18. La medicina en vivo

Era una persona vigorosa, que siempre había gozado de buena salud. Contaba con los dedos de la mano, y aún le sobraban dedos, las veces que había tenido que guardar cama. Y, salvo la fiebre que tuvo antes de su boda, nunca había estado enfermo. Trastazos y golpes sí que se había dado varios a lo largo de su vida, y, a partir de los cuarenta, tuvo que ir a visitar al oftalmólogo por la inevitable presbicia.

En sus «Entrevistas» dejó constancia de algunos de los trastazos. Por ejemplo, las dos caídas en la cuesta helada que baja de la ermita de la Universidad, en los primeros días de enero de 1973. 0 cuando, pocos días antes de la Navidad de 1981, le cayó sobre la cabeza la escalera de mano para subir a la cama del departamento del tren en que viajaba; escribiendo de sí mismo en tercera persona, como hacía siempre, dejó constancia del hecho: «El golpe fue de campeonato. No se enfadó; algo hay que ofrecer; ¡pero es formidable! Para buscar fuerzas de flaqueza leyó a Santa Teresa que llevaba en el maletín (la vida de Santa Teresa) y fue el gran antídoto».

En 1975 se fracturó el cuello del húmero al caerse en un pasillo de la Clínica Universitaria. Lo instalaron en la habitación 501 y allí le visitaron muchísimas personas; a él le gustó sobre todo que viniera a verle una representación de los estudiantes: eran tres, y a los tres les escribió poco después para agradecerles la visita que le habían hecho en nombre de los compañeros. Pero dos días más tarde ya estaba de nuevo viajando a Madrid, para su última consulta con monseñor Josemaría Escrivá y para asistir en el Ministerio de Educación a una reunión de decanos. Este reunión le impidió acudir a la Clínica de la Concepción para estar presente en la Lección conmemorativa Jiménez Díaz, que siempre había procurado no perderse.

Un año más tarde, haciendo una gestión en el Ministerio de la Gobernación, se dio «en la frente un golpe morrocotudo con una puerta de cristal». Y en febrero de 1978, regresando por la noche a la casa de la plaza Santa Bárbara por una calle oscura, no se dio cuenta de que había obras, tropezó y se fue de bruces al suelo. «Al llegar a Santa Bárbara con la cara y la nariz sangrando –dejó escrito– daba pena. Se lava y le curan sus hijos con alcohol. Escuece de lo lindo, pero se acuerda de nuestro Padre y no escuece tanto. ¡¡Es una maravillan»

Pero poco después comenzó a perder peso. En enero de 1980, con ocasión de un viaje a Madrid en el expreso, él mismo se planteaba qué le estaba pasando: «El tren llega con retraso de 30 minutos para no variar. Al levantarse Eduardo nota que ha tenido una ligera espistaxis y que la orina es algo roja. ¿Por qué? Quizá es que come menos. Pesa 69 Kg. en vez de los 85 Kg. que pesaba hace dos años. Ha ido pesando menos al comer menos y sin sal por tener la tensión arterial algo elevada, 15/10. Por lo demás se encuentra bien. Quizá convenga hacerse un chequeo». No hubo tal chequeo, pero en agosto de ese año le comentaba a Laurita:

– Están preocupados con mi peso, y dice José Cañadell que me estoy pareciendo a…

Laurita lo adivinó.

– ¡A Juan Francisco Montuenga!

– …Exacto.

En 1981 iba notando más agudamente los signos de envejecimiento, quizás de enfermedad. En concreto, sufrió algunas caídas, que revelaban un debilitamiento de las piernas. En junio, caminando deprisa a las siete y media de la mañana para hacer la oración cotidiana antes de la misa en la Clínica, se cayó y las gafas saltaron por los aires, aunque no se le rompieron –por cierto que esta vez tuvo suerte, pues en otra ocasión resbaló en la nieve y, después, no hubo forma de encontrar las gafas–. En sus papeles escribió: «Desde luego, para casi 71 años Eduardo hace una vida de trabajo exagerado. Laurita le riñe: ¡otra caída!».

En el mes de julio le encontraban más delgado; y cuando alguien le preguntó si estaba débil, contestó: «No estoy fuerte, pero no débil». Días más tarde escribió: «Eduardo tiene ciertas molestias en la micción. Esperemos que pasen; ¿próstata o algo más? Los años pasan, subrayó, y si lo dice piensan son exageraciones. Pero está más cansado». Los pies, aquellos pies que parecían incansables, estaban flojos.

