5. Baile en la residencia

Con la licenciatura ya acabada en 1933, y después de una breve estancia en Frankfurt pensionado por la Junta de Ampliación de Estudios, a Eduardo se le presentaba, inmediata, la necesidad de buscar trabajo. Hizo un primer intento de montar, con algunos compañeros de la Facultad –entre ellos Vicente Goyanes, con el que había coincidido en el laboratorio de Pittaluga–, una pequeña policlínica que instalaron en la calle Diego de León. Por entonces, la medicina se ejercía como una profesión liberal por parte de los médicos, que abrían consultas y creaban su propia clientela. Aún no se habían desarrollado los sistemas de asistencia médica pública, salvo los hospitales provinciales y algún otro centro de beneficencia, a los que acudían quienes no tenían medios económicos para recibir la atención particular o ingresar en las clínicas privadas existentes.

No obstante esa iniciativa profesional, Eduardo consideró que hacía falta algo más seguro, que le diera una base económica estable, y le permitiera después proseguir su formación. Así que, con Agustín Vergara, en el verano de 1934, se dedicó a preparar las oposiciones al cuerpo de médicos de prisiones.

Debían de componer una estampa singular, que llenaba de asombro a los camareros, estudiando mañana y tarde en una de las mesas de mármol del café La Mezquita. Estudiaban incluso los domingos, en medio del bullicio de los parroquianos y las familias que iban a merendar su chocolate con churros o a tomar helados. Ni las ruidosas conversaciones, ni los lloriqueos de los niños los distraían; es más, quizá les divertían y les ayudaban a soportar mejor la aridez de los ciento cincuenta temas de los ejercicios, que tenían poco de medicina y mucho de derecho administrativo, decretos, órdenes y reglamentos.

A veces interrumpían por un día el estudio, para ir al pueblo de Agustín a ver a la familia de éste; a sus padres y a su hermana, enferma de meningitis, enfermedad prácticamente intratable antes del descubrimiento de la penicilina. De las visitas a Fuentidueña de Tajo, y de los padres de Vergara –«doña Paca, tan viva y oportuna, y don Agustín, un médico de cuerpo entero»–, conservó Eduardo un recuerdo imborrable.

No tuvieron suerte completa en aquellas oposiciones, pues aunque consiguieron los números siete y ocho entre los doce aprobados de los ochenta que se presentaron, sólo a los seis primeros se les asignó plaza. Eduardo se llevó un disgusto, aunque, pocos años más tarde, comprobó que ese fracaso había sido providencial: muchos de aquellos médicos fueron asesinados durante la guerra y él podía haber sido uno de ellos; además, cuando terminó la contienda, se le concedió un destino en Madrid y, con ello, pudo continuar al lado de su maestro y encontró un tema a medida para realizar su tesis doctoral.

Después del fracaso relativo en el ingreso al cuerpo de prisiones, una vez más los amigos vinieron en su ayuda. Pepe Tapia era sobrino del conocido tisiólogo don Manuel Tapia, un clínico excelente que desempeñaba el puesto de director del Hospital del Rey, de enfermedades infecciosas, inaugurado en 1925, que fue rebautizado como Hospital Nacional durante el período republicano. El Hospital, cuya planificación general estuvo a cargo de don Gregorio Marañón, se construyó al norte de Madrid, cerca de Tetuán de las Victorias, en la zona llamada «barrio de las latas», por las chabolas en las que gentes menesterosas, viviendo en promiscuidad con los animales, arrastraban una vida sumamente precaria en medio de un terreno que hacía las veces de basurero de la ciudad.

Ana Sastre ha recreado, con acertados trazos impresionistas, el paisaje de aquel centro sanitario: «Por delante del Hospital, que se encuentra a siete kilómetros del centro de Madrid, pasa la carretera de Fuencarral. Y también un ferrocarril de vía estrecha conocido con el afectuoso e irónico nombre de «la Maquinilla». Se trata de un tren lento, que hace el trayecto Madrid-Colmenar y que emplea aproximadamente una hora en llegar de Fuencarral a Cuatro Caminos. Su misión fundamental consiste en acarrear adoquines de granito para urbanizar las calles. La mayor parte de las veces se engancha un último vagón, con estrechos asientos de madera que sirven para trasladar, entre frenazos y balanceos, a los viajeros que suben. Además, existe un tranvía que hace su trayecto por la Ciudad Lineal. La compañía empleará los más modestos de todos sus vehículos disponibles, ya que esta zona se encuentra en el extrarradio. Son proverbiales los chirridos y parones de este carruaje metálico que avanza echando chispas por el trole».

A través de Pepe Tapia, Eduardo conoció a don Manuel y esto le sirvió para ingresar en 1935 en el Hospital de Infecciosos. Allí ejercía la Medicina cuando se produjeron los sucesos de la Escuela de Tiro de Carabanchel, que condujeron al encarcelamiento y posterior ejecución de su padre. Trabajaba en el Servicio de Infecciosos, instalado en el segundo piso del Pabellón «A». Ortiz de Landázuri rememoraba aquella actividad en la entrevista con Gómez-Santos:

– Era un tipo de clínica de enfermedades infecciosas que hoy ya no vemos, porque aquella época resultó verdaderamente heroica. No había sulfamidas ni antibióticos, y realmente el tratamiento se hacía con el famoso piramidón para la fiebre tifoidea, y se inauguraba entonces el tratamiento con alcohol para las neumonías.

