17. El síndorme del nido vacío

Laurita y él se habían quedado solos en 1977. Es la ley de la vida. Los hijos crecen, organizan su futuro y se van. Tanto ella –que había decidido renunciar al ejercicio profesional, para dedicarse íntegramente a la construcción de la familia– como él, tenían asumida esta realidad. La familia, como ha escrito su hijo Carlos, era más importante para don Eduardo que la profesión; y eso se hizo más patente desde que pidió la admisión en el Opus Dei. Cuando vivían en Granada, materialmente estaba muy poco tiempo en casa; por eso, cuando llegaba se volcaba en mil detalles de atención y de solicitud hacia Laurita y los hijos; y en los fines de semana pasaba muchas horas con ellos, e iban de excursión en el coche, cantando con frecuencia las canciones familiares.

Guadalupe, la más pequeña, que sólo tiene vagos recuerdos de los tiempos de Granada y de Cájar –los tiempos ‘gloriosos’ como se decía bromeando en la casa– , pues llegó a Pamplona con poco más de tres años, recuerda vivamente a su padre como «cariñoso, entusiasta, emprendedor, comprensivo y exigente, y muy alegre». Al final son las cosas pequeñas, esas que parecen banales, las que dan la medida del amor; y Guadalupe no olvida cómo, cuando –cansada– se dormía después de cenar, quizás viendo la televisión, su padre la tomaba en brazos con ternura y la llevaba a la cama.

Los hijos siempre lo encontraban disponible para contarle sus pequeñas aventuras, sus pequeños problemas, sus alegrías y contratiempos. A pesar del cúmulo de tareas que atendía, don Eduardo —especialmente en los años que vivieron en Pamplona— comía siempre en casa, salvo que hubiera una razón especial para no hacerlo; y también cenaba en casa, aunque su ‘orden’ de médico implicara un horario imprevisible.

Laurita y él promovieron la responsabilidad de los hijos fomentando su libertad. Les escuchaban como si no hubiera nada ni nadie más importante en el mundo, les aconsejaban cuando era necesario, les alentaban en todo, fomentaban el servicio y el cariño, sobre todo hacia Eduardito, que —por su enfermedad— era el más necesitado de todos. Los hijos solían acompañar a don Eduardo cuando iba a visitar al hijo enfermo, ese hijo que —como él decía, con profunda visión sobrenatural— había sido ‘la salvación de la familia’.

En 1977 se fue de casa, a buscar trabajo cerca de Madrid, José María, el último de los siete hijos que abandonó el hogar paterno. No es raro que los psicólogos hablen en esas ocasiones del surgimiento de un nuevo estado de ánimo, con una fuerte componente de añoranza, al que llaman síndrome del nido vacío. En el caso de don Eduardo, más inclinado a sentir la llamada del futuro que la añoranza del pasado, más que por razones familiares —ya que algunos hijos seguían físicamente cerca y todos muy unidos a la familia—, el síndrome se dio por otras causas de orden intelectual y profesional, que quizás sean difíciles de entender por quien no tuviere una formación como la suya.

El 31 de octubre de 1980 cumplió los setenta años: la edad de la jubilación. Ese día fue a misa de ocho a San Lorenzo y, después, como hacía todos los días, pasó por la ermita de la Virgen del Amor Hermoso, en el campus de la Universidad, antes de incorporarse al trabajo. Transcurrió la mañana con las ocupaciones habituales y al mediodía se reunió en la cafetería de la Clínica para tomar un aperitivo con los casi cuarenta componentes –jefes de servicio, residentes, enfermeras, auxiliares…– del Departamento de Medicina Interna. Le cantaron «Es un muchacho excelente».

Luego, en su casa de Travesía del Monasterio de Urdax hubo otro festejo, al que asistieron el rector, el decano, el director de la Clínica y varios amigos más de la Universidad. Le regalaron un escudo de la Universidad, de gran tamaño, hecho en plata.

Por la tarde atendió la consulta y dio su clase. Y terminó la fiesta con una cena en el restaurante Alhambra, rodeado de los colaboradores más inmediatos.

