15. 1975

A las 12,30 de aquel 26 de junio de 1975, él y el doctor Cañadell salieron para Madrid en el taxi de Juan Villar. Lo hicieron con tiempo para asegurarse de que llegaban sin retraso a la toma de posesión de don José Martínez Estrada como director del Instituto Nacional de Previsión. No hubo problemas y, en efecto, estuvieron puntualmente en aquel acto, que concluyó alrededor de las siete de la tarde.

Por alguna razón, Cañadell tenía que llamar con urgencia a Pamplona; así que fue a buscar un teléfono. Pocos minutos después, regresó con las lágrimas asomándole a los ojos y le dio la noticia:

– Me acaban de decir que el Padre ha muerto en Roma.

Él se quedó estupefacto. Y, enseguida, los recuerdos se le agolparon en la memoria, al tiempo que se hacía un reproche: ¿cómo había dejado pasar un mes sin preocuparse de la salud del Padre, desde la última vez –el 20 de mayo– en que le habían hecho una consulta telefónica?

Bajaron al coche y se lo anunciaron a Juanito:

– ¿Que ha muerto el padre…? ¿De quién? ¿De don Eduardo? –preguntó Juan sin entender en el primer momento el significado de la noticia.

Pero enseguida comprendió que se referían a monseñor Josemaría Escrivá, el fundador del Opus Dei. Juan Villar, con quien había recorrido todas las carreteras de España, pudo entonces imaginar la magnitud del dolor. Él sabía bien que Ortiz de Landázuri quería mucho a Jiménez Díaz, pero que al Padre lo quería más, mucho más.

Fueron a Diego de León, la sede de la comisión del Opus Dei, para buscar más noticias. Y para recordar que en cierta ocasión el fundador del Opus Dei había dicho que quería que su corazón, al morir, «lo metieran en una lata» y lo pusieran a los pies de la Virgen del Amor Hermoso en el campus de la Universidad.

El viaje de regreso fue una constante oración. Para él, la muerte del Padre era algo inesperado en cuanto al lugar y al momento, pero no médicamente imprevisible: en su vida monseñor Josemaría Escrivá había tenido que hacer frente a muchas limitaciones de salud, que superaba movido por el único deseo de cumplir la voluntad de Dios. A partir de entonces, don Eduardo comenzó a sentir, mucho más próxima, la presencia del Padre, y su vida cobró como una nueva dimensión.

Don Eduardo pensó en la última vez que lo había visto, en Diego de León. Había ido a visitarle, con el brazo en cabestrillo por fractura de la cabeza del húmero, después de pasar unas horas en la habitación 501 de la Clínica. Fue el 18 de mayo, aniversario de la muerte de don Carlos. ¿Cómo podía imaginar que iba a ser la última entrevista, cara a cara, con el Padre en esta tierra?

Cuando llegaron a Pamplona, ya iniciada la madrugada del veintisiete, fue, primero, a ver a su madre, hospitalizada en la Clínica Universitaria. Luego marchó a casa, donde Laurita lo esperaba despierta:

– No me hago a la idea –le dijo ella.

Allí mismo, en el dormitorio, tenían un objeto que les recordaba con frecuencia al Padre. Era una cruz de madera, de unos cuarenta centímetros, algo arqueada por abajo y en el tramo horizontal. Se la había regalado monseñor Escrivá un día de 1972 en que había ido a atenderle a Madrid. Estaban en la casa de Diego de León y, de pronto, el Padre dijo:

– Espera.

Entró en la habitación, se dirigió hacia el fondo, hacia el balcón situado frente a la puerta, y tomó la cruz, que estaba colgada cerca de la contraventana. Salió y se la entregó:

– Esto para Laurita y para ti.

Eduardo se quedó inmóvil, sin saber qué hacer, como sin decidirse a aceptar aquella cruz cuyo valor no radicaba, claro está, en la materialidad de la madera con que estaba construida. Había aprendido del Padre a amar la cruz, la cruz sola, vacía, negra, sin crucifijo. E imaginaba el valor de aquel regalo por su significación sentimental e histórica. Efectivamente, don Alvaro del Portillo, secretario general del Opus Dei en aquel momento, le envió unas letras pocos días después en las que le decía que la cruz «estuvo en el cuarto del Padre desde que se puso la casa de Diego de León», y que había «sido testigo de muchas alegrías y de muchas penas del Padre y que habrá recibido millones de miradas de cariño de nuestro Fundador. De cariño, de amor, de aceptación y de entrega».

