13. El maestro

El juramento hipocrático, que contiene los principios más antiguos de la ética médica, comienza con este primer compromiso: «Tendré a mi maestro en la misma estimación que a mis padres, compartiré mis bienes con él y, si lo necesitara, le ayudaré con mi dinero». En términos parecidos se expresa la Declaración de 1948 de Ginebra, que dice así: «En el momento de ser admitido como miembro de la profesión médica, prometo solemnemente: Consagrar mi vida al servicio de la humanidad; otorgar a mis maestros el respeto, la gratitud y la consideración que merecen…»

Desde aquella primera clase de Patología Médica en el aula 4 de San Carlos en el curso 1930-31, don Carlos Jiménez Díaz comenzó a ser «el maestro» de don Eduardo. Lo rememoraba en 1981 en carta a su colega el doctor Marina Fiol: «Para mi promoción, que habíamos nacido en 1910 –era la promoción de Vivanco, Bañón, Rodríguez Miñón, Parra, Paniagua, Gilsanz, Albert, Quero, Humberto Castro Mendoza, Villasante…– fue un ‘flechazo’ el encontrarnos con 19 y 20 años –subrayó– con la figura verdaderamente estelar de un profesor entusiasta, trabajador y lleno de sabiduría, que tenía algo más de diez años más que nosotros. Nos arrolló. Fue un encuentro detonante y que a mí, por estar entonces con don Gustavo Pittaluga, me hizo reflexionar. Aquellas reflexiones me fueron utilísimas. Recuerdo sus clases diarias en San Carlos con el enfermo por delante y, después, estableciendo los fundamentos fisiopatológicos. Eran clases de Médica pero muy enraizadas en la Patología General. Una época que ya pasó, pero que tenía a mi juicio en la figura de Don Carlos un maestro excepcional: síntomas-diagnóstico diferencial y al final la fisiopatología. Era una mezcla de la medicina alemana como explicaba Valhard y la española con su Patología General llena de Anatomía Patológica. Era D. Carlos como suma de Valhard y Fahr en la misma clase».

Se guarda en la Clínica de la Concepción un cuadro, titulado «Lección del Profesor Jiménez Díaz», obra de Eugenio Hermoso, realizada por iniciativa de la mujer de don Carlos, Conchita Rábago. A la derecha, en pie, con su corbata de lazo asomando por la abertura de la bata blanca, y con la mano derecha levemente alzada, se encuentra don Carlos, ante una camilla en la que reposa una enferma joven. Alrededor, como en círculos concéntricos, están representados los colaboradores de Jiménez Díaz. Su propia mujer aparece también en el cuadro, sentada a la derecha, un poco más baja que su marido. La cabeza de Ortiz de Landázuri asoma entre las de Castro Mendoza y Mogena, dentro del conjunto de los discípulos y colaboradores de don Carlos.

Para don Eduardo la relación maestro-discípulo era la clave de toda la formación universitaria. Recomendaba el amor a los maestros, y lo declaraba con su ejemplo, repitiendo, siempre que tenía oportunidad, una convicción íntima: «La lealtad al maestro no le engrandece a éste: pero, sin duda hace más grande al discípulo». Por eso, a él también le conmovía que lo llamaran maestro. En una carta en la que responde a uno de sus antiguos discípulos, el profesor Felipe Rodríguez, radicado en Berna desde hace muchos años, le escribe: «Tu carta del 28 de Mayo acaba de llegar y como siempre tan cariñosa. «Querido maestro», qué bonito título en tus labios y cuánto bien te hace a ti (…)».

Jiménez Díaz, que había nacido en Madrid en 1898, el año del desastre colonial, a sus treinta y dos años era ya una de las figuras más relevantes de la Medicina española. Se había presentado, sin éxito, a las oposiciones para la cátedra de Barcelona, había ganado luego la de Sevilla y, poco después, obtuvo la de Madrid: su primera promoción en Madrid fue la del curso académico 1928-29. Tenía el proyecto de crear un Instituto de Investigaciones Médicas en el que desarrollar sus ideas. Y había buscado para ello el apoyo de algunos mecenas. Él mismo describió, al redactar la historia de su instituto, el almuerzo en el restaurante Lhardy con don Pablo Garnica, del que surgió la Asociación Protectora de su cátedra.

