20. «Éste fue un universitario»

Se volvió hacia el rector y, casi al oído, le dijo:

– Rector, no sé qué voy a deciros, no puedo leer los folios que traigo escritos; ¿qué hago?

El profesor Alfonso Nieto, que presidía el acto de homenaje que le tributaba la Universidad en el Aula Magna, aquel 13 de octubre de 1984 –día de su santo–, le contestó en el mismo tono de voz:

– Eduardo, di cuanto te dicte el corazón.

Y él, después de quitarse el reloj y ponerlo sobre la mesa, sin levantarse, comenzó a hablar al dictado del corazón.

– Excelentísimo Señor Rector Magnífico, Alteza Real, Claustro Universitario, autoridades…, queridas autoridades, ¡muy queridas autoridades! –repitió por tercera vez–. Si yo dijese lo que ahora pienso, posiblemente creerían que me he vuelto loco, pero no voy a leer nada, porque quisiera ser breve. Si yo leo ahora todo esto –dijo, señalando los folios mecanografiados que había preparado para la ocasión–, salimos todos con dolor de cabeza, y yo quisiera que saliéramos tranquilos. Cuando uno piensa lo que ha supuesto para mí esta mañana… –prosiguió, apoyando sus manos en el bastón–, yo lo agradezco muchísimo…, ¡muchísimo!; pero claro, me han dicho una cantidad de piropos que yo…, sinceramente, para estar tranquilo, no es que no me lo haya creído…, me los he creído, pero no me he aprovechado de ellos.

Varios meses antes, el 16 de mayo, le había escrito al decano de su Facultad: «Te diré que ha llegado a mis oídos por muy diversos motivos el famoso homenaje. Si es para bien de la Universidad encantado, pero si es mi deseo personal preferiría no. Lo dejo en tus manos». Resultaba evidente que era para bien de la Universidad rendir homenaje a uno de sus más distinguidos servidores, pues gran servicio es el de la docencia y el gobierno cuando en ellos se pone a los demás por encima de uno mismo.

Y allí estaba él, en el centro de la atención, de las miradas y de los afectos. Estaba sentado a la derecha del rector, que presidía, y que tenía a su izquierda al profesor Vázquez, decano de la facultad de Medicina. Completaban la presidencia los vicerrectores Francisco Ponz, Angel Luis González y Natalia López Moratalla, y don Francisco Errasti, director de la Clínica Universitaria. Tenían a sus espaldas el repostero heráldico de la Universidad. Enfrente, en la presidencia civil, se encontraban, entre otros, la Infanta Margarita, con su marido el doctor Carlos Zurita, Duque de Soria, y el presidente del Gobierno de Navarra, don Gabriel Urralburu. Laurita, junto a sus hijos, ocupaba –en uno de los bancos rojos laterales– el lugar más próximo a la presidencia.

El Aula Magna, cuya profusa iluminación arrancaba reflejos de las nobles maderas que revestían sus muros, y avivaba el rojo intenso de las filas de asientos, estaba rebosante y se habían abierto las puertas del aula contigua igualmente abarrotada.

El rector había hecho sonar la campanilla de plata, y había comenzado la sesión otorgando la palabra al primero de los oradores:

– Tiene la palabra el doctor José Bueno.

Luego se la dio a los doctores Prieto y Jiménez Casado –director de la Fundación Jiménez Díaz–. Le impusieron la insignia de oro de la Fundación Jiménez Díaz y le entregaron un libro homenaje en el que colaboraron más de ciento setenta especialistas de varias Universidades, muchos de ellos discípulos suyos. Después el mismo rector pronunció unas palabras, que concluyó leyendo la carta que el gran canciller de la Universidad, monseñor Alvaro del Portillo y Díez de Sollano, había enviado para la ceremonia.

«Queridísimo Eduardo:

»Me han comunicado que el próximo día 13 se celebrará un acto académico en la Universidad de Navarra, con la participación de colegas tuyos de otras universidades, en el que desean ofrecerte un homenaje y recordar con agradecimiento tu trabajo desde aquellos lejanos cincuenta en que llegaste a Pamplona.

»Por el clima de afecto que reinará y por los estrechos lazos de colaboración y de amistad que os unen, estoy seguro de que el proyectado y justísimo acto académico en tu honor será, además, una gran fiesta para esa familia universitaria, que no conoce fronteras. Allí brillarán el sentido sobrenatural, la alegría y el buen humor que han presidido y caracterizado siempre tu vida y tu tarea, con las que has dado un esforzado y continuo impulso a todo el quehacer de la Universidad de Navarra.

