3. Infancia y adolescencia

Segovia tiene mucho de galeón anclado en la meseta. Las torres y chapiteles del alcázar y la catedral dan a la ciudad un porte de navío sin velas, pero con mástiles de piedra. Emergiendo en la confluencia bucólica del Eresma y el Clamores, sobre tajos boscosos, Segovia ofrece su mascarón encastillado a todos los vientos y a todos los soles.

Las nieves de Somosierra, Navacerrada y Guadarrama tienden su blanca y agreste escenografía contra el límpido y terso azul de los cielos. El aire es sutil, transparente, y atraviesa con su espada las masas arbóreas, los verdes palaciegos de Riofrío y los jardines versallescos de La Granja.

La capital labra en sus muros dorados siglos de historia, enlazados por la cabalgadura firme del acueducto romano. Y luego están las iglesias y la ermita de la Vera Cruz y las callejas estrechas y los portales y los patizuelos, y esa gran sala de estar segoviana que es el Azoguejo.

En esta hermosa ciudad y en el ambiente castrense de la Academia de Artillería pasaron varios años de la infancia y adolescencia de Eduardo Ortiz de Landázuri. Aquí nació —en el domicilio familiar de la calle José Zorrilla, frontero a la iglesia y plaza de Santa Eulalia— a las cinco de la mañana del 31 de octubre de 1910. Le pusieron como nombres los de Eduardo María Enrique: el primero por su abuelo, y Enrique por su tío, que fue su padrino.

Esa noche cayó la primera gran escarcha de la temporada, de la que quedó constancia en el diario local.

Su padre, don Manuel, que entonces tenía veintinueve años, inscribió el nacimiento del niño, segundo de sus hijos, en el Registro Civil e12 de noviembre.

Al día siguiente, «El Adelantado de Segovia» (Diario de Información y de Intereses generales y Locales), que dirigía Rufino Cano de Rueda, dio la noticia del natalicio, con el estilo propio de la época, en su sección de sociedad: «Ha dado a luz, con toda felicidad, un robusto niño, la distinguida y bella consorte del bizarro primer teniente de Artillería, con destino en el Regimiento de Sitio, D. Manuel Ortiz. Reciban los virtuosos padres nuestra cordial enhorabuena, que hacemos extensiva a la abuela del recién nacido, Sra. Marquesa de Torre Alta». Y el día 4 de noviembre el mismo diario publicaba una información sobre la proposición de ley para subir los sueldos a los artilleros, quizás para confirmar que el recién nacido llegaba también con «el pan debajo del brazo».

Manolo, el primogénito –que había nacido el 4 de agosto de 1909– tenía ya un año y unos meses.

Los abuelos paternos eran Eduardo Ortiz de Landázuri, y Saturnina García, y los maternos, Francisco de Asís Fernández de Heredia y Juana Gastañaga

La familia vivió en Segovia hasta 1915, año en el que don Manuel fue destinado a Madrid. De esos años, de los que el propio Eduardo Ortiz de Landázuri conserva pocos recuerdos, data sin embargo la cicatriz que lució siempre en el centro de su labio superior, como declaró en cierta ocasión a Marino Gómez Santos, que lo entrevistaba para «Tribuna Médica»: «Estaba jugando en un jardín que teníamos allí, en Segovia, cuando me caí». Su propia madre, Eulogia, con una serenidad que elogiaron otros familiares y vecinos, cogió al chiquillo y lo llevó a que le hicieran una cura en el Hospital Militar, que estaba cerca de la casa, en la misma acera.

Quizá las piedras seculares de la ciudad y los paisajes serranos y aquel aire purísimo influirían en la forja de sus años mozos hasta darle un carácter duro, como los roquedos, pero humano y abierto como las buenas gentes de Castilla. Pero, aún más, fue el ambiente de la familia y del entorno militar en que discurrieron esos años el que le dio los rasgos de carácter que siempre lo distinguieron.

