2. La muerte de su padre

Le despertaron después de las doce de la noche y le comunicaron la decisión definitiva. Luego lo acompañaron a la Capilla. Allí se sentó a la mesa, tomó una cuartilla, la dobló por la mitad y, con la pluma que fue mojando en el tintero, comenzó a escribir su última carta.

«Capilla de la Cárcel Modelo, en Madrid a las 2 horas del día 8 de sept. de 1936», encabezó. «Queridísimos del alma: cuando ya creíamos todos que mi vida se había salvado por haber pedido el Jurado Popular mi conmutación de pena (el día 6 a las tres de la tarde me lo pasaron a mí por escrito) me he visto sorprendido hoy 8 al despertarme en la celda, que aquella grata ilusión de seguir viviendo para vosotros había caído a tierra. Dios no lo ha querido. Conformémonos con la voluntad de Dios.»

Desdobló la cuartilla y siguió escribiendo en la segunda cara: «Tus heroicas gestiones, Eduardito mío, que ya suponíamos terminadas con éxito, y así lo dábamos por hecho al verte –tachó «al verte», y lo sustituyó por «al vernos»– en el locutorio ayer lunes, no sé por qué se han truncado ¡qué le vamos a hacer! y ahora pienso en la horrible llegada, dentro de unas horas a Madrid, de mi Eulogitina y Guadalupita… pobrecitas mías.

»En fin, hay que ser fuertes ante las grandes penas, yo moriré pensando en ti Eulogita que has sido el amor de mi vida, en ti a quien debo una felicidad que duró desde que nos conocimos hasta hoy; pensaré en estos tres hijos nuestros que han sido nuestro orgullo por todos conceptos, y aunque de Manolito nada pudimos saber por las circunstancias de su aislamiento en San Fernando, y ésta es mi gran pena, él, como vosotros, conociéndome bien, estaréis convencidos de que si no un virtuoso, fui tan vuestro en todo momento, tan caballero en todos los instantes de mi vida que me recordaréis siempre como un padre y un ciudadano español que nada ni nadie podrá tachar mal.

»Os repito; tener fortaleza de espíritu; defenderos unidos de los –dobló la cuartilla, para continuar en la última cara–embates de la vida pues si os va a faltar mi sombra y mi cariño, tendréis la de Manolo y Eduardo, y seguramente de algunos familiares que no os abandonarán.

»Os pido perdón si alguna vez lo merecí; rezar por mí todos los días. Ser todos tan dignos, honrados y buenos como hasta ahora lo fuisteis y pensar que Dios sabe por qué ha dispuesto así las cosas. Esto os resignará.

»Para Mimima, Paúl y Enrique, y para todos mi despedida más emocionada, y vosotros cuatro, mujercita mía, hijos míos del alma, recibir el último abrazo en que os va el corazón amantísimo de vuestro

Manolo.»

El teniente coronel Manuel Ortiz de Landázuri leyó lo que había escrito, y, en vertical, añadió: «Con un sacerdote me preparé para bien morir». Luego tomó un sobre con forro de papel de seda color morado, metió dentro la carta y escribió como dirección: «Para mi Eulogita y mis hijos Manolo, Eduardo y Guadita horas antes de morir», y la fecha: «8-91936». Concluida esa áspera tarea, se dispuso a hacer frente al pelotón de ejecución, y a seguir la suerte de sus subordinados el comandante Abel Díaz Ercilla, el capitán Ernesto González Bans, el teniente Manuel Echanove Guzmán y el maestro armero Mateo Carrasco, fusilados la madrugada anterior.

Le faltaban apenas veinte días para cumplir los cincuenta y cinco años, y allí estaba, en aquella madrugada de septiembre, consumiendo las últimas horas de su vida. Toda ella se condensaba en esa espera de la ejecución.

