14. «El enfermo siempre tiene razón»

«Ya sé que todos los enfermos hemos sido uno a uno para usted; pero para mí y supongo que también para los demás, usted ha sido algo especial. No quiero regalarle los oídos, ni pretendo lisonjearle, pero para nosotros, además de médico, ha sido el cristiano que da luz además de salud, con su ejemplo y con su actuación.»

Carta de C. G. Z., Soria 23-IV-84

La enfermera Josefina Escós, que comenzó a trabajar con Ortiz de Landázuri en los inicios de la Clínica Universitaria, anotó en cierta ocasión cómo era el trato de don Eduardo con los enfermos: «Pasaba consulta con él, y me admiraba el trato cordial con los pacientes. Nunca pude tener la sensación de prisa o de agobio. Su diálogo con «el enfermito» era cordial. Escuchaba…, escuchaba siempre, anotaba aquellas cosas que el enfermo narraba y que parecían ser intranscendentes. Interrumpía poco, anotaba. El enfermo era el único protagonista. Trazaba la trayectoria de la anamnesis del enfermo sobre una línea continua, colocando los sucesos en un perfecto orden cronológico. Se podría haber pensado que la conversación con el entrevistado había sido una simple narración de hechos. La consulta era algo tan amable que los enfermos deseaban volver».

En efecto, para él nunca hubo enfermos, sino «enfermitos», con independencia del sexo, de la edad o de la condición social. Así los llamó desde el comienzo de su actividad profesional, y con la frase «vamos a ver cómo se encuentra este enfermito», o «vamos a ver qué tiene este enfermito», a la que unía su sonrisa, se sentaba en la cama del enfermo y allí daba su lección de Medicina y de humanidad. Si la Medicina, como observaba el profesor Perianes, que trabajó con él a comienzos de los años cuarenta en el Hospital General, «al final se resuelve en un médico y un enfermo», Ortiz de Landázuri encarnaba la concepción exacta.

De hecho, por bueno que fuera como docente o como investigador –y sus clases, según suele ocurrir a tantos maestros, tenían altibajos–, las mejores lecciones las daba a la cabecera del enfermo. Se había impregnado de aquellas palabras de San Pablo, que su maestro, don Carlos Jiménez Díaz, quiso que campearan en la capilla de la Clínica de Nuestra Señora de la Concepción, fundada por él: «Y si yo poseyera toda la ciencia pero no tuviera caridad, nada sería». Y don Eduardo fue llenándolas de contenido cada vez más denso, a medida que la presencia de Dios y el trato con Jesucristo se fueron convirtiendo en un hábito para él.

No sabía negarse ante el dolor físico o moral de la gente que le rodeaba. En cierta ocasión, en Granada, había terminado su consulta en el Hospital a la hora prevista, pues quería comer puntualmente, porque luego tenía una cita con un amigo. Salía, cuando vio en la sala de espera a dos mujeres, evidentemente una madre y su hija joven. Le bastó una ojeada para hacerse cargo de la situación: era una señora, como antes se decía, «venida a menos» que, a falta de recursos económicos, acudía a la consulta gratuita de la beneficencia –como pobre vergonzante– a una hora en la que no la pudieran ver. Don Eduardo la hizo pasar y se dedicó, sin prisas, a atender a aquella joven enferma, como si nada más tuviera que hacer en el mundo. Por supuesto, se quedó sin comer, porque no quiso ser impuntual con la persona con la que estaba citado.

Este principio, «el enfermo siempre tiene razón», caracterizó siempre su actividad como médico. Pero esa máxima no se equiparaba a la expresión bien conocida de que «el cliente siempre tiene razón». Era mucho más; significaba para él que el enfermo es el que finalmente guía al médico hacia el diagnóstico certero, es quien con su información y sus síntomas orienta el juicio del médico; el enfermo siempre dice la verdad, si se le dedica tiempo, si se le escucha sin prisas.

Pero tal principio implicaba también la disponibilidad con respecto al paciente. Su capacidad de darse al enfermo no tenía limites. Y sus riñas, que a veces se escuchaban a distancia, aunque hubiera tabiques por medio, casi siempre tenían que ver con alguna negligencia en la atención del enfermo: eso no lo toleraba.