Recordaba, sin dejar que el tiempo desvaneciese aquellas imágenes, la intuición indiscutible de don Manuel Tapia, que iba desmenuzando los síntomas ante la cama de los enfermos, preguntando a los médicos jóvenes, y hacía los diagnósticos diferenciales «que tantas veces llevaban al diagnóstico de enfermedades complejas y, sobre todo, a hacer un pronóstico y saber en cierto modo seguir la evolución de las enfermedades infecciosas que hoy, en la mayoría de los casos, con todo este arsenal terapéutico, el clínico prácticamente no ve».

Ortiz de Landázuri tuvo ocasión de pronunciar unas palabras el 29 de abril de 1971, en un homenaje póstumo a don Manuel Tapia que se le rindió en la Dirección General de Sanidad. Aparte de los oradores, asistían también varios amigos: José Tapia Sanz, Juan Torres Gost, Gregorio Baquero, Francisco Blanco, Fernando Paz, Rafael Jordá, Fernando Abelló, etc. Recordaba la época final de su carrera universitaria, cuando don Manuel Tapia «en plena capacidad física e intelectual, brillaba entre los más prestigiosos clínicos de Madrid. Llamaba la atención –dijo– por la pulcritud de su saber. Es decir, por la justeza de su razonamiento, sólida información y sentido clínico con que apoyaba sus afirmaciones».

Ortiz de Landázuri evocaba «aquella época en que la Medicina vivía los coletazos de una trayectoria esencialmente conceptual y anatomo-clínica», en la que don Manuel Tapia «con otros profesores de singular relieve» (…) supieron abrirles «a los jóvenes de entonces las puertas a la Medicina de las siguientes décadas». Fue para Ortiz de Landázuri «una época de transición entre la medicina todavía universitariamente centro-europea y la que empezaba a despuntar eminentemente realista y tecnificada, basada en la superespecialización de la medicina norteamericana, (en la que) un conjunto de clínicos daban en aquel Madrid de los años treinta la nota más característica». Y reseñaba que aquellas mañanas en el Hospital del Rey, recorriendo los cuadros infecciosos, «quedaron siempre como recuerdo de la medicina inmutable».

El joven médico sucedió al doctor Tello Valdivieso en el Hospital del Rey de Enfermedades Infecciosas, y con Tapia Sanz, Sobrini, Calonge y Jordá formaron el cuerpo de médicos de guardia, bajo las órdenes de Torres Gost y Baquero, lo que les exigía y permitía convivir diariamente con don Manuel Tapia.

Por aquel entonces atravesaba Ortiz de Landázuri por un período de dudas de fe. El clima en el que se había desenvuelto su formación universitaria, por contraste con el ambiente familiar, no favorecía el desarrollo de sus convicciones cristianas, aunque no fuera perjudicial para el cultivo de algunas virtudes humanas. Pensó en quién podría ayudarle en esas circunstancias, y decidió que un amigo como Rof Carballo, que entonces se encontraba en Viena, podría proporcionarle alguna orientación. Así que le escribió una larga carta, en la que –como ha dicho el ilustre académico– le planteaba sus «dudas metafísicas». Rof, que había pasado por una experiencia similar, concluida a raíz de un suceso familiar que resolvió definitivamente sus propias vacilaciones, le contestó manifestándole cuál era la actitud de su espíritu y cuáles eran sus propias convicciones.

Constituye un lugar común comparar al ser humano con una mesa de tres patas, cuyo equilibrio depende de su estabilidad ; esas «patas» son la dimensión religiosa, la profesional y la afectiva, es decir: Dios, el trabajo y el amor humano. Eduardo Ortiz de Landázuri estaba asentando sólidamente una de ellas, la profesional; pero en esos años de trabajo en el Hospital del Rey llegó a asentar las otras dos.

Curiosamente, el encuentro con una mujer significó al mismo tiempo el amor y una nueva vinculación con sus raíces vascongadas, pues su futura novia había nacido en Zumárraga.

«Al iniciarse el año 1858, con los trabajos en el tendido del camino de hierro –escribió en uno de sus artículos Ángel Cruz de Jaka– llegaron a Zumárraga, para mano de obra, gentes de toda clase social y de distintas nacionalidades. (…) Entre los italianos venidos por estas circunstancias hay un piamontés de nombre Juan Bautista Busca Pretto, personaje muy inteligente, gran trabajador y carnicero de profesión». Era Juan Bautista Busca de Cernola, cerca de Turín, pero como otros que inmigraron por las obras del ferrocarril, tuvo una razón importante para no regresar a su tierra. Se enamoró de una caserita de Aretxebaleta de Ezquioga, Josefa Antonina Sagastizábal, y se casó con ella en la iglesia de Ce-gama. El matrimonio tuvo seis hijos.

Abrieron los Busca una cantina para los trabajadores del ferrocarril, y luego instalaron una taberna en Zumárraga, en la calle Zubiaurre, frente al puente sobre el Urola, que une las villas de Zumárraga y Villarreal Urretxua. Durante la segunda guerra carlista, pasaban por allá tropas de uno y otro bando, y, según dicen algunos, Juan Bautista, celoso del negocio, izaba la bandera tricolor italiana, que le daba un estatuto de neutralidad; según otros, ponía la bandera de los guiris o la de los carlistas, de acuerdo con el bando de los parroquianos. Se cuenta que el cura de Santa Cruz, con su guardia negra, paraba con frecuencia en la taberna para comer mucho pan y tomar algo de vino. Juan Bautista, después, se hizo carnicero y, andando el tiempo, creó una fábrica de muebles de mimbre, junco, cestería fina y productos derivados. En algún momento, la familia se trasladó a vivir a la calle Soraluce, antes Nueva.

