10. En el Estudio General de Navarra

En la primavera de 1952, José Javier López Jacoiste llamó a su hermano Fernando, para preguntarle cuántos estudiantes podrían inscribirse si se abriera una Escuela de Derecho en Pamplona. Fernando hizo la cuenta, considerando los pamploneses que estudiaban por libre y los que había en la Universidad de Zaragoza, y respondió:

– Doce o trece.

Pocos meses después, sonó el timbre en su casa. Fernando abrió la puerta y se encontró a un joven con bigote, que se presentó inmediatamente:

– Yo soy Ismael Sánchez Bella, ¿tú quién eres?

– Yo soy Fernando –respondió.

– ¡Estupendo! –dijo el recién llegado–, ya te he inscrito en el Estudio General de Navarra.

Fernando pidió aclaraciones:

– ¿Pero qué vais a enseñar ahí?

– Derecho –contestó el profesor Sánchez Bella.

– Sí, ¿pero qué cursos?

– Pues primero.

– ¡Ah!, pues entonces no me interesa –dijo Fernando, que añadió que acababa de aprobar primero, como estudiante libre, en Zaragoza.

Sánchez Bella le desconcertó con su respuesta.

– Pero puedes volver a empezar.

Ismael Sánchez Bella, que había ganado la cátedra de Historia del Derecho en la Universidad de La Laguna, acababa de llegar a Pamplona procedente de la Universidad argentina de Rosario, con el propósito de poner en marcha nada menos que una Universidad. Ya en el salón de la casa, charló con la madre de los López Jacoiste, y le contó sus planes. Pocos días más tarde, la madre de Fernando le dijo a su hijo:

– Fernando.

– ¿Qué, mamá?

– ¿Sabes qué he decidido? Que empieces de nuevo Derecho en el Estudio General.

Y así, Fernando se convirtió en el primer alumno de aquel centro, que inició su primer curso académico en un aula instalada con sobriedad y gusto en el edificio medieval de la Cámara de Comptos. La Diputación había concedido una ayuda de 150.000 pesetas, por dos años…, y a prueba.

Con Ismael Sánchez Bella fueron viniendo a Pamplona otros catedráticos de Universidad (Juan Jiménez Vargas, Federico Suárez, Antonio Fontán…), y un grupo de doctores y licenciados que impulsaron los primeros centros universitarios.

Años más tarde, monseñor Josemaría Escrivá de Balaguer, respondiendo a una pregunta de un periodista sobre la historia de la Universidad, contestó diciendo:

– La Universidad de Navarra surgió en 1952 –después de rezar durante años: siento alegría al decirlo– con la ilusión de dar vida a una institución universitaria, en la que cuajaran los ideales culturales y apostólicos de un grupo de profesores que sentían con hondura el quehacer docente. Aspiraba entonces –y aspira ahora– a contribuir, codo con codo, con las demás universidades, a solucionar un grave problema educativo: el de España y el de otros muchos países, que necesitan hombres bien preparados para construir una sociedad más justa.

En efecto, esta labor apostólica había sido, por muchos años, un tema constante de la oración de san Josemaría Escrivá. En el piso en el que se alojaron algunos de los primeros profesores del entonces Estudio General de Navarra se guarda una fotografía fechada en Roma en marzo de 1954, con dedicatoria de puño y letra del Padre, en la que bendice a aquellos pioneros e insiste en lo mucho que había rezado por la Universidad.

Cuando don Eduardo se incorporó al Estudio General de Navarra como profesor de Clínica Médica en el curso 1958-59, el panorama ya era muy diferente al no tan lejano curso inicial de 1952-53. En aquellos seis años habían salido ya dos promociones de abogados de la Escuela de Derecho, se alcanzaba el quinto curso en Medicina, y llevaban varios años de funcionamiento la Escuela de Filosofía y Letras, y la de Enfermeras. En ese curso 1958-1959 se pusieron en marcha el Instituto de Periodismo –embrión de la futura Facultad de Ciencias de la Información–, y el Instituto de Estudios Superiores de la Empresa (IESE) que, dependiente del Estudio General, comenzaba sus actividades en Barcelona. Se inauguró también Aralar, el primer Colegio Mayor, con lo que se ampliaban las plazas para estudiantes venidos de fuera, ya que hasta entonces sólo había un par de pequeñas residencias, una de chicas y otra de chicos.