Pocos días antes, el 27, había escrito a Pepe Tapia –entre ellos mediaban cuarenta y tres años de amistad– recordándole la efemérides. Y éste le contestó, pasado un mes, con una observación bastante certera: «Supuse –y sigo suponiendo– que tu paso al «jubileo» será muy distinto al mío. Seguirás trabajando con el entusiasmo ¿natural? ¿habitual? de siempre. Seguirás durmiendo cuatro o cinco horas, si llega. Seguirás dirigiendo tesis, ocupándote del Departamento, comiendo a las seis de la tarde, cenando de madrugada, como cuando estabas en Granada. Continuará una caravana de sujetos jóvenes con bata blanca detrás de ti a todas las horas del día o de la noche. Y si no es así, será porque la reglamentación de la Universidad puede ser distinta. Pero el número de horas de trabajo no menguará, mientras te queden alientos, aunque con el tiempo hayan de ser mermados necesariamente. Y seguirás sin leer una novela: la última que creo que leíste fue el Quijote. Todo esto no lo digo en demérito tuyo, sino con admiración. Con la que siempre tuve por toda persona con una auténtica y verdadera vocación».

Una parte de la descripción era, en efecto, certera, y don Eduardo tuvo que reconocer que la suave ironía de su amigo no estaba descaminada: «Ahora leo, para formarme, en libros doctrinales –contestó–, ya que la ‘fe del carbonero’ no debe ser el objetivo de un católico que desea serlo de verdad; pero, en efecto, novelas…, lo que se llama novelas…, no tengo especial tiempo». De hecho, las pocas veces que mencionó una novela fue una casi desconocida que había leído en su adolescencia, que tenía el título rocambolesco del «El hijo del diablo», y de la que recordaba el personaje del conde Blutto.

También le comunicó a Rof Carballo la noticia de la llegada a los setenta con una cariñosa referencia a los tiempos pasados: «He cumplido el otro día, ya, setenta años; ¡¡figúrate cuando te veía estudiar con tu excepcional taquigrafía, que me dejaba absorto, en mis veinte abriles!!»

Al llegar ese momento de la jubilación se permitió la curiosidad de hacer el cálculo global de lo que había trabajado: multiplicó el número de horas de trabajo, por el número de días y por el número de años transcurridos, y le salió que había realizado el trabajo de tres hombres.

Llegar a los setenta, no supuso un gran cambio, aunque don Eduardo planteó algunas modificaciones en su situación. Una de estas fue la relativa al Departamento de Medicina Interna de la Clínica: a esas alturas juzgaba que era necesario el relevo en la dirección, que debería ser asumida por el doctor Prieto, más joven que él.

Pero la jubilación le permitió, sobre todo, volver a tomar una bandera que no había defendido antes con mayor vehemencia, para evitar posiciones que pudieran interpretarse como una causa personal. En este punto se concentraba una de las mayores tensiones interiores de su vida, y por esta causa —como francamente reconoció al concluir su segundo período de decanato—, él que tenía una gran capacidad de aguante en las adversidades, había derramado lágrimas. Nunca trasladó estas tensiones al hogar, nunca buscó en él el desahogo de sus vacilaciones; cuando llegaba a la puerta de su casa, dejaba por la parte de fuera el bagaje de sus preocupaciones, y entraba aligerado con su «¡Ole! ¡Ole!», el saludo habitual con que anunciaba la llegada.

El asunto venía de lejos. Poco después de incorporarse en Pamplona a la Escuela de Medicina, una cuestión comenzó a inquietarle y paulatinamente se fue agudizando. Se trataba de la disyuntiva entre la parcelación de la enseñanza de la Patología Médica, encaminándola hacia una fórmula de especialización progresiva, como se había comenzado a hacer en algunas universidades americanas y europeas, o el mantenimiento de una unidad sustancial, que abordara de manera conjunta toda la problemática de la Patología. Esto tenía su traducción en el plano didáctico, y significaba decidir de hecho entre una Patología concebida como disciplina única o como una suma de asignaturas especializadas.

Hacía falta un hombre de su inteligencia y generosidad, que fuera capaz de comprender el meollo del problema y capaz también de desprenderse de la legítima competencia y del poder que, en aquella época, eran evidentes atributos de la cátedra universitaria. Aceptó ese planteamiento de especializaciones, más por asegurar la unidad y la eficacia del equipo docente que por estricta convicción personal.

