19. «Amigo Eduardo Ortiz»

Inés Artajo llamó desde el interfono del portal al tercer piso C de la Travesía de Monasterio de Urdax. Le contestaron y le abrieron la puerta. Subió las escaleras de mármol rojo, tomó el ascensor y poco después llamó a la puerta de la casa. Le abrió Laurita, que la pasó al salón donde estaba esperándola don Eduardo.

Inés, una joven periodista que llevaba varios años trabajando en el «Diario de Navarra», había iniciado una sección de entrevistas en profundidad a la que pusieron el título «La otra orilla». La sección tenía una doble finalidad. Por un lado, pretendía ir más allá de lo convencional para dar a conocer facetas y opiniones menos conocidas de personajes de cierto renombre; y, por otro, se proponía entrevistar a personas ya maduras que pudieran expresarse con franqueza, sin cálculos, con la sinceridad del que puede hablar sin tener que medir las palabras por condicionamientos coyunturales.

Se trataba de entrevistas extensas que se anunciaban en la primera página y ocupaban las centrales del «Diario». Habían decidido publicarlas los domingos, un día en que, hipotéticamente, la gente dedica más tiempo a la lectura de la prensa. Su elaboración exigía tiempo y bastante trabajo. Había que mantener con los entrevistados conversaciones largas, ante el magnetófono, para después dar orden a todo aquel material, seleccionarlo, y aliñarlo con ideas surgidas a lo largo de la conversación y con pinceladas ambientales fruto de la observación personal.

A oídos de Inés había llegado la noticia de que Don Eduardo, jubilado ya desde hacía algunos años, se encontraba enfermo. No lo conocía personalmente, pero curiosamente él había tratado a su padre, muerto aún joven, cuando ella era apenas una niña: don Carlos Jiménez Díaz, que lo había atendido primero, le sugirió que no era necesario que viajara a Madrid, ya que en Pamplona podía ocuparse de él su discípulo Ortiz de Landázuri.

Inés consultó a su inmediato jefe en el periódico. –¿Qué te parece don Eduardo Ortiz de Landázuri? Le comentó que, al parecer, estaba enfermo.

– Muy bien, adelante, le contestaron.

Tomó la guía telefónica, buscó el número y le llamó. Le explicó que quería conversar con él para publicar la entrevista en «La otra orilla». Don Eduardo asociaría más bien esas palabras al fin de sus días: dos años largos antes, escribiendo al profesor Rodríguez Candela sobre la muerte de su colega Arturo Fernández Cruz, había dicho: «el hecho es que el gran amigo se nos fue a la otra orilla». Y se excusó. No por miedo, sino por considerarse una persona sin importancia, un hombre enfermo… Inés le insistió y él le dijo que quería pensarlo y consultarlo. Pocos días más tarde accedió.

Ahora estaba ante él, dispuesta a «exprimir» a aquel hombre que no necesitaba presentación y que, supuestamente, podía hablar con el corazón en la mano y con la mano en el corazón, como ella sabía que se había manifestado siempre. Jorge Nagore, licenciado como ella en Ciencias de la Información, buscaba con su cámara los planos más adecuados para fotografiarle.

En agosto, el profesor Antonio López Borrasca, catedrático de la Facultad de Medicina de Salamanca y antiguo profesor de la de Navarra, le había escrito a don Eduardo, al enterarse de las circunstancias de su salud y la operación que había padecido:

«Me cuesta pensar que estés en alguna suite de la Clínica Universitaria, como paciente, tú que tantas veces las has recorrido cada día, viendo tantísimos enfermos, llevándoles el ánimo y la tranquilidad. Quizás te faltara esta experiencia de estar en la otra parte, para enriquecerte más aún de costumbre, práctica y entrenamiento profesional. ¡No te va a faltar nada en tu formación! Y como yo te imagino siempre formándote, me parece que ya has pensado en dar alguna charla o conferencia o en escribir algo parecido a esto: ‘El médico, en la otra orilla’, donde relataras las vicisitudes, somáticas y biológicas que acontecen a todo galeno que se pone malito. Si algún día das tal lección, avísame para ir a escucharte.»

A esa carta respondió don Eduardo: «Muchas gracias por las oraciones. Sobre tu consejo: ‘El médico en la otra orilla’, sólo podría decir el singular trato de las alumnas y enfermeras en la Clínica Universitaria y la maravilla de los cirujanos (…). Estoy mejor, pero con una polineuritis que me tiene en casa. Tú, Antonio, de esto sabes mucho».