Las Escuelas se habían instalado en edificios dispersos en la ciudad –la Cámara de Comptos, el Museo de Navarra, el Hospital de la Diputación, al que se unía un nuevo edificio en construcción–; y el Rectorado ocupaba un piso en la plaza del Castillo. Algunas bibliotecas tuvieron que instalarse también en pisos de la parte vieja de la ciudad. Con todo, se trataba de unos comienzos modestos, y el número de los estudiantes rondaba los cuatrocientos.

Don Eduardo y Laurita partieron con los niños de Granada, en el Austin, muy temprano, el 25 de septiembre de 1958. Por delante habían enviado dos capitonés, con los muebles, los libros y la ropa de la casa de Cájar y de la consulta de la calle de San Antón. Sufrieron una avería, quién sabe si por fallo del automóvil o por torpeza del conductor. El hecho es que debieron permanecer una horas en Jaén, en espera de la reparación, que les retrasó hasta la tarde del día siguiente, y llegaron a Pamplona el 27, cuando ya los capitonés habían sido descargados en la nueva casa familiar, quinto domicilio de los Ortiz de Landázuri, en la Avenida de Carlos III, 11, 4°. Aquella vivienda era conocida como «la del catedrático», por haber sido su dueño, en otros tiempos, un profesor del Instituto.

Llegaban los Ortiz de Landázuri a la capital navarra, donde se combinaba un pasado histórico importante, como cabeza que fue del Reino pirenaico, con la apertura urbana de los nuevos ensanches que la iban transformando en una ciudad moderna. Se acercaba su población a los noventa mil habitantes. El casco viejo estaba presidido por la Catedral gótica –con fachada neoclásica de Ventura Rodríguez–y el Ayuntamiento, cuya estampa barroca era muy popular por lanzarse desde su balcón principal el «chupinazo», que abría las fiestas de San Fermín. Las calles se agrupaban dentro del recinto amurallado para desembocar en el paseo de Valencia o de Sarasate, que servía de transición a la ciudad nueva. La ciudad se expandía a través de dos ensanches, pero se detenía ante la zona de cuarteles, un amplio espacio en torno a la Ciudadela, fortificación estrellada edificada en tiempos de Felipe II. Alrededor de la ciudad se alternaban pequeños huertos con fincas dispersas. En esos momentos se iniciaba la industrialización de Navarra, que relegó a la agricultura, creando los nuevos y prósperos sectores industrial y de servicios.

En el corazón de la ciudad, y próximo al nuevo domicilio de los Ortiz de Landázuri, se encontraba la plaza del Castillo, que –como ha escrito Ferrer Regales– era el gran salón de Pamplona, con sus casinos, cafés, bares, restaurantes, y pequeño comercio de escaparate; y centro de reunión y convivencia. Las mañanas de los domingos La Pamplonesa –la banda municipal de música– daba sus conciertos desde el quiosco situado en medio de la plaza, mientras las cuadrillas de chicos y chicas paseaban casi siempre en grupos separados.

Navarra tenía un régimen administrativo especial, el régimen foral, que le permitía un margen importante de autogobierno, ejercido desde la Diputación Foral y que simbolizaba la personalidad histórica de aquella tierra. Los siete miembros de la Diputación eran elegidos por las cinco merindades, divisiones territoriales de la provincia, sin parangón en el resto de España; y ejercía la Vicepresidencia el diputado de más edad, que encarnaba la verdadera autoridad del viejo reino.

La autonomía fiscal era uno de los aspectos principales del sistema foral, y eso se reflejaba en una excelente red interior de carreteras y un buen sistema de autobuses de línea, que compensaban el hecho de que en la política de los grandes ejes nacionales de comunicación Navarra había quedado algo marginada.

