16. El secreto de la amistad

– Mira, le dijo en cierta ocasión a un amigo, hay dos lenguajes: el de la lógica y el del cariño. Y la lógica tiene unos límites. Por eso, cuando se llega al límite de la lógica y no hay forma de ponerse de acuerdo, el único camino es el del cariño. Yo todo lo que he hecho en mi vida, en todos los terrenos, lo he hecho a base de cariño.

Quizás por eso, aunque bajo aquella sonrisa y aquellos brazos en alto, siempre propensos al abrazo, dormitara un volcán, una fuerza de energía poderosa, don Eduardo cautivaba con su afecto. Allá por el año setenta y tres, a él mismo, que era un maestro de cordialidad, le encantó lo que dijo el Marqués de Lozoya en una de las reuniones de la Asociación de Amigos de la Universidad: «La cara del hombre hace milagros».

La amistad era para él, simultáneamente, una inclinación natural, algo que reflexivamente resultaba conveniente y, con el tiempo, se convirtió también en la base de una preocupación sobrenatural por los demás. Quienes le recuerdan como estudiante dicen que «se hacía amigo de todo el mundo». Por otra parte, no echó en saco roto la enseñanza bien ejercitada por Pittaluga, que le decía: «Cuando vayas a ver a un enfermito, da un beso al enfermito, di un piropo a la madre, y charla un poco con el padre».

En una carta a un joven opositor, que se le quejaba de su mala suerte, don Eduardo, aparte de otros consejos, le subrayaba éste: «Hágase amigos».

Amigos. Los tenía a centenares, y también le conocían en todas partes. En cierta ocasión, visitando como médico a la madre de don Iñigo Coello de Portugal, echó de menos un fonendoscopio para poder auscultarla. Íñigo Coello le hizo una propuesta:

– Eduardo, aquí cerca, al lado de la casa, tenemos un consultorio médico. Si te parece, podemos acercarnos un momento a pedir que nos presten uno.

– Pero, ¿y cómo vamos a entrar ahí a por un fonendo, sin conocer a nadie?

– Bueno, ya nos arreglaremos –le respondió con determinación Iñigo.

Bajaron a la calle, entraron al dispensario y cuando subían las escaleras de acceso, se volvió un joven médico que estaba de espaldas en lo alto, los miró con sorpresa y exclamó:

– ¡Don Eduardo! ¿Pero qué hace usted aquí?

– ¿Ves, Eduardo? –le susurró Íñigo al oído– ¡Si te conocen en todas partes…!

Cultivaba la amistad: con pequeños –o grandes– servicios, con detalles de afecto, con visitas, con cartas… Por cultivar la amistad gustaba de escribir muchas cartas. Todos los días dedicaba un tiempo, casi siempre robado al sueño, para redactar de su puño y letra los borradores que, a la mañana siguiente, María Dolores Barrio, la secretaria del Departamento, pasaba a máquina.

Hoy día se escriben pocas cartas, y además éstas suelen ser escuetas y formularias. Se ha perdido la costumbre de expresar en largas epístolas sentimientos, ilusiones, planes, proyectos… Como si las urgencias de una vida apresurada nos hubieran quitado tiempo para leer y para escribir. Es verdad que la comodidad del teléfono y la facilidad de los viajes permiten mayor fluidez para las relaciones personales, y que las cartas tienen un cierto aire romántico, como de otra época en la que había más sosiego, y quizás menos rubor para abrir el corazón a los demás.

Don Eduardo era un viajero incansable, y también recurría con frecuencia al teléfono, pero eso no impedía que escribiera infinidad de cartas. Es curioso, además, que en buena parte de su correspondencia hay continuas referencias al pasado, y que se servía de las cartas para despertar los recuerdos comunes con las personas a las que se dirige. Esto es más difícil de conseguir en una conversación telefónica, y puede ser una de las razones que explique la afición que tuvo al género epistolar. Pero hay otra razón, seguramente de más peso; y es que la carta, si se escribe con sentimiento, es un fruto de la amistad.

Las cartas establecen una relación íntima, que supera la distancia física, y la sustituye por un coloquio imaginado. Don Eduardo, precisamente por vivir con gran intensidad la amistad, escribió muchas cartas. No de todas, ni siquiera de muchas recibió respuesta; pero no le importaba, como explicó –¡precisamente en una de sus cartas a uno de sus colegas de la Clínica Universitaria!–: «Mi consejo es querer mucho a la gente, incluso llegando a la humildad. No está reñido lo uno con lo otro. Por eso, escríbeles a estos becarios frustrados con sencillez, y dándoles la oportunidad de que conozcan la verdadera amistad.

