12. ¿Nobel o santo?

En el viaje a los Estados Unidos con don Carlos, en la primavera de 1958, su maestro le preguntó:

– Si usted tuviera que elegir entre ser santo o ganar el premio Nobel, ¿qué elegiría?

Esa pregunta quizás habría desconcertado a don Eduardo diez o quince años antes, pero no a partir de 1952. Desde ese año sabía que no existía oposición entre santificarse y hacerse acreedor al famoso galardón de la academia sueca. Más aún, de acuerdo con el espíritu que había descubierto y trataba de incorporar a su vida, sabía que esos dos objetivos estaban, por decirlo así, en la misma línea: obtener el premio Nobel, como recompensa de una tarea científica de reconocimiento universal, formaba parte del otro objetivo: el de santificarse. La unidad de vida, quizás barruntada antes –al menos como un anhelo indefinido–, pero descubierta en 1952, se había convertido para don Eduardo en una apuesta vital por la que merecía la pena luchar: sólo ella integraba todos los valores divinos y humanos que, a su alrededor, parecían inconexos o aun opuestos.

– Don Carlos –contestó–, no hay ninguna contradicción; si quiero ser santo, tengo que trabajar como para ganar el premio Nobel.

Pero dos años más tarde ocurrió en Pamplona un suceso que le dejó, como grabada a fuego, esa misma enseñanza. El 20 de octubre de 1960 el profesor Antonio Fontán lo llamó a su casa.

– Eduardo, le dijo, ¿puedes venirte ahora al Colegio Mayor Aralar, que hay un asunto importante aquí?

Estaban en unos días llenos de emociones y ajetreo, pues el Estudio General de Navarra acababa de ser reconocido como Universidad por el Papa Juan XXIII, y se preparaban los actos académicos para su erección y la colocación de la primera piedra en el futuro campus de la Universidad. No le extrañó, por tanto, que Antonio Fontán lo convocara, y salió de su casa de la avenida Carlos III para Aralar. Fontán le esperaba en la puerta, le dejó que fuéra un momento a hacer una genuflexión de saludo al Señor desde la puerta del oratorio, y le expuso derechamente para qué lo había llamado:

– El Padre está aquí y quiere verte.

Apenas acababa de oírlo, cuando vio que monseñor Escrivá venía hacia él y lo acogía en un abrazo lleno de cariño que le emocionó. No conoció personalmente al fundador del Opus Dei hasta ese momento, aunque durante años habían transitado las mismas calles, habían trabajado en los mismos sitios, e incluso habían vivido separados por pocos metros. Monseñor Escrivá de Balaguer fue, sin duda, la cuarta persona que más influyó en su vida, quien tuvo una influencia decisiva en ella.

En cierto sentido, el Padre —como lo llamaban sus hijos en el Opus Dei y muchas otras personas— lo había precedido por los diversos lugares que él conoció después. Josemaría Escrivá de Balaguer había llegado a Madrid en abril de 1927, cuando Eduardo estaba a punto de terminar su primer curso universitario en el caserón de San Bernardo: allí coincidirían, cuando don Josemaría inició los cursos de doctorado. Por otra parte, su primer alojamiento madrileño fue la Residencia sacerdotal de la calle Larra, atendida por las Damas Apostólicas, no lejos de los parajes por donde discurría la vida del joven estudiante Ortiz de Landázuri.

El 2 de octubre de 1928, cuando don Josemaría Escrivá vio cuál era el querer divino por el que había rezado tanto, desde su primera decisión de hacerse sacerdote, era el primer día de clases del nuevo curso; el día anterior, en la solemne apertura del año académico, el profesor Rafael Mollá y Rodríguez, de la Facultad de Medicina, había pronunciado la lección magistral con el título «La enseñanza en la Medicina, aspectos de la educación y cultura nacional».

En aquellos años de Universidad, varios condiscípulos de Ortiz de Landázuri, y estudiantes de otros cursos, habían conocido al fundador del Opus Dei y habían hablado con él; algunos habían descubierto, al tratarlo, una llamada de Dios que confirmaba su vocación profesional, que les enseñaba a servir a Dios precisamente donde estaban, santificando todo el quehacer diario, convirtiendo –como decía don Josemaría– «en endecasílabo, verso heroico, la prosa ordinaria de cada día».