Para Jiménez Díaz, la separación de cátedras vigente en aquel momento necesitaba una transformación. En su opinión, había que romper las barreras de las patologías médicas y quirúrgicas, y las existentes entre las especialidades clásicas o tradicionales. Ese criterio inspiró la creación del Instituto de Investigaciones Médicas, que se instaló inicialmente en la nueva Facultad de Medicina de la flamante ciudad universitaria madrileña; después de la guerra –que Jiménez Díaz pasó en San Sebastián trabajando en el Instituto de Higiene– en la calle Granada; y, por último, en la Clínica de la Concepción –denominada así en homenaje a su mujer, Conchita–, ocupando en 1953 el edificio del antiguo Instituto Rubio. En la capilla de la Clínica, don Carlos hizo poner aquellas palabras de San Pablo, que había adoptado como un lema: «Y si yo poseyera toda la ciencia pero no tuviera caridad, nada sería».

El 13 de febrero se convirtió para don Carlos y sus colaboradores en la fecha fundacional –que se celebraba todos los años– porque, en ese día de 1940, reinició el Instituto en la calle Granada, toda la actividad investigadora de la escuela. Don Eduardo nunca faltó, a menos que hubiera razones de fuerza mayor, a la celebración de esa fecha.

El distanciamiento físico del maestro, primero con la ida a Granada y después con la marcha a Pamplona, no enfrió esta especial relación, sino que —paradójicamente— no sólo la mantuvo, sino que aún la aumentó. En el año 1954, cuando opositó a la cátedra de Madrid, hubo una oportunidad de regresar al lado del maestro; no pudo ser. Y quién sabe si esos azares, en los que él —cuando reparaba en las incidencias de su vida—, iba descubriendo la mano de Dios, fueron precisamente los que permitieron una intimidad con don Carlos que quizás no hubiera sido tan profunda de haber convivido con él, a su lado.

La relación se mantuvo con sus frecuentes viajes a Madrid y con una correspondencia asidua. Se trataban de usted, como era entonces usual en las relaciones entre maestros universitarios y discípulos, aunque don Carlos, siguiendo también la tradición, se dirigía a él por su nombre personal, «Eduardo».

Una de las cartas de don Carlos, fechada en Madrid el 20 de junio de 1963, dice así:

«Querido Eduardo:

»Acabo de recibir su formidable carta, que, naturalmente, guardaré como guardo una buena parte de las suyas. En la vida actual, las cartas, por lo general, han perdido aquel sentido, que tenían antes, de decir por escrito lo que es a veces difícil expresar de palabra. Usted y yo tenemos tantos puntos de contacto, que nos entendemos con pocas palabras, sobrándonos todo lo demás. Vivimos en un planeta que no tiene luz directa, aunque a veces le brote fuego del interior; pero ya sabemos que la luz y la vida nos vienen del Sol. En nuestros sentimientos, como viene usted a decir en su carta, las cosas nos vienen de arriba, y acaso nosotros no hacemos más que, en el mejor de los casos, ser permeables y saber reflejarlas. ¡Cuántos misterios nos rodean! Muchas veces el hombre se queja de que no puede desvelar las cosas misteriosas, pero yo estimo que basta con sentirlas y tener la seguridad de que son mucho más bellas de lo que nosotros en la máxima fantasía nos pudiéramos creer. Ya ve usted; yo algunas veces, mirando la Clínica de la Concepción y las gentes que alberga, veo como un milagro todo lo que ha pasado y siento que no sé con claridad a simple vista todo lo que hay de espíritu, en doble acepción de sufrimiento y placer, allí dentro. En estos días estoy escribiendo la historia del Instituto, no con mucho ánimo porque me parece imposible traducir al lenguaje corriente las cosas que no tienen lenguaje.

