11. El pabellón «F»

En las conversaciones previas a su venida a Pamplona, Jiménez Vargas, que conocía la importancia de su consulta en Granada, le planteó:

– ¿Y dónde vas a montarla en Pamplona?

Don Eduardo le respondió sin dudarlo.

– En la Facultad.

Era una decisión muy generosa por su parte, pero coherente con su convicción de que era necesario realizar una Medicina universitaria, que combinara adecuadamente el triple aspecto científico, asistencial y docente. Además, don Eduardo se atenía al consejo que don Carlos le había dado ya en Granada en 1946.

– Dedique todo su tiempo a la Facultad y limite todo lo posible la llamada consulta privada.

La Facultad de Pamplona se componía por entonces del viejo pabellón cedido por la Diputación en el último extremo del complejo del Hospital de Navarra, y de un nuevo edificio de cuatro plantas que se ocupó cuando la construcción estaba virtualmente acabada, aunque aún hubiera albañiles terminando los últimos detalles.

Desde la ciudad, se llegaba a estas instalaciones recorriendo la carretera de Estella, larga y estrecha, o la llamada de la Longaniza, paralela a la anterior, que discurrían entre árboles, huertas y pequeños chalets. Los estudiantes y la mayoría de los profesores utilizaban habitualmente los autobuses verdes de la Villavesa, concesionaria del transporte urbano en Pamplona. Los dejaba el autobús en la puerta principal del Hospital, y desde allí, cruzando todo el recinto, llegaban a la escuela vieja. O, haciendo un recorrido más corto, se encontraban en el nuevo y flamante edificio, de ladrillo amarillo, con sus cuatro plantas, en el que se instalaron algunas aulas, laboratorios, la biblioteca y una pequeña cafetería.

La escuela vieja era un edificio de una planta, con semisótano y altos techos, a la que se accedía por una corta escalera. En el semisótano estaba el depósito de cadáveres. Este pabellón, con el desarrollo de la Escuela de Medicina, quedó dedicado a las materias básicas o preclínicas que se impartían en los primeros cursos.

La docencia de la Clínica carecía de las instalaciones y de los medios necesarios. Para esta enseñanza se pusieron en marcha dos iniciativas: por una parte, se solicitó a la Diputación que se adaptara un pabellón del Hospital, en desuso, para servicio de Medicina Interna, cuya dirección se confiaría a don Eduardo; y, por otra, se asignó a consulta parte de un aula del nuevo edificio de la Facultad. Esta zona de consulta se separó del resto mediante unas mamparas provisionales: ahí se instalaron los modestos medios –entre ellos el aparato de rayos X– que el propio don Eduardo había traído de su consulta de Granada.

En espera de que se concluyeran las obras de adaptación del Pabellón F, surgieron iniciativas para traer enfermos a la consulta de la Facultad. Destacaron en esta labor el doctor Miranda, un lodosano que viviendo en Andalucía había conocido la extraordinaria fama de don Eduardo, y don José Ona, empleado de la Universidad, oriundo de Olite, que por las informaciones que recibió y por su experiencia inmediata captó enseguida la valía del nuevo profesor. Ambos tuvieron tanto éxito en sus respectivos pueblos, que muy pronto algún ingenioso apodó a don Eduardo como el doctor Olite-Lodosa, jugando con las iniciales de su apellido Ortiz de Landázuri.

A finales de octubre de 1958, el secretario de la Diputación Foral envió un oficio a don Eduardo comunicándole la creación de un nuevo servicio de Medicina General, resultante del desdoblamiento del existente, y su nombramiento como director de este servicio: era un nombramiento por un año, renovable. Aunque en ese oficio se hablaba del Pabellón D, finalmente se asignó al servicio el denominado con la letra F. Este modo de designar los pabellones obedecía a un orden alfabético correlativo. También se nombró, como médico interno, a don Federico Conchillo, que le acompañó cuando vino de Granada.

El 7 de enero de 1959 se inauguró en el Pabellón F la docencia clínica. El pabellón, construido con una altura próxima a los ocho metros, había servido en los años treinta para alojamiento de enfermos tuberculosos. A ambos lados de un largo pasillo tenía una serie de habitaciones con dos o tres camas cada una. A la derecha del vestíbulo de entrada había un cuarto en el que se instaló Sor Jacinta, hermana de la caridad de San Vicente Paúl, con el inconfundible hábito azul de entonces y la gran toca blanca como alas de mariposa, inspirada en el atuendo de las campesinas holandesas. Sor Jacinta, con su tijera a la cintura, cuidaba de la ropa y del buen orden del pabellón.