»Celebras ahora tus Bodas de Oro con la Medicina, y han transcurrido casi 30 años desde que, con mucho espíritu de sacrificio y no menor ilusión, comenzaste a trabajar en Pamplona. Has visto surgir y crecer paulatinamente Facultades, Institutos, investigaciones…; has convivido con ininterrumpidas promociones de alumnos, que ahora ejercen su labor profesional sirviendo a la sociedad con la ciencia y con el espíritu que supisteis inculcarles. Durante este tiempo, has compartido afanes –gozos y dificultades, inquietudes y sacrificios–con tantos y tantos compañeros de claustro, buena parte de los cuales se encontrarán contigo en este homenaje, para manifestarte su afecto con su presencia y con sus palabras.

»También yo deseo unirme de todo corazón a ese fausto encuentro de la Universidad. Como Gran Canciller te agradezco muy de veras tu dedicación a la tarea universitaria, que nada ha hecho desfallecer, a lo largo de estos años, y el trabajo que ahora desarrollas, sonriendo siempre, en la Asociación de Amigos. Sé que estás bien convencido de que vale la pena llevar adelante esta Universidad de Navarra, que tanto hace en servicio de Navarra, de España y de numerosas naciones, y que con vuestro ejemplo ayuda a miles de hombres y mujeres a encontrar a Dios en medio de su quehacer profesional.

»Y me uno además con toda el alma a esa fiesta en nombre de Mons. Josemaría Escrivá de Balaguer, nuestro amadísimo Fundador y nuestro primer Gran Canciller. Desde el cielo os agradece a ti y a los que contigo han colaborado en hacer posible la Universidad, vuestro empeño diario sostenido por el amor a Dios Nuestro Señor, que crece cada día más en vuestro corazón; y os consigue de las manos de la Santísima Virgen las gracias que necesitáis para seguir sirviendo con vuestra tarea universitaria y académica.

»Puedes estar bien seguro de que el día 13, celebración de San Eduardo, rezaré muy particularmente en la Santa Misa por Laurita, por ti y por vuestros hijos. Con mi mejor felicitación para ese día, te abraza con afecto y os envía a todos la más cariñosa bendición.

Vuestro in Domino Alvaro»

Si las intervenciones anteriores le habían conmovido, la carta de don Alvaro del Portillo, a quien había comenzado a llamar «Padre» en septiembre de 1975, colmó el vaso de las emociones. Ni podía ni quería atenerse a los papeles; había que mojar la lengua en el tintero del corazón, siguiendo la sugerencia del rector. Así, continuó su discurso:

– No sé lo que Dios me dará de vida… No sé lo que Dios me dará de vida, repitió. Probablemente ya no será mucho –como médico excelente que era, conocía perfectamente cuál era la situación de su salud, y qué cabía esperar–; no sé, lo que Dios quiera; pero lo que sí puedo decir es que me gustaría que al final me pusieran: éste fue un universitario.

Se incorporaba; a veces se echaba hacia atrás en el sillón de alto respaldo de terciopelo rojo, hablaba apoyando la mano derecha sobre el puño del bastón:

– Es el valor, lo que yo quisiera transmitiros, sobre todo para los jóvenes: dar vuestra vida por la enseñanza, dar vuestra vida por la Universidad, por lo que supone una Universidad. Y a los que tenéis la responsabilidad del mando, a los que tenéis la responsabilidad del gobierno, lo único que os diría es que nada engrandece tanto a un país como la enseñanza de sus jóvenes universitarios.

Esta Universidad ha sido para mí algo que no puedo… transmitiros, porque sería, incluso, innecesario. Y, además, porque no quiero quitaros mucho tiempo, y en explicarlo tardaría mucho. Lo tengo aquí escrito, pero no lo voy a leer.

Hizo un gesto con la mano como si pasara las páginas del tiempo, mientras prosiguió:

– Ahora, yo, realmente, yo, con mis 74 años, veo el pasado…, me doy cuenta de que lo único que he hecho ha sido amar a la Universidad, a esta Universidad y ¡a todas!, porque para mí toda la Universidad es igualmente querida.

Recordó su paso por algunas universidades de América «que llevó España, no diré en su colonización, sino en su evangelización. Porque eso fue lo que hizo España en América, eso fue lo que llevó». Aludió a las tres Universidades en que había trabajado: Madrid, Granada y Navarra. Y recordó aquel inolvidable primer encuentro personal con monseñor Escrivá de Balaguer casi veinticinco años antes.