José Busca Sagastizábal, el mayor de los hijos, que había estudiado en el Colegio Francés y tenía aficiones musicales –formaba parte de la charanga local–, contrajo matrimonio con Casimira Otaegui, excelente cocinera según Cruz de Jaka. Tuvieron seis hijos: Juan Bautista, Pedro, José, María Socorro, María Jesús y Laurita.

José fue elegido como alcalde de la villa de Zumárraga en 1920, y desempeñó el cargo durante tres años. Se vio obligado a dejar la alcaldía, aunque protestando por lo que consideraba un atropello a las instituciones guipuzcoanas, cuando Primo de Rivera disolvió todos los ayuntamientos en 1923.

Al cumplir los doce años, Laurita, la menor de la familia, había iniciado sus estudios en el pueblo natal. Y luego cursó el Bachillerato en el Colegio de la Enseñanza de Vergara, haciendo las reválidas de cuarto y sexto en Valladolid. Cuando terminó el Bachillerato, su familia aceptó su propósito de hacer una carrera universitaria en Madrid, y ella decidió estudiar Farmacia, que parecía bastante adecuada para una mujer. No era frecuente, por entonces, que las mujeres estudiaran en la Universidad.

Laura consiguió plaza en la residencia de las Teresianas –la institución fundada por el Padre Poveda– en la calle Alameda, y allí vivió hasta que se produjo la quema de conventos en Madrid. Entonces se trasladó a vivir con unos parientes. Y más tarde, con un grupo de compañeras de las Teresianas, se mudó a la Residencia de Señoritas de la Institución Libre de Enseñanza, que dirigía María de Maeztu. La Residencia funcionaba de hecho en cuatro casas, distribuidas entre las calles de Miguel Ángel, Fortuny y Rafael. Calvo. Laurita se incorporó al grupo de Rafael Calvo.

Había entre la residencia de Señoritas y la de Estudiantes, instalada en la calle Pinar, también promovida por la Institución, bastantes relaciones. Laurita, por ejemplo, asistió en la Residencia de la calle Pinar a un curso de Microbiología.

Cuando terminó la carrera de Farmacia, pensó que valía la pena obtener el Doctorado y, para ello, consiguió que, bajo la dirección del doctor Gregorio Baquero, la admitieran en el Hospital del Rey, donde comenzó a trabajar en el laboratorio, sobre la enfermedad del tifus, en octubre de 1935. Todas las mañanas ella o su compañera Lolita Goiri pasaba al pabellón número 1 para tomar muestras de sangre.

En sus visitas al pabellón 1, y a veces también en el autobús que regresaba al centro de Madrid desde el «barrio de las latas», donde se encontraba el Hospital, Laurita solía encontrarse con el joven médico Ortiz de Landázuri, hermano de una chica llamada Guadalupe, estudiante de Ciencias Químicas, a la que conocía porque de vez en cuando iba por la Residencia de Señoritas.

Pepe Tapia había propuesto a Ortiz de Landázuri, su gran amigo, con el que «vivía» en el hospital, invitar a las dos jóvenes farmacéuticas –a las que llamaba ‘los retoños de Pasteur’– a comer con ellos. Pero quiso la casualidad que Eduardo coincidiera con Laurita sola en el autobús; y él, poniendo en práctica la idea de Pepe Tapia, le propuso ir a comer juntos, pero solos. Laura quiso excusarse, pero él insistió.

– ¿Por qué no? Podemos charlar un rato.

Era el 4 de marzo, un día algo especial para ella, pues su madre, Casimira, celebraba el santo ese día. Había, por tanto, un motivo para hacer un extraordinario. De todos modos puso una condición, que fue tácitamente aceptada.

– Bueno, si yo pago mi parte, vamos.

Y fueron a comer al restaurante Rimbombín en la calle de Alcalá. Tomaron paella y perdiz. Luego, a la hora de pagar, Eduardo olvidó su promesa y se hizo cargo de la cuenta. Eduardo quería invitarla al cine, o prolongar la sobremesa y continuar la charla dando un paseo por Madrid. Pero Laura dijo que tenía que tomar el tranvía para volver a la Residencia.

– ¿Por qué tan pronto? –preguntó Eduardo buscando el modo de prolongar aquel encuentro.

– Es que tengo que estudiar –se excusó Laura, a la que parecía una exageración proseguir aquel rato de conversación con un chico al que apenas había tratado.

Poco tiempo después –al acabar el curso– se iba a celebrar el tradicional baile en la Residencia de Señoritas. Había costumbre de que en la Residencia masculina de la calle Pinar se organizara uno, al que invitaban a las chicas de la Residencia de Miguel Angel, y éstas solían organizar otro al que invitaban a los de la calle Pinar. Pero aquel año las chicas de la Residencia de Señoritas habían pedido que se cambiara el criterio, de tal modo que cada residente pudiera invitar a algún conocido, fuera o no de la Residencia de Estudiantes.

No era Eduardo residente de la Residencia de la calle Pinar, y tampoco un visitante asiduo, aunque iba algunas veces a las conferencias o a estudiar en la biblioteca o a trabajar en alguno de los laboratorios. Él mismo rememoraba muchos años después al profesor Botella Llusiá –que lo recuerda a su vez como un buen estudiante lleno de cordialidad y también como «el hombre más bueno que yo he conocido»– cuando coincidían algunas veces subiendo hacia los altos del Hipódromo, donde se encontraba la Junta de Ampliación de Estudios. Pero el hecho es que se organizó para que alguna otra chica lo invitara; así que al encontrarse de nuevo en el autobús con Laurita le dijo con evidente entusiasmo:

– ¡Que voy al baile! ¡Que tengo invitación!

