21. «Me gustaría vivir»

Aquel año de 1985 se produjo una gran nevada y toda la ciudad quedó cubierta durante varios días. Más de uno se pegó una costalada, resbalando sobre la nieve helada, y bastantes coches pasaron luego al taller para arreglos de chapa por las abolladuras de los choques producidos al patinar sobre el hielo de las calles. En los últimos años, en los que aparentemente el clima se había suavizado, pocas nevadas como aquella se habían visto en Pamplona.

A primera hora de la tarde, el director del centro del Opus Dei al que pertenecía don Eduardo preguntó a uno de los que vivían en ese centro:

– ¿Tienes que salir esta tarde?

– Sí, ¿por qué?

– Te lo digo porque quizás puedas pasar a ver a Eduardo, para ver cómo se encuentra y preguntarle si necesita algo.

– Muy bien. Ahora le llamaré para decirle que pasaré a verlo.

No había transcurrido una hora, cuando sonó el timbre de aquel centro. El doctor Miranda fue a abrir y se quedó atónito: a la puerta, embutido en el abrigo y apoyado en el bastón, se encontraba don Eduardo.

– ¡¿Pero cómo se te ocurre, estando como estás, venir con este tiempo?!

Antes de que el amigo que pensaba visitarle le hubiera llamado, don Eduardo había decidido plantarse en el centro con la ayuda de uno de sus hijos, que le acompañó hasta la puerta. Contestó sencillamente al doctor Miranda:

– He venido a ver si puedo confesarme, porque hoy es el día en que suelo hacerlo.

A finales de 1982 se había enterado de que su hermano Manolo se encontraba muy mal, con un tumor en el pulmón y metástasis en el cerebro. Manolo había comenzado a tener mareos en el mes de agosto, y a fines de noviembre el scanner reveló la existencia del mal. Estaba sin dolores, pero con la vista alterada y sin poder andar. Don Eduardo hizo que Manolo se trasladara con Tana, su mujer, a la Clínica Universitaria. El 17 de diciembre consignó en sus «Entrevistas» que había estado a las siete de la mañana a verlo. Su cuñada estaba asombrada: «¿Cómo madrugas tanto?» De la habitación 303 bajó al oratorio del centro hospitalario para hacer su oración como todos los días, «recordando a tantos seres queridos». Especialmente dio gracias al fundador del Opus Dei y a su hermana Guadalupe por la confesión y comunión de su hermano.

Un año más tarde Manolo regresó a la Clínica para una breve y definitiva estancia de cuarenta horas. Y allí falleció el 30 de enero de 1984, a los 74 años. En una de las numerosas cartas que don Eduardo escribió a familiares y amigos para dar cuenta de la muerte de su hermano, decía: «Fue una muerte de una agonía sin accidentes; se fue apagando desde las dos de la madrugada a las 11 horas; y a las 15 de ese mismo día 30 lo trasladaron a Luanco (…).

»Puedes figurarte cómo hemos rezado, Laurita conmigo, así como todos. Para mí han sido unas horas duras. ¡No poder hacer nada! Lo último fue la imposición del escapulario del Carmen.

»Rezad por él y por nosotros, que a todos nos hace falta. Ya se habrán visto Guadalupe y él que tanto se querían».

Al morir su hermano, él era el único superviviente de la familia: el pequeño Francisco de Asís, había fallecido en la infancia; su padre, fusilado en el 36; y Lupe y su madre, ambas en 1975 ; y ahora Manolo.

Después de su maestro, el profesor don Carlos Jiménez Díaz, el ilustre jurista profesor Castán Tobeñas, y el también catedrático de Universidad don Juan Contreras, Marqués de Lozoya, don Eduardo había pasado a ser el cuarto presidente de la Asociación de Amigos de la Universidad de Navarra en 1978. Nunca había dejado de trabajar en la Asociación desde que ésta se fundara, pero en los últimos tiempos se consagró a ella, mientras se ocupaba de dejar material escrito sobre la historia de la Clínica y sobre su tarea como médico del fundador de la Universidad, monseñor Josemaría Escrivá de Balaguer.