Se refirió a la historia de la Clínica Universitaria, desarrollada con tanta ilusión y esfuerzo, «con tanta gente a mi alrededor que ya hasta casi la emoción me ciega». Mencionó la relación de la Infanta Doña Margarita con la Clínica; y se dispuso a terminar:

– Eso es lo que hace grandes a las Universidades: el estudio, el trabajo, lo que acabamos de oír de nuestros antiguos y queridos discípulos; pero sobre todo…, por encima de todo…, una Universidad ¡tiene que irradiar amor! Tiene que querer a toda la gente que esté a su alrededor. Tiene que querer a los estudiantes…, tiene que quererlos. Si una Universidad no tiene este sello, le falta lo más importante. Y nada más…, mis queridos amigos –terminó.

Estalló el aplauso que duró hasta que el rector hizo sonar otra vez la campanilla para dar por concluido el acto. Don Eduardo bajó las escaleras del estrado de su brazo, mientras le rodeaban tantos colegas y amigos para felicitarle.

Le entregaron, pues no podían leerse públicamente en el homenaje porque se haría interminable, un fajo de cartas de los que no pudieron estar físicamente presentes. Una de tantas adhesiones procedía de un antiguo colaborador de la cátedra de Granada, que escribía desde su doble condición de amigo y discípulo. Agradecía la amistad y daba las gracias al maestro en las tres acepciones de la voz magister.

«Maestro en el saber –decía–, pero un saber ejercitado sin orgullosa superioridad que impide el diálogo, sino franco a los matices y a la discusión reflexiva; que es en esto, en verdad, en lo que se distingue al maestro legítimo del falso domine con su inapelable dictado. La Ciencia en ningún ámbito, y menos en la Medicina, es asunto concluso y cerrado; sólo es limitada y obtusa la mente que así la considera. La misión del maestro es hacer precisamente permeable el aparente caparazón con que hoy contemplamos sus verdades, quizás no tan ciertas como la inercia en el pensar nos las figura.

»Maestro en el trabajo: su escuela en Granada, en que tan hondo surco labró, bien sabe de su sobrehumano esfuerzo. Sólo una apasionada vocación e indomeñable entusiasmo pueden explicar aquella alerta vigilante, noche y día, aquel ímpetu recto que jamás desfallecía en vericuetos de comodidad o desaliento; y que por su propia energía parecía hacer gravitar a los demás hacia su empeño.

«Maestro, en fin, en la generosidad de su espíritu, derramada sin tasa como aliento a sus discípulos, y con caudales de conmiseración y grave conciencia de responsabilidad para la atención a los enfermos, por encima de cualquier otro interés ajeno, que es esto lo que más ennoblece nuestra profesión y la hace sacerdocio.

»Es ante este triple magisterio al que debemos rendirnos en este día».

Una de las adhesiones a posteriori procedía de un antiguo diputado foral que, con sencillez, le recordaba su primer encuentro. Se habían conocido bastantes años antes en el aeropuerto de Noain, esperando uno de aquellos turbohélices Fóker con los que se inició el servicio aéreo entre Pamplona y Madrid. «Charlamos unos minutos –escribía–. Yo le dije que aquel era mi primer viaje en avión y el miedo que estaba pasando. Usted se sonrió, pero no con sonrisa burlona, sino de otra manera dificil de definir. Por un lado parecía que usted se extrañaba de que se le pudiesen encargar de asuntos tan importantes a personas que ni siquiera habían montado en avión, y por otro daba la impresión de que usted se admiraba de que pudieran actuar en política personas que confesaban, tranquilamente, que nunca habían viajado en avión.

»Después me dijo usted que iba de Madrid a Lisboa a la boda de la Infanta Margarita con el Doctor Zurita. Imagínese lo importante que me sentí al ver que, al poco de conocernos, usted me hiciese tan importante confidencia. Ya no tuve miedo al avión, y cada vez que me he sentido en dificultades he confiado con franqueza en los que estuviesen más cerca de mí y me ha ido bien.

»Don Eduardo, yo creo que usted ha curado más enfermos con su mirada tranquilizadora, con su sonrisa confianzuda y con su talante sencillo pero importante, que con su portentosa ciencia.

»Que Dios le conserve esas condiciones humanas por muchos años».

Amor a la Universidad. Sí, ésa era una constante de toda su vida. Lo había proclamado en aquel acto de 1931 en el patio de San Carlos; lo había reiterado en el preámbulo de su tesis doctoral, presentada en 1944; lo declaró una vez más en la cena que le ofrecieron en el Hotel Ritz cuando en 1946 ganó la cátedra. Y, sobre todo, lo había manifestado, día tras día, con sus obras.