Aprendió —y lo mejoró— el trato con los enfermos de su maestro Jiménez Díaz: le había visto ocuparse con un gran afecto de sus pacientes en los servicios de la beneficencia que dirigía. El doctor Francisco Vega, en escrito reciente, se refiere a un libro de Jiménez Díaz publicado en 1952. «En una de las tres conferencias que conforman ese libro, pueden leerse, asimismo, estas palabras de autosatisfacción: ‘He enseñado siempre que vale más media hora de hablar con los enfermos que todos los medios auxiliares’, y advierte que cuantos han trabajado con él —yo lo corroboro en lo que concierne a sus comienzos profesorales, subraya Vega— le han visto ‘sentado en una cama con una mano cogida en las mías, sin premura de tiempo’». Don Eduardo hizo lo mismo, acentuando la dedicación y el afecto, hasta llegar a planteamientos verdaderamente sobrenaturales.

Si habitualmente exprimía las horas y los minutos, para no perder uno solo, cuando se sentaba junto al paciente en el borde de la cama —actitud que ya revelaba su disposición—, parecía no tener otra cosa de qué ocuparse y todo el tiempo por delante. Tomaba la mano del enfermo, le hacía una caricia… Era «difícil encontrar —comentaba uno de sus colaboradores— un médico con la disponibilidad para el enfermo que él tenía».

El enfermo era la meta de su actividad y no podía disculpar la falta de atención ante él por ninguna razón. Por eso se puede decir que se «metía a los enfermos en el bolsillo»; más aún, decía alguien que trabajó junto a él en el Pabellón F del Hospital de Navarra, «los enfermos le idolatraban». Era tal el influjo positivo que ejercía sobre ellos, que daba la impresión de que desaparecía el dolor; y, a aquellos enfermos de la beneficencia que ocupaban las salas del pabellón F, no les entraba en la cabeza ver a un médico de su talla aparecer a cualquier hora de la noche para ver cómo se encontraban.

Mari Carmen Marcotegui recuerda que, en aquellos primeros años del Pabellón F, los sábados, pasada ya la medianoche, se oía el chirrido del freno de su coche, y aparecía para pasar una última visita, si no a todos, sí a los enfermos más graves. Quizás habían estado en el cine, pues Laurita lo acompañaba. Mientras don Eduardo revisaba el estado de sus pacientes, ella lo esperaba en el pasillo o en el modesto cuarto en que trabajaban las enfermeras.

El doctor Eduardo Rocha refiere que una de las dos broncas que le echó tenía que ver con ese supuesto descuido en el trato con el enfermo. Estaba Rocha saliendo con el personal de todo el servicio de una sesión clínica cuando vio venir a don Eduardo. Éste se dirigió a él y comenzó: «Mi querido Eduardo…» El tono delataba que, detrás, venía la tormenta. Y así fue: delante de todos los que habían acudido a la sesión, y con tono fuerte, le señaló que había pedido unos informes para una enferma, que había dicho a esta enferma que el doctor Rocha iba a pasar a verla, y que no habían hecho nada. Al parecer, la petición de informes había llegado tarde y no se habían enterado. Dicho sea de paso, si aquella riña impresionó a los presentes, todavía les impresionó más que, al cabo de poco tiempo, volviera don Eduardo para pedir perdón también delante de todos.

Era un médico que se hacía amigo de la gente. Siempre fue así. El doctor Rodríguez-Miñ ón, que entró con él, cuando eran estudiantes, a trabajar en la sala de mujeres del servicio que atendía el profesor Jiménez Díaz en el Hospital Clínico de San Carlos, recuerda, por una parte, más que su inteligencia, su enorme tesón y, por otra, su enorme capacidad de hacerse amigo de la gente. Por eso sorprendía, desconcertaba, cuando a horas inesperadas se hacía presente para visitar a sus amigos y conocidos cuando se encontraban enfermos en sus casas.