Por las puertas y ventanas de aquel desvencijado edificio silbaba algunos días el viento, y entraba en las abundantes jornadas de invierno un frío que difícilmente paliaba la calefacción del Hospital. Una cocina en medio del pabellón servía para recalentar las comidas que, trasladadas por los sanitarios a través de los pasillos subterráneos, llegaban generalmente frías.

Lo que faltaba de condiciones materiales fue suplido por el entusiasmo y afecto de los médicos, enfermeras –procedentes de la Escuela del Estudio General– y estudiantes.

Los estudiantes de Pamplona, trabajando a su lado en el Pabellón F, supieron enseguida que no convenía llevar encima bolígrafos valiosos. Don Eduardo, al que gustaba hacer cálculos para valorar los datos sobre la salud de un enfermo –allí se veía, una vez más, la formación matemática que había recibido en la Academia Suanzes, cuando se preparaba para ingresar en la Marina–, pedía su bolígrafo a cualquiera de los acompañantes y luego se lo echaba al bolsillo de la bata que siempre llevó abrochada por detrás, cubriéndole por delante hasta el cuello. No se atrevían los jóvenes estudiantes y médicos a reclamar su bolígrafo y, conscientes de que eso iba a ser habitual, se pasaron al Bic. Don Eduardo seguía echándose Bics al bolsillo, sólo que casi nunca les ponía el capuchón y en su bata se podían ver con frecuencia las rayas de la tinta.

Entre los médicos asociados comenzaron a trabajar en el F, el cardiólogo Diego Martínez Caro, el neurólogo Pedro Molina, el internista Emilio Moncada –procedente de la Clínica de la Concepción–, el alergólogo Alberto Oehling, el neurólogo Manuel Martínez Lage, el pediatra José Miranda, la dermatóloga Obdulia Rodríguez, el oftalmólogo Villasante, el cirujano Juan Voltas, con su esposa –anestesista– Lolita Jurado, el doctor Javier Teijeira, pionero en España de la electroencefalografía, etc.

Al Pabellón F comenzaron a llegar enfermos, generalmente graves, y en su mayoría procedentes de niveles económicamente bajos, que se asombraban de aquel trato afable y sin horas que recibían. La presencia continua de don Eduardo, incluyendo aquellas habituales visitas nocturnas, provocaba la admiración y la confianza de los enfermos. El doctor Macarulla conserva en su anecdotario un suceso atribuido a aquella época inicial del Pabellón F, al que acudían pacientes de poca relevancia social. Según se cuenta, llegó a la consulta una paciente que se quejaba de algún dolor en el pie, debido quizás a un trastorno circulatorio. Don Eduardo le pidió a la enferma que se quitara la media para examinarle el pie. Ésta, ruborizándose, comentó al médico:

– Es que no estoy preparada.

Siempre según este relato, don Eduardo entendió que la preparación tenía que ver con el agua y el jabón, así que dijo a la enferma:

– Bueno, pues prepárese usted y vuelva cuando está preparada.

Al día siguiente volvió la enferma, que se quitó la media para que la examinaran. Entonces don Eduardo le pidió que se quitara la media del otro pie, para comparar el enfermo con el sano. Y la enferma volvió a ruborizarse:

– Es que tampoco estoy preparada —balbuceó.

Al tercer día se le pudo hacer ya una exploración completa.

El pabellón F fue cobrando un renombre que atrajo a enfermos de otros estratos sociales de Navarra, interesados en el tratamiento asistencial que allí se proporcionaba, «sin que se les cayeran los anillos» por tener que convivir con pacientes de la Beneficencia. Así ocurrió, por ejemplo, con el propio vicepresidente de la Diputación, don Miguel Gortari, con el director general de Hacienda don Miguel Troncoso y otros de semejante relieve social.

Con todo, faltaba en la actividad de la Facultad y del F la terapia quirúrgica, y los enfermos eran enviados al correspondiente servicio del Hospital si había que realizar alguna operación.

El desarrollo de las actividades del Pabellón F, con todas sus insuficiencias y dificultades, alegraba a don Eduardo. Así se lo debió referir a don Carlos, que, a finales del año, le puso unas letras:

«Querido Eduardo:

»Ya puede usted figurarse cuánto gocé leyendo su carta; viéndole tan entusiasta y cómo va usted llevando adelante sus proyectos. Parece mentira que la gente crea que uno se sacrifica porque dedica sus energías a hacer algo que sea estimable: a menos que se interprete etimológicamente, es decir hacer algo que uno considera sacro, y, en este caso, solamente hondas satisfacciones son las que nos esperan…

»¡¡¡ En Bilbao ya me dijeron que su fama por el Norte va extendiéndose más 11!»