A lo largo de 1984 iba dando cuenta a sus parientes y conocidos del estado de su salud. «Mi salud está entre Pinto y Valdemoro», le comenta a un amigo. El problema fundamental era para él la polineuritis, que le impedía caminar bien, a la que se unió circunstancialmente una tromboflebitis. Sentía las piernas como si no fueran suyas, «como de Polichinela», decía. Y paseaba, obedeciendo a la prescripción médica, alrededor de media hora todos los días, acompañado habitualmente por su hijo José María o su yerno Juan. Sin embargo, estaba contento, contentísimo, subrayaba en algunas de sus cartas. Estaba viviendo la medicina «in vivo», en vivo, y no «in vitro».

José Luis Gracia lo trató desde 1968 hasta su muerte. Viajó con él muchas veces para hacer gestiones relacionadas con la Universidad, con frecuencia en jornadas maratonianas, en las que tenían muy poco tiempo para pensar en sí mismos. Don Eduardo no se olvidaba ningún día —y esto podemos decirlo taxativamente: ninguno— de dejar constancia escrita, con su habitual minuciosidad, de las gestiones realizadas. Cuando viajaban en tren, solían escribir sentados en el departamento del coche cama, que compartían, antes de acostarse. Don Eduardo, por economía, se negó a utilizar un solo compartimento para él, hasta que le obligaron a hacerlo en los últimos años de su vida.

En casi todas estas ocasiones en que don Eduardo marchaba de viaje, Laurita le acompañaba para despedirle hasta la puerta del ascensor, y –con un retintín cariñoso– le decía:

– ¡Adiós, caballero andante!

Un día, quizás cuatro meses antes de su muerte, Eduardo Rocha, médico en la Clínica Universitaria, coincidió con él en el avión de Madrid. Iba don Eduardo a hacer algunas visitas relacionadas con la Asociación de Amigos. Un coche le esperaba en Barajas y ofrecieron a Rocha llevarle hasta el centro. Por la tarde, con el tiempo justo, alcanzó don Eduardo el avión de regreso a Pamplona. Se encontraron de nuevo y él refirió cómo había transcurrido su día, lleno de actividades. Rocha le reprochó: «Don Eduardo, usted no está para estos trotes»; pero esa advertencia se desvanecía ante la alegría de don Eduardo, que había conseguido varias ayudas importantes para la Universidad.

Fue éste un periodo de veintiún meses, en el que recibió el tratamiento y sufrió algunos episodios que acabaron quebrantando su salud y limitando sus fuerzas. Concretamente, como se ha dicho, padeció una tromboflebitis. Notaba molestias en el pie, apareció la fiebre, y llamó al profesor Jesús Prieto, catedrático de Patología, que se había incorporado a la Universidad varios años antes y desde el primer momento había trabajado en estrecha colaboración con él. Le ingresaron en la Clínica, le aplicaron el tratamiento adecuado y se repuso, para continuar su actividad desplegando en ella toda la capacidad que le restaba, como si no fuera un enfermo al que la muerte estuviera rondando ya tan cerca.

Pocas meses antes de morir volvió a llamar: acababa de celebrar una reunión con antiguos alumnos en Bilbao, en la que había mantenido varias sesiones y tertulias largas, con una asistencia muy numerosa. Volvió muy contento, pero con sus setenta y cuatro años y la enfermedad regresó agotado. Cuando el médico lo vio era ya patente su ictericia. Ingresado de nuevo en la Clínica se le detectaron metástasis hepáticas del tumor. Aquello le provocaba a la vez una obstrucción biliar, que reflejaba la ictericia.

«En esos 22 meses, dice el doctor Prieto, me pareció que era como un corredor que extremaba su heroísmo, que hacía el sprint final hasta llegar exhausto a la meta. Y fue heroico en muchos aspectos».