Elica Ardanaz, compañera de Laurita en la Facultad de Farmacia y en la Residencia de Señoritas que dirigía. María de Maeztu, y que fue también una de las personas que asistieron a la boda en Arantzazu, tenía a su marido enfermo, en tratamiento tras la extirpación de un cáncer de colon. Jesús Marín, su marido, solía guardar cama, pero el día de Nochebuena decidió levantarse para celebrar la fiesta en compañía de sus familiares. Se levantó por la tarde, y al rato se sintió mal. Elica se encontró desolada, con su marido enfermo a las nueve de la noche del día de Nochebuena. Apenas había comenzado a plantearse qué podría hacer cuando sonó el timbre. Fue a abrir y se encontró a don Eduardo en la puerta:

– ¡Eduardo! ¡Llegas como un ángel!

Ortiz de Landázuri atendió al enfermo, le indicó una medicación y dijo a su mujer:

– Dale esto. Si se duerme y descansa, déjalo. Si no, llámame.

Eduardo Rocha recuerda también que se presentó un domingo a las siete de la tarde para verle, porque le habían dicho que tenía un cólico nefrítico. El doctor Quiroga, recién incorporado como residente a la Clínica Universitaria, se quedó también de una pieza cuando lo vio aparecer en la casa en que se alojaba, pasadas las once de la noche, pues se había enterado de que se encontraba mal.

Algunos de sus compañeros de Universidad evocan su disponibilidad y sencillez, aunque estas manifestaciones eran su modo habitual de comportarse con cualquier enfermo. El profesor Cañedo, catedrático de Literatura, planeaba a fines de los años setenta responder a la invitación de una universidad italiana, y aprovecharla para tomarse unas semanas de descanso con su mujer. Tenían ya preparado el viaje, cuando su hijo único, afectado por un síndrome de Down, enfermó con algún problema de digestivo, que les hizo pensar en renunciar a la invitación. Don Eduardo pasó a ver al enfermo y, considerando su situación, les tranquilizó recomendándoles que hicieran el viaje, a todas luces conveniente para los dos. Como el chico se quedaba en Madrid en casa de la abuela, don Eduardo les aseguró que hablaría con un colega madrileño para que le atendiera; y además insistió en que si pasaba algo lo llamaran a él sus familiares. Con esa seguridad, la familia tomó el tren para Madrid. Apenas estaban entrando en casa de la abuela, cuando comenzó a sonar el teléfono; era don Eduardo para interesarse acerca de cómo habían hecho el viaje.

En otra ocasión dedicó toda la tarde de un sábado a este muchacho, y llamó a la mañana siguiente, bastante temprano, para saber cómo había pasado la noche.

Don Angel Raimundo Fernández, también profesor de la Facultad de Filosofía y Letras, recuerda que, una vez que tuvo que ingresar en la Clínica, por un problema que dificultaba sus movimientos y no le permitía inclinarse, al tratar de quitarse los zapatos para tumbarse en la cama, el propio don Eduardo, sin decir nada, se puso de rodillas y se los quitó.

El profesor José González Castro no olvida lo que pasó con una cuñada suya que había enfermado en Torrelavega. En su sexto parto, se le había producido una flebitis y aquello ofrecía un mal cariz; tan malo que su hermano lo llamó y le pidió que hablara con don Eduardo, porque hasta allí había llegado su fama en los pocos meses transcurridos desde su llegada a Pamplona.

– Pues claro –contestó Ortiz de Landázuri–. ¡Vamos allá!

Hicieron el viaje en el modesto coche de González Castro, un 600 de fabricación alemana, y llegaron varias horas después de lo esperado: no por problemas del automóvil, sino porque Ortiz de Landázuri no pudo dejar a sus enfermos de Pamplona hasta bien entrada la noche. Desde las diez hasta las tres o cuatro de la madrugada los estaban esperando en Santander. Tenían la cena preparada, pero don Eduardo la dejó para más tarde:

– Vamos a ver lo más importante, que es la enferma.

La auscultó, confirmó el diagnóstico, que era serio, y, cuando le dijeron que tenían reservado un hotel para dormir, contestó que él no podía quedarse porque tenía que dar clase unas horas más tarde en Pamplona:

– No se preocupen, yo duermo en el coche —aseguró.

Mientras conseguían un coche, despacharon —él con buen apetito— la cena, casi desayuno a aquellas horas de la madrugada, que les habían preparado.