«Un abrazo de Conchita y otro mío para los dos.

Carlos Jiménez Díaz»

Don Eduardo, al escribir a Jiménez Díaz solía terminar sus cartas «con el cariño de siempre», enviando «un abrazo de su incondicional discípulo».

Si ya era grande el afecto al maestro, éste cobró una nueva dimensión cuando monseñor Escrivá le dijo:

– Tu primer apostolado está en cuidar a don Carlos.

Se tomó muy en serio esa indicación que no le suponía un esfuerzo especial, pues abundaba en la disposición de su ánimo; aunque a partir de entonces tuvo una preocupación particular por lograr que don Carlos estuviera más cerca de Dios.

Fruto de esta singular amistad fue la aceptación por parte de Jiménez Díaz de la Presidencia de la Asociación de Amigos de la Universidad de Navarra, asociación fundada en 1960 con el fin de obtener recursos para asegurar el desarrollo de una Universidad que no recibía subvenciones estatales y que, salvo una aportación directa de la Diputación Foral, dependía del trabajo de sus componentes y de las matrículas de los estudiantes. Don Carlos, al aceptar el nombramiento, le aclaró sin embargo, con plena franqueza, que no se debía contar con él para la ayuda estrictamente económica:

– Dígales –respondió a Ortiz de Landázuri, cuando éste le consultó sobre la aceptación del nombramiento– que para mí es un gran honor aceptar la Presidencia de la Asociación de Amigos de la Universidad de Navarra, a la que defenderé ante cualquier eventualidad por encima de todas las pequeñeces y dificultades; pero se equivocan en la elección porque, con la misma sinceridad, quiero que sepan que, económicamente, todo lo que pueda obtener del Estado, de particulares o de mi peculio, lo daré para mi Institución.

Don Carlos fue así el primer presidente de la Asociación de Amigos, cargo en el que le sucedió el catedrático de Derecho Civil, y presidente del Tribunal Supremo, don José Castán Tobeñas. Precisamente en 1964, al producirse el relevo, tuvo don Eduardo la gran alegría de que monseñor Escrivá y don Carlos —dos de las personas sin las que él es inexplicable— se encontraran en Madrid y se conocieran personalmente.

El 13 de mayo de ese año don Carlos le había enviado otra carta:

«Querido Eduardo:

Muchas gracias por su carta. No necesito decirle a usted nada sobre lo que me alegran sus noticias y el carácter inexplicablemente creciente de mi cariño a ustedes (Lo de inexplicablemente quiere decir que me parecía que ya no era posible que creciera)».

Jiménez Díaz había podido conocer el espíritu del Opus Dei, en parte porque en su Clínica habían estado dos enfermos especiales. El primero fue don José María Hernández de Garnica, sobrino de don Pablo, el benefactor de su fundación, y la segunda fue Guadalupe, la hermana de Ortiz de Landázuri. Don Carlos supo apreciar la serenidad y la alegría con que ambos llevaron sus enfermedades; pero, además se admiraba de que don José María, ingeniero de Minas y doctor en Ciencias, con una excelente posición social y económica, lo «hubiera dejado todo», para ser uno de los tres primeros sacerdotes de aquella joven institución que había fundado don Josemaría Escrivá.

El encuentro entre monseñor Escrivá y don Carlos tuvo lugar en Madrid, en la calle de Diego de León, en la que había vivido el fundador del Opus Dei antes de su marcha a Roma y en la que se alojaba cuando por uno u otro motivo pasaba por Madrid. Previamente, don Carlos había sido convocado a un almuerzo al que estaba también invitado el nuncio de Su Santidad, monseñor Antoniutti, pero le fue imposible asistir. Por eso, más tarde y a solas, acudió a ver a monseñor Escrivá. No estuvo don Eduardo en ese encuentro, que para él representaba algo importantísimo, pero por las referencias que recibió, supo que su maestro se había emocionado mucho, hasta el punto de no poder contener las lágrimas.