Cuando el 21 de enero de 1933 don Josemaría Escrivá reunió a tres estudiantes de Medicina –bastantes más no acudieron– para darles una primera clase de formación, preámbulo de cientos de miles que luego se han dado en todo el mundo, Eduardo Ortiz de Landázuri –ajeno a este suceso– estaba en el último curso de su carrera. Sin embargo, cuando el fundador del Opus Dei dio la bendición con el Santísimo a aquellos tres jóvenes y Dios le hizo ver no sólo a esos tres, sino a tres mil, trescientos mil… de todas las razas y colores, Eduardo Ortiz de Landázuri estaba en una de las primeras filas de aquella gran multitud.

Aquel joven sacerdote, que en 1928 –como él mismo solía decir– no tenía nada más que la gracia de Dios, veintiséis años y buen humor, había ido a buscar los recursos para promover la Obra que le pedía Dios en los hospitales de Madrid: entre los menesterosos, entre los aquejados de enfermedades incurables, entre los moribundos. De esos lugares extraía el recurso de la oración y el sacrificio. Por eso, don Josemaría había transitado antes que él por los centros hospitalarios en que Eduardo prestó luego sus servicios.

Cuando el joven médico se incorporó al ya Hospital Nacional, don Josemaría conocía bien muchos rincones de aquella institución sanitaria. Allí había pedido la admisión en la Obra una enferma, ingresada en 1930, que fue una de las primeras mujeres del Opus Dei. María Ignacia García Escobar murió el 13 de septiembre de 1933; don Josemaría Escrivá, como relata Ana Sastre, acompañó su cuerpo, santificado por el dolor, hasta el cementerio de Chamartín de la Rosa, y cuando se disponían a cerrar la tumba tomó un puñado de tierra, lo besó y lo arrojó sobre el féretro. A este Hospital seguía acudiendo el fundador de la Obra, para ocuparse de los enfermos abandonados, una vez que Ortiz de Landázuri entró a trabajar en él.

En aquellos amargos días, inmediatamente previos al juicio popular en que condenaron al padre de Eduardo, frente a la casa familiar de la Plaza de Santa Bárbara, al otro lado de la calle Sagasta, don Josemaría estaba refugiado en casa de la familia navarra de Sainz de los Terreros, con Juan Jiménez Vargas, tratando de proteger su vida de la furia antirreligiosa desatada en el Madrid republicano.

También las abigarradas crujías del Hospital General, vecino a San Carlos, conocían los pasos de don Josemaría Escrivá mucho antes de que Eduardo Ortiz de Landázuri obtuviera en este Hospital la plaza de Jefe Clínico.

No había conocido al fundador del Opus Dei en 1944 cuando su hermana Guadalupe, decidida a ser de la Obra, dejó el domicilio de su madre y él la acompañó a la casa de la calle Jorge Manrique, a donde se trasladó a vivir. Y eso que, poco después, cuando él y Laurita fueron a vivir con su madre, para evitarle la soledad, don Josemaría les envió un mensaje de agradecimiento a través de Guadalupe.

En 1946 se distanciaron geográficamente. Don Josemaría se trasladó a Roma y don Eduardo, con su familia salió para Granada. El mismo día 8 de noviembre, cuando Ortiz de Landázuri tomó oficialmente posesión de su cátedra en la Facultad granadina, don Josemaría llegaba a Roma, por segunda vez, para quedarse definitivamente a vivir allí.

Cuando poco tiempo después don Eduardo comenzó a frecuentar el Colegio Mayor Albayzín, estaba yendo, de hecho, a la última residencia en cuya puesta en marcha había participado directamente el fundador del Opus Dei. En ese Colegio Mayor, y tratando a algunos colegas de la Universidad, miembros de la Obra, fue recibiendo más noticias de él, y pudo leer su conocida obra Camino. En un viaje acompañando a un obispo andaluz, al que llevó como enfermo a la Clínica de la Concepción en uno de aquellos coches con gasógeno que circulaban por España, oyó a este prelado hablar con gran admiración y estima de monseñor Escrivá. Luego vino el curso de retiro en Molinoviejo, y su decisión de incorporarse a la Obra de Dios.

Desde entonces había escrito al Padre de vez en cuando, y lo hizo también para comunicarle su decisión de trasladarse a Pamplona, aceptando la propuesta que le había hecho Jiménez Vargas. Y el Padre le había contestado con una carta llena de afecto, en la que le expresaba su alegría y le pedía que transmitiera también su gratitud a Jiménez Díaz. Pero nunca habían estado frente a frente.