Hizo su último viaje a Madrid en febrero de 1985, para asistir, como tenía por norma, a la reunión de la Clínica de la Concepción y para hacer alguna gestión relacionada con la Asociación de Amigos de la Universidad. Pero llegó con retraso a la clínica y no pudo sentarse. Volvió muy cansado, pero –aunque se lo propusieron– no quiso dejar para el día siguiente la gestión prevista. Cuando regresó a la casa de la plaza de Santa Bárbara venía prácticamente arrastrando los pies, sostenido por los brazos por Migo Coello de Portugal y José Luis Gracia. Tan mal se le veía que Íñigo sugirió pedir una ambulancia para el viaje de vuelta a Pamplona. No obstante, Laurita, conociendo su gran capacidad de recuperación, y pensando en lo que a él le hubiera agradado, dedidió esperar hasta el día siguiente. Efectivamente, a la mañana siguiente don Eduardo se encontraba mucho mejor, así que pudieron regresar en el tren.

Pocos días más tarde ingresó de nuevo en la Clínica Universitaria y ya no abandonó la habitación 301 hasta el 20 de mayo, cuando su alma marchó al encuentro de Dios. En esas semanas, por su habitación pasaron innumerables personas. Allí acudían amigos, enfermos, conocidos, médicos, enfermeras, colegas de la Universidad, no tanto a reconfortarle como a reconfortarse, a recibir consejo y estímulo, a dialogar con alguien que mostraba una extraordinaria capacidad de entrega. Don Eduardo, sonriendo siempre, con su mirada acogedora, incansable, deseaba aprovechar el último tramo de su vida en la tierra. El director de un centro del Opus Dei, cuando deseaba que alguien descubriera el valor de la vida, sólo comprensible cuando se refiere a Dios, sugería: «Llevadle a don Eduardo, que vaya a charlar con don Eduardo».

Tanta gente pasaba por aquella habitación –a pesar de que en la puerta se había puesto un cartel que prohibía las visitas– que, uno de aquellos días, el propio don Eduardo, muy fatigado, tomó un papel y escribió de su puño y letra: «Don Eduardo agradece su venida, pero en este momento no se encuentra en condiciones de recibirlo». Mal debía de estar, conociéndolo bien, cuando tuvo que recurrir a este expediente. Pero lo cierto es que, cuando de verdad se quería que la gente no entrase, alguien tenía que ponerse a la puerta para evitarlo.

Si en su vida la obediencia había sido casi una pasión dominante, en los últimos tiempos extremó esta virtud. Aceptaba la voluntad de Dios, y en concreto tal como le llegaba a través de los médicos. Si antes se había esforzado para que se respetase la autoridad del rector, del decano, del director de la Clínica, etc., ahora daba ejemplo de cómo obedecer al médico: quería, positivamente, imitar en esto el ejemplo del fundador del Opus Dei, al que precisamente había tratado como profesional de la medicina.

Nunca hizo indicaciones al profesor Prieto acerca del tratamiento, aunque él conociera perfectamente su enfermedad, su curso eventual y las posibilidades terapéuticas. Cuando se produjo la obstrucción biliar, el doctor Prieto y otros médicos de la Clínica estudiaron qué medios deberían ponerse. Había en principio dos posibilidades. Don Eduardo sabía que aquello podría dejarse así o adoptar una actitud intervencionista, quirúrgica, cruenta. El doctor Prieto, el cirujano doctor Voltas y los médicos que podrían decir algo sobre la cuestión se reunieron para dirimir el asunto, y al final decidieron desistir de cualquier intervención «agresiva». Cuando se lo dijeron a don Eduardo, exclamó: «¡Bendito sea Dios!, estaba rezando por esto». Pero nada dijo hasta que los propios médicos tomaron la decisión que juzgaron más apropiada. «Como paciente, comentó Prieto, se puso en mis manos para lo que yo dijera».

Cuando la ictericia se había agudizado y ya apareció la insuficiencia renal que le impidió orinar durante cerca de dos días, se acostó. Hasta entonces había permanecido sentado en el saloncito de su habitación, donde discurría su vida entre sus familiares y amigos, y atendiendo a quienes le visitaban.

