22. Epílogo

El «Diario de Navarra», el día 21 de mayo, ofrecía como su primera noticia: «Eduardo Ortiz de Landázuri murió ayer en Pamplona». Y subtitulaba: «Conocía el cáncer que sufría desde hace dos años». La fotografía que ilustra la noticia muestra el cuerpo de don Eduardo, envuelto en una sábana blanca, con el óvalo de la cara y las manos al descubierto –la izquierda sobre la derecha– cogiendo un crucifijo. Es una foto tomada en el velatorio de la Clínica Universitaria donde se instaló la capilla ardiente.

Tan pronto como se conoció su muerte, innumerables personas de toda edad y condición fueron pasando por aquella pequeña habitación en la que reposaba su cuerpo. Rezaban por él, pero la mayoría se encomendaba a él. Muchos, sin rubor, pasaban sus rosarios, sus agendas u otros objetos por sus manos.

El gran canciller de la Universidad envió un telex y siete rectores de Universidad remitieron inmediatamente mensajes de condolencia. Don Juan de Borbón fue personalmente a la Clínica, para dar el pésame a los familiares; y poco después se recibió –entre tantas– una llamada telefónica de la Infanta Doña Margarita y de su marido, el doctor Carlos Zurita. El Marqués de Mondéjar transmitió el pésame de la Casa Real, y los ministros de Sanidad y Educación y Ciencia –Lluch y Maravall– enviaron igualmente su pésame.

Su viuda y los hijos tuvieron que contar infinidad de veces cómo habían transcurridos sus últimos días: «Pasaba las horas leyendo la pasión de Jesús, y solía comentar que sus dolores, al lado de los de Jesús, eran los de un soldado de cuota. Sin embargo, su mayor sacrificio tuvo que ser la docilidad con que se sometía a todos los dictámenes médicos. Nunca preguntaba por los resultados de los análisis, y se mostraba despreocupado por su tratamiento. Decía que a él sólo le correspondía ser el paciente, y comentaba que esa docilidad la tenía por seguir el ejemplo de Monseñor Escrivá de Balaguer. Y eso, para un médico que es consciente de su muerte y de cómo transcurre su enfermedad, tiene que ser duro».

A la mañana siguiente, el féretro fue trasladado al oratorio del edificio de Ciencias, para celebrar la última misa de cuerpo presente, antes de su traslado al cementerio. Don Amadeo de Fuenmayor, catedrático de Derecho Civil y sacerdote, profesor ordinario de la Universidad de Navarra, celebró esa última misa y glosó en su homilía la jaculatoria que don Eduardo había compuesto y que repitió constantemente en sus últimas jornadas.

– Esta mañana –comentó también el profesor Fuenmayor– me decía un profesor de la Facultad de Medicina, un compañero suyo de fatigas durante veintisiete años: «Los médicos sabemos ahora que la Clínica Universitaria seguirá adelante, que resistirá tormentas y terremotos, porque está fundada sobre roca, porque ya tiene un buen cimiento: don Eduardo, que, después de haberse gastado haciéndola, supo enterrarse en ella con la humildad ejemplar–ejemplo para todos los que en ella trabajamos– y el peso y la dureza de sus grandes lealtades: a su Maestro en la Medicina, al fundador de la Universidad y de la Clínica, y a Dios, que le tiene ya junto a Él».

Al concluir la celebración de la misa tres discípulos de don Eduardo –los doctores Pérez Miranda, Purroy y Lucas–, con dos miembros de la Junta de Gobierno de la Asociación de Amigos de la Universidad y dos estudiantes de la Facultad de Medicina, trasladaron el féretro hasta el coche de la funeraria.

Otro muchos estudiantes estaban asomados a las ventanas del edificio –bastantes de ellos sólo lo conocían por las referencias de los más antiguos– despidiéndole en silencio. Era un día luminoso, radiante, y, cuando el coche fúnebre se puso en marcha, aquella multitud estalló en un aplauso, una gran ovación de despedida. En 1931 un joven estudiante de Medicina, de veinte años, había recibido un gran aplauso al pronunciar su discurso con ocasión de la inauguración del monumento a don Santiago Ramón y Cajal. Ahora, cincuenta y cuatro años y un día más tarde, el cuerpo de aquel muchacho, exprimido como un limón al servicio de Dios, de los hombres –particularmente de los enfermos– y de la Universidad, salía para descansar por fin en el cementerio de Pamplona.