Del «Diario de Navarra» le pidieron unas líneas, un comentario, y en ese texto, que se publicó el domingo 29 de junio, explicó que monseñor Escrivá, «como verdadero padre supo inculcarme tres virtudes que intento conservar: el cariño al prójimo, con sus limitaciones y defectos, para así querer a todos; el sentido sobrenatural en las pequeñas actividades cotidianas, con lo que el camino es siempre una feliz aventura; y el amor permanente a esta Universidad que, por ser navarra, era para él doblemente amada».

Pocos días después del 26 de junio, don Eduardo escribió a don Alvaro del Portillo y le contaba cómo había recibido la noticia: «Personalmente, cuando el 26 a las siete de la tarde, estando en Madrid con José Ma Cañadell, me enteré, me quedé como una piedra. José Ma, emocionado, tenía lágrimas en los ojos, yo no podía ni llorar. Después, poco a poco, fui comprendiendo lo que significaba toda la hondura de lo sucedido y fue naciendo la paz». Tenía la convicción de que, desde ese momento, el Padre le escuchaba desde el cielo. También le daba noticias de la salud de su hermana Guadalupe, a la que iban a someter a una intervención quirúrgica en la Clínica Universitaria por sus problemas de corazón.

En realidad, una de las lecciones más importantes que aprendió de san Josemaría Escrivá fue la de cómo ser enfermo, aunque faltaban bastantes años para que tuviera que echar mano de aquel saber. Esta ciencia fue el resultado de nueve años de ejercicio de la Medicina como médico consultor del fundador del Opus Dei.

Este aspecto de su vida –que él consideró como un don extraordinario de Dios– comenzó el 24 de septiembre de 1966. En Pamplona, aquel día, el doctor Miranda lo llamó para decirle que el fundador del Opus Dei quería confiarle el cuidado de su salud. Don Eduardo conocía indirectamente al Padre desde hacía muchos años, además era hijo suyo desde 1952, pero su trato directo con él se limitaba al primer encuentro imborrable de 1960 y a las veces que le había visto, en 1964, con ocasión de la primera Asamblea de la Asociación de Amigos y del acto académico en el que la Universidad de Navarra concedió sus primeros grados de doctor honoris causa.

La llamada le sorprendió y le llenó de alegría y agradecimiento. El doctor Miranda pasó a recogerlo y juntos fueron al Colegio Mayor Aralar, donde se alojaba el fundador del Opus Dei, para la primera de una serie de consultas que se escalonaron hasta 1975. A lo largo de su vida profesional –desde San Carlos a la Clínica Universitaria, pasando por todos los centros hospitalarios en que había trabajado en Madrid, Granada y Pamplona–, había visto decenas, quizás cientos de miles de enfermos; pero aquella tarde todo era distinto.

Conociendo a monseñor Escrivá de Balaguer, y conociéndole a él, cabe imaginar el tono de aquella primera entrevista. Nada más lejos de ambos temperamentos que la solemnidad; nada más consubstancial a ambos que la sencillez. Además, en aquella primera oportunidad estaban presentes también don Alvaro del Portillo, sucesor de Monseñor Escrivá y futuro Prelado del Opus Dei; don Javier Echevarría, futuro Vicario General de la Obra, y más tarde Prelado también; y el propio doctor Miranda. El buen humor tuvo que ser el trasfondo de aquellos momentos.

Le preguntó el Padre, como siempre que lo veía, por Laurita y por sus hijos, sobre todo por Eduardito. También le insistiría –como le recordaba cuando se veían– que tenía que arreglarse la boca, pues era evidente que sus dientes precisaban una mirada del dentista. Luego charlaron de algunas cosas, hasta que llegó el momento –para él clave, en todo caso–de la anamnesis. Era, lo sabía, una anamnesis un tanto especial, pero las circunstancias del caso no le hacían olvidar que, en aquel momento, más que –o al menos tanto como– su hijo, era el médico de monseñor Escrivá de Balaguer. Ahora bien, tratar de comprender los avatares de la salud del Padre exigía para él conocer –y comprender también– los antecedentes de la vida de aquel excepcional paciente.