«Respecto a los profesores, ya lo haces muy bien; si no quieren contestar, eso no es cuenta tuya. En mi experiencia, de cien cartas, un 25% no contestan nada; un 25% lo hacen tarde y sin querer seguir la correspondencia; 25% fríamente; y sólo un 25% que nos prestan su cariño. Por ello, seguir adelante; al fin el 100% han recibido un sencillo mensaje de amistad».

En la correspondencia de ese veinticinco por ciento que contestaban a la amistad hay muchas cartas que devuelven, como un eco, ese mensaje que él mismo había generado. Al igual que al contacto de la mano del artista vibran las cuerdas adormecidas del harpa, así parecían vibrar los resortes más íntimos del alma de muchos destinatarios, que respondían con cartas sentidas y confiadas.

Escribía a personas de la más distinta condición: ministros, altos funcionarios, personajes de la aristocracia, empresarios, banqueros, profesionales afamados, viejos compañeros de estudio y de trabajo, profesores, antiguos discípulos, estudiantes, enfermeras, bedeles, artistas, enfermos, padres de estudiantes y antiguos discípulos…

La lectura cotidiana de los periódicos, que nunca dejaba, y de las revistas de información médica le proporcionaban motivos continuos para esta infatigable correspondencia. Felicitaba a sus conocidos por algún nombramiento o distinción, daba el pésame a los familiares de alguien que había fallecido, hacía observaciones sobre las cosas más dispares que había leído…; de todo sabía coger una excusa para escribir una carta. Si alguna colaboración o artículo de opinión le llamaba especialmente la atención, lo recortaba y lo incluía en su archivo; si pensaba que podría ser útil o interesante para alguno de sus conocidos, se lo enviaba. Y de sus cartas, frecuentemente, remitía copias a otras personas, distintas del destinatario, a las que quería informar del contenido de esas misivas.

Al abogado Gregorio Marañón Moya, hijo del afamado médico, le comentaba una fotografía aparecida en la prensa, en la que se veía al ilustre doctor, a caballo, en compañía de Alfonso XIII, en una visita a las Hurdes. Don Eduardo comentaba que se notaba que Marañón era un buen jinete, y no así uno de los acompañantes –que resultó ser un ministro–, que llevaba los pies puestos en los estribos de modo poco ortodoxo. A un miembro de la junta directiva de un importante club de fútbol, le escribía mostrando su perplejidad al ver cómo la gente estaba dispuesta a aportar dinero para este deporte –lo que no le parecía mal–, mientras que era muy reticente para ayudar económicamente a los proyectos educativos.

A Julio Iglesias le escribió en varias ocasiones –parte de ellas con ocasión del secuestro de su padre–, y le invitó a visitar la Universidad de Navarra. A Adolfo Suárez le puso unas letras cuando dimitió de la Presidencia del Gobierno, y otras, poco después, para elogiar su comportamiento durante el asalto al Congreso de los Diputados el 23 de febrero de 1981. A la superiora y a las monjas del monasterio de clausura de Olmedo les daba el pésame por la muerte de la Madre Teresa, y les recordaba las muchas veces que había estado como médico en el convento. Al torero Domingo Ortega le mencionaba la amistad que ambos habían tenido con Jiménez Díaz, y le felicitaba por una entrevista publicada en la prensa. Felicitó al ministro Fernando Morán, por su nombramiento, al tiempo que le recordaba la amistad que tenía con algunos parientes suyos de la Argentina. Se carteaba habitualmente con el filósofo Xabier Zubiri y su mujer, Carmen Castro, que solía ser la que escribía más en las cartas de respuesta.

A uno de sus antiguos discípulos le respondía a fines de 1983: «Recibo tu carta del 29 y me alegra tener noticias aunque sean sólo ‘extramuros’ y me gustaría saber: 1° Si estás alegre. La alegría es la llave de la vida interior, ¿verdad? 2° Si estás con proyectos científicos, que gracias a Dios tu cabeza y tus manos son de primer grado; y 3° si tu vida interior es la que yo deseo y que está mordiendo la cola de lo primero».

Don Ramón Serrano Suñer acudió como paciente a su consulta en Pamplona y, después de conversar con él, telefoneó a uno de sus amigos de Madrid:

– Acabo de descubrir lo que es el Opus Dei. Consiste en santificarse en el trabajo ordinario.