A don Ricardo Fernández Vallespín le escribió en junio de 1982: «Me decía (Paco Ponz) que estabas bien de cabeza aunque la marcha es donde estás más flojo. Yo le dije a Paco que a mí me pasa igual: voy notando poco a poco cómo los pies van teniendo menos fuerza. Eso quiere decir que ha sido lo más utilizado de mi cuerpo… cuántos pasos habré dado en mis 72 años!! Demasiado bien se han portado». Y unos meses más tarde, en febrero del 83, le proponía al decano de la Facultad que se elaborara un «Estatuto del jubilado», y al mismo tiempo refería los signos de su pérdida de facultades: «Este curso lo he ido pasando con algunas dificultades: a) se me olvidan los nombres propios y algunos detalles en las clases y tengo que llevar, como los malos estudiantes, ‘chuletas’: b) me siento sin suficientes fuerzas en las piernas con pies algo ‘insensibles’, y he tenido algunas caídas en el curso 1981-82 y 1982-83. El frío no lo resisto bien y las heladas de la mañana son duras».

En una persona «normal» estos síntomas habrían aparecido mucho antes; pero para él eran el reconocimiento de que uno no es inmune al envejecimiento, al cansancio y a la enfermedad. Eso sí, se quejaba de que ya no podía desarrollar su inacabable actividad, aunque seguía trabajando tanto o más que muchos hombres más jóvenes que él. En cierta ocasión, charlando con el Marqués de Lozoya, que le precedió en la Presidencia de la Asociación de Amigos de la Universidad y con el que tuvo una gran amistad, le había expuesto don Juan Contreras los principios por los que trataba de regir su actividad:

– Mira Eduardo –le dijo el Marqués, ya octogenario–, yo procuro atenerme en mi vida a unos pocos principios: primero, vivir como si me fuera a morir hoy; segundo, trabajar como si fuera eterno; y tercero, tratar de hacer hoy por lo menos lo que hice ayer.

Esos principios los suscribía don Eduardo, y también formaban parte de sus normas de conducta; pero ahora, a los 73 años, y con la enfermedad –aún no descubierta– minando su naturaleza, era prácticamente imposible cumplir con el tercero.

Aparte de la flojedad al andar –«Eduardo se balanceaba; le falta fuerza en las piernas», anotó en un viaje que hizo a Madrid en marzo–, en los primeros meses de 1983 comenzó a padecer constantes diarreas, aunque no lo comentó por entonces. No estaba acostumbrado a estar enfermo: de hecho, apenas habría estado un día entero en la cama por enfermedad desde que lo había conocido Laurita. Quizás por esa excelente salud, actuaba como si un médico no pudiera ponerse enfermo. Cuando sufrió un cólico nefrítico andando hacia la Clínica–y el doctor Honorato llegó a asustarse por el aspecto que tomó–, después de medicarse algo y de pasar algunas horas de cama, volvió a trabajar como de costumbre. En cierta ocasión en que un colaborador, que padecía una hepatitis, vino casi a justificarse y le mostró las radiografías, él tomó una de ellas y después de mirarla al trasluz, comentó, elevando la voz:

– ¿Sabe usted por qué no estoy nunca malo? ¡Porque no voy nunca al médico!

Ya había tomado la determinación de retirarse del peso fuerte de la docencia a partir de mayo de ese año, al concluir el curso académico 1982-83, para ocuparse de algunos cursos o clases aisladas. Pero en el mes de agosto el cuadro diarreico se agudizó y don Eduardo decidió ponerse en manos del médico. El doctor Conchillo, que había sido interno de su cátedra ya en la Universidad de Granada, dispuso una exploración radiológica. Le hicieron unas placas y, al terminar, Conchillo le indicó que se vistiera. Una vez vestido, fue a ver las placas que Conchillo estaba examinando en el negatoscopio.

– ¿Ve usted algo?, preguntó.

– Sí, veo un pequeño pólipo. ¿Lo ve? Se ve muy bien, con los bordes bien definidos.

– ¿Es un pólipo o un tumor?

Así, sin más, no podía saberse si era benigno o maligno; además el doctor Conchillo ni podía ni quería darle a entender que aquello podía ser una cosa grave. Don Eduardo examinó la radiografía, con aquel gesto suyo característico, adelantando la barbilla y echando la cabeza hacia atrás para mirar por la parte inferior de sus gafas bifocales.

– No me gusta nada –comentó–. Puede ser maligno. El doctor Conchillo insistió, sintiendo interiormente la zozobra por la posible seriedad del asunto:

– Me da la impresión de que es benigno.

– A ver ahora cómo se lo decimos a Laurita –comentó don Eduardo–. Y enseguida añadió:

– Y, ahora, ¿qué hay que hacer? –preguntó don Eduardo.