Como en Granada, don Eduardo no se negaba cuando le llamaban de cualquier pueblo de Navarra o de las ciudades y pueblos de las provincias vecinas. Y, lo mismo que entonces, viajaba restándole horas al sueño, con su incansable dedicación a los enfermos.

La tarea de atención al paciente dio un valor muy relevante al trabajo de la enfermera. Es sabido que en el desarrollo de esta profesión hay como tres etapas: una primera en la que el ejercicio de la enfermería se equipara a una actividad caritativa; la segunda, más profesional, supone la adquisición de unas técnicas mínimas para el cuidado de los enfermos; y por último, la etapa universitaria, en la que las enfermeras aunan una sólida formación sanitaria, con la práctica de unas destrezas profesionales y la visión de conjunto, universalista, que proporciona la Universidad.

La Escuela de Enfermería, que fue otra de las realizaciones del Estudio General de Navarra –monseñor Escrivá de Balaguer, como dijo en más de una ocasión, quería «de un modo muy particular a las enfermeras»–, se puso en marcha al mismo tiempo que la Escuela de Medicina y en íntima relación con ella. Bajo la dirección de María Casal este centro comenzó sus actividades en un edificio sanitario del centro de la ciudad, y luego se trasladó a las instalaciones de la Facultad en el Hospital de Navarra. Y aunque las alumnas, al comenzar la escuela, no eran muy numerosas, pronto se hicieron notar en la ciudad por su elegante uniforme con cuello blanco y manga corta, color tabaco, con el gorro y el delantal blancos, almidonados, y las medias blancas también. Usaban una rebeca de color marrón oscuro. Y el uniforme se completaba con un abrigo marrón. En el cuello del uniforme lucían, en plata, el emblema de la Universidad. Las graduadas comenzaron a vestir también un uniforme similar, de color gris, con chaqueta azul.

Don Eduardo supo transmitirles una serie de actitudes que les dieron un sello característico. Les decía que el Pabellón F estaba en sus manos, que sería lo que ellas desearan hacer de él. Las hizo sentirse responsables, las convenció de que si ellas eran alegres la alegría reinaría en aquel lugar, que el orden dependía de su orden, que las personas que vinieran a trabajar allí –empleadas, camilleros, etc.– serían de una u otra manera según como fueran ellas. Y, al mostrarles que su labor no se limitaba al cuidado material del enfermo, sino que consistía también en colaborar con el médico, aportando su observación y su vigilancia, las hizo sentirse importantes: descubrieron que su tarea tenía más relieve del que quizás imaginaron al entrar en aquella escuela. Josefina Escós lo sintetizó así: «Las veces que le oí hablar de la figura de la enfermera, engrandecía mi tarea cotidiana». Y Mari Carmen Marcotegui afirmaba:

– Nos hizo ver que éramos importantes. Trabajábamos de verdad para que el enfermo se sintiera a gusto y para ayudar al médico. Hasta entonces no nos habían dicho la importancia de la ayuda al médico.

Pero más que las palabras, su elocuencia radicaba en el ejemplo. Viéndole actuar, advirtiendo cómo conocía a los enfermos y a sus familiares, de qué modo hablaba con ellos, cómo les daba una palmada en el hombro o tenía con ellos otros detalles de cariño, aquellas enfermeras iban ganado en estatura moral y en autoconciencia de su cometido. Entre otras cosas, aprendieron a no enfadarse nunca con los enfermos. Con poco más que diecisiete años maduraron en el contacto con el sufrimiento humano, poniendo un punto de paz y mucho de servicio en cuanto hacían.

Don Eduardo les enseñaba a saber «perder el tiempo» en la habitación del enfermo, a entrar como de puntillas en su interior, no por el hecho de satisfacer una curiosidad, sino para conocerlo mejor y conocer mejor sus circunstancias y así poder ayudarle más eficazmente. Les decía que habían de dejar sus problemas a la puerta del Pabellón F o de la Clínica: el enfermo era el principal objetivo; sólo contaba su dolor, sus problemas y preocupaciones. Les hacía ver que tenían que esforzarse para que se sintiera mejor que en su propia casa.

Y, al tiempo que realizaba la visita, registraba casi con precisión fotográfica, lo que ocurría a su alrededor: el cansancio o preocupación de sus colaboradores, si conseguían sacar tiempo para estudiar, si necesitaban modificar en algo su comportamiento. A un joven médico le decía:

– Usted tiene que ser más simpático.