Desde que en 1898 ingresó en la Academia de Artillería de Segovia, siguiendo la tradición militar de la familia, había culminado las diversas etapas de su profesión en destinos diversos: Melilla, Valladolid, Segovia, Larache, Tetuán, Madrid… En 1908 se le había autorizado a utilizar el apellido compuesto Ortiz de Landázuri y poco después se le concedió también la autorización para casarse con Eulogia Fernández de Heredia y Gastañaga: la boda se celebró el 30 de septiembre de aquel mismo año. Su carácter alegre, aquel ánimo entusiasta que recuerdan bien sus primas Margarita y Mariita, estaban secuestrados por el dolor de su último amanecer.

Unos días antes, el 4 de septiembre, el teniente coronel Ortiz de Landázuri conoció la petición de pena de muerte, por su participación en los sucesos ocurridos en la Escuela Central de Tiro de Artillería en Carabanchel, en los primeros momentos del alzamiento militar iniciado el 18 de julio. Oída la petición del fiscal, desde la misma Sala del tribunal, en la Cárcel Modelo, había escrito a lápiz una breve carta a su mujer y a sus hijos, en la que daba por sentada la proximidad de la muerte.

«Queridísimos del alma, Eulogita mía, hijitos míos, aunque el estado de ánimo en que me encuentro no puede ser más fatal, tal vez será aún peor de aquí en adelante en las pocas horas que he de vivir, por eso en estas palabras que os escribo, brevísimas para no amargarme aún más, y amargaros a vosotros con su lectura, me despido de los que habéis sido todo para mí en la vida. Ser fuertes para luchar. Rezar mucho por mí y saber que cuando llegue el momento fatal mis últimos pensamientos serán para vosotros y para Dios.

«Mi adiós es para todos

Manolo.»

Era el tercer jefe de la Escuela de Tiro de Carabanchel, pero al personarse en el cuartel el 18 de julio por la mañana tuvo que hacerse cargo del mando por ausencia de los jefes más antiguos. Y los sucesos del alzamiento dieron lugar a su detención, junto con algunos oficiales y suboficiales de la Escuela. Desde su encierro en la celda 43 de la primera galería de la Cárcel Modelo, a lo largo de julio, agosto, y primeros días de septiembre, Manuel Ortiz de Landázuri había escrito varias veces a su hijo Eduardo y a su suegra Mimima. Eulogia Fernández de Heredia, su mujer, y Guadalupe, la hija del matrimonio, pasaban una temporada en Fuenterrabía; Manolo, el mayor de los hijos, estaba en San Fernando. En la Cárcel Modelo fue sometido a juicio popular, conoció la condena y fue, por último, ejecutado.

El día 22 de julio, usando la hoja de un block, había escrito a lápiz:

«Cárcel Modelo 22-7-36

»Queridísimos Eduardito y Mimima: Dos letras hoy nada más para que tú, pocholo, no hagas nada de hablar a nadie por mi asunto, pues prefiero quede la cosa a lo que la suerte diga; además, como siempre habría tiempo de hacerlo, ya te avisaría yo.

»Si puedes venir por aquí tú, intenta pedir un permiso especial para poder visitarme cualquier día de 11 a 12 (o a la hora que sea) fundándolo en tu destino y dificultades para hacerlo en los días de visita, que aún no nos han puesto pero creo son lunes y jueves de 8 a 9 de la mañana.

»Estoy deseando llegue mañana a ver si tengo carta vuestra y con ella noticias de mamá, Guadita y Manolito.

»También me diréis de Paúl y Enrique aunque del 2° serán más lejanas.

»¿Circulan los trenes? ¿Se pueden poner telegramas? También espero el paquete de cosas pedidas y añadir, o hacer otro paquete con: el pantalón del traje gris, la chaquetilla de hilo crudo, cigarrillos [celda n° 43-galería la]

«Un apretadísimo abrazo de vuestro

Manolo.»