No imaginaría López Borrasca, ignorante incluso de la existencia de la sección del «Diario de Navarra», hasta qué punto iban a ser proféticas sus líneas. El azar –¡la Providencia!– había inspirado a Inés Artajo. Y allí estaba don Eduardo, dándole una lección particular, cuyos apuntes, cuidadosamente elaborados, verían la luz el 13 de noviembre de 1983 y circularían por muchas manos, volando lejos de Pamplona, de Navarra, e incluso de la propia España.

Por su parte don Eduardo también ignoraba que él iba a ocupar aquellas páginas del «Diario» cuando diez días antes le había puesto unas letras a su gran amigo, el psiquiatra don Federico Soto, que, a sus setenta y siete años, había sido protagonista de esta sección el día en que el propio don Eduardo cumplió sus setenta y tres:

«Querido Federico, escribió:

He leído con todo cariño y admiración las declaraciones que vienen en el «Diario de Navarra» del 31 y me voy a permitir decirte: 1° Que conozco a pocas personas tan equilibradas y con tanta categoría como tú. 2° Que tienes tanta personalidad que te permite decir lo que te parece, al margen de los mal llamados respetos humanos, pero sin molestar al prójimo. 3° Que tienes la habilidad de hacer unos informes psicológicos que siempre he admirado, y que me gustaría los publicases con un sentido científico, como tú sabes hacerlo.

Estoy mejor y Omnia in Bonum (Todo es para bien).

Un abrazo para los tuyos y el cariño para Antonia de Laurita y para ti de

Eduardo»

La conversación con Inés Artajo fue una conversación larga: toda la tarde. Fatigosa para don Eduardo; tanto que Inés le propuso interrumpirla por un rato, y se fue al periódico para volver una hora más tarde. Fue también una conversación emocionante, también para don Eduardo, cuya voz se quebraba en algunas ocasiones. Pasaron revista a muchas cosas, humanas y divinas. Cuando acabaron aquel miércoles de noviembre, ya bien anochecido, la periodista se enfrentó a todo el material que tenía en sus manos y comenzó a darle forma. A lo largo de los días siguientes dispuso las preguntas y las contestaciones y redactó los pasajes descriptivos de la entrevista. Algunas cosas decidió no publicarlas porque eran muy íntimas. Cuando acabó, le pasó el texto al director, que en aquella ocasión quiso revisar el trabajo.

– Está bien –le dijo José Javier Uranga.

«…al igual que Jiménez Díaz –escribió en uno de los pasajes Inés Artajo–, ha dejado una estela de eminencia en la Medicina Interna. Cuentan que su nombre atrajo a miles de enfermos a la Clínica Universitaria. Y dicen que la gente llegaba, además de por su fama, porque de boca en boca de pacientes y de familiares de enfermos corría el trato humano que daba el médico».

Don Eduardo recordaba etapas de su vida: «Llegaban gentes a Granada que no querían que les viera Ortiz de Landázuri ni querían acudir a un hospital. Querían que les visitara el médico de las 500 pesetas. Como si la salud fuera cuestión de precio, de pagar más. Entonces pude hacerme rico. Ganaba mucho dinero, mucho más que cuando vine a Pamplona. Pero aquello lo dejé, porque cuando se tiene todo, no se tiene ya ilusión por nada. Ahora veo que, de haber seguido en Granada, hubiera acabado por hacer lo de otros acaudalados: comprar un cortijo y unos olivos».

Casi para cerrar la entrevista, la periodista escribió: «Con esa serenidad que nace de sus palabras, apaciblemente y sin ninguna desesperación, y aún con la alegría de ver cumplida la voluntad de Dios, Ortiz de Landázuri prepara también a su familia para cuando él no esté –`me gustaría que no le faltara nada cuando yo me vaya’–. Y ahora como si todo estuviese lejos, les habla del lugar a donde irá. Primero a la tierra –`me da igual una sepultura, un nicho o la fosa común. Ni tengo dinero ni vanidad para ocupar un panteón’– y después al lugar al que, cuenta Ortiz de Landázuri, siempre ha querido ir.