Pamplona era una ciudad de clases medias sin tradición universitaria, que contaba con algunos destacados profesionales y funcionarios de la administración foral. Además de comerciantes y empleados, se veían militares de uniforme y sacerdotes con sotana que manifestaban la condición de plaza fuerte de la ciudad y la arraigada importancia de su vida eclesiástica. El seminario, tradicionalmente abarrotado, y los institutos de la Plaza de la Cruz, y varios colegios religiosos, habían sido los principales centros educativos, junto con las Escuelas de Magisterio, de Comercio y de Peritos Agrícolas, esta última situada en el municipio vecino de Villava.

Don Eduardo se incorporó a sus tareas, y muy pronto, como antes había ocurrido en Granada, también en Pamplona sus discípulos, colegas y, en general, todos los que le conocían se preguntaron de dónde sacaba el tiempo. Con un poco de observación era posible ver que se lo quitaba al sueño. Pero esto, sin duda, tenía sus consecuencias, porque sobre él pesaba continuamente un déficit crónico de descanso que tomaba sus represalias en los momentos más diversos. El doctor Andrés Purroy recuerda que en cierta ocasión le dijo bromeando: «En mi lápida pondrán: ‘éste fue un hombre que se pasó el día medio dormido y la noche medio despierto’».

Quizás más de una vez las fuerzas le abandonaron auscultando un enfermo, ante el que quedó dormitando. Las enfermeras que le ayudaban lo veían cabecear, o quedar incluso profundamente dormido mientras dictaba un tratamiento; luego se despertaba y, sin ningún rubor, decía «¿dónde estábamos?», y continuaba con el dictado. Los doctorandos temían que los convocara en su casa por la noche para hablar de sus investigaciones; sabían que probablemente parte de la velada tendrían que pasarla velando el dulce sueño del maestro, que no podía hacer nada frente a la fatiga y al desgaste de su continua entrega al trabajo y, más particularmente, a los enfermos.

Todo esto despertaba frecuentemente la ternura en aquellos que le conocían y le veían sucumbir al sueño: ¡cuántas ceremonias académicas le dieron la oportunidad de recuperar algunas fuerzas, sentado con sus atuendos universitarios en uno de los bancos rojos del Aula Magna! ¡Cuántas veces, con el rosario en la mano, se quedaba traspuesto por unos minutos, sentado junto a Juan Villar, el taxista que durante casi treinta años lo llevó por toda España! Juan Villar cuenta que, al recuperar la conciencia, continuaba el rezo en donde había quedado, como si no hubiera pasado nada.

Por supuesto que el propio don Eduardo lo sabía y, estando como estaba totalmente por encima del ridículo, consideraba esa situación como un dato más de su vida. Además, con toda modestia, declaraba que tenía una extraordinaria capacidad de recuperación, una buena «reprise» solía decir –¡cuántas veces se lo escuchó y fue testigo de ello el doctor Arroyo!

Así lo exponía, públicamente, el propio don Eduardo en el Salón Artesonado de Fonseca de Santiago de Compostela, el 26 de noviembre de 1966, cuando le invitaron a pronunciar la conferencia inaugural de la Academia Médico Quirúrgica de Santiago: «Yo, desde luego (ya que, de alguna manera he de contestar a esta introducción tan cariñosa) –se refería a las palabras de presentación del doctor Alvarez– sí puedo deciros que mi vida es ilusionada. He trabajado mucho, muchísimo; no he sentido el cansancio en gran parte de mis días, porque realmente llevaba siempre la ilusión del quehacer y además una ilusión que nacía en la vocación al lado del enfermo; y cuando alguna vez he sentido la fatiga, el cansancio, ha surgido siempre la frase de un estudiante, una inquietud, una pregunta o ¡qué sé yo!, estar cerca de alguien que padece para sentirme enseguida reavivado en mi trabajo, porque quizá esa sea mi única virtud. Yo muchas veces digo que debo tener un buen `reprise’, es decir que, enseguida, vuelvo otra vez a estar en forma». En realidad la recuperación venía tras la cabezada involuntaria o la consciente cuando –agotado por la labor realizada– se encerraba por unos minutos en su despacho y descabezaba un sueñecito.