Eduardo Ortiz de Landázuri que, desde el año 1935, trabajaba como médico en el Hospital del Rey o de Infecciosos, rebautizado por la República como Hospital Nacional, supo mientras se encontraba allí que su padre había sido internado en la Cárcel Modelo por los sucesos de Carabanchel. Él era, en ese momento, el único familiar inmediato que su padre tenía en Madrid, y con sus visitas mantenía el ánimo del encarcelado y podía transmitir noticias al resto de la familia.

El 21 de agosto los milicianos entraron en la Cárcel Modelo y, después de registrarles, quitaron a los presos políticos las pocas pertenencias que les quedaban. Poco después se produjo un pequeño incendio, probablemente intencionado, pues de antemano los milicianos se habían apostado en las casas vecinas con vistas al patio de los reclusos de la primera galería, y abrieron fuego contra ellos con la excusa de que pretendían evitar su fuga. Eduardo sufrió pensando que su padre podría haber sido una de las víctimas. Pero, sin que él lo supiera, sus amigos Pepe Tapia y Javier Barcaiztegui fueron a identificar a los muertos, para asegurarse de que el teniente coronel no había sido una de las víctimas de aquella masacre.

Una de las veces que Eduardo visitó a su padre fue el día siguiente al de la muerte del general Fanjul. Su padre aseguraba que los iban a matar a todos, y Eduardo le dijo que no, para darle ánimos. Pero su padre contestó que a él le daba igual, que aquello se hacía por España. Eduardo se emocionó y habló con él apasionadamente, sin advertir que los milicianos le vigilaban. Al salir le detuvieron y le sometieron a una especie de juicio. Una muchacha que llevaba armas y vestía un mono con insignias de teniente actuó como acusadora. Entre otras cosas le acusaron de que animaba a los presos: «Yo no hago más que ayudar a mi padre. ¿Qué haríais vosotros?», respondió Eduardo. Luego lo soltaron, pero al salir le llamaron traidor. Cuando se reincorporó al hospital, todavía con el recuerdo de la actitud de su padre, difundía una alegría que hizo pensar que eran buenas las noticias sobre su futuro: «No, a mi padre lo matan, pero morirá como un héroe», respondió Eduardo.

A partir de ese momento, cuando iba a ver a su padre, había un vigilante presente, que impedía la intimidad de las conversaciones. Así transcurrieron algunas semanas hasta que llegaron «los días más dolorosos de mi vida», como diría años después, refiriéndose al juicio popular por los sucesos de la Escuela de Tiro.

Leyó la prensa del día 4 de septiembre, que informaba sobre el juicio popular al que sometieron a los involucrados. «El Socialista» informaba que Antonio Echanove, teniente, hermano de uno de los acusados, «pondera el republicanismo del teniente coronel Ortiz, por el que estuvo cumpliendo condena el año 1926 en Pamplona». Luego venía un ladillo: «Unas palabras del jefe de la Escuela»: «Concluidos los informes –decía «El Socialista»– el presidente hace la ritual pregunta a los procesados de que si tienen algo que manifestar o añadir a lo dicho por sus defensores. Todos renuncian a ese derecho, menos el teniente coronel Ortiz de Landázuri, que sube a estrados y manifiesta que quiere aclarar que cuando habló a los suboficiales y sargentos no lo hizo para proponerles una sublevación militar, sino que les dirigió la palabra en tono corriente, lejos del ampuloso y teatral que el caso hubiera requerido. Hace un elogio del sargento Suárez, que es precisamente el sargento a quien más estima por sus dotes de buen militar.

Asegura que la medida tomada con los sargentos obedeció a un deseo de evitarles una situación de violencia si entre las masas que pudieran atacar el cuartel hubiera familiares o amigos de ellos.

Muestra su satisfacción por no haber causado víctimas ni haberlas tenido. Recuerda su historial republicano y que es ahijado de Ruiz Zorrilla –por él, se llama Manuel– y añade que sea cual fuere la pena que se le imponga, la aceptará como justa: pero que si fuese gravísima, «vestirá de luto –concluye– un hijo mío que hace ocho años milita en uno de los partidos extremos vuestros».