Y esta capacidad de observación resultaba llamativa teniendo en cuenta que en otros campos había adquirido una fama merecida de despistado.

Apoyándose en la experiencia médica que iba proporcionando el trabajo en el Pabellón F, don Eduardo puso en marcha las sesiones clínicas –que no había logrado impulsar en Granada–, que se desarrollaban en las mañanas de los sábados, y que fueron atrayendo a médicos de la ciudad, de otros centros hospitalarios, y, con frecuencia, de ciudades aledañas.

Las sesiones solían tener dos partes; en la primera se hacía una revisión de carácter bibliográfico, en la que se aportaban noticias de la literatura más relevante en el campo médico; y la segunda consistía en la discusión de un caso, siguiendo el método de «caso cerrado» que habían puesto en marcha los hermanos Cabott de Boston en la Universidad de Harvard. Don Eduardo estaba convencido de la necesidad de este tipo de ejercicios clínico-patológicos, que los dos científicos estadounidenses habían promovido, en parte por razones éticas: se trataba de esclarecer el diagnóstico y discutirlo, para poder corregir los errores.

El método de este tipo de sesiones supone que los participantes no asisten a la autopsia, y han de reevaluar el caso sin esa información final, basándose en la historia que prepara el patólogo, en la que se aporta algún dato significativo: un dato o una constelación de unos pocos datos. Ese planteamiento generaba una discusión viva, en la que el ingenio tenía una gran ocasión de desplegarse, y en la que se corría también el riesgo de errar. Quizás eso se ha perdido en la Medicina más evolucionada, en la que se aportan datos y más datos que dejan poco espacio a esa capacidad de análisis, casi detectivesca, mediante la que se descubre un indicio que resulta, o va resultando, congruente con otros.

Don Eduardo, que se trasladó a Pamplona con una biblioteca de revistas especializadas muy buena para aquella época, tenía en gran estima este método del «caso cerrado» u oculto, en el que se ponía en juego el deseo innato de acertar, la pasión de aprender, la alegría de haber acertado con el diagnóstico correcto. Se trataba de un ejercicio de humildad en el sentido estricto de amar la verdad y tratar de descubrirla, pero era además algo que requería quizás el sentido común: constituía una forma de poner de manifiesto la falibilidad del ejercicio diagnóstico; por eso él, a veces, proponía vías de interpretación que de antemano consideraba erróneas, para mostrar cómo la semiótica clínica podría admitir diversas interpretaciones, aparentemente congruentes.

Don Eduardo presidía aquellas sesiones con gran seriedad, y no permitía nada que significara algo parecido a la trivialización. Varios recuerdan cómo replicó a uno de los participantes, que tuvo una intervención no del todo afortunada. Resultó que uno de los médicos asistentes, especialista en una de las dolencias del enfermo cuyo caso se presentaba, al llegar su turno de intervención comentó jocosamente que lo que tenía que haber hecho aquel enfermo era ir al médico.

– Mire usted –le dijo don Eduardo sin levantar el tono de la voz pero con una rotundidad sin paliativos–, si usted no entiende la importancia de estas sesiones es preferible que no vuelva.

El desarrollo de la Medicina supertecnificada dañó después la frescura de esas sesiones, al sustituirse el ejercicio de la razón inductiva por una técnica más erudita, en la que importaba la aportación de datos, y se dejaba poco margen al riesgo; eso sí, incrementando el costo de la actividad médica. Un científico que ha seguido de cerca toda esta evolución, se refería al nuevo método, comparándolo con una acción de bombardeo sistemático del territorio, casi con una «coventrización». Quizás esa misma evolución no contentaba a Ortiz de Landázuri, formado en la escuela de Jiménez Díaz que, aunque propugnaba utilizar datos analíticos precisos, conservaba, no obstante, un cierto talante artístico. Por ello, don Eduardo era más partidario del ejercicio del juicio personal y responsable, que de su sustitución por esta forma de proceder, que alguno de sus colegas, que le conoció bien, calificó como «proletarización del juicio médico».

El rápido desarrollo y la difusión de la calidad médica alcanzada por la embrionaria Escuela de Medicina y por el Pabellón F, en el que llegaron a ingresar también profesores de la Universidad y pacientes procedentes de otras provincias, despertó recelos en algún sector de los médicos de Pamplona, y en concreto del Hospital.