En 1959 el doctor Juan Antonio Paniagua se incorporó a la Facultad de Medicina como ayudante de don Eduardo. En realidad sus intereses tenían más que ver con la Historia de la Medicina; pero hacía falta alguien que pudiera «obligar» a Ortiz de Landázuri a llevar una vida «más civilizada», alguien que pudiera influir para que fuera a comer a casa habitualmente y para que dejara el trabajo a una hora prudente. Y, aunque era más joven que él, parecía que el doctor Paniagua podría tener el suficiente ascendiente como para lograrlo. De hecho, se conocían desde 1946, pues por alguna razón tuvo Paniagua que visitarlo en su casa madrileña de la plaza de Santa Bárbara cuando don Eduardo preparaba sus oposiciones.

Llegó Paniagua a Pamplona el cinco de julio, víspera del inicio de las fiestas de San Fermín; y el seis, el día del «chupinazo» –el cohete cuyo lanzamiento a las doce del mediodía declara el inicio de los festejos–, fue a la Escuela de Medicina. En la consulta que se creó dividiendo con mamparas una de las aulas del edificio, se encontró con don Eduardo. Se saludaron con alegría, analizaron el trabajo que tenían por delante, y Paniagua le propuso:

– Bueno, Eduardo, vamos a ver si hacemos todo esto deprisa, y nos vamos a ver el «chupinazo».

– Sí, sí. ¡Vamos! ¡Muy bien, muy bien!

Ese día terminaron a las nueve de la noche.

El plan que hicieron para el futuro comenzaba cuando los dos se encontraban a las siete y media de la mañana en la iglesia de los Capuchinos para asistir a misa. Recogían a la secretaria y, con él al volante –lo cual siempre era un riesgo, porque volvía la cabeza para seguir la conversación con el de atrás–, iban a la Escuela. Como la gente no llegaba hasta las nueve de la mañana dedicaban un buen rato a hacer planes, revisando las historias clínicas del día anterior. Allí les subían un sobrio desayuno –café y un pedazo de pan– cuando, ya dadas las nueve, empezaba a haber un poco de bullicio en el edificio. El café no interrumpía el trabajo, que continuaba con las ocupaciones del día. A alguna hora, siempre indeterminada, se hacía un parón para comer el almuerzo que les preparaban en un pequeño bar que se instaló en la Escuela. Y luego seguía el trabajo hasta las ocho o las nueve de la noche.

El doctor Paniagua tuvo que tirar la toalla. No pudo con don Eduardo, más bien al revés. Sin embargo, como Ortiz de Landázuri lo respetaba mucho, él nunca fue arrastrado, como otros, a estudiar en la Biblioteca hasta la salida del último autobús o aún hasta más tarde. El doctor Martínez Lage, por ejemplo, médico joven que se había incorporado a la Facultad, trasladándose de Santiago de Compostela a Pamplona, sabía que encontrarse con don Eduardo en un pasillo o en la escalera a partir de las ocho significaría lo siguiente: que él le cogería por el brazo y que materialmente lo llevaría a la Biblioteca, y que allí pasarían estudiando varias horas, con otros a los que había reunido también. En torno a una mesa revisarían las últimas revistas científicas, haciendo comentarios. Probablemente, en algún momento don Eduardo diría: «Sabéis lo que se me ocurre? Voy a llamar a Laurita para que nos prepare unos bocadillos y cenamos con ellos». Y así lo hacía, en efecto. A veces, perdido el último autobús, regresaban andando al centro de la ciudad por aquella estrecha carretera hoy transformada en una avenida amplia.