Lo enterraron en el panteón que la familia Ortiz de Landázuri Busca había adquirido recientemente, en la confluencia de las calles de San Gabriel y San Marcos, próximo al panteón de los d’Ors Lois. Pocos días antes habían trasladado allí a su madre. Por la tarde se celebró el funeral en la parroquia de San Vicente de Paúl.

Apenas unos días después de su muerte llegaron a su nombre dos cartas del profesor Ben Haneman –las últimas que se encuentran en las carpetas de su abundantísima correspondencia–, escritas en Sidney los días 8 y 16 de mayo. La primera comienza así: «Cada una de sus cartas es para mí un tesoro y le agradezco enormemente que me las envíe». Y termina diciendo: «Confío en que esté bien». En el tercer párrafo de la segunda carta, Haneman repetía: «Confío en que se encuentre bien. Me ilusiona el pensamiento de volver a verle en agosto». Y concluía: «Mis mejores deseos para Laurita y la familia y para los amigos de la Clínica y de la Universidad». Don Eduardo ya no pudo leerlas; y María Dolores, su secretaria, las guardó con el resto de la correspondencia.

Unas semanas más tarde, uno de los profesores del Departamento de Teología para Universitarios de la Universidad de Navarra propuso a un grupo de estudiantes de Biológicas un ejercicio sobre los motivos de credibilidad, sobre qué podría atraer a la fe a una persona. Uno de ellos se refirió, entre otras cosas, al mandamiento del amor fraterno, y señaló concretamente que podía atraer a la religión el ver que alguien daba la vida por los amigos, como había hecho don Eduardo. El sacerdote la llamó para pedirle una aclaración:

– Oye, dime,¿esto lo has escrito porque crees que me gusta a mí? –le dijo.

Y él contestó:

– No, no. Mire…, yo estuve aquí…, usted me conoce muy bien; sabe que no soy una persona que va a misa, sabe dónde he estudiado y sabe cuál es la situación de mi cabeza. Yo estuve aquí en la vela por la noche y vi cómo muchos, como yo, venían a rezar a acompañarlo, pasaban fotografías de su novia, la cartera or sus manos, y esas personas no tenían ninguna cosa al o afecto, admiración y cariño. Una persona que ha hecho eso es una persona que ha dado la vida por los demás.

El gran canciller, don Alvaro del Portillo y Díez de So-llano, le concedió a título póstumo, la primera Medalla de Oro de la Universidad de Navarra. El secretario general de la Universidad se lo comunicó a su viuda, Laurita, en oficio fechado el 28 de mayo.

Ese año 1985 celebraba la Asociación de Amigos de la Universidad sus veinticinco años, sus bodas de plata. Y el periódico Redacción –que incluyó un cuadernillo de ocho páginas dedicado a él– entrevistó a Iñigo Coello de Portugal:

– Don Eduardo –declaró el secretario de la Asociación de Amigos– no se desanimaba nunca. Él decía que coleccionaba los sí porque los sí venían después de muchos no. Nunca me cansé de admirar su gran humildad. Tantas veces sometió su propio juicio al de los demás, aun y cuando, me supongo, le costaba. Digo «me supongo», porque él nunca demostraba contrariedad alguna al asumir el juicio de los demás como propio. Don Eduardo era, realmente, un embajador de la Asociación de Amigos: su representante mejor.

Y fue el propio Iñigo Coello quien, con ocasión del XII Consejo de Delegados de la Asociación de Amigos, que se celebró en junio de 1985, hizo una breve semblanza de Ortiz de Landázuri, del que recordó que era la persona que menos había faltado a las reuniones de las juntas de la Asociación: sólo una ausencia, en fecha próxima ya a su fallecimiento.