Y allí se presentó.

El baile comenzó como una de tantas fiestas universitarias de la época: había un buffet con medias lunas, pastelillos, etc., y las residentes ofrecían bebidas a los invitados. A Laura le correspondió hacerse cargo de la tetera. Fue a por ella y, cuando ya la había agarrado, se dio cuenta de que ardía, le quemaba las manos. Con la tetera abrasándole, sin saber dónde colocarla, se avecinaba la catástrofe: la quemadura y la pérdida del te que se derramaría al soltar la tetera cuando no aguantara más. En esa situación se encontraba, cuando inesperadamente llegó un auxilio oportunísimo: alguien se la quitó de las manos salvándola del desastre. Laura buscó con los ojos los de su repentino salvador y se encontró con los de Eduardo: todos sus movimientos habían sido seguidos por su compañero de hospital, que advirtió inmediatamente las dificultades de la mujer que había comenzado a ocupar su corazón.

Pasaron algunas semanas, en las que Laura viajó a Zumárraga para asistir a la boda de una de sus hermanas, y –de vuelta a Madrid– se incorporó a la farmacia del hospital, ya con el nombramiento correspondiente.

Julio del treinta y seis. El día 18, el Ejército de África se levanta en armas contra el Gobierno, y varias guarniciones de la Península se suman al alzamiento militar. En Madrid crece la confusión. El Gobierno, que controla la situación, decide armar a las milicias populares. El Cuartel de la Montaña se convierte en el lugar principal de los combates. Las instalaciones militares que se sumaron al levantamiento son cercadas por los milicianos y fuerzas adictas al Gobierno. Otras, se mantuvieron obedientes a éste. Era el principio de una guerra que iba a durar tres años, escindiendo el territorio nacional en dos bandos, y dividiendo a familias y amigos, en muchas ocasiones más por obra del azar que por una elección consciente. Las expectativas de una solución inmediata, bien por el triunfo del golpe militar, o por la rápida reacción del poder establecido, se disiparon en el aire como los nubarrones de una tormenta.

Como en toda guerra interna, la población civil tuvo que afrontar la incertidumbre del futuro inmediato y sufrir las consecuencias cambiantes de las operaciones bélicas. Si la lucha era dura en los frentes de combate, en la retaguardia y especialmente en las ciudades importantes se sufrió otro tipo de enfrentamiento más dramático, ocasionado por la repreSión ideológica, las purgas, los registros, los «paseos», los juicios populares sumarísimos, e incluso las venganzas personales –que también se dieron en pueblos pequeños– camufladas bajo la apariencia de un servicio al orden público o a las ideas en litigio.

En el Madrid republicano, donde se encontraban Eduardo y Laurita, la anarquía se convirtió en un rasgo de la convivencia cotidiana. Grupos armados operaban sin control, deambulando de un lado a otro y tomando decisiones arbitrarias. El Gobierno se mostraba incapaz de imponer su autoridad.

El personal del Hospital del Rey pudo ver cómo el 20 de julio las Hermanas de la Caridad fueron expulsadas, y trasladadas en camiones UHP, con sus cabezas rapadas y sin hábito, mientras que gentes del «barrio de las latas» que rodeaba el centro hospitalario, con los puños en alto y enarbolando banderas rojas y de la FAI, las insultaban.

El Hospital del Rey no fue una excepción y su organización y funcionamiento se vieron alterados por estas mismas circunstancias. Además de la tensión generada por las luchas intestinas en el mismo seno del Hospital, el ambiente se enrareció aún más, porque comenzaron a prodigarse las visitas de los milicianos. El propio director del centro, don Manuel Tapia no pudo soportar aquel estado de cosas. El doctor Torres Gost, en su libro en el que pasa revista a «Medio siglo en el Hospital del Rey», ha escrito sobre este momento: «Los comunistas anularon prácticamente la dirección del hospital, hacían la vida imposible por su intromisión en todos los actos directivos. Esto aumentaba aún más la desesperación y el miedo al director, que al poco tiempo acabó por preparar de una manera absolutamente secreta su emigración al extranjero, cosa que hizo en la primera ocasión favorable».

Con la huida del doctor Tapia, don Juan Torres Gost ocupó la dirección del Hospital tras un breve interregno en que estuvo confiada al joven médico, comunista, Rafael Jordá. El nombramiento de Torres Gost para la dirección tranquilizó a los cinco médicos residentes no comunistas: Pepe Tapia, Enrique Sobrini, Augusto Calonge, Guillermo Varela y el propio Ortiz de Landázuri.

La tragedia de la guerra no anulaba del todo el desenvolvimiento de la vida normal, con sus gratas menudencias. Precisamente por la inseguridad de las circunstancias, Laurita y su compañera comenzaron a ir al Hospital en el coche del doctor Torres Gost. Y Eduardo viajaba frecuentemente con ellos.

Solía haber siempre, a la entrada del hospital, un grupo de caballos de los milicianos. Un día, cuando el coche en el que viajaba Laurita con Torres Gost abandonó el hospital, Eduardo montó uno de aquellos caballos y corrió tras el coche como un guardia de corps. Iba más pendiente del automóvil que del camino, y no se dio cuenta de que el caballo se aproximaba peligrosamente a una zanja: el animal se paró de repente y Ortiz de Landázuri –que no era mal jinete, por cierto– salió despedido por encima de las orejas del animal. Al día siguiente se quejaba, con cierta soma, de que los del coche no le habían hecho ningún caso.

