4. En San Carlos

La Facultad de Medicina estaba instalada en el regio caserón de San Carlos, de traza neoclásica, de piedra gris berroqueña, que tenía anejo el Hospital del mismo nombre, en plena calle de Atocha, esa cuesta que va desde el bullicio castizo de la plaza de Antón Martín hasta desembocar como un afluente urbano en el ajetreo más elegante del Paseo del Prado. Precisamente ese enorme edificio, que tantos años supo de la seriedad académica y del alegre vivir de los estudiantes, hoy es sede del Colegio de Médicos, y tiene enfrente, al otro lado de la calle, al antiguo Hospital General, convertido en Museo de Arte Reina Sofía, especie de Centro Pompidou madrileño.

En aquel Madrid todavía con perfiles galdosianos, la vida de los estudiantes era en la mayoría de los casos, y como se cuenta en las novelas de la época, bohemia y despreocupada. Los jóvenes venidos «de provincias» se hospedaban en patronas, conviviendo con opositores, viajantes, meritorios a algún puesto en la Administración y componentes de las clases pasivas.

Pasear por el Retiro, jugar al billar, mantener animadas tertulias en los cafés, asistir a alguna representación teatral, ir a los bailes de modistillas o revolver volúmenes de segunda mano en las librerías de lance y empeño eran las ocupaciones habituales de la grey estudiantil, junto con la asistencia, no siempre muy asidua, a las clases.

Madrid todavía se parecía a un gran poblachón manchego, ornado por las fuentes, monumentos y jardines erigidos por Austrias y Borbones, muy lejos de la actual urbe, con varios millones de habitantes y tráfico atosigante.

Los catedráticos eran personas de prestigio y autoridad que recibían el saludo respetuoso de ayudantes, discípulos y colegas. Muchos de ellos lucían barba y usaban atuendo severo. Se impartían las clases con ciertos rituales y mucha prosopopeya, especialmente en las Facultades de Letras, aunque Medicina también tenía oradores conspicuos y, por supuesto, afamados maestros. No obstante, esta imagen belle époque, comenzaba a cambiar en esos años, en los que se empezaban a introducir elementos de modernidad y mayor eficacia, con nuevas preocupaciones científicas y docentes.

Eduardo inició sus estudios en el caserón de San Carlos el curso académico 1927-1928 juntamente con otros 250 alumnos, entre los que sólo había diez mujeres; treinta de ellos pasarían en 1930 a la Escuela de Odontología.

En junio de 1982, en unas cuartillas que escribió para un homenaje al doctor Gustavo Pittaluga, evocaba el ambiente de la Facultad y mencionaba su cuadro de profesores: «Predominaba en la facultad el espíritu de la Institución Libre de Enseñanza: D. Teófilo Hernando, Don Juan Negrín, Don Francisco Tello, Don Manuel Márquez, Don Roberto Novoa Santos y, al margen, Don Fernando Enríquez de Salamanca y Don Enrique Suñer. Entre ambas orillas estaban Don Carlos Jiménez Díaz, Don Antonio García Tapia, Don Laureano Olivares y quizá Don León Cardenal».

Los estudiantes acostumbraban a vestir de un modo muy formal, con traje, corbata, guantes, y no raramente con sombrero, lo que les daba un aspecto de señoritos, que contrastaba con los menestrales, obreros y albañiles que circulaban por el entorno de la calle Atocha. No era raro que algunos de aquellos estudiantes vivieran o frecuentaran la Residencia de estudiantes promovida por la Institución Libre de Enseñanza en los altos del Hipódromo, en la calle Pinar. A ella iba algunas veces, para estudiar o trabajar en alguno de sus laboratorios, el joven Ortiz de Landázuri.

Aquel claustro académico, y los estudiantes, daban origen a sucesos diversos, con mucha frecuencia divertidos, como el que más de una vez recordó en su vida Ortiz de Landázuri, en relación con el profesor Hernando. Había, al parecer, un estudiante, que mantenía a su padre en la ignorancia de sus repetidos suspensos. Un día acudió muy alterado a explicarle a don Teófilo, que su padre, sospechando sus embustes, había decidido asistir a sus exámenes. Don Teófilo se ablandó y prometió preguntarle la lección 25. Llegó la hora del examen y Hernando cumplió su promesa; con gran perplejidad vio que el alumno no respondía nada. Bajando la voz, interrogó al estudiante acerca de si se había equivocado de lección. Ante el asombro de don Teófilo, el estudiante le contestó en un susurro: «Es que no ha venido mi padre».