A lo largo de la historia, en la evolución de los saberes científicos, se producen fenómenos de expansión, especialización y rompimiento, y otros de reagrupación y búsqueda de la unidad. Un viejo problema del ámbito universitario es éste de la creación de parcelas separadas, con el peligro de ensimismamiento, unido a la ruptura del diálogo con otras parcelas del saber. En esas circunstancias, la misma idea de universidad parece desvanecerse. Don Eduardo había recibido en sus manos, en buena medida con los planteamientos renovadores de don Carlos, un legado unitario que el propio avance científico, al acrecentarlo, tendía a disgregar; y esto comportaba riesgos evidentes.

En la medida en que se tratara de disputar el control personal de parcelas del quehacer científico y docente, don Eduardo no estaba interesado en reclamar el monopolio de ninguna. Pero sufría, al considerar que su renuncia pudiera conducir a un deterioro de la Medicina, y se convirtiera en una dejación irresponsable de un deber ante el legado recibido.

A medida que fueron pasando los años, don Eduardo mantuvo e incrementó su autoridad moral, convirtiéndose en un modelo de conducta humana, pero acumulando en su corazón el desgarro que le producía la duda de si era o no fiel al mandato de su maestro. Por desgracia don Carlos faltaba desde hacía más de trece años, y ya no podía aconsejarle. Ante el dilema de aceptar que él se equivocaba y que los otros pudieran tener razón, o de mantener una postura intransigente, humildemente optó por lo primero. Pero las cosas no estaban lo suficientemente claras como para liberarle de esta preocupación. Un hombre como él, cuyo impulso interior le empujaba siempre al cumplimiento del deber, no podía silenciar cuestiones cruciales que continuamente le reclamaban.

El desarrollo de la Clínica Universitaria, en lugar de suavizar el problema para él, contribuyó a agravarlo. La Clínica cobró una vida y una personalidad propias; y, a medida que se consolidó su actividad, desarrolló una estructura en la que los objetivos y medios perfilaron un modo de ser y de actuar nuevos. De un modo progresivo, parte de los servicios se transformaron en departamentos, rompiendo la dependencia del Departamento de Medicina Interna. Éste, que dirigía don Eduardo, sin dejar de ser fundamental en el conjunto del centro médico, vio reducirse su peso específico, a medida que se consolidaron los nuevos.

Don Eduardo sufría una crisis de identidad: no era una crisis personal, sino sobre todo la conciencia de las quiebras que se producían en al ámbito docente y asistencial, que encubrían –a su juicio–, en último extremo, la crisis en el núcleo mismo de la concepción de la Medicina. Por eso, una vez ya jubilado, y por tanto en una situación en la que ni se trataba de –ni podía entenderse como– una reivindicación personal, emprendió con mayor ahínco la defensa de sus convicciones sobre la enseñanza y la práctica de la Patología Médica. Escribió reiteradamente, exponiendo sus ideas, y buscando el contraste de ellas con otros juicios, al vicerrector de la Universidad, al decano de la Facultad, a sus colegas en la enseñanza, a la dirección de la Clínica y a varios colegas de otras facultades, con los que desahogaba su preocupación al tiempo que pedía una ratificación de sus ideas, o ideas nuevas para contrastarlas con las suyas.

Sentía que con él se extinguían en la Universidad de Navarra la Patología y Clínica médicas, y expresaba su inquietud porque este troceamiento ponía en riesgo el diagnóstico diferencial, territorio crucial de la Medicina Interna. En una de estas cartas, le planteaba al doctor Grande Covián: «Argumentan (a favor de la independencia de los departamentos) que no hacen falta clínicos, que ya ellos lo son… Pero, ¿quién establece el diagnóstico diferencial? ¿Quién lo enseña? Me vienen a la mente los maestros de la Medicina Interna, como lo fue don Carlos, y me siento rebelde con estos juicios progresistas.

¿Es señal de involución personal, fruto de mis setenta y dos años? ¿Es posible dividir con el mismo criterio la Fisiología, la Bioquímica… en la formación básica del curriculum? ¿Qué es la Universidad?»