No pudo asistir don Carlos a la Asamblea de la Asociación de Amigos, que presidió el gran canciller a comienzos de octubre de 1964, porque viajaba a Buenos Aires para asistir al Congreso de la Sociedad Internacional de Medicina Interna, de la que por unanimidad había sido elegido presidente en el Congreso de Basilea en 1960. Don Eduardo fue también a Buenos Aires, para acompañarle, pero les resultó imposible hacer el viaje juntos, porque él estuvo en la ceremonia de la concesión de grados de doctor honoris causa, y también en la asamblea de la Asociación de Amigos. El 9 de octubre don Carlos le había escrito:

«Querido Eduardo:

»Me figuro que habrá usted recibido un telegrama que le pusimos inmediatamente al recibir su carta, que tanto a mí como a Conchita nos produjo la mayor alegría. Me ilusiona doblemente ahora el viaje a Buenos Aires y los días que podemos pasar juntos. Son ocasiones excepcionales.

»Yo había pensado salir el 16 por la noche (creo que el avión sale a la una), pero me acomodaré a lo que ustedes quieran para ir juntos. Podemos disponer de cuatro días en Buenos Aires antes del Congreso y cuando el Congreso se acabe, que es el 29, si no hacemos otros planes, nos volvemos.

»Dígame si usted quiere que yo me ocupe de sus billetes y si le van bien esas fechas. Yo he escrito ya a Buenos Aires, avisándoles de que van ustedes a ir, para que les reserven la habitación en el mismo hotel que vamos a estar nosotros.

»Tengo una alegría muy grande.

»Con un fuerte abrazo, suyo;»

Firmaba don Carlos.

Era un acto de justicia nombrar a Jiménez Díaz doctor honoris causa de la Universidad de Navarra. A comienzos de 1967 don Eduardo le comunicó que los trámites iban adelante, y que él era el único español previsto para los nombramientos de ese año. También le contaba que un hijo suyo, que se había trasladado a Roma para continuar allí sus estudios, había estado con monseñor Escrivá de Balaguer y que éste, al saber quién era, le había preguntado por don Carlos: «Qué bonito para mí, saber que en él yo soy algo de usted».

Quizás la última carta de don Carlos sea la que escribió a comienzos de abril. Trataba en ella de un asunto relacionado con un congreso, y pasaba a comentarle que el matrimonio había estado en Granada: «En Granada lo pasamos muy bien, pero todo fue recordarle a usted: desde su antiguo chófer que me vio en la calle y vino corriendo a saludarnos preguntándonos por usted con mucho cariño, a numerosos compañeros, todos diciéndome que qué lástima que don Eduardo se hubiera ido. Nosotros, no es necesario decírselo a usted, cómo le recordamos».

Terminaba don Carlos mencionando que se había encontrado en Granada con varios profesores de Pamplona: «A todos ellos —escribió— les encargué tantos abrazos que si se los han dado a usted estará usted con insuficiencia respiratoria». Don Eduardo le respondió cinco días más tarde, prácticamente a vuelta de correo; su carta concluía: «Estoy deseando tener la oportunidad de dar una vuelta por Madrid y así poder darle un abrazo muy fuerte. Mientras tanto, como siempre, reciba el cariño de su incondicional discípulo».

El 18 de mayo de 1967, el doctor Jesús Honorato y otro médico se encontraban despachando con don Eduardo. Sonó el teléfono, que éste tomó. No dijo nada, pero vieron que su cara perdía color: colgó el teléfono y ensimismado comenzó a repetir «¡Dios mío! ¡Dios mío!». Jesús Honorato tuvo miedo y salió a buscar a otro médico; lo vio mal y temió que pudiera darle un infarto. Cuando volvieron al despacho se había serenado y les dio la noticia:

– Me acaban de decir que ha muerto don Carlos.

Luego les invitó a rezar algunas oraciones y a seguir rezando en silencio unos minutos. Después volvió a centrarse en el trabajo.