Negrín, que fue profesor suyo en el curso 1928-29, no parecía preocuparse mucho por los estudiantes, y sin embargo formaba con interés a sus ayudantes. Andaba por los cuarenta años y no era raro que apareciera en la clase de las nueve medio dormido, después de una noche animada, alternando en algún cabaret.

Ortiz de Landázuri conservó las papeletas de exámenes de casi todas las asignaturas de su carrera de médico en unas modestas carpetas de color azul. Esos documentos tienen la firma de los respectivos profesores, fechas de las evaluaciones, sellos, pólizas y demás requisitos burocráticos. Tan sólo cambian los escudos que acompañan al membrete de la Universidad Central: las primeras papeletas conservan el blasón monárquico, con el toisón, las lises en el centro y la corona real; mientras que las últimas tienen el escudo republicano con la corona murada.

Obtuvo notable en todas las asignaturas del primer curso: Anatomía 1°, Técnica 10, e Histología. Al curso siguiente mejoró los resultados: le dieron sobresaliente en Anatomía 2°, en Técnica 2° y en Fisiología, que hizo con Juan Negrín. En el curso 1928-1929 consiguió también un sobresaliente en Anatomía Patológica. Y le dieron Matrícula de Honor en Patología general, y obtuvo notable con Novoa Santos.

Su tío Antonio, médico de Sanidad, le había aconsejado asistir al laboratorio de Parasitología y de enfermedades tropicales, que el científico de origen italiano don Gustavo Pittaluga Fatorini había instalado en la buhardilla del edificio de San Carlos. En el curso 1930-1931, Eduardo opositó a la plaza de interno del Departamento, la ganó, y se incorporó plenamente a sus actividades, que incluían –nada menos– que dar las clases prácticas a los alumnos de doctorado. Pittaluga «tenía a la sazón algo menos de sesenta y cinco años: fino, elegante, brillante, con una viveza atrayente en su mirada tras unos gruesos lentes que denunciaban con la prominencia de sus ojos, su indudable miopía. Su talante era mezcla de reciedumbre y cortesía. Dominaban en don Gustavo dos actitudes paralelas: el afán de ayudar a los jóvenes y su tenaz afán por el conocimiento de la biología, lo que lograba compaginando los hallazgos microscópicos, como excelente citólogo, su dedicación al estudio y las observaciones clínicas». Así lo describía Ortiz de Landázuri muchos años después.

Pittaluga, masón conocido y médico de la aristocracia, que llegó a ser diputado en las Cortes españolas, y era un hombre rico en anécdotas, tomó especial afecto al joven Ortiz de Landázuri, cuyo entusiasmo y aplicación al trabajo le admiraban. Con frecuencia le invitaba a cenar a su casa, en compañía de su mujer, María Victoria, y de sus tres hijos, Gustavo, Mario y Carlos. Mientras su mujer y los hijos mantenían conversaciones banales sobre los tiquismiquis de la Corte en la transición de Primo de Rivera a la República, don Gustavo se desahogaba con Eduardo, contándole sus problemas en la Facultad, en la Escuela de Sanidad y en la Academia de Medicina. El joven estudiante escucharía con aquella atención que ponía al hablar con alguien, como si nadie más existiera en el mundo.

También le daba Pittaluga consejos útiles para la vida profesional. Así, por ejemplo, le decía: «Cuando vayas a ver a un enfermito, dale un beso, habla con el padre, y dile un fino piropo a la madre».

Nada menos que don Manuel García Morente, el ilustre filósofo que fue rector de la Universidad de Madrid y acabó su vida siendo sacerdote después de una conversión que él mismo ha relatado con el título de «El hecho extraordinario», por ser Subsecretario de Instrucción Pública firmó el nombramiento de Eduardo Ortiz de Landázuri como «Alumno interno de la Facultad de Medicina de Madrid, adscrito al laboratorio de Parasitología, con la remuneración de mil pesetas anuales». El escrito lleva fecha del siete de febrero de 1931. El nombramiento tenía su importancia en la universidad de aquel entonces, según se confirma con otro documento que también conservó en su archivo personal: su recepción como socio de número del Ateneo de Alumnos internos, que estaba reservada a quienes habían alcanzado ese grado. En ambos documentos se reitera que la plaza había sido obtenida por «pública oposición».