Y desde la cama continuó siendo un maestro que, en este caso, enseñaba algo más importante que la propia Medicina. El lema paulino que tanto estimaba don Carlos –«si yo poseyera toda la ciencia pero no tuviere caridad, nada sería»–parecía impulsarle de una manera especial esas últimas semanas. El doctor Salvador Martín Algarra, que acababa de incorporarse al departamento de Oncología y que apenas le conocía, recuerda las pocas palabras que cruzó con él. Entró en la habitación con su jefe el doctor Brugarolas que hizo las presentaciones: Brugarolas destacó un aspecto importante para don Eduardo: «¡Es granadino!» Hablaron de la familia. Luego Brugarolas se retiró un poco para comentar con el doctor Prieto algo sobre la evolución de la enfermedad y el tratamiento. Don Eduardo sonrió a Martín Algarra:

– ¡Cuánto saben! Verdad?

– Sí, don Eduardo, saben mucho –confirmó Martín Al-garra.

– Pues si sólo te quedas con lo que saben –concluyó don Eduardo con mirada y sonrisa afables–, te quedas con lo menos importante.

En sus últimas horas, hubo una ocasión en la que el doctor Prieto, acompañado de los doctores Conchillo, Lucas, Purroy y alguno más, pasaron a verle. Don Eduardo, como sus colegas y antiguos discípulos, sabía que le quedaban pocas horas de vida, y estaba –como había aprendido del fundador del Opus Dei– «sin miedo a la vida y sin miedo a la muerte». Miró a aquel grupo de médicos que le rodeaban, y reparó en la cara apenada del doctor Purroy: «Andrés, le dijo, ¡alegre esa cara, que esta vida es de los alegres!» Cuando salieron de la habitación algunos –por contraste– no pudieron esconder las lágrimas.

Sin embargo, pasó algunas horas de zozobra. Llegó incluso a tener el estómago descompuesto. Los médicos lo atribuyeron a las incidencias de la enfermedad, pero él le confiaba a un amigo que había sido puro miedo.

Fue el doctor Prieto quien le dijo que convenía que recibiese la unción de los enfermos; lo había acordado con el sacerdote que atendía en esos días a don Eduardo, porque pensaron que eso era lo que él hubiera deseado: él lo había hecho así con miles de enfermos. Era costoso, pero el doctor Prieto se decidió porque sabía que en cualquier momento podía entrar en coma hepático. Le expuso que, dada su situación, le parecía conveniente que recibiera todas las ayudas espirituales.

– ¿A qué te refieres, Jesús? –preguntó don Eduardo.

Y cuando el doctor Prieto le dijo que sería bueno que recibiera la unción de los enfermos, se lo agradeció y dijo que lo comentaría con el sacerdote. Pidió que buscaran a don Luis Baturone y, cuando éste llegó a su habitación, le dijo:

– Me ha dado una gran alegría Jesús. Me ha dicho que cree que es el momento de recibir la unción de los enfermos, ¿Qué le parece a usted? –a don Luis lo trataba indistintamente de tú o de usted.

Cuando el sacerdote le dijo que le parecía muy bien, pidió: –Entonces, explícame qué es eso.

Don Luis quedó un tanto desconcertado.

– Don Eduardo, pero si usted se lo ha explicado a muchísima gente y sabe perfectamente qué es.

Don Eduardo insistió en que se lo explicaran, porque ése era su derecho. Y durante veinte minutos prestó una atención concentrada a la explicación sobre este sacramento y sus efectos: la salud del alma y la del cuerpo si conviene. Al terminar la explicación, comentó que tenía una gran alegría, y añadió que quería prepararse para recibir el sacramento, y preguntó cuándo se le podría administrar y qué personas podrían estar presentes. También preguntó si podría recibir la extremaunción en pie.

– Si se encuentra en condiciones y el médico lo autoriza, desde luego, don Eduardo.

– Bien, entonces lo haremos por la tarde, para que dé tiempo a avisar a todos.

Y añadió que no quería que fuera un espectáculo, pero que pensaba que deberían estar una serie de personas que fue enumerando.