– Pepe —le dijo a González Castro antes de partir—, tú te quedas aquí y me tienes al corriente de la marcha de las cosas; yo vuelvo a Pamplona.

A los pocos días la situación empeoró. La enferma tuvo problemas de movimientos y aparecieron signos de dificultad al hablar, que hicieron temer lo peor. Los médicos de Santander pronosticaban un desenlace fatal. González Castro le dio el parte, e inmediatamente don Eduardo le dijo:

– Ahora salgo para allá.

De nuevo en Torrelavega, y después de explorar otra vez a la enferma, confirmó la gravedad de la situación. Con el margen de falibilidad e indeterminación en que se mueve la Medicina, no podía predecirse la muerte, pero el pronóstico era serio.

Estaba allí la madre de la enferma que, silenciosamente asistía a todos los acontecimientos. Y con esa determinación que tienen las madres, llamó aparte a González Castro:

– Mira, Pepe, tengo una fe muy grande en este hombre. Es un médico muy bueno; y además es santo, porque nadie haría lo que él está haciendo. ¿Por qué no os la lleváis a Pamplona? Yo se lo voy a decir a don Eduardo.

Decidieron, con lógica, proponérselo antes al marido, que dijo que no tenía inconveniente. Y luego se lo plantearon a don Eduardo. Él lo meditó un momento, y enseguida respondió:

– Oye, que sí. Nos la vamos a llevar. ¡Venga, nos la llevamos!

Pidieron una ambulancia y entretanto se congregaron allí amigos y colegas que hicieron una despedida en toda regla. ¡Menuda despedida! Un despliegue de dolor, cariño y esperanza. Ortiz de Landázuri decidió ir en la ambulancia con la enferma, y el doctor González Castro los siguió en su cochecito. Ya estaban cerca de Bilbao cuando la enferma, sin dificultades en el habla, con la voz totalmente normal, comentó:

– Estoy mejor. ¿Sabes lo que me apetece? Un bocadillo de jamón.

– Pues eso está hecho –respondió don Eduardo.

Se detuvieron ante un bar y él le compró el bocadillo. Aquel buen presagio inició la mejoría que se produjo en el tiempo de estancia en el Pabellón F del Hospital. Una vez repuesta, la paciente se reintegró a su familia. Y un verano, pocos años después, todos, con el recuerdo imborrable de aquella curación, fueron a pasar las vacaciones en Pamplona, para tener la oportunidad de darle las gracias a don Eduardo por todas sus atenciones.

Nunca se iba a descansar sin pasar revista a los enfermos que de él dependían. Laurita bromeaba:

– Es que tú no eres capaz de venir a casa si, antes, no dejas a tus «enfermitos» bien tapados y arropados.

Este modo de obrar respondía a una firme convicción que expresaba, reiteradamente, en aquella frase sentenciosa: «A las tres de la madrugada se puede salvar una vida; a las nueve de la mañana sólo se puede firmar un certificado de defunción».

Y así era. Pasadas las once, quizás iniciada ya la madrugada, daba su última ronda, que conmovía a la mayoría de los enfermos y que, en algunas ocasiones, daba lugar a situaciones divertidas. Muchos dormían ya, y se despertaban, a veces con el malhumor inmediato de un sueño roto en su mismo comienzo, cuando él venía a visitarlos: al verlo, quizás sentado ya a un lado de la cama con el fonendoscopio dispuesto para la exploración, el malhumor se convertía en asombro y gratitud. Alguno que otro simulaba no despertarse para evitar la consulta.

En una ocasión, la mujer de uno de los pacientes internados se comportó de una manera algo insólita. Pensaba pasar la noche con su marido, usando la cama auxiliar instalada en la habitación para esas ocasiones. Y, después de arreglarse para dormir, se acostó. Cuando un rato después oyó que la puerta se abría y escuchó la voz de don Eduardo, tuvo una reacción instintiva femenina. Con los rulos y la redecilla puestos, no se consideró presentable y, sin tener un lugar donde esconderse, no se le ocurrió mejor cosa que meterse debajo de la cama del enfermo. Y así estuvo, todo el tiempo que duró la visita, viendo los zapatos del médico.