El padre de Eduardo, una vez resuelto definitivamente el problema de los artilleros, y repuesto en su grado y posición, fue destinado a Marruecos, donde permaneció hasta 1931. Por esta razón, el joven universitario pasaba parte de las vacaciones de verano en Tetuán. Precisamente en estas tierras africanas Eduardo realizó sus primeros trabajos de investigación médica; su interés por la Medicina le hizo compaginar las horas de descanso con las jornadas de estudio. A esta etapa pertenecen estudios como «Parasitismo intestinal en la zona del Protectorado de España en Marruecos», publicado en la Revista de Medicina de los países cálidos, n° 3, mayo 1932; o «Fórmulas leucocitarias en indígenas de Tetuán (Marruecos)», que apareció en la publicación Trabajos, no 19, en 1933. Cuando hizo estas investigaciones tenía diecinueve años.

Eduardo recuerda aquellos veranos marroquíes años más tarde. En carta del 2 de febrero de 1976 escribió a Nene Vázquez de Noriega, condesa de Torre Hoyos: «Recuerdo siempre el cariño que te tenía Guadalupe y por ello te mando un recordatorio de mi madre y de ella. Así juntas las podrás tener en tus oraciones. Mi madre os quería mucho desde aquel Tetuán de 1928-31 simpático y grato de la Alta Comisaría, los Condes de Jordana y un conjunto de familias que nos reuníamos en la Hípica y en Río Martín con tu padre y el mío en el inolvidable Cuartel General».

En Tetuán se reunía con una pandilla de chicos y chicas que paseaban por la Plaza de España, iban a la hípica a montar a caballo, y también a la playa de Río Martín, donde él también encontraba tiempo para estudiar alemán. Entre las imágenes de aquellos veranos, Eduardo evocaba más tarde «la pequeña ‘corte’ de los Condes de Jordana, en la maravillosa ciudad de Tetuán, tan limpia entonces, con una blancura sólo comparable a la de Sale, al lado de Rabat, y en donde los viernes el simpático Jalifa, que tanto quería a España, y Juan José Aracama, su médico, iba saludando a los chiquillos, moros y cristianos, con algún judío, que con toda paz le miraban asombrados, al verle sobre su gran caballo con su vistosa chilaba bajo la amplísima sombrilla que portaba un esclavo negro gigantesco. ¡Qué épocas tan diferentes con sólo medio siglo de distancia!», concluía.

Además, Eduardo aprovechó aquellas circunstancias para hacer, como voluntario, su servicio militar. Consta en su cartilla militar núm 2342598, sellada en la Caja de Recluta núm. 13 de Cádiz, que se alistó como voluntario el 19 de julio de 1928. Don Jaime Alberti Moncada, comandante mayor de la Comandancia de Artillería de Ceuta, cuyo primer jefe era el teniente coronel don Ricardo Moltó y Moltó, le expidió un certificado, en febrero de 1931, en el que consta «que el artillero que fue de este cuerpo D. Eduardo María Ortiz de Landázuri y Fernández de Heredia, ha prestado sus servicios en el mismo desde Julio de mil novecientos veintiocho, hasta fin de julio de mil novecientos treinta, en clase de artillero 2°, habiendo observado intachable conducta». De acuerdo con una cierta rutina, en la cartilla militar, al valorar sus condiciones se anota que el valor «se le supone» y se califica de «bueno» en el resto de las condiciones valoradas: conducta, amor al servicio, disposición, aplicación, carácter, aseo, salud, etc.

En uno de aquellos años Pittaluga tuvo que ir a Tetuán para realizar algún trabajo profesional, y aprovechó para saludar a los padres de Ortiz de Landázuri y elogiar a su hijo, por sus cualidades como estudiante.