Cuando se encontraron cara a cara por primera vez en Pamplona el 20 de octubre de 1960, monseñor Escrivá tenía cincuenta y ocho años y don Eduardo estaba próximo a cumplir los cincuenta. A pesar de que la diferencia de años no era grande, don Eduardo se sintió tratado con un afecto paternal, como si hubiera conocido al fundador del Opus Dei desde toda su vida. Pasaron a una salita, y allí, acompañados por don Alvaro del Portillo, don Javier Echevarría y otras personas, charlaron un largo rato de las cosas de la vida y de temas familiares.

En un momento de aquella conversación entrañable don Eduardo comentó:

– Bueno, Padre, me pidió que viniera a Pamplona para hacer una Universidad, y ya está hecha…

Monseñor Escrivá le contestó:

– No te he pedido que hagas una Universidad, sino que te hagas santo haciendo una Universidad.

Era una respuesta que no sólo servía para él, sino para todos los presentes, y era sobre todo una respuesta que remachaba aquella idea nítida de san Josemaría Escrivá, que decía que no quería ningún trabajo, ninguna labor, en la que sus hijos no pudieran santificarse. Y recordó que cada uno tenía que cumplir su deber, en el sitio en que se encontrara; él en Roma, como le correspondía, porque ésa era la voluntad de Dios.

En los días siguientes, don Eduardo tuvo la oportunidad de volver a ver al Padre en los actos oficiales de erección de la Universidad de Navarra y de colocación de la primera piedra en unos terrenos, situados al suroeste de Pamplona, junto al arroyo Sadar, destinados al futuro campus universitario. También asistió a la misa que celebró el Padre en la Catedral de Pamplona, en cuya homilía glosó las palabras de San Pablo «ut essemus sancti et immaculati in conspectu eius in charitate» –«para que seamos santos y limpios en la presencia de Dios, por el amor»– con las que recordó que todos estamos llamados a la santidad.

El nuevo status supuso un cambio importante para la vida de la Universidad de Navarra y de sus estudiantes, que, a partir de ahora, esperaban no tener que revalidar sus exámenes en la de Zaragoza, a la que habían acudido desde el origen del Estudio General de Navarra, utilizando todos los medios de transporte disponibles, desde la línea de autobuses conocida como «El Flecha», hasta los trenes y el autostop que, por entonces, comenzaba a ponerse de moda.

No obstante, hasta que se firmó el acuerdo entre el Estado español y la Santa Sede para concretar todos los extremos administrativos del reconocimiento de títulos, y se publicó el correspondiente decreto del Gobierno para poner en vigor el acuerdo –el 8 de septiembre de 1962, aniversario de la muerte del padre de don Eduardo—, los estudiantes tuvieron que continuar viajando a Zaragoza durante casi dos cursos académicos.

La conversión del Estudio General de Navarra en Universidad, manifestó la existencia de un ideal y un empeño universitarios puestos en juego por personas que querían desarrollar una labor cultural y apostólica de proyección universal, de acuerdo con la inspiración de su fundador, y por consiguiente creían en la libertad y en el trabajo: esa iniciativa educativa, como en la parábola de la simiente, había nacido pequeña, y empezaba a brotar con pujanza. «No me olvides —había escrito el fundador de la Universidad en un punto de Camino— que en la tierra todo lo grande ha comenzado siendo pequeño. —Lo que nace grande es monstruoso y muere».

Al hacerse patente la existencia de la nueva Universidad, en algunos sectores españoles, habituados al estatalismo de la enseñanza superior, crearon un clima de oposición y crítica al nuevo centro. Don Eduardo, que ya tenía referencia de estos recelos, los padeció personalmente en muchas ocasiones, y especialmente en una reunión de decanos de las facultades de Medicina españolas, celebrada en Sevilla en 1962. Años más tarde, la mayoría de los que criticaban el proyecto universitario de Navarra, y entre ellos los críticos más radicales, cambiaron de actitud y se convirtieron en defensores y simpatizantes de la Universidad de Navarra.

Ocurrió entonces que un grupo de estudiantes, procedentes de la Universidad de Valladolid, que decidieron venir a Pamplona para ver qué era en realidad ese centro que despertaba tanta animosidad, una vez que comprobaron sobre el terreno el ambiente y los planteamientos de la nueva Facultad, pensaron que lo más conveniente para ellos era trasladar a Pamplona su expediente académico. Así se disolvieron sus prejuicios. Alguno de ellos llegaría a recordárselo a don Eduardo en carta escrita muchos años después.