Con ocasión de una conferencia que Ortiz de Landázuri dio en Madrid en el Hospital en junio de 1973, el doctor Juan Torres Gost le escribió unas líneas recordando aquellos años:

«Mi querido amigo Ortiz: No puede usted imaginarse cuánto siento no poder ir al Hospital para recibirle, oír su sabia conferencia, y acompañarle después a dar una vuelta por lo que en otros tiempos fue también nuestro campo de batalla. Si recordar es volver a vivir, para todos serían momentos gratísimos volver a vivir aquellos días de penas, para usted más amargas que para los demás, pero tampoco exentas de alegría que sucediéndose día a día nos hacían soportable la vida. La Guerra con sus consecuencias sería lo que podríamos recordar, consecuencias en muchas ocasiones favorables a nosotros, que procurábamos dirigirlas para que nos beneficiaran en lo posible; si es cierto que de los grandes males pueden surgir hechos muy beneficiosos, ahí está el grupo de amigos que consolidaron su amistad en época catastrófica sin que haya surgido jamás ni la menor sombra de empaña-dura.

»Hubiera querido acompañarle querido Ortiz, por los sitios que recorrió tantas veces de jovencito, cargado de ilusiones muchas de ellas ya realizadas y transformado en un hombre de ciencia importante que puede mirar la vida con satisfacción, con la satisfacción de haber triunfado».

El día aciago en que fusilaron a su padre, Eduardo, que no interrumpió su trabajo, buscó unos minutos para visitar a su antiguo profesor Gustavo Pittaluga. Estaba Pittaluga inquieto por el cariz que iban tomando los acontecimientos, y en vez de consolar a Ortiz de Landázuri, casi fue éste el que tuvo que tranquilizarle. No veía don Gustavo con claridad el futuro, y se planteaba –ya en los inicios de la guerra– qué podría ocurrir si vencieran las fuerzas mandadas por Franco. Eduardo le aseguraba que nada tenía que temer, y menos aún cuando su jefe político, Melquiades Álvarez, había sido asesinado en la Cárcel Modelo. Pittaluga, ya familiarizado con la fiesta española, aunque incapaz de pronunciar correctamente la «erre», le contestó pensando en la posible victoria de las fuerzas nacionales: «Yo ese togo no lo togueo».

Cuando, en septiembre del 36, ejecutaron al teniente coronel Ortiz de Landázuri, Laura y Eduardo ya eran lbuenos amigos: Laura le llamó por teléfono para darle el pésame. Poco después Laura fue destinada como enfermera al Hospital de Asalto, instalado en la casa del Marqués de Urquijo, en la calle de la S, entre Castellana y Serrano. Eduardo iba a verla siempre que podía, y por entonces podría decirse que ya eran novios. De pronto él cortó aquella relación y le pidió –casi la obligó– que saliera de Madrid. Quizás esa urgencia coincidió con el complot de la Telefónica en el que Eduardo estaba implicado, así que aprovecharon las ventajas que el Gobierno dio para salir de Madrid en agosto de 1937, y Laura, por Valencia, y cruzando a Francia por la frontera catalana, regresó a su tierra natal después de pasar unos días en Cibourne. Llegó a Zumárraga el 31 de octubre, el día en que Eduardo cumplía los 27 años.

La despedida de Madrid la evocaba el antiguo jefe de Laurita, el doctor Gregorio Baquero Gil —llamado habitualmente Paco— en la carta de pésame que le escribió en mayo de 1985, unos días después de la muerte de su marido: «No creo que se te haya olvidado aquella mañana, bien temprano, que os encontré a Eduardo, con tu maleta al hombro, y a ti, con una cara muy triste, y juntos fuimos a decirte adiós a aquel solar de la calle Modesto Lafuente, de donde partiste en una vieja camioneta hacia Valencia, camino de tu pueblo natal. No recuerdo bien si tu despedida fue o no ornamentada con los cañonazos del frente». La expedición en la que partió Laurita estaba protegida por la Embajada inglesa. Para ella la despedida, a pesar de la tristeza, fue alentadora; a Eduardo —aunque le había dicho que sus relaciones no podían continuar — se le saltaron las lágrimas al decirle adiós.

Eduardo se quedó en Madrid. Se comunicaba con ella mediante cartas enviadas a través de la Cruz Roja, en las que no se decían demasiadas cosas para no crear problemas, habida cuenta de la censura de la correspondencia. En una de sus cartas Eduardo le envió una fotografía. Era en realidad parte de la fotografía de un grupo, tomada en la playa de Río Martín, en Marruecos. Casi a contraluz, con camisa de verano y el pelo erizado, reflejaba salud y vigor juvenil. Al dorso escribió unas palabras: «Tengo un aspecto un poco salvaje. Era muy rebelde. Ahora también lo soy, pero con una diferencia. Tú sabes cuál es». Y firmaba «Eduardo».

En febrero de 1937 —según consta en un certificado del día 22, que firma don Juan Torres Gost—, se declara que Eduardo había tomado posesión del cargo de Médico de Guardia con el haber anual de 3.000 pesetas.

Y, poco después, en abril, su colega el doctor Sobrini le preguntó si estaba dispuesto a ser de Falange y él contestó que sí.