Eduardo pertenecía a una familia artillera por ambas ramas, aunque su abuelo paterno había sido veterinario militar. Su abuelo materno, marqués de Torrealta, desempeñó el cargo de Gobernador en Mindanao, en las Islas Filipinas, y cuando enviudó contrajo un nuevo matrimonio con Eulogia Gastañaga Aramburu, guipuzcoana de Andoain, que vivía con la familia como institutriz de los chicos, y a la que todos llamaban familiarmente Mimima. Don Francisco de Asís y Eulogia tuvieron tres hijos –Eulogita, Vicente de Paúl y Enrique–, que se unieron a los cinco del primer matrimonio.

Eduardo no conoció a ninguno de sus abuelos, pero sí a las dos abuelas, con las que pasó muchos años de su infancia y juventud, pues Mamamena, la abuela paterna, murió en 1930, y Mimima en 1942. De Mimima recordó siempre los villancicos que le cantaba con una voz bien timbrada.

Los padres de Eduardo habían iniciado su noviazgo en Melilla, y contrajeron matrimonio el 30 de septiembre de 1908 en el santuario de la Fuencisla, la patrona de Segovia, próximo al Parral y al convento de los carmelitas en el que se veneran los restos de San Juan de la Cruz.

Francisco de Asís, el tercero de los hermanos, nació también en Segovia, y murió a los tres años de edad.

Cuando fueron a Madrid en 1915, la capital de España era en aquellos tiempos un lugar agradable para vivir, poblado por gentes con buen humor y en el que se conservaban hábitos y costumbres como los recogidos en las zarzuelas. Los tranvías bajaban renqueantes por las calles, y las señoritas y los «gomosos» paseaban por los bulevares. Mientras Europa se enfrentaba trágicamente en los campos de batalla de la Primera Guerra Mundial, los españoles eran neutrales y las disputas se limitaban a debates en la prensa y charlas de café, donde aliadófilos y germanófilos exponían con vehemencia sus estrategias sobre las mesas de mármol, representando los movimientos militares con desplazamiento de tazas, copas y vasos.

Se ha escrito un libro en el que curiosamente se hace mención del ambiente de aquellos años en Madrid y además se cita expresamente a la familia Ortiz de Landázuri. Su autor, Luis Serrano de Pablo, fue compañero de adolescencia de Eduardo y así lo cuenta en esta obra que luce el título de Contribución a la Historia del Cuerpo de Artillería.

Se lee en este libro que la familia de Eduardo vivía en la calle de Fuencarral, cerca de San Mateo, en una casa que Serrano recuerda como inmensa «porque nos permitía jugar a cualquier cosa». Había una gran amistad entre las familias; incluso vestían a los niños con modelos iguales, comprados en el Corte Inglés, lo que les daba apariencia de hermanos. Muchas tardes tomaban el tranvía 11, que recorría los bulevares, y bajaban a Rosales, a jugar en el Parque del Oeste, «junto a las tapias que daban al ferrocarril». Cuando atardecía, las dos familias, los Serrano de Pablo y los Ortiz de Landázuri se reunían en las mesas que rodeaban el templete de la música —ahora inexistente— y cenaban con los bocadillos de tortilla de patata y merluza, preparados en casa, que acompañaban con cerveza. Los dos cabezas de familia solían llegar tarde a estas reuniones, pues sus ocupaciones profesionales los retenían hasta el fin de la jornada.

En Madrid nació Guadalupe, la última de los hermanos Ortiz de Landázuri, el 12 de diciembre de 1916.

Serrano conserva recuerdos de Don Manuel. Lo ve sentado junto a su mujer, con las lentes de pinza caladas, porque decía que «oía mejor» viendo a los músicos de la Banda Municipal. Lo recuerda dirigiendo las largas excursiones a pie, con los chicos, con una organización casi militar, que incluía el diseño de los itinerarios, la elaboración de croquis y la aplicación de los métodos de medir que utilizaban los artilleros. Comían en algún pueblo de los alrededores y regresaban a Madrid, mucho más cansados, pero con el mismo aire marcial.