Don Carlos no pudo, por tanto, recibir en vida el grado de doctor honoris causa por la Facultad de Ciencias de la Universidad de Navarra. Tampoco pudo acudir al acto, que se celebró en el Aula Magna el 7 de octubre de 1967, Con-chita de Rábago, su viuda, enferma en Madrid. Acudió en cambio, acompañado de varios miembros de la institución fundada por Jiménez Díaz, el profesor Eloy López. El padrino fue el profesor Julio Rodríguez, decano entonces de la Facultad de Ciencias de la Universidad de Navarra.

Poco después, él y Laurita aprovecharon su paso por Madrid, camino de América, para saludar a Conchita. Ella les entregó copia de una oración que su marido había escrito para un pariente: «José Mari, le decía, cuando sientas la mano de Dios que te acaricia, aunque sea a contrapelo y dolorosamente, recuerda lo que hace un perrito cuando siente la mano de su amo; le lame la mano. Yo te puedo decir, por experiencia; llevo mucho tiempo lamiendo la mano de Dios».

El año 1970 asistió don Eduardo al acto in memoriam, para conmemorar en el Aula Magna de la Fundación Jiménez Díaz el tercer aniversario de su fallecimiento. El acto consistió en la «Segunda lección conmemorativa Jiménez Díaz», que dictó André Cournand, profesor de la Columbia University de Nueva York y premio Nobel de Medicina en 1956. La primera de las lecciones la había pronunciado el también Nobel, Severo Ochoa –profesor de Bioquímica de la Universidad de Nueva York–, que antaño había estado vinculado al Instituto promovido por Jiménez Díaz.

Precisamente, con ocasión del homenaje que se le rindió en Madrid en el décimo aniversario, don Eduardo pronunció un extenso y emotivo discurso glosando su obra y su figura. No es cosa de reproducir el discurso íntegro, pero sí vale la pena hacerlo con algunos párrafos particularmente significativos de la estrecha relación que lo unió con su maestro:

«Don Carlos –dijo en aquella ocasión–, como siempre se ha repetido, ejercía su maestría –inolvidables días de San Carlos, en 1929, cuando le conocí– con tal garbo intelectual y vocación universitaria que atraía a todos sus discípulos –bisoños y veteranos– que llenaban diariamente el aula en su mañanera lección clínica, verdaderamente magistral, y en la que se hacía patente su doble personalidad científica, tanto de formación básica centro-europea, como exuberante en su información anglosajona. Después de la clase y ya fumando su cigarrillo –su viejo amigo, como diría en sus días postreros– seguido de sus colaboradores y estudiantes recorría las vetustas salas de su Cátedra, cargadas de historia, sin pausa ni demora, en permanente peregrinar entre las camas de los enfermos, que le querían entrañablemente en justa correspondencia a su esforzado sentido de servicio.

»Se aprendía a su lado no sólo el caudal de conocimientos que de sus enseñanzas se deducían de modo inmediato, sino también el ritmo de un quehacer ilusionado y exigente que daba impulsos para intentar imitarle. Sus consejos, aunque muy humanos, tenían siempre un matiz de sacrificio, al estar orientados más en el área del espíritu que de la sensibilidad: Darse a los enfermos, dedicación al estudio con progresivo interés y formación científica para poder penetrar en la investigación a la que el Prof. Jiménez Díaz prestó siempre singular predilección. Todo ello sin olvidar la libérrima personalidad de cada uno de sus colaboradores y a la que él sentía singular predilección. ‘Quiero –decía en el verano de 1942, cuando estudiaba la desnutrición proteica– que a los internos les cruja el esqueleto(…).’

»Esta actividad constante –día a día de Don Carlos–sin resonancia espectacular, como es propio de un auténtico universitario, se revelaba en un comentario muy demostrativo de una de sus últimas cartas (21-1-1967) en la que decía:

`A algunas personas les podrá chocar cómo hago lo mismo siempre, pero estoy convencido de que en ello hay más virtud que en el cambio. Eso de siempre es una cosa bastante seria.’»