En 1930 comenzó Eduardo el cuarto curso de la carrera, que resultó decisivo para su futuro. Tenía como catedrático de Patología y Clínica Médicas a un joven profesor de 30 años, que había ganado la cátedra de Sevilla en 1927 y luego se había trasladado a Madrid. Se llamaba Carlos Jiménez Díaz, y daba su clase de las nueve en el Hospital Universitario de San Carlos. Llegaba con su bata abrochada por delante que dejaba bien a la vista la corbata de lazo, y entraba en el aula en la que los estudiantes, como era usual en la época, le recibían en pie. Alrededor de la mesa que presidía el aula estaban los colaboradores e internos de la cátedra. Enseguida comenzaba la clase. La lección constaba de dos partes. En los primeros quince minutos don Carlos hacía la anamnesis hojeando la historia clínica y preguntando al enfermo, con cortesía y delicadeza, sobre los síntomas de su enfermedad. Luego comenzaba la segunda parte de la lección, que se prolongaba hasta que, ya pasada la hora de terminar, el bedel abría la puerta y anunciaba:

– Señor profesor, la hora.

En esos cuarenta y cinco o más minutos don Carlos estudiaba la enfermedad del paciente proyectando en ella la fisiopatología, la clínica y la posible terapéutica. Eran unas clases excelentes que solían atraer a estudiantes de otros cursos. Aquel joven catedrático, que iniciaba la renovación de la Medicina española estaba llamado a ser la segunda persona más influyente en la vida de Eduardo.

En la entrevista que le hizo Marino Gómez-Santos en 1965, don Eduardo le dijo:

– Desde la primera clase supuso para todo nuestro curso, y de una manera personal para mí, algo que es indescriptible. De todas las promociones que han pasado por San Carlos es posible que la que más profundamente se ha adherido y ha contribuido a seguir la ruta de don Carlos fue aquella promoción que empezó en el curso 1931-32 y terminó en el 1933-34. Las clases de don Carlos Jiménez Díaz, entonces y siempre, tenían aquel sabor de práctica médica unido a un profundo conocimiento patogénico. Sabía perfectamente imbricar lo teórico con lo práctico, lo sencillo con lo complicado, incluso lo científico con lo artístico. Porque yo creo que una de las características más sobresalientes de la egregia figura de don Carlos Jiménez Díaz es su espíritu artístico. Los esquemas que hacía en la pizarra, las anotaciones, las clasificaciones, cuando alguna vez pintaba el rasgo de algún síntoma o alguna alteración anatomopatológica, eran maravillosos. Se veía claramente en la rapidez, en la perspectiva e incluso en cómo movía la tiza, ese espíritu artístico que yo creo que ha contribuido de manera muy poderosa a la orientación verdaderamente excepcional, que hoy hace de don Carlos Jiménez Díaz una de las figuras más importantes del mundo de la medicina interna.

El curso académico 1930-31 fue de gran agitación en todo el país, en Madrid, en su Universidad, y sobre todo en la Facultad de Medicina, en la que se produjeron los acontecimientos más tensos. Tras el fracaso de la sublevación de Jaca en diciembre de 1930, los estudiantes tomaron partido por los sublevados y comenzaron a pedir la amnistía de Galán y García Hernández. En los últimos días de marzo de 1931, se decretó el cierre de la Facultad para evitar las manifestaciones. Pero esto no fue suficiente. Mola, a la sazón director general de Seguridad, refiere en sus memorias que la víspera del 25 de marzo recibió la visita de una comisión de estudiantes de Medicina para pedirle autorización para manifestarse; él recibió sólo a dos de aquellos jóvenes: uno de ellos, escribió Mola, se llamaba Lomo, y no era otro que el compañero que convivía con Eduardo en la pensión de doña Eustaquia, en la calle de Jorge Juan. No hubo acuerdo con Mola, y los estudiantes, entrando en la Facultad y encerrándose en ella el día 25, se enfrentaron a las fuerzas del orden, lo que produjo choques violentos e incluso disparos de armas de fuego. Los historiadores se refieren a estos hechos como «los sucesos de San Carlos».

Ortiz de Landázuri había sido elegido aquel año vicepresidente de la FUE, la Federación Universitaria de Estudiantes, de inspiración izquierdista y republicana, próxima a la Institución Libre de Enseñanza, en la que convivían estudiantes idealistas y agitadores casi profesionales. Que Ortiz de Landázuri pertenecía a los primeros parece claro, teniendo en cuenta su seriedad, su amor al trabajo, su patriotismo, y su deseo de una España mejor. Su papel en todos estos sucesos no está documentado, pero cabe suponer que tuvo algún protagonismo en ellos.