Nació de ahí una gran amistad, alimentada con las visitas de don Eduardo a la casa de Serrano en Madrid, y una nutrida correspondencia. En cierta ocasión se encontraban charlando en el abigarrado despacho de don Ramón, lleno de libros, documentos y valiosos recuerdos, cuando entró el subdirector de un importante diario de Madrid. Don Ramón presentó a don Eduardo diciendo:

– Mi mejor amigo.

Serrano Suñer le escribía en 1982: «Pocas cartas agradezco y me traen tanta salud moral como las suyas». Rof Carballo le contestaba en 1983: «No sabes cómo me gustan y reconfortan tus cartas».

Al morir don Juan Contreras, Marqués de Lozoya, en mayo de 1978, quedó vacante la Presidencia de la Asociación de Amigos de la Universidad. A fines de septiembre don Eduardo acudió a Madrid y pudo reunirse con el vicecanciller de la Universidad. Don Florencio Sánchez Bella le comentó:

– Todos, unánimemente, consideran que debes ocupar el puesto del Marqués de Lozoya.

Él era, desde 1960, cuando se constituyó la Asociación, el miembro con mayor asistencia a las reuniones celebradas, y, sin duda, uno de los más dinámicos. Conocía perfectamente las necesidades de una Universidad que, para desarrollar su servicio educativo, buscaba ayudas que complementaran los limitados ingresos procedentes de las matrículas y la subvención de la Diputación Foral que, además, fue suprimida poco tiempo después. No ignoraba por tanto las enormes dificultades que entrañaba sacar adelante esta empresa educativa, que ya había consolidado un prestigio internacional en su corta historia.

Se tomó unos días para reflexionar, y el 25 de septiembre escribió al vicecanciller, para decirle que –después de hablar también con el Rector– se sentía con paz y ánimo para afrontar esta tarea, contando con la ayuda de monseñor Escrivá de Balaguer desde el cielo y de su sucesor en la tierra. Concluía con estas palabras:

– A Laurita, que es a quien únicamente le conté la conversación, como siempre, le pareció bien.

Cuando le entrevistaron una vez para «Redacción», y le pidieron su opinión sobre la Asociación de Amigos, él destacó dos cosas: su objetivo y su calidad humana. Definió el objetivo como el de mantener y ayudar al crecimiento de la Universidad de Navarra; y de su calidad humana subrayó que la Asociación creaba una serie de lazos afectivos de primer orden. Por otra parte, añadía don Eduardo que «a veces pensaba que, si un Mecenas proporcionara a la universidad todo lo que esta necesita, se resolverían muchos problemas administrativos; pero creo que en la forma actual, la Universidad es más fuerte, más recia, y más eficaz: porque está apoyada en muchas personas».

El desempeño del cargo de presidente de la Asociación de Amigos le obligó a incrementar el número y la intensidad de sus viajes.

Ya durante su primera etapa pamplonesa, se había caracterizado como un viajero incansable y sacrificado. Era entonces Pamplona una ciudad mal comunicada. La línea principal del ferrocarril había marginado la ciudad y, para trasladarse a Madrid y a otras ciudades importantes, era necesario ir a Alsasua, uno de los nudos ferroviarios del norte de España. Esta estación no era precisamente confortable y en ella había que hacer con frecuencia largas esperas para enlazar con los diversos trenes. El tren llamado «rápido» y el «expreso», nocturno, procedentes de Irún, que había que tomar en Alsasua, eran arrastrados por humeantes locomotoras de vapor que esparcían la carbonilla y dejaban en los viajeros un inconfundible y desagradable sabor de boca.

El tren más cómodo y moderno que salía de Pamplona era el llamado TAF, tren automotor fabricado por Fiat, de color azul y línea más aerodinámica, que funcionaba con fuel oil. También salía de Pamplona un desvencijado «correo», que invertía casi toda la jornada para llegar a la estación madrileña de Atocha.

En los primeros tiempos de su estancia en Pamplona, don Eduardo, fiel a su costumbre de aprovechar la noche para viajar, exprimiendo al máximo las horas del día, utilizaba el expreso. Tratando de que nadie lo supiera, tomaba billete para uno de aquellos incómodos vagones de tercera –que se retiraron del servicio hace ya años–, justificando esta decisión en varias razones. Argumentaba para explicar este comportamiento que le movía un doble motivo: por una parte, convivir con las gentes sencillas del pueblo, con los que le gustaba charlar, y escuchar sus historias, incluso a veces compartiendo las vituallas que aquellos viajeros llevaban para cenar o desayunarse en el tren; y, por otra, para evitarle gastos a la Universidad que siempre andaba falta de recursos.