El 29 de mayo de 1937, el Jefe de Sanidad delegado de la Jefatura de Sanidad del Ejército de Operaciones del Centro le comunicó al «Camarada Teniente Médico Eduardo Ortiz de Landázuri», mediante el oficio correspondiente, que lo destinaban para prestar servicios «como Teniente Médico (Ayudante de Cirugía), al Hospital del ler Cuerpo de Ejército. Por tanto —indicaba el oficio—, deberás presentarte en el día de hoy al Jefe de Sanidad de dicho Cuerpo de Ejército, poniéndote a sus órdenes».

Como luego explicó Ortiz de Landázuri, la incorporación como ayudante al equipo quirúrgico del doctor López-Durán se produjo en un momento en que el ejército republicano había intentado su fallida ofensiva en el Guadarrama, y él se encontraba ya en la situación oficial de movilizado: la adscripción a ese servicio —al que también se incorporó Pepe Tapia— le permitió continuar en el hospital, evitando así su posible traslado al frente, a un puesto más peligroso, y manteniéndolo en un puesto útil para facilitar ayuda —llegando incluso a hospitalizarlas como enfermas— a personas cuya vida corría peligro en aquellos momentos.

En el mes de marzo de 1938, estuvo detenido. El día 22 dos agentes del SIM (Servicio de Investigación Militar) fueron a buscarle al Hospital y lo condujeron al Ministerio de Marina. Allí lo metieron en una celda con Antonio Triana Barcáiztegui, que era primo suyo, y con otros detenidos. Pasó tres días de encierro sin saber exactamente por qué lo habían encerrado. Por fin lo llamaron a declarar:

– ¿De qué conoce usted a Javier Triana?

– Es primo lejano mío.

– ¿Qué relación tiene con usted?

– Especialmente de orden profesional.

– Bueno, no engañe. ¿Usted no se ha comprometido a ayudar para una valiosa ayuda a Franco?

– Yo no he dicho tal cosa. Hace que no le hablo desde octubre de 1937 (y así era en efecto).

– Mire, es inútil mentir. Están las pruebas en nuestro poder.

– ¿Usted quiere a la República?

– ¿Por qué no? Yo soy técnico.

– ¿Le ha hecho a usted algo malo?

– Una cosa.

– ¿Nada más una?

– Una, pero muy gorda.

– Usted es fascista.

– No, yo soy técnico.

De allí lo llevaron al Ministerio de la Guerra, donde compartió una celda con su primo Antonio Triana y con Enrique Borrás. Después de varios días de encarcelamiento, lo llamaron y le dijeron que lo iban a dejar en libertad. Unos policías le acompañaron a un edificio de la calle de Alcalá y allí le hicieron firmar un papel cuyo contenido –según él mismo Eduardo dejó escrito– venía a decir esto: «Al borde de la desafección al régimen, es puesto en libertad por sus conocimientos técnicos. Bien entendido que será vigilado, política, social y moralmente, siendo internado en un campo de concentración hasta que termine la actual contienda».

También en algún momento de la guerra tuvo que prestar un singular servicio. Un día vinieron a buscarle de parte de un jefecillo de una de las facciones de aquel Madrid turbulento, y sin darle apenas información, vendándole los ojos, lo llevaron en un automóvil a una casa para que examinara a una niña enferma, hija del que había exigido sus servicios prácticamente a punta de pistola. Trató con éxito a esa

criatura y poco tiempo después su padre, llamándole, lo llevó a un salón –quizás de algún edificio oficial o de alguna lujosa vivienda madrileña– en cuyo centro se encontraba una mesa sobre la que se amontonaban en desorden infinidad de joyas: refulgían las piedras preciosas y brillaban los metales nobles; diademas, anillos, collares, pasadores, sortijas…, producto de las requisas de aquellos días. Aquel hombre le señaló con un ademán toda aquella riqueza y, como si fuera propia, le dijo:

– Coja usted lo que quiera.

Se excusó Ortiz de Landázuri diciendo que no necesitaba pagarle nada, mientras quizás pensaba en los atropellos necesarios para acumular aquel tesoro. Pero el jefecillo insistió con una invitación que resultaba imperativa. Eduardo Ortiz de Landázuri dejó vagar los ojos por el brillo de la pedrería y de los metales preciosos en busca de algún objeto de poco valor, y seleccionó un reloj relativamente modesto en medio de aquellas riquezas.

– ¿Nada más? –le preguntó su interlocutor, arqueando las cejas con asombro.

– Con esto ya basta –confirmó Ortiz de Landázuri.

Conservó este reloj hasta que, concluida la guerra, tuvo la oportunidad de cederlo para la reconstrucción del tesoro nacional.

De vez en cuando, varios de los amigos de la Facultad, compañeros de curso –Pepe Tapia, Agustín Vergara, José Zapatero, Juan Ramón Varela…– , se reunían a comer lo poco que se encontraba en aquella época.

La radio constituía el medio más utilizado para recibir información de la zona nacional. Emisoras como Radio Burgos y Radio Sevilla eran seguidas clandestinamente –muchas veces cubriéndose con mantas para evitar que alguien pudiera detectarlo–, en muchos hogares de la zona controlada por el Gobierno republicano. En el edificio en que vivía Ortiz de Landázuri los vecinos o él mismo, y los refugiados en su casa, seguían la evolución de la guerra oyendo las emisiones de Radio Nacional desde Burgos.