En la víspera del 12 de abril, día de las elecciones, Eduardo acompañó a don Gustavo Pittaluga, en el coche que conducía uno de sus hijos, Mario, al palacio de Liria, para que Pittaluga viera a la Duquesa de Alba, que se encontraba enferma. Cuando salió don Gustavo de la consulta, le preguntaron:

– ¿Qué dicen de las elecciones de mañana?

Pittaluga respondió:

– He hablado con el Duque de Alba y con el de Miranda, el Jefe de la Casa Civil del Rey, y coinciden en que habrá una reacción republicana, pero que ganarán los monárquicos.

Eduardo y el hijo de don Gustavo, convencidos republicanos, comenzaron a asegurar que estaban equivocados y que perderían los monárquicos. Pittaluga –«amigo siempre de sus amigos», como escribió más tarde Ortiz de Landázuri– cambió de conversación.

Estuvieron acertados los jóvenes, no porque se produjera un claro triunfo republicano en toda España, pero sí porque su victoria en las principales capitales forzó el exilio del Rey y la proclamación de la Segunda República. Ortiz de Landázuri la acogió con satisfacción.

Con la República se reunió de nuevo la familia. Su padre, que había tenido que escapar a uña de caballo con el Conde de Jordana de la Alta Comisaría en Tetuán, cuando aquella fue asaltada por las huestes, pidió destino en Madrid. Alquiló una casa en la plaza de Santa Bárbara –nada más propio para un artillero–, en el mismo edificio que tenía el café La Mezquita en la planta baja.

Eduardo había pasado los años anteriores en diversos alojamientos. Primero con una hermana de su abuelo, Angustias Fernández de Heredia y Pérez-Tafalla, en la calle Leganitos, desde la que iba a comer con frecuencia a la casa de otros familiares. Todos le querían mucho porque, aparte de ser cariñoso, tenía fama merecida de muy buen estudiante. Más tarde se alojó en una pensión que regentaba doña Eustaquia, en donde vivía con su compañero de curso Luis Lomo, que era un buen jugador de rugby. También vivía en la pensión el capitán Claros, cuya vida sedentaria –se levantaba tarde y no perdonaba la siesta– contrastaba con la que llevaban los estudiantes. No obstante, Luis se unía a la partida de cartas habitual entre el capitán, doña Eustaquia y su sobrina, mientras que Eduardo se encerraba con los libros.

– Yo era un hombre estudioso; me gustaba estudiar –declaró en cierta ocasión a la periodista Rosa Echeverría–. No es que fuera muy inteligente ni muy valioso, pero sí estudiaba, y a medida que iba estudiando cada vez me gustaba más la carrera y terminé sintiendo una ilusión enorme. Esta ilusión fue naciendo en el transcurso de mi propia carrera, en mi propio curriculum.

El regreso de sus padres y su hermana Lupe desde Tetuán le permitió trasladarse a aquella casa de Santa Bárbara, que quedó unida definitivamente a la historia de la familia.

Es bien sabido que la República no tuvo buen comienzo y que suscitó en muchos de sus promotores reacciones inmediatas de desencanto, como fue el caso de Ortega y Gasset. Uno de los sucesos lamentables de este período fue la quema de iglesias y conventos, que se produjo en mayo.

Precisamente pasado un mes desde la instauración del nuevo régimen, y poco más de una semana desde la quema de iglesias y conventos, tuvo Ortiz de Landázuri una actuación destacada con motivo de la inauguración de un monumento a Cajal, erigido en el patio de San Carlos, por iniciativa de la Asociación Profesional de Estudiantes de Medicina, rama de la FUE.

Por alguna razón no documentada, el Presidente de la FUE, Antonio Vázquez López, no pudo participar en ese acto, y Eduardo tuvo que sustituirle. Muchos años más tarde Ortiz de Landázuri supo casualmente que Vázquez López, exiliado después en Inglaterra, se había quitado la vida.

El joven Ortiz de Landázuri fue a visitar a don Niceto Alcalá Zamora, presidente del gobierno provisional, para que asistiera al acto. En su lugar, don Niceto envió al riojano Marcelino Domingo, del partido radical socialista.