También solía explicar que, en esos trenes, se le ofrecían algunas de las pocas oportunidades de tiempo para estudiar; y por esa razón siempre incluía en el reducido equipaje los últimos ejemplares de las revistas de su especialidad. Más de una vez se lo encontraron sentado a la luz de un farol de la inhóspita estación de Alsasua revisando alguna de aquellas publicaciones. Y en el tren seguía estudiando, entre los cabeceos, inevitables a pesar de su tozuda resistencia.

Cuenta don Javier Nagore, que desempeñaba en aquella época la notaría de Alsasua, que solía ponerse de acuerdo con don Eduardo para llevarle a la estación y recogerle en aquellos viajes relámpago a Madrid en el expreso. En una de esas ocasiones, fue a buscarle a las seis y media de la mañana, según habían quedado la noche anterior. Cuando llegó el tren en aquella heladora mañana de invierno, Nagore vio con asombro que don Eduardo descendía del vagón poniéndose la chaqueta…y sin zapatos. Estos le fueron arrojados al andén por un acompañante que continuaba viaje, y que le gritó: «¡Don Eduardo, ahí van los zapatos que ha olvidado con las prisas! ¡Y gracias por lo que me ha instruido en el viaje!»

Hubo que prohibirle tajantemente que viajara en esas condiciones, que no le facilitaban el descanso y que desdecían de su condición, aunque fueran clamorosamente ejemplares. A pesar de ello, siguió haciendo economías en los viajes, e incluso utilizando el coche cama, se empeñaba en compartir el departamento, y sólo admitió viajar en cama individual cuando se lo impusieron por el estado de su salud.

En febrero de 1973, siendo decano de la Facultad de Medicina y una personalidad conocida nacionalmente, coincidió con un joven, antiguo alumno, en el vagón de literas.

– ¿Pero cómo va usted aquí, don Eduardo? –le dijo aquel médico que no salía de su asombro.

Aparte del tren, recorrió España de un cabo a otro en el taxi de Juan Villar, aunque más tarde también se sirvió del avión al iniciarse un servicio aéreo directo, desde Pamplona a Madrid y Barcelona, que comenzó en los Sanfermines de 1972 y se realizaba con los turbohélices Fóker, que precedieron a los actuales reactores.

Una noche llamó a Juan Villar con cierta urgencia porque lo reclamaban de Madrid para una consulta médica. Era una noche desapacible y todo el norte de España estaba con nieve y hielo. Juan le dijo:

– Bueno, don Eduardo, dentro de media hora voy a buscarlo.

Le parecía demasiado media hora y Juan tuvo que explicarle que la noche no era muy buena y que, por las condiciones de la carretera, hacía falta preparar el coche y ponerle las cadenas. A la media hora salían para Madrid. Don Eduardo preguntaba con insistencia a qué hora llegarían, para avisar.

– Usted no ha cenado? –dijo Juan–. Pues cenaremos en Almazán. Allí hablaré con algún camionero y, por lo que me diga, le diré a qué hora vamos a llegar.

Antonio, el dueño del hotel de Almazán, que ya los conocía de años atrás, cuando les oyó pedir la cena con urgencia les comentó: «¡Siempre con prisa!» Juan Villar le dijo a don Eduardo que iba a preguntar cómo estaba la carretera y volvió al rato:

– Diga usted que estaremos allá de tres a tres y cuarto.

Cuando llegaron al Hospital de Madrid donde se encontraba la enferma les informaron de que el médico con el que tenía que hablar don Eduardo ya se había ido. Don Eduardo anunció que volvería unas horas más tarde, a las ocho de la mañana, y fue a ver al marido de la paciente.

Eran ya las cuatro y cuarto de la madrugada:

– Juanito –le dijo, fíjate qué hora es–. No vale la pena ir a un hotel. ¿Qué te parece si vamos a casa de mi madre, a ver si nos da cama la Vicenta? –Vicenta era la empleada del hogar que atendía a su madre–. ¿Ya nos dará?

Poco después estaban llamando por el interfono de la casa de Santa Bárbara. Esperaron un poco y se oyó la voz de Vicenta:

– ¿Quién es?