Después de estas manifestaciones del procesado, que aparece como jefe del movimiento, se levantó la sesión a las nueve de la noche».

«ABC», que en esa época se subtitula «Diario republicano de izquierdas», también el día 4, concluía su información sobre el juicio con estas palabras referidas al teniente coronel Ortiz de Landázuri: «Y, finalmente –termina emocionado– unas palabras sentimentales; si la pena que me impongáis fuese gravísima, vestirá de luto un hijo mío, afiliado desde hace ocho años a un partido de izquierda y que actualmente está en el frente con las milicias populares».

Eduardo Ortiz de Landázuri no se cruzó de brazos ante la condena de su padre. Inició, sin concederse un instante de descanso, una serie de gestiones que estuvieron a punto de lograr la conmutación de la pena de muerte, pero que finalmente no dieron ese resultado.

Don Francisco Alonso Burón le recordaba alguna de estas gestiones en carta del 16 de abril de 1984: «¿Recuerdas cómo al principio de nuestra guerra fuimos los dos juntos a Campamento para interceder por tu pobre padre? Nos entrevistamos con un sargento (Vázquez o Sánchez?) que no nos hizo el menor caso. Episodio bien desagradable y que tanto significó en tu vida».

«Yo como hijo –escribió pocos años después Eduardo Ortiz de Landázuri en unas notas manuscritas– inicié entonces, después de una dura lucha en mi conciencia, una interminable serie de gestiones. No recuerdo casi ninguna, sólo aquellas que ni el tiempo ni las circunstancias pueden hacer olvidar». A través de un conocido se puso en relación con Francisco Trigo, una persona que le pareció de buen corazón y en el que encontró una mano amiga: Trigo le ayudó para que pudiera hablar con algunos componentes del jurado popular que intervenía en el caso.

La noticia de todas aquellas gestiones llegó a buena parte de los reclusos de la Cárcel Modelo. Don Ramón Serrano Suñer, que también se encontraba entre los prisioneros, recuerda cómo se contaban en la cárcel las infatigables gestiones del hijo del Teniente Coronel Ortiz de Landázuri y el patriótico comportamiento de éste.

Su amistad con el doctor Negrín, con el que había cursado una de las asignaturas de la licenciatura de Medicina, le hacía esperar a Eduardo un resultado favorable. Durante unos días se dedicó sin pausa a hablar con todas las personas que podrían intervenir para impedir la ejecución de su padre. Parece que lo consiguió, como escribe don Manuel en su última carta. Pero en la noche del día 7, cuando Eduardo celebraba con su madre y Guadalupe —recién llegadas de Fuenterrabía— la conmutación de la pena, recibió por teléfono un mensaje diciendo que a su padre lo ejecutarían en la madrugada siguiente. Las gestiones con Méndez, el secretario de Negrín, no habían dado resultado.

Fue a la cárcel y le confirmaron que don Manuel iba a ser fusilado: se lo iban a comunicar pasada la medianoche. Volvió a casa a reunirse con Eulogia y Guadalupe, y ésta, que siempre tuvo una gran capacidad de decisión, dijo: «Vamos a la cárcel». Llegaron, es de suponer, después de que don Manuel hubiera escrito su última carta, y lo acompañaron hasta que los milicianos les obligaron a abandonarle. Don Manuel le pidió el rosario a Guadalupe. Eulogita refería este último rato pasado con su marido, y recordaba su entereza mientras estuvieron juntos. Pero también que, al marcharse, lo miró de soslayo y vio cómo el dolor le cambiaba la cara. Al salir de la cárcel, en aquella madrugada del martes, alguien le entregó a Eduardo el certificado de defunción de su padre. Cuando regresaban a casa, en un coche de milicianos, en un momento en que Eduardo quedó solo, uno de ellos le dijo: «Tú, ten cuidado, que eres hijo de un fascista».