También en Pamplona, sus colegas y estudiantes comprobaron que su extraordinaria valía en el ámbito de la Medicina quedaba compensada por una manifiesta incompetencia en la conducción de automóviles. No estaba hecho para esto y, si bien conocía a la perfección la anatomía y la fisiología del cuerpo humano, tenía una ignorancia completa sobre la mecánica del automóvil. Contó muchas veces una anécdota que manifestaba esta limitación suya y le servía también para alabar la solidaridad y el sentido realista de los catalanes. Ocurrió en un viaje que hizo con el Austin acompañado de Laurita. Avanzaban por la provincia de Soria y el automóvil comenzó a hacer algún extraño. Lo condujo hacia el arcén y frenó. Intentó varias veces ponerlo en marcha, pero no tuvo éxito. Qué hacer? Logró abrir el capó y miró desolado el conjunto de cables, tubos y piezas que se ofrecían a su vista: nada había allí que pudiera ayudarle; aquel conjunto fascinante era opaco para él. Estaba sumido en una contemplación absorta cuando notó que otro coche paraba delante. Vio que se bajaba el conductor, y oyó su pregunta con un acento inconfundiblemente catalán:

– ¿Le puedo ayudar en algo?

Don Eduardo, conmovido por esa muestra de solidaridad, confió su desolación al desconocido. El coche se había parado y él no sabía por qué, ni sabía qué hacer. El otro, con cortesía y evidente autoridad, le pidió:

– ¿Me deja usted las llaves, por favor?

Se sentó al volante del Austin, intentó poner el coche en marcha, y dijo:

– Es muy sencillo. No tiene gasolina.

– ¿Que no tiene gasolina? Cómo le agradezco que me haya ayudado. ¡Que no tiene gasolina! Pero, ¿y qué voy a hacer ahora, parado aquí en medio de la carretera?

– Si usted quiere –contestó el catalán–, yo le puedo dar un poco, y así usted puede llegar al próximo surtidor.

– ¿Cómo? ¿Pero es posible?

– Bueno –dijo el catalán–, yo llevo ahí una goma y una botella, y puedo chupar un poco con la goma, si usted quiere.

Don Eduardo le dijo que desde luego, y deshaciéndose en admiraciones, agradecimientos y elogios, vio cómo aquel buen samaritano hacía la operación. Lo vio aspirar por la goma, y vio cómo caía la gasolina en la botella, y cómo luego la gasolina era engullida por el depósito de su propio coche. No sabía cómo agradecer, no sabía cómo corresponder a aquel gesto de ayuda que le había conmovido. Lo expresó casi balbuciendo:

– Yo no sé…, yo no sé cómo podría corresponder, qué podría hacer yo…

Su salvador resolvió el problema de un modo escueto y práctico:

– Es muy sencillo. Son cuarenta pesetas.

Le ocurría que se enfrascaba en las conversaciones, mucho más importantes para él que la conducción, y llegaba a olvidarse de ésta. Así, uno de los coches que tuvieron en Granada era conocido por los estudiantes como «el panadero» porque siempre estaba «lleno de bollos». El doctor Ramón Díaz, que perteneció a la primera promoción de estudiantes de la Facultad de Medicina, recuerda que, en una de las ocasiones en que trasladó a varios de sus alumnos a la ciudad, cuando estaban en una calle junto al domicilio de don Eduardo, les detuvo un guardia municipal. Don Eduardo con su cortesía, aparentemente innata, asomó enseguida la cabeza por la ventanilla.

– Pero, ¿otra vez? –oyó decir al guardia.

– Oiga, ¿es que he hecho algo mal? –replicó él con sencillez y modestia.

– Pero, ¿no ve usted que ha vuelto a entrar otra vez en dirección prohibida?

Al doctor Teijeira no se le olvidó un viaje que hicieron en su coche a un lugar de la provincia de Segovia. Teijeira condujo a la ida, pero a la vuelta, por cortesía, le ofreció el volante. En mala hora. Tenía don Eduardo tantas cosas de qué hablar; llenaban su corazón y su cabeza tantos asuntos que, inconscientemente, se olvidaba del acelerador del coche cada dos por tres y, cada dos por tres, Teijeira veía cómo estaban parados hablando en el margen de la carretera. Aunque llamaba constantemente la atención al conductor, para que avanzara, aquel viaje se hizo interminable.