A las ocho de la noche, en aquella habitación 301, que fue su último domicilio, en presencia de su familia, algunos médicos, algunos miembros del Opus Dei pertenecientes a su centro y algunas enfermeras, se le administró la unción. Fue un acto sencillamente solemne, con una breve predicación. El sacerdote, antiguo marino, sabía que don Eduardo había tenido aquella ilusión infantil de ingresar en la Armada. Ahora le estaba administrando los auxilios para la última travesía. Entre los presentes estaba también el profesor Jiménez Vargas, primer decano de la Escuela de Medicina, que le había enrolado en 1958, en la calle Barquillo.

Uno de aquellos días, cuando su hijo Carlos fue a acompañarle un buen rato en la Clínica, le dijo: «Ahora veo que todo en mi vida tiene un sentido. Hasta las cosas más anodinas».

Aunque al final parecía tomar velocidad al aproximarse al encuentro de Dios, no había ocultado que le costaba trabajo morirse. «¡Qué duro es morirse!», decía en ocasiones. Por una parte, quizás recordaría aquella enseñanza del fundador del Opus Dei: morirse de viejos y exprimidos como un limón –y él ya había dado bastante jugo–; pero también pensaría sin duda en la soledad relativa de Laurita, en su hijo internado en el Psiquiátrico, en esas cosas que quedan y que uno querría seguir arropando mientras fuera posible: «Cuánto me gustaría vivir seis o siete años más», le confió un día a uno de sus inmediatos colaboradores.

El profesor Jesús Vázquez, que lo visitaba como amigo y como decano de la Facultad en los últimos días de su vida, recuerda la alegría con que llevó la enfermedad. No obstante, un día le comentó que le daba pena morirse, por Laurita, por sus hijos, por la Universidad…, pero que estaba tranquilo y con paz.

Conversando con el sacerdote con el que habló en los últimos meses de su vida, se planteó cómo podía alcanzar de Dios una gracia que le asegurara un alto grado de caridad y con él un cielo bien alto. Le explicó el sacerdote que eso era un don de Dios que había que pedir. Y le contó cómo monseñor Escrivá de Balaguer decía más de una vez cada día una invocación: «Adauge nobis fidem, spem, caritatem», «Señor, auméntanos la fe, la esperanza y el amor», a la que añadía «haz nuestro corazón semejante al tuyo». Don Eduardo lo puso en singular : «Señor auméntame la fe, auméntame la esperanza, auméntame el amor, para que mi corazón se parezca al tuyo». Y comenzó a repetir y a hacer que repitieran con él esta invocación que le daba una gran paz. Fue la que, más tarde, se imprimió en los recordatorios de su muerte, al dorso de una imagen de la Virgen del Amor Hermoso, la imagen de la ermita del campus universitario.

El 19 por la noche los médicos vieron que la situación se acercaba a su final. En efecto, fue entrando en coma paulatinamente, hasta que a las nueve y diez del día 20 se extinguió su vida. Fue una muerte por parada cardíaca, suave, dulce, sin dolor. El doctor Lucas anotó a las nueve y media en la hoja de seguimiento del enfermo: «Ha permanecido en cama durante toda la noche. Fallecido a las 9,10 por parada respiratoria».

Don José Luis Calvo había llegado la noche anterior. En aquel momento no quería estar lejos de aquel médico que, poco a poco, se había convertido en uno de sus mejores amigos, aún más, casi en un padre para él. A su llegada, don Eduardo, que estaba acompañado por los médicos, se había alegrado visiblemente:

– ¡Ha venido! ¿Qué os dije? ¡Aquí está José Luis!

Y con su proverbial cortesía lo fue presentando a quienes no lo conocían.

José Luis Calvo quiso pasar en vela aquellas horas, junto con la familia, sentado a ratos al lado del enfermo que, a veces, le decía:

– Cógeme la mano, que quiero sentirte…

Lo contemplaba y podía recordar tantas encuentros, tantas conversaciones cara a cara o por teléfono, a veces con frecuencia casi diaria. Don Eduardo le había agradecido con un afecto extraordinario, a lo largo de aquellos años, todas las gestiones que él había hecho en favor de la Clínica o de la Asociación de Amigos. Y ahora estaba allí, viéndole cómo se iba extinguiendo, sin pedir nada, agradeciendo a la enfermera que le pasara de vez en cuando una tablita húmeda para refrescarle los labios y la boca.