– Que tenía un corazón muy grande es del dominio público –comenzó Coello de Portugal–. Pero los amigos de la Universidad de Navarra tenemos el privilegio de haber visto muy de cerca el corazón de don Eduardo, y confirmamos que era enorme. Pero, ¡ojo!, el corazón de don Eduardo era tan sensato como grande; porque ese corazón sólo albergó lo que vale la pena, y de forma ordenada. Lo demás no se alojó nunca en él. La sensatez del corazón de don Eduardo, aún más que su tamaño, bien nos puede servir de ejemplo para la medida y calidad y jerarquía de nuestros amores. Me consta personalmente que don Eduardo tomaba nota de la fortaleza derrochada por Laurita, su mujer, por ver muy próximo, y a lo vivo, cómo se materializaba en el silencio la capacidad de sacrificio de la que sus continuos viajes eran buena causa. Esta Asociación debe a la excelentísima señora doña Laura Busca, Laurita, esposa de don Eduardo Ortiz de Landázuri un acto explícito de gratitud.

A la casa de la calle Travesía de Urdax llegaron muchas cartas de pésame, dirigidas a Laurita.

Un médico escribía: «No sé expresarme correctamente sobre mi sentimiento por la pérdida de mi querido don Eduardo. Sólo puedo decir que fue mi primer Maestro en el Hospital Provincial de Madrid en 1944, y que de él aprendí muchísimas cosas, pero especialmente su devoción a los enfermos y su infatigable trabajar».

Don Javier de Echanove le decía: «Mi respetada y querida señora: No tengo el honor de conocerla, pero la reciente muerte de Eduardo (que en paz descanse), su marido, me pone en el trance de dirigirle estas líneas para condolerme con usted de tan triste acontecimiento. Yo no le conocía personalmente, aunque había intercambiado alguna correspondencia con él, con motivo de que mis hermanos Antonio y Manolo, ambos oficiales de Artillería, habían sido subordinados del padre de Eduardo en la Escuela de Tiro de Artillería, allá en el año treinta y seis. Uno de ellos, Manolo, fue condenado a muerte por un tribunal que les juzgó, y dejó escritas unas cartas de despedida que yo conservo.

»Providencialmente nos despedimos aquella noche del seis al siete de septiembre de 1936 en lo que había sido capilla de los condenados a muerte, en la Cárcel Modelo de Madrid, mi santa madre y cuatro hermanos de los seis que éramos (uno había sido asesinado ya en Agosto y otro, religioso, estaba exiliado en el extranjero), más mi cuñada (una verdadera hermana para los seis varones que fuimos). Esta es la historia de mi amistad con su marido, brevemente contada, aunque haya algún rasgo heroico en ella –la conducta del padre de Eduardo–que siento omitir en gracia a la brevedad y porque será conocida por usted.

»Providencialmente (así les llamamos los hombres de Fe a las «causalidades») tuve que ir a Pamplona el 13 del pasado abril, por haber sido aquejado un hermano mío –Jaime, el único que me queda; yo era el mayor– por una angina de pecho; y con esta ocasión fui a ver a don Eduardo personalmente, en la Clínica Universitaria donde estaba hospitalizado esos días. Me hizo una acogida ¡inolvidable!

»El Señor en su Misericordia Infinita le habrá acogido en su seno; ¡que desde allí interceda por los que le quisimos en vida! El había ofrecido ya sus sufrimientos y su vida, como leí en sus declaraciones que transcribió “Mundo Cristiano”».

El matrimonio de los conocidos investigadores Francisco Escobar y Gabriela Morreale, que iniciaron su formación junto a Ortiz de Landázuri en la época granadina, escribieron también una larga carta. Gabriela decía: «Doña Laura, desde lejos siempre la admiré como la dulzura y la fuerza en la que se apoyó don Eduardo. A él lo he admirado muy de veras, por su entusiasmo, su integridad, su profunda bondad. Cuánto nos ayudó de forma directa, y con su continuo ejemplo. A Dios pido muy de veras que pueda yo parecerme, aunque mínimamente, a usted por su bondad y dulzura y a don Eduardo por su perseverancia».

POST SCRIPTUM

El doctor Ben Haneman ha estado en Pamplona una vez más. Hemos tenido la oportunidad de conversar largamente con él. Haneman nos ha contado que existe una tradición judía según la cual Dios no se desentiende de este mundo mientras haya en él treinta y seis justos.

– Yo estoy convencido de que Eduardo Ortiz de Landázuri era uno de ellos, nos dijo Haneman.