivamente la documentación que, providencialmente, nos aguardaba, clamando desde el silencio de aquel oscuro sótano; fue un trabajo comparable al de quien busca las pepitas auríferas en el limo confuso de un torrente.

Si escribir un libro implica un riesgo, que exige lograr un equilibrio entre la objetividad y la amenidad literaria, este riesgo se acrecienta en el caso de la biografía, que requiere un especial anclaje en la realidad, con exquisito respeto al rigor de los datos. Y el riesgo es mayor cuando la persona biografiada es un contemporáneo, cuyos rasgos –su imagen, su mirada, su figura, sus palabras, su modo de andar, incluso el timbre de su voz– siguen vivos entre quienes le conocieron.

Todo retrato es un paisaje humano, y por ello cada uno de nosotros tenemos una perspectiva personal de los demás. Habitualmente nos formamos una imagen limitada de quienes conocemos, porque difícilmente alcanzamos la totalidad de su personalidad y su vida. Conscientes de esto, hemos procurado reunir el máximo de testimonios e interpretaciones, y los hemos puesto a la luz de los momentos –a nuestro juicio– más relevantes de la vida de Ortiz de Landázuri.

Además, una vida tiene su espacio y tiene su tiempo. Un tiempo que no es puramente cronológico, sino que se adensa o se distiende por obra del tiempo interior. Y un espacio que no es inerte, sino que constituye el escenario del desarrollo de la peripecia vital. Hemos querido reflejar el trasfondo tópico y crónico de la vida de Ortiz de Landázuri sin pretender agotarla, dejándole hablar a él y a los hechos de su vida.

Toda selección implica renuncia. El desarrollo de cualquier vida ofrece fechas y sucesos de especial significación que destacan del fluir cotidiano. Hemos intentado reconstruir la biografía de don Eduardo sobre los momentos claves de su itinerario vital.

Es evidente que en este libro son «todos los que están», aunque no estén «todos los que son». Pasaron por su vida tal cantidad de gentes que, por más esfuerzo que se hiciera, sólo se podría conseguir el testimonio o la presencia de una proporción muy reducida. Además, si este libro, al ser leído, suscitara nuevos testimonios, los autores se sentirían felices al haber contribuido a la conservación de esos recuerdos.

Hay cuatro ciudades en la vida de Eduardo Ortiz de Landázuri. Son cuatro escenarios que se suceden y confunden, para componer ese decorado de fondo que tiene toda existencia humana. Son cuatro ciudades y cuatro paisajes muy distintos, que se combinan y entrecruzan en armónico ritmo. Constituyen una composición pictórica, sí, pero a la vez musical. Componen una melodía, con su tempo y su tema, un discurso apoyado en esos cuatro motivos, en estas cuatro ciudades.

Son ambientes urbanos hechos de casas, de calles, de plazas. Y también de familiares, de vecinos, de amigos, de compañeros, de gentes anónimas. Las cuatro ciudades son: Segovia, Madrid, Granada y Pamplona.

Nació en 1910 en la capital castellana y en ella pasó sus primeros años. En realidad Segovia no le abandonó nunca, aunque viajara o cambiase de trabajo y domicilio. Segovia es su infancia y, por lo tanto, como dijo el poeta, su patria. Es también la tradición familiar, que se suma a sus raíces vascas —Landázuri significa «campo blanco»—, y un mandato de lealtad irrenunciable. «Soy segoviano y me honro en serlo, por ser hijo de artillero», escribirá muchos años más tarde, en 1982, a su amigo Carlos Postigo.

Madrid es otro cuadro que se ofrece como telón en muy distintas etapas y con muy diversos ambientes. Está el Madrid casi galdosiano de su adolescencia y el ilusionado Madrid de un joven universitario que además vibra con las esperanzas truncadas de toda una generación que creyó en la República. Y todo esto se rompe con la tragedia de la guerra, con la muerte de su padre, con los heridos que atiende como médico de campaña.

Madrid sigue siendo el escenario para un Eduardo que lucha por sacar adelante una familia y mejorar en su trabajo. Y Madrid volverá a ser un continuo punto de referencia, porque allí hay que acudir ineludiblemente para continuar los deberes filiales, para realizar las gestiones indispensables, y para frecuentar el ámbito del trabajo del maestro y sus antiguos colegas.

Granada es otra cosa. Es el relumbrón y el éxito, el color y la gracia de una ciudad mágica y hermosa que acoge al médico de prestigio, al padre de familia, al hombre con fuerza que triunfa por sus ganas de servir. Es una etapa relativamente corta, pero luminosa y única.

Y queda Pamplona, la cuarta ciudad, unida antes a su vida porque en su fuerte San Cristóbal cumplió condena su padre, en 1926, cuando la rebelión de los artilleros. Eduardo reencuentra así su cuarto paisaje. Adoptando una decisión dura, difícil, comprometida. Pamplona es por ello la entrega, el sacrificio y la continuidad del trabajo. Es la Clínica y es la Universidad. Es la obra de su vida.

Las cuatro ciudades tienen cerca cumbres relevantes: el Guadarrama, Sierra Nevada, los Pirineos…, que señorean vegas, huertas o llanadas. Esta combinación de fuerza y fertilidad, de reciedumbre y generosidad es el paisaje que acompaña toda la vida de Eduardo Ortiz de Landázuri, un hombre que hizo del amor a Dios, a su familia, y a las gentes que conoció, de la entrega, de la lealtad y del trabajo, el argumento de su vida.

Pero, aún más que la tierra, son las gentes las que marcan, a veces indeleblemente, los rasgos de una existencia. Por la de Eduardo Ortiz de Landázuri pasaron muchas gentes: en las más él dejó una huella. Otras muchas dejaron huella en él. Hay cuatro personas, sin embargo, sin las cuales él es inexplicable: su padre don Manuel Ortiz de Landázuri, su maestro don Carlos Jiménez Díaz, su esposa Laurita, y san Josemaría Escrivá.