Dos años antes lo expresaba a un antiguo colega: «Recibo tu carta del 25 y desde Granada, a donde he venido para estar presente en el acto de la conmemoración el 31 de marzo del 450 aniversario de su fundación por el Emperador Carlos I de España y V de Alemania, en el maravilloso Hospital real que a su vez habían fundado los Reyes católicos, te escribo». «(…) he venido a Granada, de avión a tren, sólo unas horas; me vuelvo el mismo 31 por la noche, para demostrar ante mi conciencia que soy un universitario, que quiero la Universidad de España: estatal y no estatal, que esas discriminaciones son secundarias y deben estar al margen de todo lo fundamental(…)».

Por eso, como escribió también inmediatamente a un antiguo colaborador de Granada, se extrañaba de que «no fuesen los demás catedráticos y profesores. Ellos se lo han perdido. Yo viniendo de casi 1.000 kilómetros, y algunos ni ir viviendo a casi 1.000 metros».

Y es que pensaba que cosas como el protocolo, el respeto a la tradición y la autoridad del rector o del decano eran fundamentales para el desarrollo de la vida universitaria. De ahí que no dejara de asistir nunca a las ceremonias universitarias, con las vestes académicas cuando era preciso, en las que —rendido por el cansancio y arrullado quizás por el discurso de alguno de los oradores— no podía evitar dar unas cuantas cabezadas.

La enfermera Josefina Escós, que comenzó a trabajar con él cuando se inició la primera fase de la Clínica Universitaria, recuerda –y una imagen vale más que mil palabras– lo que sucedió una vez. Llegó, por la tarde, don Eduardo a la Clínica. Y pasó ante ella, que estaba ocupada en un control, doblando gasas, y que continuó con su trabajo, sin apenas prestar atención a su saludo. Don Eduardo dejó pasar un rato y luego la llamó.

– Mire usted, Josefina, no se lo digo por mí. Yo soy un médico corriente, y a mi persona no se le debe ningún trato especial. Pero ahora soy el decano de la Facultad de Medicina; y quiero que comprenda que esta situación me confiere una categoría académica que reclama una deferencia. Pienso que el cargo ha de tenerse en cuenta. Y agradecería que, cuando pase delante de usted, usted se levante y responda a mi saludo.

Josefina Escós le pidió excusas y aceptó la «reprimenda». Al día siguiente, sin ningún comentario, don Eduardo le envió una caja de bombones.

Bien es verdad que, a veces, su reacción era más inmediata y su genio se desencadenaba como una tormenta veraniega, con todo su aparato de truenos y relámpagos. Así ocurrió, por ejemplo, a comienzos de los años sesenta en una reunión de la Junta Permanente de la Facultad a la que asistieron algunos representantes de los estudiantes. La iniciativa había surgido del Decanato, que convocó a la reunión de la Junta al delegado de la Facultad y a los de los dos cursos superiores. Como la Facultad era casi una pequeña familia, Guillermo López, delegado de curso, se reunió con sus veintiséis compañeros y, juntos, elaboraron una serie de sugerencias y propuestas.

Discurrió con normalidad la sesión, se trataron las cuestiones previstas en el orden del día, y el decano concedió la palabra a los representantes de los estudiantes. Guillermo López comenzó a enumerar los puntos de su lista, algunos de ellos de pura organización material, y se refirió a las dificultades que encontraban con las clases de un nuevo profesor, aún con poca experiencia. Allí fue Troya. Don Eduardo inició una bronca que a Guillermo López le pareció inacabable. Encogido en su silla esperaba que pasara el aguacero, pero las últimas palabras de don Eduardo le dejaron como una estatua de hielo.

– ¡Y desde ahora mismo usted ha dejado de ser alumno de esta Facultad de Medicina! –dijo enérgicamente Ortiz de Landázuri. A lo que añadió, como quien concede la palabra a un sentenciado–: ¿Tiene el delegado del último curso algo más que decir?

Guillermo López tragó saliva, y bajo la mirada expectante de los profesores Reinoso, Teijeira y Esteban y las de sus compañeros, logró articular:

– Don Eduardo, lo único que puedo decir es que esto no son cosas mías, sino que lo hemos hablado entre todos los compañeros.

Esa declaración dio pie a que don Eduardo añadiera una regañina refiriéndose a la responsabilidad del delegado. Y levantó la sesión.