– Hay que operar.

– ¿Cuándo?

– Cuanto antes.

– Pues hablemos con Juan Voltas –dijo él con aquella determinación que le caracterizaba y que le llevaba a hacer resueltamente el deber o lo que fuera conveniente sin demora y sin vacilación.

Había que intervenir, en efecto, cuanto antes. Y así se hizo. El doctor Voltas llevó a cabo una resección del tumor, pero éste estaba ya bastante avanzado y sus metástasis se encontraban en zonas de ganglios regionales.

– Ahora comprendo que todo lo anterior, la debilidad, la pérdida de equilibrio y otras manifestaciones, eran en reali dad una situación paraneoplásica –dijo cuando conoció el resultado del análisis biópsico.

Pasó el postoperatorio en la habitación 601, y allí, al cuidado de los médicos y de las enfermeras, comenzó a aprender en su carne la asignatura de la enfermedad.

Dos días antes de la intervención, él mismo había pasado por la sexta planta para anunciar a las enfermeras que iba a pasar unos días allá, pues tenía que someterse a una intervención. Y las enfermeras se esmeraron en atenderle. No les costó trabajo, porque en realidad, como comentaban entre ellas, como enfermo «era una delicia». Se dejaba hacer, sin preguntar; no se quejaba; nada pedía. Las recibía con una gran dulzura, con su delicadeza proverbial, y les preguntaba por sus actividades y su familia. Una de las estudiantes le contaba que estaba muy nerviosa porque tenía un examen de Anatomía y le pedía que rezara por ella para que lo hiciera bien.

Poco después de regresar a casa, concluido el postoperatorio, escribió una carta a las enfermeras: «Casi desearía volver a ingresar en la 601 por estar con ustedes. Es difícil decir con palabras lo que recordamos Laurita y yo de cariño, cuando desde Teresa –que contaba su gimnasio– y después todas…, hasta aquella simpática alumna que hablaba de sus nervios (enhorabuena que ya aprobó Anatomía), todas con su afecto, con su gentileza, con su alegría, hacían tan felices las horas de la 6a segunda fase, que Laurita y yo lo recordamos con inolvidable felicidad». Y pedía que el agradecimiento se extendiera a todas: supervisora, instructora, graduadas, auxiliares y alumnas, sin olvidar a las empleadas de hogar.

Apenas habían pasado unos días desde el regreso a la casa de Travesía de Urdax, cuando sonó el teléfono. Laurita lo tomó y le llamó:

– ¡Eduardo, es Ben Haneman, desde Australia!

Se levantó y, con precauciones por su polineuritis, caminó hasta el teléfono. ¡Ben Haneman! Cómo le alegraba aquella llamada. Era el doctor Benedeto Haneman –Benun médico judío, nacido en Florencia en 1923 que, a los cinco años, se había trasladado a Australia con su familia. Haneman, interesado en el castellano, había conocido en Sidney a varios de los primeros miembros del Opus Dei –algunos de origen español– que habían llegado a Australia. Y, a través de su amistad comenzó a colaborar con las actividades promovidas por la Obra en Australia. El doctor Haneman se convirtió en Presidente del patronato de una gran residencia de estudiantes –más de doscientas plazas–, Warrane, que los miembros del Opus Dei pusieron en marcha en la Universidad de Sidney.

Ben Haneman, especialista en digestivo, y profesor en la Facultad de Medicina en la Universidad de New South Wales, solía pasar unas semanas en Pamplona desde 1969. Don Eduardo y él dedicaban muchas horas a trabajar juntos y de ahí nació una profunda amistad. Don Eduardo le hablaba con franqueza de la fe católica, con un respeto extraordinario hacia las ideas de Haneman: más aún, interesándose vivamente por esas ideas. A Haneman le gustaba el ambiente de la Universidad y, si su estancia en Pamplona coincidía con esas fechas, asistía a la Novena de la Inmaculada, en la que participaban y participan millares de estudiantes y de familias. Esta amistad generó una continua correspondencia: don Eduardo le daba noticias de la Universidad, de la Clínica y del Departamento de Medicina Interna, y le enviaba todos los artículos del periódico que tuvieran que ver con los judíos, o textos sobre algún escritor español –Machado, por ejemplo– que gustaran especialmente a Haneman.

Ben correspondía con largas cartas en las que hablaba de lo divino y de lo humano, en las que abría su corazón al amigo. También le enviaba recortes de informaciones publicadas en los periódicos o revistas, como aquella sobre la muerte de Vincent John McGovern, uno de los patólogos australianos más prestigiosos, miembro supernumerario del Opus Dei, fallecido en accidente de tráfico.