Estaba en lo que hacía, poniendo en ello todo su interés; por eso los enfermos confiaban en él, porque advertían que cuando él les visitaba nada había más importante en el mundo.

Una vez se encontraba ingresado uno de sus mejores amigos, con una enfermedad grave en estado terminal. Estuvo un rato viéndole, acompañado de otros médicos y algunas enfermeras. Al salir, el doctor Lucas, que conocía la profunda amistad que le unía con el enfermo, le dijo:

– Don Eduardo, usted debe estar hecho polvo, con la enfermedad de Joaquín.

Don Eduardo se detuvo, le miró, y de un modo que dejaba bien a las claras que se dirigía a todos los que le rodeaban, respondió:

– Mire usted, Ignacio. Cuando estoy ahí dentro, toda mi ciencia, todo mi cariño, toda mi oración son para Joaquín. Pero cuando salgo de esa habitación y la puerta se cierra a mis espaldas, me olvido totalmente, porque tenemos mucho que hacer.

Todo ese quehacer se resumía en una de sus palabras más queridas: servir. Una enfermera contaba: «¡Cuántas veces le oí repetir estas palabras: «Hay que aprender a servir», o «nosotros estamos al servicio de… a cualquier hora, en cualquier cosa, para lo que sea y en lo que sea».

Pero al mismo tiempo que se entregaba a los enfermos, se hacía respetar siempre que era necesario. Hacía que los enfermos lo respetaran a él y al médico en general, quienquiera que fuese. La enfermera Josefina Antonio, que trabajó muchos años a su lado, recuerda que una de las veces que lo vio más enfadado fue cuando un paciente, que llegó a la Clínica Universitaria procedente de otro centro hospitalario, comenzó a hablar mal de los médicos que lo habían atendido. Se encaró con el enfermo y le echó una reprimenda: «¡No se puede hablar mal de esos médicos!, le dijo enérgicamente, ¡y si usted no entiende esto, o no quiere hacerlo así, mejor es que se vaya!».

Y el doctor Lucas, que colaboraba con él en su servicio de la residencia de la Seguridad Social, presenció otro caso parecido. En esa ocasión la riña se la llevó el marido de una enferma –hombre que desempeñaba un cargo en la Administración local–, por un comentario poco respetuoso, cuando don Eduardo y sus colaboradores, pasando consulta a primera hora de la mañana, entraron en la habitación de la paciente. Al ver el marido de la enferma que entraba en la habitación don Eduardo con los médicos del servicio y algunas enfermeras, tuvo la ocurrencia de decir:

– ¡Hombre, aquí está la tropa!

Don Eduardo examinó a la enferma y, al salir, llamó al marido:

– ¿Cómo ha dicho usted eso de «aquí está la tropa»? ¿Sabe usted quiénes somos, quién soy yo y con quién está usted hablando?

Así comenzó una bronca, ante la que aquel personaje se fue arrugando poco a poco, consciente de su ligereza.

Don José Luis Calvo recuerda también que, una vez que estaba internado en la Clínica Universitaria, don Eduardo entró a verle y lo primero que le contó es que acababa de reñir a un enfermo, «porque el médico tiene que hacerse respetar». Y, conociéndolo bien, era claro que esto no lo hacía por una razón de afirmación personal, sino como una manifestación de amor a la profesión a la que dedicó su vida y a sus colegas.

Él había decidido dedicar su existencia a curar, a aliviar el dolor, a consolar al paciente cuyos padecimientos no admitían un paliativo. Había asumido los principios del juramento hipocrático; quizás por eso su cabeza y su corazón de médico se rebelaban cuando oía hablar del aborto. «Es tremendo lo que se ve y lo que se oye. Lo curioso es que todos reconocen la barbarie, por ejemplo del aborto, pero después de algún modo lo justifican. ¡Cómo, en ese ambiente, puede extrañarnos el terrorismo!», escribió en una de sus «Entrevistas». Y a un amigo le confiaba que por la cuestión del aborto estaba dispuesto a dar la vida.

Y sufría igualmente cuando comprobaba que –probablemente por ignorancia– se atentaba contra la vida: en una ocasión escribió al capellán de la Clínica Universitaria, para contarle la tristeza que le había invadido al practicar una autopsia, y ver que la difunta tenía instalado un dispositivo intrauterino.