En ayuda de la desolación de Guillermo López vino el profesor Teijeira que, con su melodía gallega, capaz de suavizar cualquier tragedia, le dijo mientras salía:

– Bueno, Guillermo, ya hablaremos de esto.

La noticia corrió como la pólvora por el campus de aquella Universidad, aún con pocos estudiantes. Y cuando Guillermo López llegó al comedor del Colegio Mayor Belagua, donde vivía, se encontró con más de doscientos oídos sedientos de noticias. Un rato después lo llamaron de parte del director de la Clínica Universitaria, el doctor Manuel Evangelista, que lo convocaba a una reunión para aquella misma tarde.

Ya sentados en el despacho de dirección de la Clínica –todavía un pequeño edificio de dos plantas–, el doctor Evangelista planteó la necesidad de estudiar con él, como delegado, el calendario de los exámenes, para que se ajustara del mejor modo posible a las conveniencias de los estudiantes. Aún faltaba bastante para terminar el curso y aquello parecía muy prematuro, pero sobre todo él carecía ya de legitimación para negociar. Lo expuso.

– Además, no sé si sabe usted que yo ya no soy alumno de esta Facultad.

Evangelista dio por no oídas aquellas palabras y continuó adelante, volviendo al asunto de los exámenes. Se abrió la puerta del despacho y Guillermo se incorporó como un resorte. En un segundo sintió cómo los brazos vigorosos de don Eduardo lo levantaban prácticamente del suelo, y le abrazaban con aquel afecto y energía que eran proverbiales en él. Al mismo tiempo, mientras repetía el abrazo, don Eduardo, con unas palabras, echaba pelillos a la mar sobre el encuentro de la mañana:

– ¡Bueno, Guillermo! ¡La paz en Varsovia! ¡La paz en Varsovia! –repetía.

Muchos podrían contar cómo sabía rectificar, cómo pidió perdón tantas veces, cuando advertía que, en el fondo o en la forma, se había equivocado.

El amor a la Universidad era también amor a sus reglas, a sus normas. Y, en concreto, la aceptación de su forma colegiada de gobierno. El profesor Fernando Reinoso, antiguo discípulo de Granada, que, antes de ser Decano, desempeñó el Vicedecanato de la Facultad siendo don Eduardo Decano, no ha olvidado un suceso que testimonia su lealtad y coherencia. Aquella vez se trataba de una discrepancia en el seno de la Junta Permanente de la Facultad. La cuestión era difícil y don Eduardo argumentaba en solitario, contra la opinión de los otros. No había manera de llegar a un acuerdo, así que uno de los miembros de la junta, para zanjar el asunto, propuso que se procediera a la votación.

La mayoría votó en contra de la opinión de don Eduardo, aunque alguno se unió a su voto, más por cortesía y afecto que por convicción. Poco tiempo después, el asunto pasó al pleno de la Universidad, es decir a la Junta del rector, y toda la Comisión Permanente, con los decanos y directores de los centros. La opinión casi unánime del pleno estaba en contra de la propuesta de Medicina y, por consiguiente, a favor de la opinión mantenida originalmente por don Eduardo. Pero él asumió el punto de vista de su Facultad y lo sacó adelante en el pleno.

El propio profesor Reinoso, en la ocasión solemne de las bodas de plata de su cátedra, declaró: «Como Decano, don Eduardo fue siempre fiel hasta el extremo a las decisiones de la Junta de Facultad; y cuando fui Decano –añadió Reinoso– don Eduardo era el profesor más disciplinado y cumplidor de este extraordinario claustro de la Facultad de Medicina de Navarra».

Como buen universitario, sabía transmitir el deseo de aprender para servir. Por eso, uno de sus discípulos, el doctor Rocha, decía que era «una persona que marca totalmente», una persona que dejaba una huella imborrable, aunque uno no pudiera definir con exactitud en qué consistía. El hecho es que tenía la «capacidad de entusiasmar a los que tenía a su alrededor». El propio Rocha observaba que se le admiraba porque, además, «te dabas cuenta de que sabía de todo más que tú». Muchas veces acudían a él con un problema que era de la especialidad de quien consultaba; don Eduardo se excusaba –«¡Pero, si de esto sabe usted mucho más que yo!»–, pero acababa resolviendo el problema porque tenía ciencia y sentido común.