Al día siguiente, al pie de la página once del «ABC», se publicó un recuadro: «LA LEY SE CUMPLE. En la madrugada de ayer fue ejecutada la sentencia que había quedado pendiente de resolución y estaba relacionada con uno de los procesados por los sucesos de la Escuela Central de Tiro, el teniente coronel Ortiz de Landázuri».

El 12 de Septiembre de 1975, Eduardo Ortiz de Landázuri envió una carta con el relato de aquellos sucesos a la periodista Pilar Salcedo, respondiendo a otra de pésame por la muerte de su hermana Guadalupe:

«Muchas gracias –decía– por tu carta, precisamente del 8 de septiembre, que tantos recuerdos tiene para nosotros por ser una fecha familiar memorable. En aquellos días de 1936 nos sucedieron cosas tan excepcionales que por ser Guadalupe la protagonista de dichas jornadas, te lo voy a referir brevemente.

»Mi madre y Guadalupe –que estudiaba Químicas con 19 años– estaban en Fuenterrabía veraneando desde primeros de Julio de 1936 y, por tanto, allí estaban el día 18, comienzo de la guerra, mientras mi padre, Teniente Coronel destinado en Carabanchel, y yo, médico en el Hospital del Rey, estábamos en Madrid. Mi padre, al fracasar el movimiento en Madrid, quedó preso en la Cárcel Modelo y fue condenado a muerte a finales de Agosto por el tribunal popular, al haberse levantado en armas como primer jefe de la Escuela de Tiro de Artillería.

»Por mi amistad con D. Juan Negrín y D. Rafael Méndez, de los que había sido discípulo, fue conmutada su pena de muerte, pero mi padre renunció a las condiciones exigidas –servir a los rojos– en carta que dirigió a un amigo suyo, Teniente Coronel Hernández Sarabia, también artillero y uña y carne de D. Manuel Azaña, que no he podido recuperar, y por ello mientras a los jefes y oficiales de la Escuela de Tiro los fusilaron el día 5 de septiembre, a mi padre lo fusilaron solo en la madrugada del 7 al 8 de Septiembre.

»Mi madre y Guadalupe, bloqueadas, sin poder salir, por los periódicos republicanos de Guipúzcoa sabían lo que pasaba a nuestro padre, por ser noticia política los sublevados; precisamente lograron salir de Fuenterrabía con un tren de rojos que llegó de Barcelona a Madrid procedente de Hendaya Port-Bou, por el sur de Francia, el mismo día 7 de Septiembre, por haber tomado los Nacionales el puente internacional el día 2 ó 3 de Septiembre.

»La llegada el día 7 de Septiembre a Madrid de mi madre y Guadalupe fue emocionante. Era el único de la familia quien las recibió en la Plaza de Santa Bárbara. Los demás, como Manolo, nuestro único hermano, estaban en la otra zona, y los hermanos de mi madre, todos militares, habían sido fusilados (Jorge, Asís, Antonio) o estaban en la zona nacional (Paúl) o en Londres (Enrique) y mi padre no tenía hermanos.

»Estaban agotadas en la mañana del día 7, después de un viaje por tren tres o cuatro días en aquellas célebres «terceras», rodeadas de milicianos que habían salido con ellas desde un Irún totalmente quemado y arrasado, para ir primero a Cervera y tras el correspondiente transbordo llegar a Madrid, con la gritería y los insultos correspondientes. Venían, sin embargo, con la ilusión de ver a mi padre, después de más de dos meses de separación tan trágica, al creer que igualmente había sido indultado.

»Aquella noche del día 7 en Santa Bárbara fue inolvidable. Habíamos terminado de cenar: mi madre, Guadalupe y yo con dos hermanas de la Caridad, Sor Bárbara y Sor Pura, que se habían refugiado en nuestra casa, comentando cómo habían hecho el tremebundo viaje y con la esperanza de poder ir a saludar a mi padre al día siguiente, en la famosa Cárcel Modelo, al pensar que había sido indultado, cuando apareció algo antes de las once de la noche, tras una llamada recia e insistente en la puerta, el famoso anarquista Manuel Muñoz, que había tenido actuaciones en atracos anteriores a la revolución, rodeado de sus ‘muchachos’.

