24. Gracias

Al llegar el momento de cerrar este manuscrito, es de justicia que demos las gracias a quienes, de una u otra manera, nos han ayudado en su elaboración. No podemos ser exhaustivos, pero al menos habría que mencionar a varias decenas de personas en estas páginas de agradecimiento. Se trata de gentes entrevistadas en Madrid, Granada, Málaga, Sevilla y Pamplona; o de otras que, telefónicamente o por carta, han aportado datos relevantes, o han contribuido a su aclaración, o bien han facilitado recuerdos y anécdotas interesantes para el desarrollo de esta biografía. No hemos utilizado, sin embargo, todo el material disponible, para limitar el texto a unas dimensiones razonables.

La mayor parte de estas personas viven. Algunas de ellas, como el profesor Enrique Gutiérrez Ortiz Ríos, compañero de claustro de Eduardo Ortiz de Landázuri en la Universidad de Granada, han fallecido ya. Precisamente con Gutiérrez Ríos, mantuvimos una de las primeras entrevistas para la realización de este libro.

En relación con la etapa madrileña de la vida de Ortiz de Landázuri, nos han sido muy útiles los testimonios del académico y conocido médico Juan Rof Carballo, de los doctores Luis Cifuentes y José Luis Rodríguez-Miñón, y de los profesores José Perianes –que trabajó a su lado en el Hospital General–y José Botella Llusiá. También nos sirvieron los recuerdos de don Anastasio Gómez, que le pasó a máquina la tesis doctoral.

Debemos una útil información sobre las oposiciones de 1946 al profesor Balcells, que fue uno de los opositores, al doctor Alfonso Merchante –que le ayudó en su preparación– y al doctor Silvano de las Heras que, por afición e interés, asistió a todos los ejercicios, de los que guarda unas notas sumamente completas.

Con respecto a la época granadina nos han ayudado mucho los testimonios de los profesores Antonio Fontán, Rafael Gibert, Manuel Alvar y Fernando Reinoso –que fue discípulo suyo, y más tarde compañero de claustro y decano en Pamplona–, así como los de los profesores Francisco Escobar del Rey y Gabriela Morreale, del doctor Francisco Morata –que nos dedicó, generosamente, muchas horas de su tiempo–, de don Miguel Zúñiga y de don Amador García Bañón. También nos ayudaron con sus observaciones y recuerdos don Emilio Bonell, don Ignacio Orbegozo, don Ernesto Santillán, don José María Báscones y don Ramón Montalat.

Han sido muchas –y somos conscientes de que hubieran podido ser muchas más– las personas que, con gran disponibilidad y confianza, nos han ayudado con su información sobre los años de Pamplona: desde los profesores Juan Jiménez Vargas y Jesús Prieto Valtueña y el doctor José Miranda, que fueron de los primeros entrevistados, hasta el profesor José González Castro –con quien pudimos dialogar en Granada–, pasando por los profesores Ismael Sánchez Bella, Álvaro d’Ors, Gonzalo Herranz, José María Macarulla, Jesús Vázquez, y los doctores –muchos de ellos con tareas universitarias también– José Luis Arroyo, Antonio Brugarolas, José Cañadell, Federico Conchillo, Ramón Díaz, Nicolás Guindo, Jesús Honorato, Guillermo López, Ignacio Lucas, Salvador Martín Algarra, Manuel Martínez Lage, Emilio Moncada, Alberto Oehling, Juan Antonio Paniagua, José Antonio Pérez Cabaleiro, Andrés Purroy, Antonio Rivero, José Richter, Eduardo Rocha, Miguel San Julián y Javier Teijeira.

Un grupo de enfermeras –Atita Alzugaray, Josefina Antonio, Lupe Arribas, Mayte Díaz, Josefina Escós y Teresa Espadas– nos aportaron ideas excelentes sobre cómo las formaba don Eduardo en su tarea. De Mari Carmen Marcotegui tuvimos la oportunidad de utilizar una utilísima grabación.

Existe un grupo de personas con ocupaciones diversas que también han contribuido con valiosos testimonios: Elika Ardanaz, compañera de Laurita en su época universitaria; la periodista Inés Artajo; María Dolores Barrio, secretaria del Departamento de Medicina Interna a lo largo de una etapa importante de la vida de Ortiz de Landázuri; don Luis Baturone; don José Luis Calvo; don Alejandro Cantero; don Íñigo Coello de Portugal –con su mujer Tona– y don José Luis García, que convivieron con él estrechamente en las tareas de la Asociación de Amigos de la Universidad de Navarra; don José Luis Díaz; don Felipe Esparza; don Luis García Meseguer; la doctora Carmen Gómez Lavín; don José Luis González Simancas, el doctor australiano Ben Haneman; don Miguel Ángel Monge; don Francisco Montes; don Miguel Ángel Montijano; don Juan Francisco Montuenga; don Javier Nagore; don Ramón Serrano Suñer; los hermanos Juan y Felipe Villar; y Mari Cheli Unzué.

El coronel don Jacobo Boza López-Escobar nos facilitó copias de las hojas de servicio del padre y del hermano de don Eduardo.

Nuestra gratitud incluye muy especialmente al profesor José Antonio Vidal-Quadras y a don Eduardo Guerrero, por su minuciosa lectura del original, y sus atinadas observaciones.

Un capítulo especial de agradecimiento merecen los familiares de don Eduardo: sus tías Margarita, Mariita y Margot; su sobrino don Francisco de Asís Martín Fernández de Heredia; su yerno el profesor Juan Cruz Cruz; y los hijos de don Eduardo. Para finire in belleza queremos dar las gracias, de todo corazón, a Laurita, su viuda, ya fallecida, con la que –como autores de este libro– tenemos una deuda difícil de pagar. Y, por último, don Eduardo: con sus papeles –de alguna manera con él mismo– hemos pasado muchas horas. La lectura de estos documentos no ha sido una tarea fría de investigación, sino una convivencia cálida con su autor, recobrando la memoria y las vivencias que aún conservábamos de su trato afable. Él nos ha enriquecido con su hombría de bien y con su ejemplo esforzado de vivir las virtudes de un hijo de Dios, con un ahínco cada día mayor.