Como escribió en cierta ocasión, lo fundamental en un médico es «la capacidad de penetración del profesional de la medicina, incluso de la enfermera, en la personalidad del paciente. Sólo así las relaciones médico-enfermo, es decir el punto crucial del acto médico, adquieren su más estricta autenticidad. El paciente expone, al sentirse escuchado, sus personalísimas circunstancias, con una sinceridad que, sin rebuscar en el fondo de sus problemas, los va diciendo como se encuentran, casi a flor de piel. Entonces el médico, y también la enfermera, se van enterando del contenido anímico del paciente, sobre el cual la sintomatología propiamente tal de la enfermedad va quedando perfectamente valorada y ordenada». También en esta ocasión tenía que actuar, si quería cumplir bien con su trabajo, como un profesional de la Medicina, por encima de –o junto a– cualquier otra consideración.

El filósofo García Morente, que era rector de la Universidad Central cuando Eduardo Ortiz de Landázuri concluyó sus estudios de Medicina, y que más tarde –después de una profunda conversión– acabó ordenándose sacerdote, describió en «El hecho extraordinario» la vivencia personal de que alguien, Dios, estaba interviniendo en su vida. En el avance hacia ese descubrimiento se le presentaban ciertos hechos que, formando parte de su vida, sólo en parte le pertenecían. «Esta vida mía, que yo no hago, sino que recibo –escribió–, se compone de hechos plenos de sentido».

También don Eduardo, ahora, creía descubrir en su pasado tantos hechos plenos de sentido, algunos lacerantes, y adversidades o fracasos que habían sido en realidad preparación para este momento. Tenía ya bastante experiencia de la mano providencial de Dios, pero, al considerar su nuevo encargo, pensaba que la razón de haberse hecho médico –una razón en la que tantos «azares» habían concurrido– no era otra que la de llegar a serlo de monseñor Escrivá: «Considero –escribió en cierta ocasión– que toda mi vida profesional de casi cuarenta años, 28-66, tenía como objetivo llegar a ser el médico consultor de monseñor Josemaría Escrivá de Balaguer».

A lo largo de aquellos años, además de encontrarse con el Padre en actos académicos –como las investiduras doctorales honoris causa de los años 1967, 1972 y 1974–, y de haberle escuchado en tertulias más o menos numerosas en Pamplona, Madrid y Barcelona con ocasión de la catequesis que hizo por España y Portugal san Josemaría en los últimos meses de 1972, realizó unas veinticinco consultas en Pamplona, Madrid, Roma, Barcelona y Elorrio. En ellas, además de captar la dimensión sobrenatural de la vida de monseñor Escrivá, se fijó particularmente en dos cosas: lo que más le sorprendía siempre –humanamente– en el Padre era su alegría; y lo que le llamaba la atención en las relaciones médico-enfermo era la obediencia del fundador del Opus Dei. Lo explicó muchas veces en reuniones con profesionales, con estudiantes universitarios y con jóvenes obreros y empleados. Y lo dejó escrito en un largo documento, una especie de memoria, que fue redactando durante varios años.

Actuaba como médico, pero también se comportaba como discípulo. Y se fijaba en el modo en que monseñor Escrivá de Balaguer hacia frente a las limitaciones de su salud o a las enfermedades que padeció en esos años. Su síntesis fue que no pedía nada, que todo lo aceptaba y que mostraba constantemente su agradecimiento. A su lado aprendió también, se podría decir, la teología del dolor. De aquellas jornadas, que calificó como «de reconversión» –desde aquella primera en 1966, cuando contaba cincuenta y cinco años–, salía «con la sensación de querer volver a empezar con alegría mi vida profesional»: le invadía un nuevo deseo de recomenzar y, olvidándose –decía– «de mis anteriores faltas y mis indiscutibles errores», se sentía «libre y volando como un pájaro».

Quizás entonces desarrolló la idea de que en las relaciones médico-enfermo además del modelo interpersonal había otro que llamó sobrenatural. Según el primero, el médico ha de buscar en el enfermo –además de la enfermedad como hecho biológico– su personalidad. Según el modelo sobrenatural, además de esto, el médico ha de ver también que hay en el enfermo un alma que cuidar, un alma que respetar, un ser humano al que hay que escuchar. Sus disposiciones de entrega a los enfermos fueron, de este modo, adquiriendo un nuevo sentido.

A través del teléfono se mantuvo informado del estado de la salud de san Josemaría –en comunicación constante con don Alejandro Cantero, médico también, que lo acompañaba–, cuando monseñor Escrivá de Balaguer, emprendió en 1974 un largo viaje por varios paises americanos, después de presidir en la Universidad de Navarra el acto de concesión de grados de doctor honoris causa a monseñor Hengsbach, obispo de Essen, y al profesor Lejeune, de la Sorbona, uno de los mejores especialistas en genética humana. Aquel viaje tuvo que recortarse por una afección que padeció el fundador del Opus Dei: un proceso respiratorio que le impidió ir a algunas naciones que esperaban su visita. Más tarde, en febrero de 1975, pudo completarlo monseñor Escrivá con un nuevo viaje a Guatemala y Venezuela.