»Manuel Muñoz, famoso jefazo de la C.N.T. y enfermero del Hospital del Rey, que me conocía y quería mucho, rodeado de un grupo de facinerosos armados hasta los dientes, curiosamente y de modo paradójico ante aquel atuendo, con el mayor afecto me dijo: ‘Dr. Ortiz –que era como me llamaban en el Hospital–, estoy esta noche de jefe de la Cárcel Modelo y por eso me he enterado de una orden que ha llegado diciendo que a su padre ya no le indultan y le van a fusilar esta madrugada, y aunque a él por estar durmiendo en su celda aún no le hemos llamado, venimos a por usted para que así pueda despedirse de él’.

»Entré en el comedor para transmitir a mi madre y a Guadalupe tan angustiosa noticia. Guadalupe no se perturbó y cogiendo a mi madre, la dijo: ‘Vamos los tres’. En efecto, así se hizo y en el coche de los milicianos pintado con calaveras y letreros altisonantes, como era habitual en los coches de la FAI, recorrimos Madrid desde la Plaza de Santa Bárbara a la Cárcel Modelo, rezando in mente, mientras en la absoluta oscuridad de la noche se oían los cañonazos y el silbido de obuses del ejército Nacional que desde la Ciudad Universitaria bombardeaban Madrid. ‘Esta noche como saben los fascistas hay hule –se referían al fusilamiento de mi padre– habrá más jaleo.’

»Por fin llegamos, tras muchos controles y cerrojos que se abrían, a una habitación que como a modo de pequeño despacho sirvió para la entrevista de mi madre, Guadalupe y yo con mi padre. Nos dijeron le iban a llamar y poco después llegaba mi padre, al que acababan de darle la noticia. Estaba sereno, con la firmeza del que cumple un deber. Con él estuvimos hasta algo más de las cinco de la mañana para que fuera fusilado. Al volver a Santa Bárbara empezaba a clarear.

»Mucho se podría contar de aquella noche en cuyas cinco horas estuvimos reunidos con mis padres Guadalupe y yo. De la entereza de mi padre no aceptando un indulto que le colocaba frente a sus compañeros del cuerpo de Artillería, y del valor de Guadalupe que no se inmutó dando fuerzas con su serenidad a mi madre y desde luego a mí».

Cuando el 10 de septiembre Eduardo Ortiz de Landázuri reanudó su trabajo en el Hospital Nacional, a pesar de que la prensa daba cuenta del fusilamiento de su padre, fueron pocos los que le expresaron la condolencia. El sufrimiento de aquellos días le llevó a tomar una determinación; como escribió años más tarde: «me negué rotundamente aun a trueque de lo que me pasara a seguir perteneciendo a ningún partido marxista». A lo que añadió: «después me enteré de que ya ellos me habían dado de baja por indeseable».

Justo diez años antes, en 1926 –pocos días después de la retirada de España de la Sociedad de Naciones–, don Manuel había tenido que comparecer ante otro tribunal. Siendo profesor de topografía en la Academia de Artillería de Segovia, la ciudad en que había nacido su hijo Eduardo, se vio envuelto en la rebelión de los artilleros contra el General Primo de Rivera. Él fue uno de los 48 profesores que, junto con el director del centro, el coronel José Marchesi, se vieron sometidos a un juicio sumarísimo que se celebró a una hora intempestiva. Fue a las 12 de la noche, del 13 al 14 de septiembre, en el salón de la Biblioteca de la Academia, y sólo asistieron –despojados del uniforme–, ocho de los 49 militares ante el Consejo de guerra que presidía el general de división Emilio Fernández Pérez. Acudieron también algunos cadetes y público, aunque no se autorizó la entrada de señoras.