A partir de 1960 los sembrados y pastizales del campus de la Universidad fueron invadidos por cuadrillas de obreros que iniciaron los trabajos de cimentación y construcción de los primeros edificios. Camiones, vagonetas, grúas y hormigoneras transformaron el escenario campesino de las besanas y sementeras, creando un tinglado cubista de pilares, vigas, muros, andamiajes y obras de cantería.

A medida que se consolidaban los cimientos de los edificios que iban a albergar a nuevas facultades o colegios mayores, salían a la calle las primeras promociones de licenciados, que continuaban el camino iniciado por aquella primera promoción de Derecho de 1952 a 1957. La primera promoción de la Facultad de Medicina concluyó sus estudios en junio de 1961; y el hecho merecía una celebración especial. Así que se organizó nada menos que un viaje de estudios a Francia, Italia, Suiza y Alemania, que entonces resultaba una novedad y era casi una audacia.

Don Eduardo fue uno de los profesores que organizaron este viaje y participaron en él. Y dejó una minuciosa crónica de todos los avatares que relató a su familia en una voluminosa carta.

La Facultad de Medicina iba aumentando y mejorando sus instalaciones, dentro de la continua limitación de los recursos; y el Pabellón F y la Clínica Universitaria –cuya primera fase se había inaugurado en 1962– consolidaban su reputación, tanto por la calidad médica como por el trato que se daba a los enfermos.

A comienzos del curso 1962-63 se inauguraron dos nuevos colegios mayores, Belagua y Goimendi; y puesto que buena parte de las clases de varias facultades se seguían desarrollando en la Cámara de Comptos y en el Museo de Navarra, en el centro de la ciudad, la antigua carretera de Estella –rebautizada como Avenida de Pío XII en 1956– se convirtió en un lugar de tránsito habitual de muchos estudiantes, y no sólo los de Medicina y las de Enfermería. Las «Villavesas» transitaban por aquella calle parcheada y estrecha, cuya fisonomía comenzó a transformarse rápidamente.

Cuando la Universidad concedió los primeros doctorados honoris causa de su historia en el año 1964 –coincidiendo con la primera Asamblea de la Asociación de Amigos–, ya existían en Pamplona las Facultades de Derecho, Medicina, Filosofía y Letras, Ciencias, Derecho Canónico y Farmacia, los institutos de Periodismo, Artes Liberales e Idiomas, y la Escuela de Enfermeras. La Universidad contaba además con la Escuela Técnica Superior de Ingenieros Industriales y el Instituto Superior de Secretariado y Administración en San Sebastián, y con el Instituto de Estudios Superiores de la Empresa en Barcelona. Los dos primeros doctores honoris causa fueron los profesores Juan Cabrera y Felipe y Miguel Sancho Izquierdo, rector y antiguo rector respectivamente de la de Zaragoza. Esa distinción era, claramente, una manifestación de gratitud a quienes dirigieron la Universidad aragonesa durante el tiempo en que, por razones legales, dependió de ella el Estudio General de Navarra, desde su fundación en 1952 hasta su pleno reconocimiento por el Estado español en 1962.

Aquel año de 1964 don Eduardo viajó a la Argentina con Laurita, para asistir al congreso de la Sociedad Internacional de Medicina Interna, cuya presidencia había sido encomendada a don Carlos. Fue para él un gozo extraordinario el ver cómo un aluvión de médicos de toda América llegaban con volúmenes de las lecciones de Patología de su maestro, para que don Carlos se los dedicara.

Todo aquel período fue de enorme ilusión y esfuerzo, y en su ánimo –como un estímulo– sonaba el eco de unas palabras del fundador de la Universidad: «Soñad, y os quedaréis cortos». Pero había que soñar con los ojos abiertos y los pies en el suelo; porque también, como le había dicho monseñor Escrivá de Balaguer al primer rector, profesor Sánchez Bella: «Nunca nos han regalado nada; hay que ganárselo».

Don Eduardo había asumido el Decanato de la Facultad en 1962, y eso le exigía desplegar varias tareas: docencia, dirección del centro, promoción de la investigación, impulso de la Clínica Universitaria, que iniciaba su primera ampliación para pasar de las veinticinco a las doscientas camas…

Además, Ortiz de Landázuri había añadido a esas tareas, desde 1964, la de consultor de la Seguridad Social, cuya residencia Virgen del Camino iniciaba por entonces sus actividades. En realidad, este tipo de centros nacieron con una finalidad de hospitalización quirúrgica, pero la actividad que don Eduardo realizó como consultor en la residencia de Pamplona atrajo tantos enfermos y creció tan deprisa que con él podría decirse que nacieron los departamentos de medicina interna de la Seguridad Social.