Eso es lo único que de verdad me preocupa. Quiero ir al cielo. Sí, creo en el cielo. El lugar donde gozaré de la presencia de Dios. ¿Cómo? Mi mente es demasiado limitada para entenderlo y explicarlo. Pero allí quiero ir’».

El domingo en que apareció la entrevista, don Eduardo se encontraba fuera de Pamplona, haciendo unos días de retiro espiritual, en compañía de varias personas: él mismo había llevado al curso de retiro –siempre llevaba a alguien– a un estudiante de Medicina, al dueño de una de las tiendas en que hacía las compras Laurita y a un amigo suyo, director de una empresa. Regresó ese mismo día, y el lunes le escribió a Inés para darle las gracias:

«…estos renglones (…) quieren ser una muestra de mi admiración por su calidad profesional al ser capaz de sintetizar y ordenar nuestra larga conversación del pasado miércoles 9 en la que su vocación profesional ya se puso de relieve, al manifestar con aquel interés que a mí me dejó asombrado, por llegar con sus preguntas a todos los detalles de una vida, como la mía, larga, y siempre, aunque sencilla en el fondo, compleja en su superficie, como médico, como universitario y como cristiano que intenta ser fiel a sus fundamentos como buen lijo de Dios'(…).

»Para su satisfacción –añadió–, le diré que todos los amigos y conocidos, así como en mi propia casa, se han sentido entusiasmados por el bien trazado perfil de mi vida. Naturalmente mejorado! Incluso, como ejemplo, decirla que una familia de un paciente que vi hace dieciocho años en la Residencia Sanitaria de la Seguridad Social Virgen del Camino en un trance grave, tan emocionada quedó con su interviú en el «Diario de Navarra» del día 13, que vino a verme la misma noche del domingo, cuando llegaba, para saludarme. Esto demuestra la capacidad persuasiva de su pluma. Laurita, mi mujer, ha tenido que contestar telefónicamente a muchas llamadas de familiares, amigos, compañeros».

Algún tiempo después volvió a escribir a la periodista para darle de nuevo las gracias por el eco de la entrevista, «no por mi persona, sino por la vibración que supo poner en la interviú, que hace que mucha gente mire hacia el Señor, que es lo importante»; y envió otra carta de gratitud al fotógrafo Jorge Nagore por el envío de las fotografías que le había hecho.

Esta vez fue el doctor Federico Soto el que comentó, por carta, su entrevista: «…he tenido que parar tres veces –le decía–; lloraba y no de tristeza. Era una emoción muy especial, fortificante. Cuántas enseñanzas en esas líneas, que es toda una vida llena, plena de Verdad. El fruto de esa vida se ve ahora; lo pueden ver los ciegos. No quiero seguir. Sólo decirte una cosa: te debo mucho, mucho más de lo que tu humildad te permite creer. Irradias fortaleza, serenidad y sobre todo esa Fe tan firme que va unida a la Esperanza y Caridad.

Ahora otra cuestión. Con esta fecha envío a Pedrol la entrevista. Sé que cuento con tu permiso y por eso lo hago. Le gustará y le hará bien».

Fueron muchos los que tuvieron iniciativas como las del doctor Soto. La entrevista, en ejemplares del periódico, fotocopiada, o resumida, como apareció poco después en la revista «Mundo Cristiano», comenzó a circular de mano en mano, fue confiada al correo de un extremo a otro de España y fue remitida a países de América, África y Oceanía por amigos y espontáneos que la enviaban a sus familiares, amigos y conocidos.

El profesor Gibert, con la ternura de la amistad fustigándole el alma, volvió a sentarse a la máquina de escribir y redactó un poema, dedicado a la periodista, que quizás nunca llegue –¡qué más da!– a las antologías poéticas, cuyo primer cuarteto, en tetrástrofo monorritmo, decía así:

Amigos, de Pamplona llegan noticias malas. El doctor, don Eduardo, no recorre las salas. En medio del combate le alcanzaron las balas. El águila que ha sido va a replegar las alas.

Pero, posiblemente, la carta que más conmovió a don Eduardo fue una fechada en Zaragoza el 8 de diciembre de 1983, que decía así:

«Amigo Eduardo Ortiz:

»Le llamo amigo aunque no nos conocemos. No soy del Opus, ni sé lo que es. No tengo fe, aunque dice el cura que tengo la esperanza de tenerla. No tengo caridad, y me gustaría haberla tenido.