Por esa época le llegó la noticia de que un congreso internacional de Medicina Interna se había suspendido por falta de asistentes. Y anotó en sus papeles: «Qué pocos vamos quedando en la familia de la Medicina Interna».

A muchas personas, las legítimas discrepancias les arrancan la paz, y corren el riesgo de convertir en materia personal, y a veces en germen de amargura, las contrariedades que emergen en toda vida. Una de las veces que dejó constancia en sus papeles de algún problema de este género, escribió: «Ello no quiere decir que Eduardo no sea feliz. Ni tiene complejos, ni se siente triste. Está siempre alegre».

Sin reducir su actividad, los días transcurrían llenos de ocupaciones. Con sus setenta y un años largos, el 19 de junio de 1982, un día cualquiera, transcurrió así: se levantó a las seis y media; fue caminando desde su casa a la ermita, y a las siete y media entró en el oratorio de la Clínica para hacer, como todos los días, media hora de oración y asistir luego a la, misa. A las nueve mantuvo una conversación con algunos miembros del tribunal que iba a juzgar la tesis del doctor Antonio Brugarolas; a las diez estuvo un rato en el examen de enfermedades infecciosas; a las diez y media formó parte del tribunal que examinó la tesis de Brugarolas; cuando acabó, a las doce, después de rezar el Angelus, dedicó un buen rato a los enfermos; a la una mantuvo una reunión con ciento cincuenta enfermeras y sus familiares; luego se hicieron una foto con cuarenta médicos de la XII Promoción de la Facultad —que celebraban una reunión— y sus mujeres; comió luego con el doctorando, los miembros del tribunal y otras personas, en el comedor de profesores de la Universidad; de allí se trasladó a un hostal en las afueras de la ciudad para participar en la sobremesa de los de la XII Promoción; y a las cinco estaba trabajando en la redacción de su testimonio sobre el fundador del Opus Dei.

Llegó a casa a las diez y media y se encontró con una invitación de la Casa Real para asistir a la recepción del día 24 en el Palacio de Oriente. Acabó sus anotaciones de ese día con esta línea: «23,00 (once de la noche) Dormir. Ha sido un día de gran actividad»; y eso que no dejó constancia de que a lo largo de esas idas y venidas había rezado el Rosario, había leído —como cada día— un fragmento del Nuevo Testamento y unas páginas de un libro para mejorar su formación doctrinal, y había hecho una visita al Señor en un sagrario y otro rato de oración por la tarde.

El 25 de enero de 1982 murió su primo Valeriano Fernández de Heredia Weyler. El padre de Valeriano era Jorge Fernández de Heredia, hermanastro de la madre de don Eduardo, y segundo de los hijos del primer matrimonio del abuelo. Valeriano, descendiente del famoso general de la guerra de Cuba, en lugar de seguir la tradición familiar de las armas, había estudiado Filosofía y Letras y era hombre de amplia cultura y políglota, con un gran futuro, hasta que se le detectó una esquizofrenia.

Don Eduardo, que gozaba de gran predicamento en su familia —era de hecho el «hombre bueno» al que se recurría antes de tomar una decisión importante o de dirimir alguna cuestión familiar—, se había hecho cargo de su primo, al que pidió que se trasladara a Pamplona para poder seguir de cerca el curso de su salud. Valeriano alternaba períodos buenos con épocas de enfermedad y, en esos momentos, había que recluirlo en el Hospital Psiquiátrico. Ortiz de Landázuri lo visitaba entonces, al tiempo que veía también a su hijo Eduardito. Murió Valeriano, que era unos meses más joven que él, en la Clínica Universitaria, tras una complicación surgida después de una intervención gástrica. Y don Eduardo, que había sido casi un padre para él, lo hizo enterrar en el cementerio de Pamplona.