Vivía en medio del dolor y de la enfermedad. Pero más aún, la tenía en su propio hogar, en el seno de la familia. Los primeros años de la estancia pamplonesa quedaron ensombrecidos por el progresivo deterioro de la salud de su hijo Eduardito. Primero lo enviaron a un centro especial en Ibero, hasta que llegó un momento en que por su comportamiento violento tuvieron que retirarlo de allí. Pero también en casa, aparte de los accesos epilépticos, tenía arrebatos violentos que le fueron preocupando a don Eduardo; sobre todo, porque veía que era su mujer, Laura, la que mejor controlaba a Eduardito, pero temía que un día éste pudiera producir daño a su madre, que desde su primer embarazo venía arrastrando una lesión de la columna. A pesar de que Laurita se resistía, la convenció de que había que llevar al hijo al Hospital Psiquiátrico y así lo hicieron. Era el 12 de abril de 1969, el mismo día en que su hija Mari Lauri y su yerno Juan les daban, a Laurita y a él, el primer nieto.

Desde entonces, al menos una vez cada semana, don Eduardo bajaba a estar un rato con Eduardito en el Psiquiátrico. Algunas veces pedía a alguien que lo llevara, otras alguien se ofrecía espontáneamente a hacerlo; otras veces iba solo, en el autobús o quizás andando; andando volvería seguramente muchas veces. Don Felipe Esparza, que llegó a tener una profunda amistad con él, recuerda que lo llamaba y le proponía que lo llevase al Hospital. El doctor Arroyo le llevó muchas veces, y anotó en su memoria cuidadosamente lo que hacía cuando llegaba al Psiquiátrico: lo primero iba a saludar al Señor en la Capilla, y de allí pasaba a la sala donde estaba su hijo; en el camino –y esto impresionaba vivamente al doctor Arroyo– iba saludando, uno a uno, a todos los enfermos que encontraba; luego pasaba un rato con su hijo: lo contemplaba, le alisaba el pelo o le hacía unas caricias, le decía cosas muy cariñosas… El profesor Prieto recuerda que un mediodía de domingo –casi todas las mañanas de domingo acababan encontrándose para trabajar en algún asunto en la consulta de la Clínica Universitaria–, al terminar la faena, le dijo a don Eduardo:

– ¿A dónde va, don Eduardo, que lo llevo?

Quiso Ortiz de Landázuri declinar la invitación, pero Prieto insistió. Entonces le dijo que iba a ver a su hijo. Y Prieto lo llevó, lo dejó en la puerta del Hospital y estuvo contemplando cómo se alejaba por el camino, con el cuerpo encorvado y el paso apacible, para cumplir con un deber paterno que nunca abandonaba.

Pero no se limitaba a aceptar con resignación esta dura contrariedad. Supo ver más allá, y con esa mirada que la fe hace más penetrante, entendió que ese designio de Dios era benéfico para él y para todos. El taxista Juan Villar, que también lo llevó muchas veces al Hospital Psiquiátrico, sobre todo a partir de la operación que le hicieron en el año 1983, recuerda que alguna vez le decía:

– Juanito, este hijo nos ha salvado a todos.

Su larga experiencia, y su continua meditación del misterio del ser humano en la frontera del sufrimiento, de ese ser humano por cuya salvación había muerto el Dios-Hombre, le habían dado la clave para entender las cruces como bendiciones de Dios. Y no sólo las aceptaba, sino que las agradecía y estimaba su profunda riqueza, escondida ante la mirada superficial. Muchas veces había considerado aquel punto de meditación de Camino: «Yo te voy a decir cuáles son los tesoros del hombre en la tierra para que no los desperdicies: hambre, sed, calor, frío, dolor, deshonra, pobreza, soledad, traición, calumnia, cárcel…»

Además, alguna vez la enfermedad del hijo vino en su auxilio, como ocurrió con ocasión de una gestión lenta y llena de incidencias. Don Iñigo Coello de Portugal mantiene vivo en su memoria un suceso que se produjo cuando gestionaban la concesión de una ayuda para realizar la ampliación de la Clínica Universitaria. Había acompañado a don Eduardo a visitar a la autoridad de quien dependía la Sanidad en España, para plantear la necesidad de la ayuda que, justamente, debía otorgarse para contribuir al desarrollo de una institución sanitaria que resolvía muchos problemas de asistencia clínica. Era una cantidad importante para la época y, para sorpresa de ambos, el director general de Sanidad, de un modo natural, afirmó que podían contar con el dinero que se necesitaba. Había parecido tan sencillo que, al salir, el propio don Eduardo mostró su incredulidad.