– ¡Vicenta, soy Eduardo! ¿Nos das cama a Juanito y a mí? Se acostaron, pero previamente don Eduardo le indicó a Juan que el descanso no iba a ser muy largo.

– Juan, como hemos de estar allá a las ocho, hay que ir a misa a las siete y media, así que nos levantaremos a las siete menos cuarto.

A la mañana siguiente fueron cumpliendo el horario, pero la misa se alargó y don Eduardo empezó a inquietarse. Estaba preocupado por la puntualidad; pero cuando llegó, unos minutos tarde, se alegró con una alegría ingenua, porque no había hecho esperar a nadie:

– ¡No ha llegado, Juanito, menos mal!

Empezó a pasear de un lado a otro por el pasillo del hospital. Juanito lo miraba en silencio, admirado y divertido a la vez. A las ocho y media don Eduardo se le paró delante:

– Pero si son las ocho y media, Juanito, ¿qué opina usted de este hombre?

– ¡Ay!, no sé don Eduardo, yo no lo conozco.

Siguió su caminata por el pasillo. Al rato se volvió a parar:

– ¿Le habrá pasado algo? Yo tampoco sé qué opinar.

Su colega llegó a las diez. Después de una hora, a las once y cuarto, evacuada la consulta, don Eduardo salió acuciando a Juan:

– Juanito, venga, de prisa, vámonos!, que nos está esperando don Francisco Sarralde a comer en Vitoria. ¿A qué hora llegaremos?

– Pero bueno, don Eduardo, ¿usted vio lo de ayer? Y de aquí a Vitoria tenemos montañas más altas y más nieve. No lo sé, no me pregunte. No sé cuándo vamos a llegar.

– Juanito, yo ya sé que hará lo que pueda.

El coche avanzaba por una zona de puerto en la que coches y camiones estaban salidos de la carretera, en situaciones peculiares, por los resbalones en el hielo. Don Eduardo miraba con cierto asombro:

– Juanito, pero ¿cómo hace usted? ¿Por qué a usted no se le va el coche y nos quedamos como esos?

En cierto lugar les detuvo la Guardia Civil. Decían que no podían pasar, que la carretera no ofrecía garantías. Juan les explicó que llevaba un catedrático y que venían de Madrid de una consulta y que tenían que estar en Vitoria cuanto antes; además, había tomado todas las precauciones. Los guardias les dejaron:

– Bien, ya veo que es usted un profesional: puede seguir, le dijo el guardia a Juan Villar.

Cuando llegaron a Aranda, Juan le dijo a don Eduardo:

– Si quiere usted llamar, diga que estaremos en Vitoria a las tres.

Llegaron a Vitoria, al lugar en que les esperaban, alrededor de las tres y media. Los otros comensales –uno de ellos José Luis Gracia– les dijeron que iban a comer a El Portalón: «Usted, Juan, viene con nosotros», le dijeron a Juan.

Juan Villar fue a aparcar el coche, lo que le costó unos minutos y, cuando se incorporó, estaban sacando ya unos entremeses, entre ellos una morcilla humeante y apetitosísima. Don Eduardo, después del largo ayuno, se llevó a la boca un trozo de morcilla, sin advertir que estaba ardiendo. Cuando pudo hablar, comentó:

– Yo a Juanito lo trato muy mal.

– ¿Por qué dice eso, don Eduardo?

– Ahora es cuando nos desayunamos nosotros –explicó.

Juan que, en efecto, no había probado bocado desde la noche anterior, pegado como una sombra a don Eduardo, le contestó:

– No, lo que pasa es que usted va por delante. Si yo viera que usted comía y que a mí no me daba ocasión, esto no sería así; pero usted no comió nada y yo mientras podía he venido también sin comer.

– Somos como los camellos –dijo don Eduardo. Y añadió–: ¡Pero si hay que comerse un cordero, no importa, nos lo comemos!

Comieron bien, aunque los entremeses habían sido abundantes. Tomaron café pero no copa. Y cuando Juanito pidió su Farias, el anfitrión le impuso un Montecristo. Habían salido de Pamplona el 30 de diciembre por la noche y estaban ya en la tarde del 31: fin de año. Don Eduardo, una vez cumplida, con generosidad, la obligación del almuerzo, le dijo a Juan:

– Juanito, usted ya ha hecho demasiado. Váyase a casa. Yo me iré con José Luis.