Una fotografía, fechada el 5 de mayo de 1917, muestra a los dos hermanos, Manolo y Eduardo, vestidos con traje azul de marinero, con pantalón largo, ancha banda cruzándoles el pecho, gran lazo en la manga izquierda, y guantes blancos, el día de la primera comunión. Por cierto que en vísperas de la comunión fueron al peluquero, y éste peinó a Eduardo con un rizo cayendo sobre la frente, muy de la época, que a él no le gustó. Tampoco agradó a su padre, que le hizo volver a la peluquería para que se lo quitaran y que le dejaran un peinado más sobrio.

Tenía Eduardo diez años cuando su tía Paula Ortiz de Landázuri ingresó en la congregación de las Madres Adoratrices, y se trasladó, como maestra de música, al convento que éstas tenían en la calle de la Princesa de Madrid. Con ella coincidiría en su etapa granadina, y a su muerte, en 1982, escribió estas líneas dirigidas a la Superiora del convento: «Recuerdo su actividad, su alegría y su gracia para buscar medios económicos para hacer tanto bien. Se peleaba con la sonrisa en los labios y sin perder la paz, pero hablando claro para convencer a ministros y gobernadores».

Por aquella época se produjo un incendio en el edificio donde vivían en la calle de Fuencarral, que llamaban la casa de los capitanes, porque en ella se alojaban varios militares, entre los que se contaban su padre y sus tíos Paúl y Enrique. Debió de ocurrir este hecho a las cuatro de la mañana en el verano de 1920. Empezó, al parecer, por la combustión de unos productos químicos en una droguería vecina y el fuego se extendió al último piso de los cinco de la casa –encima del que habitaba precisamente la familia Ortiz de Landázuri–, que quedó destruido, afortunadamente sin víctimas, porque sus dueños estaban de vacaciones. Tío Paúl, con toda serenidad, para no perder los tempraneros ejercicios de instrucción de su regimiento de Conde Duque, apareció vestido de Capitán de Húsares de la Princesa, con la elegante guerrera amarilla y las botas altas de charol. Don Manuel sacó en brazos a Guadalupe que tendría tres años. La familia, según recordaba don Eduardo años después, se refugió en aquella madrugada en el café que había enfrente de la casa.

Afectaban a España continuamente las convulsiones de la guerra de Marruecos, que tuvo un momento culminante en el desastre de Annual, en 1921, y esos sucesos vinieron a alterar la vida de la familia. Don Manuel, al ascender a comandante, fue trasladado a Larache por un tiempo, y tío Paúl marchó también circunstancialmente a Melilla con su escuadrón, en el que iba el Infante don Alfonso, hijo de la hermana del Rey.

Serrano escribe que el trato con los Ortiz de Landázuri fue intenso en los años de 1918 a 1923. Y mantiene vivo el recuerdo de don Manuel, como si se tratara de un segundo padre, que sabía hacer disfrutar a los pequeños mientras, al mismo tiempo, se aseguraba de que no se desmandara la disciplina. Se separaron cuando la familia Ortiz de Landázuri regresó a Segovia –para vivir esta vez en la calle Cañuelosuna vez que Manolo, el hijo mayor, ingresara en la Academia de Artillería, por cierto, con permiso de edad otorgado por el marqués de Alhucemas, a la sazón presidente del Consejo de Ministros. En ella permaneció hasta 1928, con el número uno de su promoción. Don Manuel se incorporó a la Academia como profesor y se hizo cargo de la materia de Topografía.

Eduardo había terminado sus estudios del tercer curso de Bachillerato en los Agustinos de la calle Valverde el año en que los Ortiz de Landázuri regresaron a Segovia. Pero él permaneció en Madrid.

Aunque sentía una atracción hacia la profesión militar, que era la tradicional en la familia, sorprendió con su deseo de prepararse para el ingreso en la Escuela Naval. No había visto nunca el mar, pero esto mismo, como declaró en 1965 a Marino Gómez-Santos, fue un acicate para ingresar en la Marina:

– Precisamente el hecho de no haber visto nunca el mar me impulsó a verlo no ya como un simple turista, sino formando parte de una formación o cultura marinera, declaró al entrevistador–. Durante un año que vine a Madrid asistí a una academia que entonces era muy famosa como preparadora para la Escuela Naval Militar de San Fernando. Se llamaba la Academia Suanzes.