Don Eduardo tuvo entonces una nueva evidencia del modo en que obedecía monseñor Escrivá, pues se le pidió que fuera a Madrid para una consulta acerca de la conveniencia de este nuevo viaje. Conocía, por decirlo así, su «patología»; conocía su vida; sabía perfectamente que en 1946 había viajado a Roma, en condiciones de salud tan precarias que el médico se negó a asumir responsabilidad alguna si emprendía aquel viaje; no ignoraba nada sobre la diabetes que había sufrido y que, de manera tan poco explicable, le había desaparecido; estaba al tanto de su insuficiencia renal y de los problemas que habían aparecido en su vista; conocía todos los pormenores de su salud.

– Yo haré lo que me digáis –afirmó con toda sencillez monseñor Escrivá.

La última vez que le consultaron por teléfono –lo acababa de ver en Madrid dos días antes– fue el 20 de mayo. Querían saber su opinión sobre la conveniencia de un traslado a Barbastro y a Torreciudad, habida cuenta de que había tenido en los últimos días algunos achaques. Otorgaban a monseñor Escrivá la Medalla de Oro de su ciudad natal, y tenía con ello la oportunidad de acercarse a aquel santuario de la Virgen de Torreciudad, recién terminado, que consideraba como una de sus últimas «locuras». Y don Eduardo, teniendo en cuenta todas las circunstancias, dijo que sí.

Obedecer; estar alegre…, he ahí dos actitudes que se le grabaron como esculpidas en el alma.

Tras la muerte del Padre se estableció otra relación entre los dos. Don Eduardo seguía hablándole como si lo tuviera presente; en cierto modo se había acostumbrado a tratarlo tanto, que su desaparición física, con la convicción de que le escuchaba desde el cielo, no hizo disminuir la relación, sino que la aumentó.

En junio de 1982, en un viaje a Santander, motivado por las gestiones de la Asociación de Amigos, pasó por Elorrio. Quiso detenerse allí, para ver una vez más la casa solariega de los Láriz –que se usaba para actividades de formación de la Obra–, donde había visitado como médico al fundador del Opus Dei en 1967. ¡Aquella casa le evocaba tantas cosas! Entró en el ancho portalón, y accedió desde allí al vestíbulo de la planta baja. Subió las viejas escaleras de madera hasta la segunda planta para ver, una vez más, aquel oratorio, con las vidrieras de Maumejean, en el que había asistido varias veces a la misa del Padre. Todo se le hacía presente: el amor de monseñor Escrivá al Señor en la Eucaristía, la pausa con que rezaba cada oración de la misa, aquella forma de alzar la Hostia consagrada…; y las acciones de gracias: aquellos diez minutos en los que a veces le veía anotar en su agenda o en pequeñas trozos de papel algunas ideas. Qué emoción entrar allí un momento, rezar y salir.

La mirada de don Eduardo reparaba en todos los rincones de la casa: la sala de estar, el comedor en el que había desayunado varias veces, con la gran chimenea al fondo, las sillas de elevado respaldo, tapizadas en rojo, y las altas ventanas francesas que daban al jardín. Todo estaba igual, como si de un momento a otro fuera a abrirse una puerta y entrara por ella el Padre, con su sonrisa acogedora, y aquella mirada que, a través de los ojos, llegaba al corazón.

Un rato después –serían poco más de las nueve de la mañana– se despidió de la casona y del jardín, y siguió su viaje con la convicción de que en todas aquellas gestiones contaba con la ayuda constante de monseñor Escrivá.

Guadalupe, su hermana, se encontraba internada en una habitación de la Clínica cuando murió el Padre. Desde la ventana del cuarto se veía ondear a media asta, en uno de los edificios de Ciencias, la bandera de la Universidad. Le preocupaba a don Eduardo cómo le afectaría la noticia, teniendo en cuenta el estado de su salud, y fue a verla. Guadalupe estaba conmovida, pero con gran paz:

– Ya está el Padre en el cielo, le dijo.

El día 1 de julio Guadalupe pasó por el quirófano para su segunda operación de corazón; ya la habían intervenido en 1958 por una lesión valvular en la Clínica de la Concepción. Le hicieron una triple intervención sobre las tres válvulas –mitral, aorta y tricúspide–, y a las pocas horas comenzó a notar una extraordinaria mejoría como consecuencia de la operación.