El acto se celebró el 20 de mayo de 1931. Ortiz de Landázuri, a sus veinte años, pronunció un vibrante discurso del que se hizo eco toda la prensa, y que «El Sol» del día 21 reprodujo íntegramente. El diario gráfico de Montiel, «Ahora», dedicó la portada al acontecimiento, aunque erróneamente atribuyó a Eduardo la Presidencia de la FUE. En la fotografía se ve el monolito en piedra blanca, rebasando en casi dos metros a los asistentes –enseguida fue apodado como El Lápiz–, que representa al Nobel español, con un libro abierto en su mano derecha. Un gran grupo se apiña alrededor de la estatua; y, ante ésta, en el centro del grupo destaca en actitud retórica, con el brazo izquierdo levantado, señalando a su espalda la escultura, y la cabeza erguida y un poco echada hacia atrás, Eduardo Ortiz de Landázuri. Más abajo, se ven los rostros del ministro, del rector, de algunos profesores y de muchos estudiantes.

Eduardo, elevando la voz, pronunció su discurso, dominando con su gesto y su mirada a aquella multitud que atendía a sus palabras:

«La Asociación Profesional de Estudiantes de Medicina, al levantar en el patio de nuestra Facultad este monumento a Cajal, no lo ha hecho con el fin de hacer inolvidable su labor. Los estudiantes de Medicina no podemos olvidar a Cajal, porque desde el primer día de clase hasta que terminamos la carrera tenemos múltiples ocasiones de comprender su magnífica labor.

»En todos los aspectos, y sobre todo, al leer en libros y revistas extranjeros su nombre, al lado de aquellos sabios, para nosotros un poco mitológicos, que unidos van aclarando los misterios de la Naturaleza, sentimos una gran alegría al ver qué alto ha puesto el nombre de la Universidad española.

»Por eso no hemos erigido este monumento para recuerdo de su obra, pues para recordar a Cajal sólo hace falta una cosa…: estudiar.

»Tampoco ha sido el criterio de nuestra Asociación al inaugurar este monumento glorificar en la medida de nuestras fuerzas su nombre, pues si con ese fin se hubiese hecho no hubiese sido bastante este sencillo monumento, sino que hubiera sido necesario uno de gigantescas dimensiones, si es que de alguna manera material se puede glorificar su vida.

»Al levantar este monumento hemos querido hacer con él patente una ilusión, un ideal de los universitarios españoles –y en particular de los estudiantes de esta Facultad– de amor hacia la Universidad.

»Los inconvenientes que las distintas Juntas directivas han tenido que salvar para que hoy podamos tener en nuestra casa la estatua de Cajal, es la historia de estos tristes años, en que fuimos diariamente atropellados por defender por encima de todo los intereses universitarios.

»Este gran amor que sentimos hacia la Universidad es lo que nos movió a tener en ésta a Cajal, para que él, que fue el que más alto puso el pabellón de la Universidad española, nos guíe en esta lucha que hemos emprendido para engrandecerla.

»Damos gracias al Gobierno provisional de la República, que con su presencia en este acto, tanto nos honra, y al mismo tiempo le saludamos en nombre de los universitarios españoles, por ser esta la primera vez que se relaciona oficialmente con nosotros.

»Unámonos –concluyó– profesores y alumnos, y juntos: ellos enseñando y nosotros aprendiendo, gobernemos nuestra Universidad, seguros de nuestro éxito, poniéndola como meta de nuestros afanes, colocada ya a la altura que consiguió ponerla Cajal, y así contribuiremos en la medida de nuestras fuerzas al engrandecimiento de la naciente República española».

Una ovación entusiasta acogió estas palabras. Luego hizo uso de la palabra el profesor Tello, discípulo y heredero de la cátedra de Cajal, que leyó unas cuartillas del investigador aragonés, pasadas a máquina con toda diligencia por la secretaria de Cajal. De hecho, Cajal –que no había querido participar de ninguna manera en la inauguración del monumento oficial, obra de Macho, que poco tiempo atrás se le había levantado en el Retiro— vio con simpatía este otro monumento, por haber sido promovido por los estudiantes y envió a última hora las mencionadas cuartillas. La Orquesta Universitaria, que dirigía el maestro Benedito, interpretó varias veces el himno de Riego y otras composiciones. La estatua de Cajal, obra del chileno Lorenzo Domingo, ex alumno de la Facultad, quedó incorporada al paisaje del patio de San Carlos. Poco después Eduardo, acompañado de otros estudiantes, fue a visitar a don Santiago a su domicilio para agradecerle sus cuartillas y darle cuenta del homenaje.