Ante la marcha de las operaciones militares, cada vez era más patente que las tropas de Franco terminarían ganando la contienda. Muestra de ello fue el traslado del Gobierno republicano a Valencia y la posterior división del territorio que controlaba tras la llegada de los nacionales al Mediterráneo, por el corredor del Ebro. El 1 de abril de 1939 todas las emisoras transmitieron el parte firmado por Franco declarando el fin de la guerra.

Al cesar la contienda, Laurita, confiándoselo a uno de sus hermanos que entró en Madrid con las tropas de Franco, envió un paquete con alimentos para Eduardo, y otro para el doctor Baquero. Pero permaneció en Zumárraga, donde sus cinco hermanos querían que se quedase; y donde pensaban ponerle una farmacia. Prefería, además, que fuera Eduardo el que diera el primer paso: «Él sabe dónde estoy; si no me quiere, no hay nada que hacer», pensó.

También entraron con las tropas nacionales Manolo Ortiz de Landázuri, su hermano, que durante una parte de la guerra había estado bombardeando el frente de Madrid, y su primo Valeriano Fernández de Heredia Weyler.

Torres Gost, en su libro sobre el Hospital del Rey, ha dedicado unos párrafos al equipo que «hizo toda la guerra con él»: «una serie de jóvenes llenos de entusiasmo y de alegría permanente, con la que ponían una brava respuesta a los sinsabores y tristezas que no faltaron nunca» en el curso de la contienda. En ese grupo menciona a Baquero Gil, a Eduardo Ortiz de Landázuri, a José Tapia Sanz, a Enrique Sobrini Hipolit, a Guillermo Valera Alzina y a Ramón Martínez.

«El doctor Eduardo Ortiz de Landázuri –escribió Torres Gost, que por error situó al padre de Eduardo en el Cuartel de la Montaña y no en la escuela de Tiro de Carabanchelclínico ya eminente (…) tuvo a su cargo un servicio clínico durante toda la guerra. Durante una larga temporada tuvo que hacerse cargo del de paludismo por la enorme cantidad de enfermos que tenía y en el que era preciso actuar con rapidez para hacer diagnósticos diferenciales. Era el clínico tal vez más apto que teníamos en el hospital. Desde luego, nunca nos dio la menor queja, no hizo la menor lamentación, y no le faltaban motivos para haber dejado todo a su suerte sin ocuparse para nada de los demás. Una noche la pasó entera al lado de su padre, despidiéndose de él, porque a la madrugada iban a fusilarle como sublevado del Cuartel de la Montaña. Aquel día, Eduardo Ortiz, con el corazón sangrando, no faltó a pasar visita al hospital, porque lo que le había ocurrido a su padre, a su excelente, a su maravilloso padre, era para los dos un acto de servicio más, el último acto de servicio. No hay palabras ni conceptos que sean capaces de expresar ni la magnitud del servicio, ni el sacrificio de ambos, ni la admiración de los demás. Con esta sobrecarga emotiva hizo toda la guerra en el hospital…»

De Pepe Tapia, el mejor compañero de Eduardo, Torres Gost decía que era «un magnífico funcionario del hospital, al mismo tiempo que un amigo singular incapaz de fallar al amigo, aunque ello le supusiera la prisión o la expulsión del centro. Era, además, un excelente médico que llevaba muy bien la protección de los que le pedían angustiados auxilio para evitar el encontronazo con la justicia de entonces».

Ya pasados los primeros meses de la postguerra, a comienzos de enero de 1940, Eduardo pidió un mes de permiso, sin sueldo; y fue a Zumárraga. Después de tantos meses de separación, y viajando en los trenes de entonces, el caminar hacia aquel encuentro tan esperado se le haría eterno. Laurita estaba allí, esperándolo en la estación. Se alojó en el hotel Urola.

Fueron unos días formidables, paseando juntos por la carretera de Beasain, o saliendo en dirección a Azpeitia. Con frecuencia subían la cuesta hasta «Andra Mari», «La antigua», la vieja parroquia de Zumárraga, desde donde podían ver la infinita gama de los verdes en el follaje de las hayas, en las praderas diseminadas entre bosques, en el perfil del Beloki y del Izaspi o en el fondo brumoso del Goierri guipuzcoano. Entraban a la iglesia del siglo subiendo los ocho peldaños semicirculares, y rezaban tres avemarías «para hacer las cosas bien», o se guarecían en el pórtico si lloviznaba. Muchas tardes iban a merendar al restaurante de los Zubizarreta, a la casona vieja junto a la que hoy se alza el Etxeberri. Los parientes de Laurita le agasajaban también y le invitaban, a pesar de sus protestas, cuando se reunían en el bar Mordo, lugar habitual de encuentro.

Cayó bien a la madre y a los hermanos de la novia. Y el primer día que comió en casa de Laurita pudo comprobar que ella no había exagerado nada sobre las cualidades culinarias de su madre. Casimira, a la sobremesa, cuando Eduardo volvía a agradecer, una vez más, la excelente comida, le explicó –más que el secreto– la razón de la buena cocina de aquella tierra:

– Aquí hay que dar bien de comer, para que los hombres no se vayan a comer fuera de casa.

En aquellos días decidieron la boda.

Eduardo regresó a Madrid, pero en el verano de ese mismo año, volvió a pasar las vacaciones en Zumárraga. Las aprovechó también para continuar su trabajo con unos cuadernos que llevaba sobre el sistema nervioso. El 20 de agosto –de regreso a Madrid– le envió una postal a Laurita en la que se veía la casa familiar de Fuenterrabía, que dividió en dos partes: en la primera levanta acta –y este fue un rasgo que lo caracterizó siempre– de sus actividades; y en la segunda dejaba suelto el corazón para expresar su amor hacia la mujer de su vida.