Estos párrafos del discurso de Ortiz de Landázuri, leídos ahora y en el contexto de la narración de su vida, nos resultan singularmente válidos para aplicarlos no sólo a quien iban dirigidos, es decir a la memoria de Jiménez Díaz, sino al mismo que los pronunciaba. Y el hecho resulta especialmente ilustrativo de esa unión entre ambos doctores, pues el mejor homenaje del discípulo será siempre imitar e incluso adelantar al maestro. Las últimas palabras del discurso, se podrían aplicar ahora a don Eduardo:

«Es posible, en efecto, que cada época tenga sus instrumentos intelectuales más apropiados, pero la reciedumbre y el bien hacer y la visión conjunta del hombre que padece y que hay que tratar como una unidad material y espiritual seguirán siendo los objetivos más firmes de la Medicina, y en ambas proyecciones la vida científica, universitaria y clínica del Prof. Carlos Jiménez Díaz como maestro servirá siempre como ejemplo para nuestras íntimas reflexiones fuese cual fuera el campo especial de nuestras actividades».

Cuando don Carlos publicó el año 1965 la Historia de mi instituto en la editorial Paz Montalvo, en el ejemplar que le dedicó lo llamaba «creador de metástasis».

Dos años más tarde, en el acto de colación a Jiménez Díaz del grado de doctor honoris causa por la Facultad de Ciencias de la Universidad de Navarra, Ortiz de Landázuri, sentado entre los doctores de la corporación universitaria, escuchó con la atención concentrada que solía poner en todas las cosas, las palabras que el gran canciller, monseñor Escrivá de Balaguer dedicó a don Carlos:

– Y llega por fin el momento –para mí lleno de emoción–, de evocar la figura de don Carlos Jiménez Díaz, que habría de encontrarse ahora entre nosotros, si el Señor en su suprema Providencia no lo hubiera dispuesto de otro modo. Cuando el 18 de mayo pasado nos sorprendió dolorosamente el fallecimiento del Profesor Jiménez Díaz había sido ya aprobada la petición unánime elevada por el Claustro de la Universidad de Navarra, solicitando que le fuera concedido el doctorado honoris causa. Y en verdad, ¿quién no reconocerá al punto la patente magnitud de sus merecimientos? El Profesor Jiménez Díaz ha sido una figura egregia de la Medicina española, un investigador, un clínico incomparable. Fue el creador de una gran institución médica. Pero fue, sobre todo, un universitario que se consagró con generosidad sin límites a la formación de sus discípulos. Por eso su mejor obra, la señal cierta de su fecundidad de su vocación de maestro, es la Escuela médica que deja tras de sí, una Escuela cuyos miembros ya son a su vez maestros de numerosas Facultades y de la Clínica españolas.

»La Universidad de Navarra debe mucho al Profesor Jiménez Díaz, y es para mí una gran alegría tener ocasión de reconocerlo una vez más. Desde el principio comprendió la trascendencia de esta empresa educativa y científica, y con su experiencia y con su aliento, cooperó eficazmente a hacerla realidad. Fue el Primer Presidente de la Asociación de Amigos de la Universidad de Navarra, y hasta su muerte ha sido Presidente Honorario. El Doctorado honoris causa, que hoy se le confiere a título póstumo, y la lápida que honrará su memoria en la Facultad de Medicina, son el homenaje de admiración y de agradecimiento al científico ilustre, al hombre de bien, al amigo queridísimo».

Don Eduardo se unió al caluroso aplauso con que todos los presentes respondieron al discurso del gran canciller. La cuarta persona que, cronológicamente, influyó más en su vida había estado hablando allí de su maestro; allí precisamente, en el ámbito de la Universidad que él aprendió a amar desde su juventud, y cuyo amor acrecentó al lado de Jiménez Díaz y de aquel sacerdote aragonés al que llamaba Padre.