– Aquí no nos dan nada –comentó–. Nos han dicho demasiado deprisa que podemos contar con el dinero. Iñigo Coello prefirió pensar que sí lo darían:

– Bueno, Eduardo, yo creo que sí lo darán. Son gente de palabra y han dicho que lo darían, ¿por qué no iban a hacerlo?

Don Eduardo meditó unos instantes y repuso:

– ¿Sabes que tienes razón? ¡Claro! ¿Por qué no iban a darlo?

Y comenzaron los trámites para concretar aquella ayuda. Presentaron la petición por escrito e iniciaron una negociación que exigía a don Eduardo frecuentes viajes a Madrid, hechos normalmente en segunda clase –pues así viajó hasta que alguien a quien reconocía cierta autoridad se lo prohibió–; decía que lo hacía así por varias razones: para conocer mejor al pueblo español, o para ahorrar o, incluso, cuando viajaba de noche, para poder estudiar, ya que aseguraba que en segunda no se apagaban las luces de los compartimentos.

Un día se encontraban con el director general de Sanidad en su despacho, cuando se abrió la puerta violentamente e irrumpió en la habitación un alto funcionario del Ministerio que venía con los ojos inflamados, presa evidentemente de una emoción profunda. Se encaró con don Eduardo y con Íñigo Coello y comenzó a insultarles con ira incontrolada:

– ¡Bandidos!…¡Canallas!…¡Venís a llevaron el dinero cuando aquí lo necesitamos tanto!… ¡Sois unos canallas!

Repitió varias veces los insultos –suavizados aquí, porque también incluían alguna expresión malsonante– ante el estupor de los otros. Era una situación embarazosísima. Aquella persona parecía fuera de sí. Se asomó alguna secretaria, pero el director general de Sanidad le hizo un gesto con la mano, como diciendo: «Cierre usted la puerta y no se preocupe». Íñigo Coello miraba de reojo a don Eduardo, y lo veía pálido, sentado al borde de la butaca y agarrado con ambas manos al cojín de cuero, y manteniendo al mismo tiempo su expresión amable.

El recién llegado, con los ojos inyectados en sangre, continuó con sus insultos, pero añadió algo que indicaba la razón de su alteración emocional.

– ¡Bandidos! ¡Canallas! ¡Sois unos canallas! ¡Vengo del Psiquiátrico…! ¡Y he visto a los locos… desnudos por las esquinas!

Era una situación increíble. García Orcoyen e íñigo Coello intercambiaban miradas furtivas y miraban a su vez a Ortiz de Landázuri, que soportaba el chaparrón de improperios de aquel hombre. Este repitió una vez y otra sus insultos y se refirió tantas otras veces al panorama de los locos en el Psiquiátrico, que sin duda era la causa de aquella profunda conmoción. Tanta energía consumió en su desahogo que, de pronto, comenzó como a arrugarse y cayó sentado en el suelo, jadeante, entre las butacas de don Eduardo e Iñigo Coello. Hubo unos segundos de silencio, y después se oyó mansa la voz de Ortiz de Landázuri que, mirando con dulzura a este hombre le dijo:

– Te entiendo muy bien. Te entiendo muy bien. Entiendo lo que dices, porque yo tengo desde hace casi diez años a mi hijo Eduardito internado en el Psiquiátrico de Pamplona.