El doctor Haneman se enteró casualmente de la enfermedad de don Eduardo por un médico de Pamplona que asistió a un congreso en Sidney, y le llamó inmediatamente. Pocos días más tarde le escribió una carta en la que le decía: «Querido Don Eduardo, pocas cosas me han afectado y preocupado tanto en mi vida como su enfermedad. (…) Me encantó poder hablar con usted y oírle que está empezando a recuperarse; pido a Dios que se recupere totalmente y que pueda vivir muchos años, ¡preferiblemente 120! (…) Le ruego que considere la posibilidad de venir a Australia para tomarse unas vacaciones (…)».

Ben Haneman. Un amigo. Uno de tantos hombres a los que quiso y a los que procuró acercar a Dios. Aquella llamada del 18 de septiembre fue breve, pero le conmovió:

– Don Eduardo, rezo por ti, le dijo Ben. «Esto lo repitió dos veces –escribió Don Eduardo en una breve nota– con un entrañable timbre de voz que desde Sydney a Pamplona llegaba».

El nuevo régimen de vida que se vio obligado a hacer no sólo le impuso abandonar la enseñanza –que dejó definitivamente–, sino que también hizo aconsejable que dejara de ejercer la Medicina. El médico que había visitado a cerca de medio millón de personas, y que había contribuido a su curación, al alivio de sus dolencias y con tanta frecuencia a la recuperación de su paz espiritual, ahora era un enfermo más: tenía que hacer frente en su propia carne a la experiencia del dolor y la debilidad que él había visto casi sólo como médico.

La enfermedad significó el fin de sus actividades académica y asistencial, pero siguió activo, dedicado con su habitual generosidad a otras tareas en beneficio de la Universidad a la que había entregado tantos años de ilusión y esfuerzo abnegado. Dejó su reducido despacho de la Clínica, que –como muestra de homenaje– nadie ocupó hasta después de su muerte, y que se mantuvo intacto en señal de respeto hacia el maestro, y se instaló en otro en el edificio central de la Universidad, en el que se ocupó de escribir tantos recuerdos, ideas y experiencias como había acumulado a lo largo de su intensa vida. En cierto sentido él era la memoria histórica de parte de la Facultad de Medicina de la Universidad y de la Clínica Universitaria. Se dedicó también, con una energía extraordinaria, a la Asociación de Amigos de la Universidad.

Durante el período de su convalecencia nadie ocupó el despacho de quince metros cuadrados que, durante años, había utilizado don Eduardo para recibir a sus pacientes. Nada más entrar, a la izquierda, pegada a la puerta –pues la anchura de la habitación no superaba los tres metros– se encontraba la mesa de trabajo, ante la cual había dos sencillas butacas para los pacientes. La moqueta y la tapicería de los muebles era de color marrón.

A la derecha había un mueble estantería oscuro sobre el que estaban enmarcadas las fotografías de todos los vicepresidentes de la Diputación que había tratado desde su llegada a Pamplona, con dedicatorias manuscritas. Al fondo, en el rincón opuesto al de la entrada, una mesa baja, una butaca y un sofá de dos plazas completaban el mobiliario. Sobre la mesa del rincón, con otros recuerdos había una sencilla talla de la Virgen, en madera, regalo de uno de sus enfermos, y fotografías de monseñor Escrivá de Balaguer, del profesor Albareda, que había sido rector de la Universidad, y del profesor Letterer, un científico alemán, protestante, que había sido docente de la Facultad de Medicina durante varios años. Cinco láminas con escenas de esgrima decoraban las paredes. Todo quedó hasta su muerte como si él continuara usándolo, en un testimonio de afecto y respeto que le tributaba la Clínica Universitaria.

Ese año 1983, no pudo asistir a la reunión de delegados de la Asociación de Amigos de la Universidad, que se celebró en octubre. Le pidieron que grabara unas palabras para saludar a los asistentes.: «…os diré unas breves frases que me salen del corazón. No penséis que estoy triste, en verdad estoy muy sereno. Pienso que el Señor tiene siempre dispuesto lo mejor. A Laurita, como a ninguno de nosotros, no nos dejará abandonados; y, si somos fieles, nos llevará a su lado, donde nos encontraremos con nuestro Padre, el fundador de esta Universidad a la que tanto queremos», dijo entre otras cosas.

En sus cartas, en las que refería la situación de su salud, con frecuencia aludía a Laurita. Le resultaba paradójico que ella, con su frágil salud, tuviera que estar atendiéndole a él: «El fuerte cuidado por la débil», escribía.