»Le escribí diciendo que no nos conocemos porque sólo nos hemos visto una vez, hace casi 20 años: soy uno de los 500.000 enfermos que usted dice que ha visitado.

»Me llamo Antonio Fernández. Era funcionario de una ciudad pequeña. Ahora no soy nada, un jubilado por el cáncer que, como usted, espera la muerte: en mi caso con miedo.

»Entre los dos hay grandes diferencias: usted es ‘religioso y apolítico’, yo ‘político y arreligioso’; usted habla de la muerte sin tristeza, yo, con miedo; usted dice que ha intentado pasar por la vida haciendo el bien que ha podido, yo he intentado pasar la vida olvidando que se puede hacer el bien; usted cree en el cielo, a mí, ahora, me gustaría creer. Antes consideré que no era cuestión mía.

»¿Por qué le escribí esta carta? Una hermana mía, monja, que vive en Pamplona, me mandó el «Diario» y pude leer su `mensaje a los que se mueren’. Después de leerlo, pensando en su cáncer y en el mío (en esto nos parecemos) me entró un deseo grande de ir también al cielo, en el que no creo.

»Me he confesado. Hacía unos 20 años que no lo hacía. La última vez, después de la visita al Doctor Eduardo Ortiz. Entre las medicinas que me recetó estaba el que me confesara. Como enfermo y miedoso lo hice; pero me puse bueno y me olvidé de todo.

»Hace una semana, después de darle la vuelta a su mensaje, llamé al cura. Me ha dicho que estoy perdonado. Yo le he dicho que me arrepiento para siempre (posiblemente porque no volveré a estar bueno). ¿Qué me pasa que ya no puedo escribir a mano y muy mal a máquina? También le he dicho que no tengo fe, ni creo en el cielo. Y el cura me dice que tenga paciencia y que rece a un sacerdote que está en el cielo y que fue muy amigo del doctor Eduardo Ortiz.

»Usted tiene 73 años, yo 37. La edad no importa: a los dos nos queda poco para ir al otro mundo: a usted se lo han dicho `con claridad y caridad’, y a mí de `modo confuso y sin caridad’.

»Le escribo esta carta porque me parece que con ella hago el ‘primer bien de mi vida a un amigo’. Si yo recibiese de un enfermo esta carta me alegraría al saber que realmente a alguien ‘he hecho bien’…, seguramente porque yo no soy como usted; soy vanidoso.

»Doctor, si el cielo existe y usted va al cielo no deje que yo no vaya aunque, aún entonces, no crea.

»Gracias, doctor, por su mensaje».

«Diario de Navarra» publicó esta carta, tras la muerte de Ortiz de Landázuri, con una entradilla en la que explicaba que un lector ocasional del periódico, también con cáncer, la había remitido para al doctor. «Ninguno de los dos enfermos está ya en la tierra», concluía el periódico. Don Eduardo, de hecho, intentó ponerse al habla con el autor de la carta, y sólo desistió cuando alguien le hizo llegar una esquela que informaba de la muerte del enfermo.

Una síntesis de la entrevista, publicada en la revista «Mundo Cristiano», despertó también nuevos ecos. Sor Carolina, una monja de las Siervas de San José, le escribe el cuatro de marzo de 1984 con recuerdos que se remontan a 1958, su último año de Granada. Ella era novicia en Cájar, en el convento instalado justo enfrente de la querida y siempre recordada casa de Cájar donde transcurrieron años preciosos para la familia Ortiz de Landázuri. La monja le cuenta que ha leído el artículo en el que se habla del testimonio de su vida cristiana y entrega a los enfermos. Y de ahí pasa al testimonio personal: «Yo me llamo Carolina, soy una superviviente de su desvelo por los enfermos, en el año 1958 en Cájar, estuve muy grave en el noviciado de las Siervas de San José y Vd. vino a medianoche a visitarme, he oído decir que había pocas esperanzas que saliera de aquel momento pero a Vd. le debo que haya podido ser feliz trabajando tantos años.

»Yo no le recuerdo su físico tampoco porque hace mucho tiempo y no estaba consciente, pero ahora le doy las gracias.

»Ya veo por el testimonio de su vida que acepta con fe la enfermedad que tiene y me da mucha alegría, que Dios le premie todo lo que ha hecho por los enfermos (…)»