Muchos que salían tarde de la Clínica Universitaria, como quienes lo habían hecho antes en el Pabellón F, lo hacían con temor e ilusión al mismo tiempo: se corría el riesgo de encontrarlo, y eso ya se sabía bien lo que significaba. Probablemente don Eduardo, a esas horas en que quizás ya no circulaban los autobuses, diría:

– Vámonos paseando.

Y en lugar del paseo emprendería una especie de trote corto para llegar cuanto antes a su casa de la calle Carlos III con su joven acompañante. Por el camino le habría invitado a cenar –«ya nos hará algo Laurita»– y le habría propuesto dedicar un rato al estudio. Llegaban y, en efecto, Laurita preparaba algo para la cena; luego, con una caja de caramelos delante o unos chocolates comenzaba la lectura y comentario del material que se había traído para estudiar –quizás revistas en lengua alemana o inglesa–, que podía durar hasta dos o tres horas. Los jóvenes médicos, por supuesto, tenían que mantenerlo despierto con una pregunta o un carraspeo oportuno, o quizás con un golpe a la pata de la mesa. Cuando terminaban, algunas veces pasadas las tres de la mañana, don Eduardo, al despedir a su colaborador, le recordaba:

– Bueno, mañana a las siete y cuarto en el Paseo de Valencia para tomar el autobús.

Y allí comparecía su discípulo, algo sonámbulo, y asombrado de la lucidez del maestro; con un cansancio compensado porque aquellas horas de trabajo le habían abierto grandes horizontes profesionales.

Exigía mucho porque él se exigía mucho. Le parecía inconcebible que se perdiera el tiempo, y ante la magnitud del trabajo incluso le resultaba difícil entender que se tomaran días de vacaciones o jornadas de descanso. Le asombraba que llegaran los médicos o las enfermeras tostados por el sol del mar o de la montaña.

El doctor Eduardo Rocha recuerda que una de las broncas que le echó fue cuando terminó su período de residencia y, antes de incorporarse al servicio militar, le dijo que se iba a pasar un sábado con algunos amigos en la playa. Don Eduardo le reprochó con energía ese programa:

– Y dice usted que se va a la mili, y el último día ¡a perderlo! ¡Pero cómo puede usted hacer eso?!

Claro, no se fue. Después de la regañina le dijo al maestro:

– No se preocupe, mañana a las nueve vendré a trabajar.

El doctor Antonio Rivero, que trabajó con él en el Pabellón F, dejó de ir un domingo a ver cómo marchaba el estado de los enfermos, y al día siguiente don Eduardo, de un modo incidental, le comentó:

– ¡Claro, como usted ya no viene los domingos…!

Era el suyo un magisterio muchas veces imperceptible, manifestado frecuentemente con ligeras insinuaciones o consideraciones inmediatas, sin ánimo de ponerse de ejemplo. El propio doctor Rocha recuerda que la primera vez que la Universidad de Navarra sufrió un atentado terrorista, él se encontraba con su familia pasando unos días de descanso en Santander y se enteró del suceso por la radio. Llamó inmediatamente a don Eduardo y éste le explicó cómo había sido el atentado y los daños producidos. Le tranquilizó. Cuando Rocha volvió de sus vacaciones, charlando con don Eduardo le comentó:

– Don Eduardo, después de esto, yo no sé…, si usted piensa que hace falta dar algo más para la Asociación de Amigos…

Don Eduardo le respondió al instante:

– ¿Le parece que los que trabajamos aquí damos poco?

En las palabras que pronunció con ocasión del fin de carrera de la XX Promoción de la Facultad de Medicina en 1980 dijo: «La imagen que he dejado de mi paso por la vida universitaria no ha sido, ni mucho menos, la de un sabio profesor, ni siquiera la de un agraciado con agudas condiciones intelectuales, ni incluso –¡pobre de mí!– de extraordinarias aptitudes docentes; sino, eso sí, de entrega absoluta –en cuerpo y espíritu– a mi Universidad».

Nunca se arrepintió de su dedicación universitaria; así lo escribió al doctor José Otero en carta del 15 de junio de 1984: «En una ocasión un estudiante me preguntaba: si volviera a empezar como en 1926, ¿haría la mismo? Mi contestación fue inmediata: en el amor a la universidad en general y a mis maestros desearía ser lo mismo». Unas palabras parecidas tenía preparadas para el discurso que pensaba leer en el acto de homenaje, y que sustituyó por el discurso surgido del corazón: «Si tuviera que empezar, cuando en 1926, por razones familiares tuve que decidir por la Medicina, ¿haría lo mismo? Como he amado siempre mucho a la Universidad pienso que haría la mismo».