José Luis no había querido ver a su padre muerto años atrás; y no había llorado. Y tampoco pudo ver a hijos suyos que habían muerto; y tampoco lloró en aquellas ocasiones. Pero cuando se anunció la muerte de don Eduardo, pasó a verlo y, retirándose a un rincón, no pudo contenerse y empezó a llorar como nunca lo había hecho.

La necropsia, autopsia, o examen anatomopatológico posterior a la muerte era para don Eduardo una parte muy importante de la Medicina. No se trataba simplemente de que la autopsia constituyera un cierto ejercicio de humildad, ya que podría mostrar los errores del diagnóstico; era para él un ejercicio de humildad en el sentido estricto de amor a la verdad, en la medida en que el conocimiento obtenido por la autopsia podría contribuir a mejorar el quehacer médico: confirmando o contradiciendo el diagnóstico realizado. En último extremo, la necropsia era un medio de extrema importancia –quizás no lo sea tanto hoy, con el avance de las técnicas de diagnóstico– para profundizar en la verdad de la misma Medicina.

Tanto interés tenía en las necropsias, que él mismo las solicitaba a los familiares del enfermo, y consideraba un verdadero fracaso que éstos se negaran a su práctica. Solía fracasar pocas veces, pues su dedicación al enfermo incluía una atención llena de afecto a sus parientes, y éstos rara vez se negaban a lo que les pedía aquel médico, al que no se le podía negar nada, porque a nada se había negado él.

Muchos le habían oído decir que deseaba que, al morir, le hicieran la autopsia. No quería ser una excepción: se po- dría decir que quería extender su enseñanza más allá de la muerte, ser útil aun después de haber franqueado el umbral del más allá. Muchos conocían ese deseo; pero nadie quiso recordarlo ante el cuerpo querido del maestro y de] amigo que tanto se había dado a lo largo de sus setenta y cuatro años. Así estaban las cosas, en un implícito olvido de su voluntad, cuando alguien alzó la voz para recordar aquel deseo: fue Laurita, la mujer que siempre había llevado consigo a donde quiera que había ido, lo acompañara físicamente o no. Ella lo recordó:

– Bueno, ya sabéis que Eduardo quería que le hicieran la autopsia.

Se le respondió difusamente, con evasivas; así que ella insistió. No había más remedio: alguien tenía que acometer esa penosísima tarea; y fue el profesor Jesús Vázquez, catedrático

de Anatomía Patológica y decano de la Facultad el que asumió el cumplimiento de ese doloroso encargo, porque al fin y al cabo alguien tenía que ir por delante en los malos tragos.

El diagnóstico anatomopatológico definitivo, fechado el 4 de junio de 1985, determinó que la causa de la muerte había sido una «insuficiencia renal aguda por nefrosis colé-mica».

Su gran corazón –«todo lo que he conseguido lo he logrado con el cariño, con el corazón»– había dejado de latir.

Un año antes el catedrático de Filosofía Jesús Arellano, contestando a una de sus cartas, le había escrito: «No quiero decirte que te admiro, pues te sonreirías desde tu adentro, pero no puedes impedir que te diga el cariño que te tengo.

»Porque tú todo lo vives y has vivido como amor: el amor como amor (humano y divino a la par); el trabajo como amor (lo testimonian miles de enfermos y alumnos tuyos); la ciencia como amor (amas cuando haces ciencia, y ciencia de alto prestigio, en lo docente y en lo investigador); la profesionalidad, universitaria y clínica, como amor (pues todo lo haces con temple objetivo, exigencia serena y generosidad completa, a la manera del amor que ama); la amistad como amor (¿cuántos centenares, miles para ser más exactos, somos amigos tuyos que nos sentimos amados por ti?); vives la patria, la terrena, España, con amor, igual que Navarra, tu segunda patria…¿para qué seguir?

»Como dice San Juan de la Cruz: ‘al final seremos juzgados en el amor’. Y como dice el Apóstol Juan: ‘Dios es Amor’. O como dice Camino: para nosotros Jesús no será juez, sino Jesús».

La bandera de la Universidad se izó, ondeando a media asta.