Comenzaba las clases a las siete de la mañana y tenía que ir andando, todavía de noche y en pleno invierno, desde la casa de su abuela y de sus tíos en Trafalgar hasta la calle de don Ramón de la Cruz, recorriendo casi cuarenta y cinco minutos de camino. La primera lección la daba don Saturnino Suanzes que, como buen marino, era persona enérgica y exigía una puntualidad absoluta. Don Saturnino, director de la academia y capitán de navío, era un hombre de aspecto distinguido, bien plantado, con blancos bigotes, y manos siempre pulcras, que llegaba a explicar complejos problemas de trigonometría esférica. Para un adolescente como Eduardo este personaje resultaba un tipo imponente, y constituía un estímulo adicional en su vocación marinera.

Le suspendieron en el ingreso en la Marina, quizás por ser todavía muy joven, pero la Academia Suanzes fue un paso importante en su formación: no sólo porque la asistencia a las clases le obligara a una disciplina rigurosa, sino también porque la formación matemática que recibió en ella fue una excelente base para el estudio fisiopatológico que cultivó en el campo de la Medicina: «Mis orientaciones dentro del ámbito de la clínica médica –declaró a Gómez-Santos han sido, en gran parte, porque tuve una sólida (dentro de lo relativo, naturalmente) preparación matemática». Por cierto que en 1965 afirmaba: «Me parece que las matemáticas quizás sean, con el latín, las dos asignaturas básicas, que deberían constituir el eje del bachiller».

Abandonado el proyecto de ingresar en la Marina, Eduardo se vio en la necesidad de recuperar el tiempo perdido en el bachillerato; así que regresó a Segovia y, como estudiante libre, cursó los años que le quedaban en el Instituto Nacional de Segunda Enseñanza. La formación adquirida en la Academia Suanzes le permitió alcanzar a sus compañeros sin un esfuerzo especial. En las convocatorias de septiembre de 1926 y junio y septiembre de 1927 hizo los cursos 4°, 5° y 6° del Bachillerato, asistiendo como alumno libre a las clases durante el curso 1926-1927.

Tuvo como profesor de Preceptiva literaria y Literatura española a Antonio Machado, cuyo porte y cuyas clases jamás olvidó. Le llamaban la atención sus grandes botas de cordones, el viejo sombrero flexible de ala ancha que utilizaba, la chalina, aquella chaqueta cruzada con su doble botonadura, y su solapa irremediablemente llena siempre de ceniza. Sentía como una invasión de serenidad cuando contemplaba los andares lentos de Machado, que a sus cincuenta años caminaba ya apoyando su corpulencia en el bastón. Machado, ya mayor, tenía un cutis sonrosado y pulcro, que contrastaba con su indolente desaliño –«ya conocéis mi torpe aliño indumentario»–, rayano en la bohemia.

– Llegaba a media mañana al Instituto, paseaba por los jardines donde nosotros estábamos esperando la entrada y a continuación comenzaba su clase, que era siempre amena, llena de un sabor realmente inolvidable. A todo esto unía don Antonio una bondad infinita, recordaba Ortiz de Landázuri en su conversación con Marino Gómez-Santos. Machado –seguía– fue un ejemplo de cómo la bondad no está reñida con el respeto del alumno al profesor. Esto me ha servido a mí mucho después, durante mi vida profesoral, porque he llegado a convencerme de que el profesor puede mantener perfectamente el respeto de sus discípulos aunque sea una persona muy bondadosa. No es necesario un rigor ni una situación de tirantez para que el estudiante obedezca.

Aparte de este recuerdo, conservaba también, entre otros, el del señor Llovet, que era el profesor de Agricultura y que les daba la clase a la una. En su clase, en la que sólo había una chica, los estudiantes –tanto los veinticinco oficiales, como los dos o tres que tenían la condición de libres– tenían asignado un sitio fijo.