José Luis Gracia había venido desde Pamplona en su 4L para realizar algunas gestiones con él. De hecho, llegaron de regreso a Pamplona a las doce de la noche. Don Eduardo le pidió a José Luis Gracia:

– Déjeme, por favor, ahora en la Clínica; ya me iré yo a casa cuando pueda.

Y así comenzó el nuevo día; yendo a visitar a sus enfermos en el inicio de la madrugada.

No tenía pereza para ponerse en movimiento –siempre que hubiera una razón que lo justificara– utilizando cualquier medio y a cualquier hora del día o de la noche. Con ocasión de una conferencia en Oviedo –a donde viajó en el taxi de Juan Villar acompañado por el doctor Guillermo López, ovetense– al darle las gracias uno de los anfitriones, le comentó:

– Lo que más me gusta, es que usted siempre está dispuesto a ir donde le llamemos.

En los oídos de don Eduardo resonarían aquellas palabras que su maestro, don Carlos, dijo en cierta ocasión:

– A Eduardo, como a los toros bravos, se le enseña el capote y ya está en marcha.

Por cierto, que en aquella oportunidad, al concluir la conferencia, cuando se le acercó el doctor López para fijar el horario del regreso a Pamplona para el día siguiente, se interesó por su madre, y le preguntó si vivía muy lejos. Al enterarse de que estaban a cinco minutos de la casa, se volvió a todas las autoridades –lo más sobresaliente de las fuerzas vivas de la ciudad– con las que iba a cenar y les dijo:

– Espérenme cinco minutos, que tengo que hacer una visita muy importante.

La madre de Guillermo se quedó admirada de que aquel famoso profesor del que le había hablado su hijo se hubiera presentado en su casa para conocerla. Mucho más sorprendida se quedaría, sin embargo, cuando un año y medio más tarde volvió a visitarla sin previo aviso, deteniéndose cinco minutos, cuando viajaba también con Juan Villar en dirección a Galicia.

En aquel viaje –y no fue ni la primera vez ni la última –tuvo que compartir la habitación del Hotel Girafa con el taxista, porque no se encontraron en la ciudad dos habitaciones independientes en el mismo hotel.

Juan Francisco Montuenga –que había sido administrador general de la Universidad de Navarra– refería que, después de trasladarse él a Madrid, a su hermano Luis le diagnosticaron un cáncer de laringe en la Clínica Universitaria de Pamplona. Le sorprendió que fueran sus familiares quienes se lo comunicaran, y no don Eduardo, con quien tenía una gran amistad. Se sorprendió cuando, al día siguiente, le anunciaron que Ortiz de Landázuri estaba esperándole. Montuenga acudió inmediatamente a recibirlo, y Eduardo le dijo:

– Vengo a Madrid porque tengo que resolver un asunto en el Consejo Superior de Investigaciones Científicas; y, además, porque quería darte una noticia.

Le abrazó, y continuó: «Unas veces las noticias son buenas y otras malas; son malas si las vemos sólo con sentido humano (…). tu hermano tiene un cáncer en la garganta y además bastante fuerte. He viajado en el avión con el médico que ha hecho el diagnóstico, y aquí tengo una servilleta de papel donde lo hemos dibujado». Luego charlaron de otras cosas. Por fin se levantó diciendo que se marchaba al Consejo. Juan Francisco Montuenga, que vivía en una casa de la calle Diego de León muy próxima al Consejo, se empeñó en acompañarlo, a pesar de su resistencia. Don Eduardo acabó cediendo; caminaron por la calle Serrano, y al llegar al consejo Ortiz de Landázuri le dijo: «¿Sabes qué? Se me ha hecho tarde. Me voy a coger el avión».

Montuenga se dio cuenta de que había hecho ese viaje, simplemente para no darle aquella noticia por teléfono.

En los minuciosos relatos de sus actividades que, con el título de «Entrevistas» iba elaborando don Eduardo día a día, están registrados la mayoría, por no decir la totalidad, de sus viajes. Eran viajes sin espacios en blanco, con una agenda apretadísima —según el decir actual— en los que combinaba las gestiones de la Asociación de Amigos, las consultas médicas y las visitas que nunca descuidaba a familiares, amigos y conocidos.