El proceso fue rápido, pues a las siete de la mañana se personó el juez instructor del sumario para comunicar la sentencia dictada por el Consejo de guerra y aprobada ya por el Capitán General de la Región, radicado en Valladolid. Sólo hubo una pena de muerte, la de Marchesi, cuya conmutación se le comunicó inmediatamente. Entre los castigados a veinte años de reclusión se encontraba Ortiz de Landázuri, que –con sus compañeros– fue trasladado al fuerte de San Cristobal en Pamplona, donde, sin embargo, permaneció apenas unos meses, hasta la concesión del indulto, que se pedía clamorosamente en toda la nación.

En aquel momento transcurrido diez años atrás, Ortiz de Landázuri, aunque hipotéticamente se despedía por un largo tiempo de los suyos, no se veía obligado a formular un adiós definitivo. Sin embargo, su ausencia implicaba problemas para la vida de su familia y la educación de los hijos, y en el trance de abandonarlos por un largo tiempo, escribió a lápiz en una cuartilla –al menos para Eduardo–, varios consejos que su hijo conservó toda la vida, como un tesoro de principios de conducta, que decía así:

«Para Eduardito

Si tienes que irte a Madrid te pido, y sé que lo cumplirás:

1°– Que no te acuestes ni levantes un solo día sin rezar lo de siempre, comulgando tus días señalados.

2°– Escucha, obedece y respeta cuanto Mimima o los tíos te digan, más que si fuera a mí mismo.

3°– Cuidado por Dios en los amigos que trates, que una mala amistad puede ser funesta para tu vida y porvenir.

4°– Estudia con fe, no para salir del paso, sino para saber, que sólo tu carrera bien estudiada te dará segura recompensa y el éxito.

5°– Ten mucho juicio en cuanto hagas y digas y sé formal en tus costumbres y género de vida.

6°– No te olvides nunca de cuánto yo siempre estaré pensando en ti y escríbeme en la carta que mandes a mamá que ella me enviará a mí.

Segovia 14 Sept. 1926
Tu amantísimo papá»

Eduardo, todos los 8 de septiembre revivía el suceso que tan decisiva influencia tuvo en su vida. Lo recordaba a sus hermanos, y anotaba en sus «Entrevistas» alguna idea sobre la muerte de su padre. En 1979 escribió: «Hoy hace 43 años que murió Manuel Ortiz de Landázuri, Teniente Coronel de Artillería, en la Cárcel Modelo de Madrid, con 56 años. Había nacido en 1881. Su muerte fue heroica y ejemplar. Ascendió a general por méritos». Y en 1981: «Hoy se cumple el XLV ANIVERSARIO del fallecimiento en la Cárcel Modelo de Madrid del padre de Eduardo, Teniente Coronel de Artillería. ¿Fué útil tanto sacrificio? Indudablemente: OMNIA IN BONUM (Todo es para bien)».

Entre los documentos de su padre que Eduardo conservó siempre, se encuentra su Cédula personal –el DNI de la época– expedida en Madrid el 13 de noviembre de 1935 con el número 533842. Estos son los datos de la cédula: «Nombre: Manuel ORTIZ DE LANDÁZURI GARCÍA. Natural de Alcalá de Henares (Madrid). Nacido el 28-91881. Estado casado. Profesión Teniente Coronel. Habita en Plaza Santa Bárbara 4, 4º izq».

Eduardo guardó éste y otros recuerdos materiales, pero lo que conservó siempre fue el ejemplo de un padre rico en virtudes, cuya muerte dejó en él una huella muy profunda. Para Eduardo, su padre representó la encarnación de aquel lema familiar que campeaba en el solar de los Landázuri en la villa alavesa de Gobeo: «Antes morir que manchar el vivir».

Su padre fue una de las cuatro personas que influyeron más en él.