Salía de paseo con su mejor amigo de aquel curso, Carlos Ballinas, un gallego de La Coruña del que luego perdió la pista. Iban con frecuencia a la estación, y en aquellas tardes frías, soplándose las manos, para que no se les helaran, hacían planes para ir algún día a Galicia usando el correo gallego que pasaba al atardecer. El mayor atractivo del viaje era su duración: ¡dos días recorriendo media España para llegar a la tierra de Ballinas!

El año en que Eduardo terminó su Bachillerato, la dictadura del General Primo de Rivera había cumplido su tercer año. Aunque el país había recobrado el orden público, se mantenían latentes muchos de sus problemas, e incluso nacieron otros nuevos. Especial incidencia tuvo el conflicto surgido con el arma de Artillería, que afectó especialmente a la familia de Eduardo.

Se había propuesto el gobierno de Primo de Rivera sustituir el sistema de escala cerrada, que preveía el ascenso por antigüedad, por otro basado en la selección por méritos. El sistema de escala cerrada era un elemento fundamental en el arma de Artillería; precisamente en la Academia de Segovia se guardaba un álbum, que databa de 1901, en el que se había firmado por parte de muchos el compromiso de mantener tal sistema, «ofreciendo por su honor renunciar (por los medios que la ley permite) a todo ascenso que obtengan en el Cuerpo o en vacante de General a éste asignada y no les corresponda por rigurosa antigüedad».

Un Real Decreto introdujo en junio de 1926 el sistema de selección –que a juicio de los artilleros se prestaba al fomento de ascensos movidos por el favoritismo–, y además lo hacía con efectos retroactivos. Los artilleros lo consideraron una agresión, y el general Correa, en escrito al gobierno, se quejaba de una norma que ordenaba quebrantar «un compromiso sagrado, sin ver que nunca la obediencia debida puede obligar al deshonor y la deshonra que fue siempre faltar a la palabra empeñada».

Tras una serie de avatares, los artilleros decidieron recluirse pasivamente en varios cuarteles y, sobre todo, en la Academia segoviana, centro que guardaba, para su transmisión a los cadetes, la esencia del espíritu del Arma. El 7 de septiembre todos los focos de resistencia se habían apagado, y poco después se celebró el consejo de guerra sumarísimo que condenó a una buena parte del profesorado de la Academia a largas penas de reclusión.

Los artilleros fueron conducidos a Pamplona, para su internamiento en el fuerte de San Cristobal, edificado en la cumbre del monte del mismo nombre, que domina la ciudad. La madre de los Ortiz de Landázuri, Eulogia, con algunas otras esposas de los militares condenados, se trasladó a la capital navarra, para estar cerca de su marido: en el álbum familiar se conserva una fotografía del matrimonio –probablemente tomada por el capitán Esteban López-Escobar, otro de los recluidos y gran aficionado a la fotografía– posando ante el paisaje pelado de aquel cerro.

El día 15 de septiembre, tan pronto como se conocieron las condenas de los militares, las fuerzas vivas segovianas comenzaron a moverse para conseguir el mejor trato posible para los artilleros. Y el mismo director de «El Adelantado de Segovia», Rufino Cano, inició una suscripción para constituir un fondo de ayuda económica para las familias de los condenados: «La vida de Segovia –escribió Cano en la carta en que daba cuenta a los lectores de la iniciativa– corre íntimamente unida a la de la Artillería. Aquí nos dejan los artilleros esencias de su espíritu, cuando llegan a Segovia procedentes de diversas comarcas. Ellos, quizás sin notarlo, salen de aquí con influencias segovianas que alguna vez en la vida se revelan. Muchos constituyen su familia con hijas de Segovia. Y en orden a intereses materiales contribuyen poderosamente a la vida de la industria, del comercio y de la propiedad local».