«Siempre iba escribiendo», decía Juan Villar. Se sentaba junto al conductor, ponía el maletín sobre las rodillas y ¡a escribir! En cierta ocasión hicieron un viaje a Madrid pasando por Santiago. Circulaban por Galicia en una zona de curvas y preguntaba frecuentemente a qué hora iban a llegar: procuraba siempre ser puntual. Por el rabillo del ojo, Villar, que conocía bien el camino y apretaba el acelerador, veía el bamboleo de don Eduardo mientras se escuchaba el chirriar de las ruedas. Al entrar en una curva más cerrada a don Eduardo se le fue el bolígrafo y comentó:

– La verdad es que hace falta una voluntad de hierro para escribir por esta carretera.

– ¡De hierro y de cemento! –comentó Juan–. ¡Pero deje usted eso, don Eduardo, que ya tendrá tiempo de escribir!

– Es verdad, es verdad.

La pausa duró poco más de un kilómetro. Villar no podía contener la sonrisa al ver que, al minuto ya estaba otra vez garrapateando en el papel.

– Usted se ríe, pero es que tengo que escribir porque me vienen muchas cosas a la cabeza, y si no las escribo se me van, ¿y cómo las voy a recoger después?

«Se han escrito muchos ‘libros’ en mis diez coches», dice Juan.

Da idea también de su actividad desmesurada, por ejemplo, un relato de un viaje a Madrid y Valencia en la primavera de 1975. En menos de dos días estuvo en estas dos ciudades, utilizando en esta ocasión medios poco usuales de transporte, que puso a su disposición uno de sus pacientes. Salió de la capital navarra en el tren expreso, en la noche del día nueve, camino de Madrid. Ya en Madrid, después de asistir a misa, se entrevistó con una serie de personas, trasladándose de un sitio a otro en metro y taxi, para hacer gestiones relacionadas con la Clínica y la Facultad. Comió en el Lar Gallego, con otro miembro de la Asociación de Amigos, y continuó luego su programa de entrevistas. Al atardecer salió de Barajas hacia Valencia en un taxi-reactor para ver al enfermo que había solicitado su intervención. Cenó con su antiguo alumno, el doctor Manuel Evangelista y su mujer y luego se retiró a descansar en el hotel. A las siete del día once estaba en pie de nuevo y, casi dos horas más tarde, tomaba tierra en el aeropuerto de Noain.

Años más tarde, don Iñigo Coello de Portugal, que conocía bien sus peripecias madrileñas, describió su jornada del 28 de enero de 1979. La sintetizaba así: «En un solo día, nueve gestiones. Había cruzado Madrid en todas direcciones. Llegó, no desayunó hasta la hora de comer; estuvo con sus hijos; volvió para coger el tren…,y tenía sesenta y ocho años».

A veces su vitalidad le traicionaba, y si los demás no actuaban con su tremendo ritmo –si consideraba que se «aburguesaban»–, podía ser exigente. A uno de los participantes en una reunión en la que se mostró poco «comprensivo», le escribió enseguida: «Me tienes que perdonar, pero es que resulta duro estar de la ceca a la meca –dejando a Laurita sola–, haciendo amigos, buscando ayudas, con más o menos fortuna, a veces como un ‘mendicante, y, sin embargo, parezca que son manías de don Eduardo».

Su dedicación a la Asociación de Amigos le impulsó a reflexionar sobre algo que le era tan consubstancial. Anotaba sus propias ideas y tomaba nota de otras que desarrollaban los ponentes de las reuniones de delegados de la Asociación, como el profesor Millán Puelles o tantos otros, que exponían la filosofía de la amistad, remontándose en la historia del pensamiento hasta los griegos clásicos. Pero le inspiró especialmente la respuesta que dio, en una de aquellas tertulias memorables con gentes diversas, el propio fundador del Opus Dei, Monseñor Escrivá, cuando alguien le preguntó cómo lograr hacer más amigos de la Universidad.

– ¿Y me lo preguntas tú, que tienes tantos? ¡Queriéndoles! Aquella respuesta tenía como un resplandor propio. Resumía, en un destello, el secreto de la amistad.

A uno de los miembros de la junta de la Asociación de Amigos le escribía a fines de 1978: «Hacer amigos, queriéndoles; no pidiendo. El verbo pedir, sustituirlo por el de querer. ¿Cómo se consigue? He aquí mis deseos, que en la oración le pido al Señor. Puedo asegurarte que, desde que estoy metido en estos temas, más cerca estoy del Señor, de la Virgen y de nuestro Padre. Cada vez encuentro más en los otros al Señor».

Don Eduardo, que había cultivado la amistad de un modo natural, encontró en la Asociación de Amigos un cauce para desarrollarla todavía más.