Por contraste, en otras ocasiones conducía con excesiva prisa. Laurita su mujer se lo decía con sosiego:

– Eduardo, conduces muy deprisa.

– ¡Qué exagerada eres! –contestaba él.

– Pregúntaselo a cualquiera –replicaba Laurita.

Un día, en Pamplona, iban en el coche con el doctor González Castro, viejo amigo de Granada, y él le dijo:

– Dice Laurita que conduzco muy deprisa, ¿qué te parece? Y González Castro le contestó:

– Sí, Eduardo, conduces muy deprisa.

Había, pues, razones abundantes para que aquellos que lo querían bien se confabularan hasta lograr que dejara el volante. Y, tan pronto como él se convenció de que así convenía, se convirtió en peatón y en usuario de los medios públicos de transporte: el autobús, el taxi, el tren…

Paradójicamente tenía una gran capacidad para estar en los detalles y, al mismo tiempo, incurría en despistes que, con frecuencia, daban lugar a situaciones embarazosas y divertidas. En cierta ocasión tenía que ver a un paciente, y la enfermera, conociendo su modo de ser y su enorme cordialidad, le dijo:

– Don Eduardo, este enfermo es un sacerdote.

Él contestó con un «ya, ya» que no dejó muy satisfecha a la enfermera. Y, en efecto, entró, se sentó como solía hacer en la cama del enfermo y comenzó a charlar con él para conocer sus circunstancias:

– ¿Cómo está este enfermito? ¿Cómo se encuentra? ¿Dónde está su mujer?

No hubo respuesta. Al salir la enfermera le comentó:

– Pero, don Eduardo, si le hemos dicho que era un sacerdote.

– Claro, por eso no contestaba cuando le preguntaba por su mujer.

En otra ocasión pasó a ver a un enfermo que lucía una barba amplia. Lo auscultó y fue charlando con él y vio que su estado era ya satisfactorio:

– Bueno, está usted muy bien; muy bien. Y, ¿sabe usted? Estaría mucho mejor sin esa barba. ¿Por qué no se afeita esa barba? Si parece usted un capuchino…

– Don Eduardo, es que soy un capuchino –contestó el paciente.

El conductor del coche del Rector de la Universidad, Felipe Villar, tuvo que llevarle en una ocasión a Madrid, a hacer alguna gestión en las inmediaciones del actual Cuartel General de la Armada, entonces Ministerio de Marina. Aparcó el automóvil y se puso a esperarlo. Y pasaron muchas, muchas horas. Don Eduardo no aparecía. Cuando Felipe Villar llamó a Pamplona para preguntar qué sabían de él, pues había desaparecido, le tranquilizaron diciendo que había vuelto en tren desde Madrid.

Anécdotas aparte, Pamplona le ofrecía la oportunidad de llevar a cabo sus ideas sobre la Medicina, pero también le imponía el doble reto de construir esa nueva Medicina al tiempo que se replanteaba la posibilidad de cambiar las ideas fundamentales que había adquirido en la escuela de don Carlos.

El profesor Jiménez Vargas, que le había propuesto unirse a aquel pequeño grupo de pioneros que estaban haciendo la Escuela de Medicina del Estudio General de Navarra, observó en cierta ocasión que uno de los rasgos más salientes del profesor Ortiz de Landázuri es que «se sacrificó en todas partes». Así fue: a veces con aparente facilidad, otras con un sufrimiento que para algunos fue evidente, aunque para otros pasó inadvertido. Casi con toda seguridad lo que más le costó aceptar fue la evolución de la Medicina y, por ende de la docencia y, más tarde, la configuración orgánica de la Clínica Universitaria.

La institución de Jiménez Díaz, a quien nadie negaba el mérito de haber sido el gran renovador de la Medicina española, se había constituido de un modo piramidal –la Médica en la cúspide, con todas las especialidades subordinadas a ella– que sólo era sostenible por la propia personalidad de don Carlos; ya la experiencia de otros países apuntaba a un desarrollo de las especialidades, que ponía en entredicho aquella estructura.