Tras el fallido intento de ingresar en la Marina, a Eduardo se le ofrecía continuar la tradición familiar, que ya había seguido su hermano mayor, e intentar el ingreso en la Academia de Artillería. Pero el conflicto de los artilleros y el disgusto que éste ocasionó a su padre, le impulsaron a desistir de ello, y a replantearse su futuro profesional. Recurrió al expediente de dejarlo al azar: metió en una bolsa todas las posibilidades —o al menos aquellas que le sonaban más— de las carreras que podían cursarse en la Universidad de Madrid: Derecho, Ingeniería, Medicina… Para su sorpresa salió Medicina, la carrera de su tío Antonio Ortiz de Landázuri, médico prestigioso de Sanidad, el único de la familia dentro de la profesión médica.

– Y me gustó —declaró muchos años después a Inés Artajo, que lo entrevistaba para «Diario de Navarra»—, porque todo lo que se estudia gusta, y más cuanto más lo estudias.

En realidad, la Medicina le gustó tanto que la convirtió en profesión y afición o hobby, como se dice ahora con palabra importada del inglés. En 1957, asistiendo a un Congreso de Endocrinología coincidió con don Gregorio Marañón en Valladolid, cerca del Castillo de Simancas. Marañón recordaba los días pasados en el archivo en busca de materiales para sus libros sobre Antonio Pérez y El Conde-Duque de Olivares, y él le preguntó:

– Don Gregorio, ¿piensa que es lógico que el hobby de un médico sea la misma Medicina?

Marañón lo miró con una mirada ya cansada pero llena de afecto, y como si hablara para sí mismo, le respondió:

– Todo depende de la educación. Mi niñez y juventud fueron muy cerca de don Benito Pérez Galdós, vecino al que visitaba mucho. Y como él era quien mejor conoció el siglo XIX, me aficionó tanto a la Historia que fue después mi hobby.

Eduardo decidió renunciar al Ejército, pero se podría decir –y así lo pensó muchas veces su mujer– que le acompañaron los rasgos más hermosos de las virtudes castrenses: el sentido del honor, la capacidad de entrega a una causa noble, la austeridad, el saber vencerse, y la lealtad; sobre todo, la lealtad.

Mientras su padre iniciaba el cumplimiento de su condena en el fuerte del monte San Cristóbal de Pamplona, ciudad a la que se trasladó Eulogia, su madre, Eduardo regresó a Madrid y se matriculó como alumno oficial en la Facultad de Ciencias para cursar el llamado año preparatorio, en el viejo edificio de la calle San Bernardo, en cuya fachada figuraba el rótulo de Universidad Central.

Llevaba consigo, como uno de los tesoros más preciados, los consejos de su padre, escritos tras el consejo de guerra que le condenó a veinte años de reclusión, en los que le recomendaba: que no descuidara su vida cristiana; que respetara y obedeciera a su abuela y tíos; que tuviera cuidado con las amistades; que estudiara con seriedad y no simplemente para aprobar, sabiendo que la satisfacción personal y el éxito profesional dependían de ello; y que fuera juicioso y llevara una vida ordenada.

El curso preparatorio incluía las asignaturas de Geología con nociones de Cristalografia, cuyo profesor era Caballero; Química general, a cargo de Bermejo; Biología con nociones de Microbiología, que explicaba De Buen; y Física General, de la que era responsable Martí. En ese curso, que tenía asignaturas comunes con otras carreras «de ciencias», había 800 estudiantes. Y el choque, para quien procedía de una ciudad como Segovia y de un centro de enseñanza con pocos alumnos, fue muy intenso. «Pero –dijo en cierta ocaSión— tuve la suerte de que aquella impresión primera, en lugar de hacerme decaer, me prestase nuevo impulso».

Al comienzo no podía desechar una cierta inquietud sobre si había elegido bien o no. Tenía la impresión de que no había empezado con gran entusiasmo. Pero a medida que avanzaba el tiempo, y ya en el caserón de San Carlos, próximo a Atocha, donde estaba la Facultad de Medicina, fue ganando soltura y entusiasmo con la carrera.