Todo marchaba perfectamente hasta el 14 de julio. En las primeras horas de la tarde de ese día, cuando el residente de guardia acudió a la llamada de las enfermeras, toda aquella mejoría se había desvanecido. Guadalupe entró en una agonía que duró hasta la madrugada del día 16, fiesta de la Virgen del Carmen. En esas horas no perdió la paz, y no sólo soportó sin quejas lo que los médicos y enfermeras le hicieron, sino que se excusaba por las molestias que estaba provocando.

Todos estos detalles los refirió don Eduardo a un grupo de mexicanos que visitaban la Universidad de Navarra en 1977. Les contó también que en aquellas últimas horas, un joven sacerdote mexicano –Guadalupe había sido una de las primeras mujeres del Opus Dei que fueron a comenzar en México el apostolado de la Obra– entró en su habitación y le dijo:

– Guadalupe, quiero darle las gracias en nombre de México por lo mucho que hizo allí por los mexicanos. Y que Guadalupe respondió:

– Las gracias tengo que darlas yo.

Dos pérdidas queridísimas. La fortaleza que la fe y la confianza en Dios proporcionaba a Eduardo le permitió superar la natural tristeza que, como ser humano, le embargó por estas separaciones. Además, era evidente para él que Dios, como había oído decir tantas veces al Fundador de la Obra, como buen Padre, se llevaba las almas en el mejor momento.

El año 1975 iba siendo duro. Una nueva e importante pérdida se sumó a las anteriores. El día 23 de julio murió su madre, a la que habían trasladado desde una residencia de ancianos en Arévalo, donde vivió un corto tiempo, a la Clínica Universitaria. Estaba, según decía don Eduardo, «como un vegetal», con la memoria perdida. La habían instalado en una habitación de la planta séptima, al cuidado de una antigua enfermera. Y él subía todos los días a verla.

El 23 de julio, pasadas las seis de la tarde, la enfermera Camino Erice le llamó al despacho:

– Don Eduardo, suba, que su madre se está muriendo.

El doctor Nicolás Guindo, que había comenzado a trabajar con él en 1974, y que estaba en la consulta en ese momento, le acompañó. Poco después, efectivamente, murió Eulogia. Rezaron por ella los tres. Luego don Eduardo y el doctor Guindo bajaron de nuevo a la consulta. Vio el doctor Guindo que el marido de una paciente –hombre algo pelma– se acercaba a don Eduardo, y dio un paso adelante con ánimo de decirle, para detenerle:

– Mire usted, la madre de don Eduardo acaba de fallecer…

Ortiz de Landázuri lo intuyó y le frenó tirándole enérgicamente de la bata. Nicolás Guindo se quedó de piedra, y sin decir palabra asistió al diálogo que mantuvo con aquel hombre. Ya de vuelta a la consulta, en la sala de exploración, don Eduardo le explicó lacónicamente:

– Había que atender a esta persona.

Si la muerte del teniente coronel Ortiz de Landázuri fue un corte dramático que sacudió su juventud, y al mismo tiempo una lección inolvidable que orientó toda su vida, la de su madre le alcanzaba en una etapa de madurez y plenitud que, no obstante, se vio empañada por la tristeza de decir adiós a una generación, a una época, y a una parte viva de su historia.

La vida de don Eduardo sufrió una profunda alteración en este año 1975. Monseñor Escrivá de Balaguer era una de las cuatro personas que más habían influido en su vida. A su madre no sólo le debía la vida, sino también, el noventa por ciento de su vocación, como había aprendido de monseñor Escrivá. Con Guadalupe se fue otro trozo de su existencia que le ligaba a muy diversas etapas y vivencias y, sobre todo, a aquella última noche en la Cárcel Modelo.

Si la vida de Eduardo tuvo en este año un importante cambio, España inició una profunda transformación. El 20 de noviembre, después de una larga enfermedad, y ante la expectación general, murió Francisco Franco: con su muerte se cerraba un capítulo de la historia de España, iniciado en 1936 con la guerra civil: cuarenta años de la vida de España que marcaron al país y a más de una generación.

Al comenzar ese período que cerró la muerte de Franco, Eduardo Ortiz de Landázuri era un joven licenciado en Medicina, de veinticinco años, que se enfrentaba con entusiasmo al reto de construir su vida. Ahora, cumplidos los sesenta y cinco, era un respetado médico y catedrático, con los hijos ya crecidos, que seguía conservando el mismo ánimo de trabajar y de servir.