Se veía con suspicacia la presencia de médicos recién llegados, no pertenecientes a un escalafón oficial, y se extendió el temor de que la idea propuesta por alguno de convertir el Hospital provincial en Clínico o Universitario implicara poco menos que una «ocupación» del centro hospitalario por los profesores de la Escuela. Quizá en algún caso se sobreponían temores de tipo profesional, generados por la eventual competencia de estos otros médicos. No obstante, algunos de los médicos de los hospitales públicos se incorporaron, aceptando la invitación, como profesores asociados a la Escuela de Medicina.

Los malentendidos no disminuyeron, sino que llegaban con frecuencia a la propia Diputación Foral, en cuyo seno se planteaban discrepancias que dividían a sus miembros y los enfrentaban en controversias nocivas, perniciosas para el necesario entendimiento. Él mismo recordaba a este propósito en 1981, en unas palabras dirigidas a un grupo de estudiantes: «Cuántas cosas sucedieron en aquellos años. El Pabellón F del Hospital, que fue excepcional lugar de formación clínica, pero a su vez con sus jaleos permanentes, cuando por ejemplo me hicieron un expediente por poner Kanamicina a una meningitis cuya bacteria no había sido aislada en el laboratorio del Hospital…»

Recordando aquella época, en carta que escribió en abril de 1982 al practicante A.T.S. don Carmelo Fernández Gastón, que había colaborado en el F, decía entre otras cosas: «Cuando se mira hacia atrás y se recuerda aquel pabellón F tan vibrante, con tantos enfermos que venían de todas partes (…) y en donde se trabajó con ganas —indudablemente fue el comienzo de una época nueva en la Medicina de Pamplona— se siente especial cariño a quien como usted nos ayudó».

Tenía don Eduardo la costumbre de acudir con frecuencia al palacio de Navarra, sede la Diputación, para dar cuenta de la marcha de la Escuela y del trabajo en el pabellón E Un viernes entró en el amplio despacho del vicepresidente Gortari, decorado con el tapiz representando la batalla de las Navas de Tolosa, para conversar con él. Después del saludo habitual, y ya sentados, don Miguel le dijo:

– Mira Eduardo, así no podemos seguir. Cada vez hay más denuncias de irregularidades de vosotros. Todo esto divide a la Diputación: unos a favor y otros en contra del Pabellón F. He pensado que debéis hacer un hospital fuera del recinto del Hospital Provincial, y sólo entonces volverá a renacer la paz.

Rememorando aquel momento, don Eduardo escribió veinte años después a don Francisco Jiménez Huertas: «Cuando aquel día no me desmayé es que el Señor no quiere que me asuste por nada». Precisamente fue don Francisco, recién nombrado administrador del Estudio General de Navarra, la persona que intervino en la compra de un solar situado frente al recinto del Hospital y del nuevo edificio de Medicina. El solar, propiedad de don Tiburcio Mencos, marqués de la Real Defensa, y del señor Ansaldo, pionero de la aviación española, se destinó a la Clínica universitaria.

En 1962 se inauguró la primera fase de la Clínica, con veinticinco camas, un pequeño quirófano y un laboratorio de análisis clínicos, dedicada a la atención de los enfermos privados, cuya asistencia en el edificio de la Facultad de Medicina planteaba algunos problemas. La Clínica, denominada de Postgraduados, supuso una mejora en las instalaciones para el desarrollo del trabajo clínico, la docencia, el alojamiento de los enfermos y la misma investigación. El trasiego de los médicos con sus batas blancas, cruzando los escasos trescientos metros y la carretera que separaban ambos edificios, se convirtió en una estampa cotidiana. Así, los profesores podían dedicarse plenamente y a la vez a la docencia y a la práctica clínica. Las mamparas desaparecieron y la Facultad quedó dedicada preferentemente, aunque no en exclusiva, a la enseñanza de las materias básicas, a cargo de los departamentos de la Facultad o interfacultativos: Bioquímica, Genética, Microbiología, etc., para Ciencias, Medicina y Farmacia. El doctor Evangelista, antiguo alumno suyo de Granada que procedía de la Seguridad Social, fue el primer director de la Clínica.

En este paisaje delimitado por la Facultad, el Pabellón, la escuela vieja y la Clínica, discurría la vida de don Eduardo, cada día más conocido por cuantas personas transitaban por aquel espacio. En más de una ocasión el conductor del autobús urbano, la Villavesa, lo veía venir bajo la lluvia, sin más protección que su bata blanca, y le invitaba a subir para cubrir los escasos metros que tenía que recorrer:

– ¡Don Eduardo! ¡Suba, que le llevo! –y le trasladaba desde la puerta del Hospital hasta la entrada de la Clínica.