El 18 de junio de 1931 Jiménez Díaz firmó la papeleta con el sobresaliente y Matrícula de Honor de Eduardo Ortiz de Landázuri. La misma calificación le dieron en Obstetricia; inferiores fueron las de Anatomía Patológica y A. Topográfica (notable) y Oftalmología (aprobado). En el curso 1931-1932 mantuvo la Matrícula de Honor en Médica 2°, le dieron un sobresaliente en Quirúrgica 2°, notable en Obstetricia y Ginecología 2°, y aprobó Pediatría y Oto-rino-laringología. Finalmente, en el 32-33 consiguió otra Matrícula en Médica 3°, sobresaliente en Higiene y Medicina Legal, y aprobado en Quirúrgica 3° y Dermatología. Luego, en el curso 1933-34 realizó una serie de cursos para el doctorado: Historia de la Medicina (aprobado), Parasitología, a la que aplicó la Matrícula de Médica 3° (sobresaliente) y Electrología (notable), que hizo en septiembre.

La última clase de la licenciatura la dio don Carlos en mayo de 1933, en el aula en que, a las nueve de la mañana, habían seguido sus lecciones de los cursos de Patología Médica. Unos días más tarde, estudiantes y profesores celebraron la tradicional comida de confraternidad en el restaurante Biarritz de Cuatro Caminos.

El título de Licenciado en Medicina y Cirugía se lo expidió el Ministro de Instrucción Pública y Bellas Artes en nombre del Presidente de la República, y lleva la fecha del 10 de enero de 1934. Como es característico en este tipo de documentos, el título va orlado por un festón con los inevitables frutos, laureles, palmas, angelotes, musas y cuernos de la fortuna o de la abundancia, según se mire.

En la calle de Santa Isabel –paralela a la de Atocha,– a la que daba la trasera de la Facultad de Medicina, se encuentra el convento de las Agustinas Recoletas del Monasterio de Santa Isabel. Cuando Eduardo cursaba los últimos años de su carrera, ejercía como Rector del Patronato de Santa Isabel un joven sacerdote aragonés que, andado el tiempo, tendría mucho que ver con su vida. Algunos estudiantes de Medicina, e incluso compañeros de su curso, frecuentaban el trato de este sacerdote, con el que visitaban los hospitales de Madrid, para prestar diversos servicios a los enfermos.

En esos años de San Carlos, Eduardo consolidó innumerables amistades. A Pepe Tapia lo conoció en el curso 192627 en la sede de la FUE. Con Juan Rof Carballo, que trabajaba en anatomía patológica, convivió en el laboratorio de Pittaluga. Un verano, cuando la familia ya había regresado de Marruecos, fue con Rof a Galicia, y recorrió con él –en las bacas de los autobuses que circulaban por aquellas enrevesadas carreteras– las playas de Santa Eugenia de Ribeira, Sanjenjo, La Toja…, y fue a visitar a los Goyanes, también gallegos como Rof. El doctor Rof Carballo puede evocar, como si la estuviera viendo, la partida de Madrid, en un tren que tomaron en la estación del Norte, asomados ambos a la ventanilla, mientras don Manuel Ortiz de Landázuri les despedía desde el andén. Hablaron mucho en aquellos días, mientras Eduardo descubría la Galicia que había soñado en su infancia cuando iba con su compañero Ballinas hasta la estación de Segovia.

Le admiraban los cuadernos que usaba Rof Carballo, en los que éste, taquigráficamente, anotaba las cosas que había aprendido a lo largo del día. Incluso acompañó a Rof como ayudante cuando se presentó a las oposiciones para las cátedras de Patología General de Madrid y de Cádiz.

Estudió muchas horas en casa de Agustín Vergara, al que consideraba uno de los mejores estudiantes y admiraba porque nunca fallaba a las preguntas que hacía don Laureano Olivares, y sorprendía a todos por su intuición clínica. Con Juan Rof y Agustín Vergara se reunía muchas veces en el café La Mezquita, en el bajo de su casa de la Plaza de Santa Bárbara.