Sus palabras actuaron como una especie de bálsamo. Y aquellos tres hombres que, hasta ese momento, ignoraban que uno de sus sufrimientos –interpretado por él como una bendición de Dios, gracias a la visión sobrenatural que había adquirido– era el de tener a su hijo homónimo en el manicomio, lo miraron desconcertados; era algo que no pregonaba, pero que nunca ocultaba. Aquellas palabras transformaron a quien poco antes había entrado sin control. Y aquel hombre, sin levantarse siquiera, sentado aún en el suelo, muy próximo a su amigo Eduardo, comenzó a balbucir sus excusas:

– Eduardo, perdona… Perdóname… No quería ofenderte…

Esa misma mañana se firmaron los papeles para la concesión de la ayuda, aunque todavía fueron necesarios muchos trámites para hacerla efectiva.

También la salud de Laurita se fue resintiendo. Ella le acompañó de nuevo a Buenos Aires en un viaje de doce días, del que regresaron a Pamplona el 30 de octubre de 1969, justo para celebrar los 59 años en casa, y eso a pesar de que perdieron un avión, por cambio de compañía aérea, lo que les obligó a permanecer un día más en la capital porteña. Esa demora tuvo su ventaja, pues pudieron ir al cine, a ver Don Segundo Sombra, la película basada en una de las obras literarias más conocidas de la literatura argentina. De aquel viaje, en el que se hospedaron en el Hotel Plaza –el mismo en el que se habían alojado en 1964 con don Carlos y Con-chita– en la plaza de San Martín, escribió en una de las sesenta y cuatro páginas de su cuaderno: «Ha sido un viaje bomba!!».

Pero Laurita ya no lo acompañó a la India al año siguiente. En la primera hoja del cuaderno que usó para hacer la crónica de aquellos días escribió: «Es la primera vez que un viaje largo lo hago sin mi mujer. Laurita por su espalda dolorida no puede hacer estos viajes largos…» En esta ocasión lo acompañaba su colaborador el doctor Bernardo Fidalgo, que falleció poco después como consecuencia de un accidente de automóvil.

Volaron desde Barcelona a Frankfurt y de allí partieron para Nueva Delhi, con una larga escala en Bahrein. Del vuelo anotó entre otras cosas: «Cenamos muy bien servidos por un personal estupendo. Cuando algo se hace bien, el que lo hace se engrandece. Viendo servir la cena a los mozos o camareros del avión se ve que servir es formidable!!»

Nueva Delhi le deprimió y le hizo pensar mucho. Aquella pobreza le sacudía el corazón. Concluido el XI Congreso Internacional de Medicina Interna, se dispusieron a regresar. A las once del día 30 de octubre despegó el avión del aeropuerto de Nueva Delhi; un tiempo de ese día lo había dedicado a escribir postales a amigos y familiares…; y a recordar a don Carlos: «Al llegar al hotel hago la oración pensando en don Carlos. Cuánto me has enseñado, querido don Carlos; después de muerto sigo recibiendo tus enseñanzas. Sí puedes decir, don Carlos, que dejastes un auténtico discípulo».

Y ya volando a diez mil metros de altura comenzó a celebrar sus 60 años: «Volando de Nueva Delhi a El Cairo. Así empiezo mi período sexagenario!! Adelante con Laurita, con mis hijos y cumpliendo con mi deber, tratando de santificarme con mi trabajo ordinario». El avión realizó otra escala en Roma, y allí, sin salir de él, hizo su meditación rezando por el Papa y encomendando al Padre, a quien suponía a pocos kilómetros de distancia, y a todos los que estuvieran con él. Leyó luego el Evangelio de San Mateo y, casualmente, topó con aquel pasaje en el que los discípulos de Jesús, hambrientos arrancaban espigas para comer. Miró alrededor y vio todas las familias indias que viajaban con él; y le comentó a Fidalgo:

– Fíjese, Bernardo, el Evangelio, viniendo de la India, suena mejor. Se figura uno mejor a Cristo.

En el avión que tomaron más tarde de Barcelona a Bilbao, donde les esperaban, sobrevolaron Pamplona y vieron con claridad la Clínica Universitaria. Don Eduardo tomó un ejemplar del libro Conversaciones con Monseñor Escrivá de Balaguer y se lo dedicó a Bernardo Fidalgo: «Le dedico, Bernardo, este recuerdo de nuestro viaje a la India. Nada mejor puedo regalarle. Un abrazo». Firmó, y añadió: «Volando sobre Pamplona el día 31-X-1970 en que inicio mis sesenta años. No se lo diga a nadie».