Escribió así: «12. Mañana. Ahora espero el tranvía de Fuenterrabía a Irún. 12’35. Espero la salida de Irún hacia San Sebastián. He comido un bocadillo. Tenía mucha hambre. 13’5. Acabo de llegar a San Sebastián 13’45 Estoy en casa de Ana María. Muy simpáticos. 17. Me voy al tren. Salgo de casa de Ana María. Qué bonito!! Te contaré. 18. Estoy en el andén de la estación. Qué ganas tengo de llegar!! 18,1/4. He terminado la novela. Estoy llegando». Y a continuación: «Querida Laurita: Me acuerdo mucho de ti. Ninguna compañía mejor que Ingrid para que no me pareciera que iba solo. Te llevo siempre. Mira esta casa, es donde nacieron los míos. ¿Te gusta? Te quiero muchísimo. Eduardo». Cuando, muchos años más tarde, Laurita fue entrevistada por una revista que le preguntaba sobre su dedicación a la familia, confirmó algo que su novio le declaraba en esta postal: «Siempre he tenido la seguridad de que, allá donde fuera, Eduardo me llevaba consigo».

En la mañana del 17 de junio de 1941 se celebró la boda a las doce del mediodía, de un día por cierto primaveral.

Los novios salieron de Zumárraga a las 11 con las respectivas madres, Casimira y Eulogia, los hermanos de Laura –Juan Bautista y su mujer, Pedro, José, y María Socorro y María Jesús con sus respectivos maridos–, y los de Eduardo –Manolo y Lupe–. Por desgracia, en aquella época no había tantos fotógrafos como ahora, y el pariente que se ocupó de dejar un testimonio gráfico para la historia de la familia no acertó con la máquina: todas las fotografías se velaron.

Laura tenía unos primos en Oñate, y la familia mantenía alguna relación con los franciscanos, así que la boda se celebró en el santuario viejo de la Virgen de Aránzazu y los casó un padre franciscano. Eulogia, la madre de Eduardo, y Juan Bautista, el hermano mayor de Laura –porque el padre había muerto– actuaron como padrinos. Laurita lucía un vestido negro de chaqueta y llevaba además una cofia de terciopelo también de color negro.

Del Santuario pasaron a la Hospedería, para celebrar el banquete de bodas. Había dos menús. El primero incluía: «Delicias moscovita, revuelto de setas, lenguado molinera, surtido de fiambres, tarta Aránzazu, cuajada con frutas, champán y vinos finos, y café y licores»; y el segundo: «Surtido de entremeses, frito variado, langosta mayonesa, solomillo asado Mascota, mantecado de canela, frutas del tiempo, champán y vinos finos, y café y licores». Los comensales, familiares de los novios e invitados, firmaron en la tarjeta del enlace como es usual. No había orquesta, pero un padre franciscano, con buena voz, amenizó la fiesta con rancheras y otras canciones mexicanas.

Luego los novios fueron a Vitoria, en el coche de un compañero de Eduardo, y se alojaron en el hotel Frontón; y al día siguiente regresaron a Madrid. Había sido una semana maratoniana: Eduardo asistió el 13 a la sesión bibliográfica con Jiménez Díaz; el 14 padeció una fiebre que le hizo temer que había contraído el tifus; el 16 viajó a Zumárraga; el 17 celebraron la boda en Aránzazu; el 18 estaban en Vitoria; y el 19 habían regresado a Madrid. Cuando el día 20 apareció para asistir a la siguiente sesión bibliográfica con don Carlos, éste le preguntó perplejo:

– Pero, ¿no se iba usted a casar?

– Sí, sí; si ya me he casado –respondió con sencillez Ortiz de Landázuri ante el asombro de los que le escuchaban.

Él y Laurita habían decidido emplear el dinero del viaje de bodas para pagar el primer plazo del aparato de rayos X destinado a la consulta que montó en un par de habitaciones de la casa que alquilaron para vivir en la calle Viriato.

Allí nació en 1942, precisamente un 8 de septiembre, el primero de los hijos, al que pusieron el nombre de Manuel en recuerdo de su abuelo, fusilado en la madrugada de aquel día seis años antes.

A lo largo de su vida, don Eduardo desarrolló ante muy diversos auditorios, sobre todo ante los jóvenes que se preparaban para el matrimonio, o que deseaban encontrar la pareja para su vida, su teoría de las «mujeres plomo y las mujeres corcho». Se trataba de una teoría que había importado de Galicia el doctor Teijeira, atribuida al profesor Suárez Perdiguero.

– Hay mujeres –explicaba don Eduardo, que había asimilado la teoría–, que arrastran a los maridos hacia abajo, que los hunden; y hay otras que tiran de él hacia arriba, que lo sacan siempre a flote, que le ayudan siempre.

Él tenía la seguridad de haber encontrado una mujer del segundo tipo, una mujer ideal para soportar a un hombre desmedido en el trabajo, pero que –como Laurita sabía y comprobó siempre– tenía también un corazón, una generosidad y un entusiasmo fuera de las medidas habituales. Pero, en todo caso, quizás sean ciertas las palabras referidas a Laura Busca, dichas ocasionalmente por uno de sus colaboradores: «En realidad Don Eduardo sin ella es impensable. ¿Cómo es aquella frase de que detrás de un gran hombre hay siempre una gran mujer?»

Sin Laurita él es del todo inexplicable.