Don José Luis Gracia le acompañó en infinidad de visitas realizadas a los lugares más dispares. Allá donde hubiera un posible amigo, allá se plantaba, recorriendo España de un lado a otro, olvidándose de sí mismo hasta el extremo de que con frecuencia la comida se convertía en desayuno, y no pasaba a veces de un café y algo de bollería. Íñigo Coello de Portugal y su mujer Tona recuerdan una de las veces en que, ya comenzada la tarde, fue a visitarles a su casa. Tona le preguntó:

– ¿Has comido, Eduardo?

Contestó él con un sí tan débil que Íñigo y su mujer, muy delicadamente, intentaron saber en qué había consistido esa comida. Al final, les confesó que se había tomado un café y un croissant. Le prepararon entonces un almuerzo, que él agradeció tomándolo con evidente gusto.

Pasó en Torreciudad unos días, en el verano de 1981, coincidiendo con la estancia de monseñor Alvaro del Portillo, y tuvo la oportunidad de asistir a un encuentro con más de cuatrocientos jóvenes. No tenía un buen puesto, pero escuchó desde el lugar en que estaba situado que alguien planteaba a don Alvaro cómo hacer amigos para la Universidad. La respuesta le pareció a don Eduardo pintiparada para él mismo: «Paciencia, paciencia, y perseverancia».

Paciencia, perseverancia y humildad: he aquí tres condiciones que tuvo que poner en juego tantas veces. En ocasiones las gestiones económicas eran muy laboriosas, y las promesas tardaban en cuajar; a veces se producían sinsabores; y, aunque estaba convencido del bien que se hacía a aquellos cuya generosidad fomentaba, el mismo hecho de pedir era una manifestación de humildad. ¡Qué paradójico, por ejemplo, se le hacía ir a Granada, pidiendo ayuda para la Universidad, cuando él lo había sido todo en aquella ciudad!

Hay una idea que el pueblo kenyata ha expresado en un refrán: «No es difícil subir a una montaña cuando en la cumbre hay un amigo». Se podría decir que para don Eduardo toda la tierra era una gran planicie. ¡Cuántos amigos podrían atestiguarlo! El profesor Sancho Rebullida no olvidaría nunca una de estas manifestaciones de su amistad. Había caído una gran nevada sobre Pamplona en febrero del 83. Don Francisco Sancho, caminando en la nieve helada, se cayó y acabó en cama con una vértebra rota. Llevaba unas semanas convaleciente, en su domicilio de Cizur Mayor en las cercanías de Pamplona, y don Eduardo, al ver que el reposo se prolongaba, decidió visitarlo. Como peatón forzoso que era desde hacía muchos años, tomó el autobús y se apeó a la entrada del pueblo, que –aparte del caserío concentrado– se compone de varias urbanizaciones. Por fortuna el día era soleado, e hizo con gusto, andando, el camino a la casa, cuya dirección le indicó una carmelita que viajaba en el mismo autobús.

En la historia de estas gestiones hay una letra pequeña, notas marginales o a pie de página, pinceladas que les dan relieve o color. Una de ellas se produjo con ocasión de una ayuda de dos millones ofrecida por uno de los Amigos de la Universidad. Esta persona puso una condición: que le dieran una peseta. Sugirió que don Eduardo se la enviara mediante giro, para guardarla como recuerdo. Las incidencias de esa historia las detalló Ortiz de Landázuri en una de sus «Entrevistas» con el título «Historia de una peseta».

Pensó él en una fórmula que reflejara mejor la gratitud; lo comentó con Laurita, y entre los dos consiguieron una peseta del reinado de Isabel II, acuñada en 1868. Decidieron enviarla con una placa en la que dijera: «Esta peseta cumple una deuda, y se manda con mucha alegría (…a los donantes) desde los Amigos de la Universidad de Navarra, quedando muy agradecidos». Se echó la moneda al bolsillo, fue por la mañana a misa…, y –con uno de aquellos despistes suyos, tan característicos– la moneda fue a parar con otras al cestillo de la colecta. Cuando ya avanzado el día echó en falta la peseta, tuvo que emprender su recuperación. Por suerte, al anochecer, se la dieron los padres sacramentinos, que atendían sacerdotalmente a las carmelitas. Al día siguiente, escribió al Padre Artola, agradeciéndole la entrega de la peseta de plata… y felicitándole por la homilía de la misa del día anterior.