El Sábado Santo de aquel año 1982, poco antes del mediodía, se acercó a la ermita de Nuestra Señora del Amor Hermoso. Se conocía muy bien el camino hasta aquella imagen, bendecida por el Papa Pablo VI e instalada en aquel lugar el día de la Inmaculada de 1966. Todas las mañanas, todas las madrugadas habría que decir mejor, comenzaba su día haciéndole una visita, sin dejarla por muy inclemente que fuera el tiempo; y allí acudía cada vez que necesitaba una ayuda especial, cada vez que alguna cosa le preocupaba. Contemplaba la bella escultura de mármol, con la Virgen sentada, y a su lado Jesús niño, de pie sobre un rimero de libros: tres de ellos llevaban en el lomo una inscripción, y el séptimo decía «Medicina». Tanto le atraía aquel lugar, que las enfermeras —que lo conocían bien—, al celebrar las bodas de plata de la Escuela, le regalaron un esmalte de la imagen. Lupe Arribas cedió su escudo de plata para que lo soldaran en el marco.

Se sentó en el pretil de piedra, sacó un papel, y comenzó a escribir: «En la ermita del campus universitario de Navarra, ante Nuestra Señora la Madre del Amor Hermoso, a pocos minutos del Angelus. Te quiero decir muchas cosas, en relación con el pasado, el presente y el futuro, en un día que, suspendido entre la crucifixión y la resurrección del Señor, es tuyo. ¡Cuánto sufrirías pensando en tantas ingratitudes humanas!

»Tú, virgencita mía, nos perdonaste y te consolaste por el camino del amor… para ser la Madre de todos. Sobre este punto tan concreto: ‘Por el amor hacia el perdón’, quisiera hacer este rato de oración.

»¿He perdonado alguna vez, amando? Llevo setenta y dos años peregrinando (1910-1982) y dudo si alguna vez he conseguido plenamente acercarme a este ejemplo permanente de María. Mi conversión y dolor por la pérdida de mi padre, verano de 1936; mi decisión (1958) de venir a la Universidad de Navarra; mi amor inconmensurable a Laurita (1941-82), son los tres hechos más sobresalientes de mi vida y en donde lo humano y lo divino se cruzan. Como fondo mi vocación al Opus Dei, que me permitió alcanzar a través del contacto con nuestro Padre (1960-75) energía para subsistir ante los azares de la vida. Por eso: el pasado está presidido por el agradecimiento, ¡cuánto bueno recibí del Señor y de ti, Virgen María!; el presente es de confianza, Madre nuestra, no me abandones; y el futuro está ya en la proximidad del salto hacia el paraíso prometido.

»Sopla el viento grato de una mañana preciosa mientras el sol me calienta sentado en el pretil que rodea la plataforma desde donde se eleva la ermita. Tengo de frente la imagen que monseñor Josemaría Escrivá de Balaguer en 1966 regaló a la Universidad de Navarra. Van y vienen estudiantes que rezan una Salve. ¡¡Me siento feliz a su lado y pido por la intención del Padre y rezo el Angelus!!»

A su alrededor brotaban en los árboles las primeras hojas. El césped inauguraba un verdor joven. La luz clara del mediodía animaba los matices del campus. Se respiraba el aire tibio de la primavera.

Varias golondrinas revoloteaban afanosamente, tratando de anidar bajo el alero de la ermita.

Don Eduardo era consciente de cómo su vocación al Opus Dei había dado un sentido nuevo a su vida. Su entrega a los enfermos, a los estudiantes y a todas las personas con las que se relacionó por su trabajo se había hecho más sólida por esa razón. Toda su actividad universitaria se había enriquecido al ir descubriendo y viviendo, día a día, el espíritu de la Obra.

Pocos meses más tarde, España vivió unas jornadas inolvidables. Por primera vez un Papa visitaba la nación española. Don Eduardo participó con gran ilusión en todos los actos en que le fue posible hacerlo, y asistió personalmente a la ceremonia académica en la Universidad Complutense de Madrid y al acto europeísta que se celebró en la Catedral de Santiago de Compostela, en el que el Santo Padre, después de hacer un diagnóstico certero de la situación de la vieja Europa, le lanzó aquel «grito lleno de amor: Vuelve a encontrarte. Sé tu misma. Descubre tus orígenes. Aviva tus raíces. Revive aquellos valores auténticos que hicieron gloriosa tu historia y benéfica tu presencia en los demás continentes. Reconstruye tu unidad espiritual en un clima de pleno respeto a las otras religiones y a las genuinas libertades. Da al César lo que es del César y a Dios lo que es de Dios».