Una cierta recompensa a todo ese esfuerzo –más gratificante por más inesperada– la tuvo en 1966, cuando se celebró en la Facultad, entre el 9 y el 11 de junio, el VII Congreso Nacional de Medicina Interna. A Don Eduardo, como presidente que era de la Sociedad Española, correspondió pronunciar las palabras de inauguración. El Congreso discurrió con normalidad, pero en la cena de clausura Ortiz de Landázuri recibió un premio que reconocía todo el trabajo que había desarrollado con sus colegas. A los postres, Jiménez Díaz se incorporó para hacer un brindis. Todos le miraron en un silencio expectante:

– Brindo por la mejor Facultad de Medicina de España –dijo don Carlos, alzando su copa.

Pocos días después del brindis, él y Laurita, con todos los hijos, fueron a Arantzazu, para celebrar sus bodas de plata. Y a fines de ese año le impusieron la Cruz del Mérito Civil.

En octubre de 1967 la Asociación de Amigos de la Universidad de Navarra celebró su segunda Asamblea. Gentes venidas de toda España, y algunos grupos de otras naciones europeas confluyeron en la ciudad. Muchas familias pamplonesas, ante la falta de plazas hoteleras, ofrecieron sus casas para albergar a aquella muchedumbre. Entre los actos programados, se encontraba la celebración de la santa Misa al aire libre por monseñor Escrivá. Ese día, ocho de octubre, las tonalidades del otoño pamplonés lucían con todo su esplendor. Un sol radiante encendía los verdes y oros del arbolado del campus. El altar se había instalado encima de la escalinata delante de la blanca fachada de la Biblioteca, cuyos amplios ventanales refulgían. En la explanada, en torno al altar, millares de personas asistían a la Santa Misa.

Tras la lectura del Evangelio, don Eduardo, situado en un lugar preferente dada su condición de vicerrector, cargo para el que fue nombrado en 1966, escuchó la homilía que pronunció el gran canciller de la Universidad, monseñor Josemaría Escrivá:

– Hijos míos, allí donde están vuestros hermanos los hombres, allí donde están vuestras aspiraciones, vuestro trabajo, vuestros amores, allí está el sitio de vuestro encuentro cotidiano con Cristo. Es, en medio de las cosas más materiales de la tierra, donde debemos santificarnos, sirviendo a Dios y a todos los hombres.

Don Eduardo, con la mirada concentrada de sus pupilas marrones, con la barbilla adelantada como para fijar mejor el centro de su atención, seguiría las ideas de don Josemaría Escrivá que le traerían a la memoria aquel primer encuentro de 1960, siete años antes.

Pocos días más tarde, con Laurita emprendió un largo viaje americano, cuyos pormenores dejó bien detallados –con letra apretada– en setenta páginas de un cuaderno de bolsillo de hojas cuadriculadas. Salieron de Pamplona el 13 de octubre, día de su santo. Pasaron el 14 en Madrid, y en la madrugada del 15 tomaron el avión que les llevó a Montevideo, con escalas en Río de Janeiro y Buenos Aires. El 18 volaron a Buenos Aires, donde permanecieron una semana.

En todas esas estancias tenían, sobre todo él, una agenda bien apretada de conferencias, charlas, coloquios, reuniones y visitas, pero también en esos días excepcionales surgían oportunidades para romper el ritmo exigente de su vida ordinaria. El día 22, probablemente con cierta incredulidad y sentido del humor, en su habitación del Hotel Grullón, escribió unas breves líneas en su cuaderno: «Me levanto a las 11 h. He dedicado la mañana a escribir este diario. Vamos a misa a las 12 h. (Buena vida!!)».

Salieron el 25 para Santiago de Chile, sobrevolando la extensa Pampa y la inmensa sucesión de los cerros andinos; y al llegar a Santiago fueron al cine. Unos días más tarde se trasladaron a Lima; y de allí partieron para Caracas en un vuelo singular con escalas en Guayaquil, Panamá y Curaçao. Era el 31 de octubre, día en que cumplía los 57 años; don Eduardo anotó en el block: «Buena celebración del cumpleaños, pasando el Ecuador». De Caracas se trasladaron a Guatemala, con escalas en Maracaibo y Panamá; y desde allí –por Miami– viajaron a Puerto Rico, último objetivo de este periplo. Por doquier le iba impresionando a don Eduardo la huella de España a través de todo el continente americano. Finalmente, el 13 de noviembre regresaron a Madrid y el martes 14, en el TER, se trasladaron a Pamplona.