El amor que tenía a don Carlos se extendía al Instituto que éste había creado y a sus colaboradores, muchos de ellos antiguos compañeros de la Facultad o médicos más jóvenes que habían trabajado con él en el Hospital General. Por eso le afectaron, produciéndole un dolor profundo, los avatares de la Clínica de la Concepción que pusieron en riesgo su inspiración originaria. El 12 de febrero de 1977, al que se había adelantado la fiesta del día 13, por ser éste domingo, se topó con lo que le pareció un espectáculo desolador. En las escaleras que dan acceso al vestíbulo de aulas se encontraban en asamblea permanente, por una huelga de la plantilla –enfermeras, camilleros, porteros, auxiliares, limpiadoras, etc.–, unas trescientas o cuatrocientas personas. La sesión clínica se celebró con ese panorama a las puertas del aula.

Siempre que entraba en la Concepción hacía lo mismo: pasar por la capilla, para rezar por don Carlos y Conchita. Por eso, una vez que un directivo de la institución le confiaba el deterioro que se iba produciendo en la clínica, don Eduardo le indicó que era difícil evitar esa decadencia cuando la misma capilla estaba descuidada, y faltaban flores a la Virgen. Se alegró cuando, pocos días después, el mismo directivo le contaba que, a partir de aquella conversación, la imagen de la Virgen tenía flores todos los días y que la capilla estaba limpia y cuidada.

En junio de 1980 abría su corazón al profesor Perianes y le contaba algunos de sus sueños, recordando el período entre los años 1940 y 1946: «Ahora –le decía– todo aquello quedó muy lejos, como la gran figura de don Carlos, que era nuestro foco de atracción y de consejo. Aún a veces sueño con don Carlos. Te contaré uno de estos últimos sueños: estaba perdido por el Hospital General y sentía la obsesión de que no le había visto a don Carlos hacía días y me daba una cierta vergüenza ponerme delante de él. Pasaba por las salas, aquellas grandes salas del general, y de pronto a lo lejos vi ante una cama a mucha gente que rodeaba a una persona que era don Carlos. Como me daba una cierta timidez o quizás reparos por mi larga ausencia, di una vuelta para que no me viera y ya, otra vez solo, seguí deambulando por los pasillos del Hospital hasta que bruscamente me desperté y al comprender que ya no estaba don Carlos entre los vivos, sentí una cierta paz!!

»¿Qué supone todo esto?, quizá nuestra historia de los Ortizianos que vivíamos en parte nuestra vida en la sala 10, pero con el corazón y la mente en la Sala 34, donde trabajaba don Carlos».

Y en febrero de 1983, en una de las cartas que escribió a su colega el doctor Carlos Marina Fiol, Ortiz de Landázuri le confiaba: «Es curioso; pensarán que son devaneos míos hacia él. En realidad, dejó don Carlos una huella tan profunda en mí, que llego a pensar que es una de las pocas cosas de que puedo ufanarme: el amor al Opus Dei en lo sobrenatural, y a don Carlos en lo intermedio; ya que las relaciones con don Carlos estaban muy cerca de Dios. ¿Por qué?, me pregunto yo mismo. Por varias razones que a mí me parecen fáciles de explicar: mi edad cuando le conocí, dieciocho años y el cariño que me demostró. Todo ello con su generosidad intelectual –la más difícil–, y después material, al dejarlo todo para la Fundación. ¿Hizo bien? Pienso que sí. Ya ese gesto –que forma parte de su historia– demostró la limpieza de su vida de trabajo y de entrega, cien por cien, sin el menor egoísmo personal.

»Cuando hablo así, piensan que soy un ‘iluminado’, que exagero, pero no hay tal; es una historia de muchos años —1928-1967– que no tuvo la menor inflexión: fue mi maestro, mi consejero, el amigo de verdad de Laurita y mío; y, además, protector entrañable de la Universidad de Navarra, cuando yo nada le di, salvo ayudarle a ver que hay una vida sobrenatural, que él ya presentía».

Curiosamente, el 30 de marzo de 1985 don Eduardo publicó en «ABC» su último artículo, que llevaba el significativo título: «En recuerdo al maestro».