6. Don Eduardo

Al concluir la guerra en abril de 1939, Eduardo Ortiz de Landázuri, con sus veintiocho años cumplidos, tuvo que hacer frente a la nueva situación. Había hecho la guerra en el otro bando y había servido con el grado de Teniente Médico en el ejército republicano. Además tenía un pasado socialista. Así que tuvo que someterse a un proceso de depuración.

Como argumentos para su defensa propuso en primer término que había sido encarcelado en agosto de 1936 cuando fue a ver a su padre a la Cárcel Modelo; aludió también a su encarcelamiento cuando le detuvo el Servicio de Investigación Militar (S.I.M.), a comienzos de 1938 acusado de formar parte del complot de Telefónica; mencionó su pertenencia clandestina a F.E.T. y de las J.O.N.S. desde abril de 1937; alegó también que había ayudado al teniente coronel de Artillería y 2° Jefe del Estado Mayor del III Cuerpo de Ejército, don Antonio Claros, a pasar al bando nacional; que había hechos cuantos certificados de inutilidad le habían solicitado –hasta el extremo de que le había apercibido Estellés, el Jefe de Sanidad Militar del Ejército republicano del Centro–; que había tenido camuflados entre los enfermos a varias decenas de personas sanas, encuadradas en F.E.T.; añadió que había puesto a algunos militares en relación con F.E.T. (el capitán Rodríguez Bescansa y el comandante Galera); que había ayudado a los empleados del Hospital del Rey castigados o perseguidos; que había alojado en su casa a varias personas, entre ellas dos monjas; y que había dado a los necesitados «absolutamente cuanto pude».

Antonio Frigols Saavedra, que era secretario habilitado del Juzgado de Ejecutorías del Tribunal de Funcionarios, firmó el siguiente documento:

«CERTIFICO: Que por el Consejo de Guerra Permanente Nº 3 del Ejército de Ocupación se ha dictado con fecha 27 de Mayo de 1939 la siguiente sentencia:

«En la plaza de Madrid a 27 de Mayo de 1939.– Año de la Victoria. Reunido el Consejo de Guerra Permanente No 3 para ver y fallar la causa Nº 14.176 que por el procedimiento sumarísimo de urgencia se ha seguido contra el procesado Eduardo Ortiz de Landázuri, 28 años, natural de Segovia, vecino de Madrid, soltero.– Dada cuenta de los autos por el Sr. Secretario, oídos los informes del Ministerio Fiscal y de la Defensa y las manifestaciones del procesado presente en el acto de la vista y siendo Ponente el Capitán don Gabriel García Marco.– RESULTANDO: probado y así se declara por el Consejo, que el procesado, afiliado desde 1931 al partido socialista, fue confirmado en Septiembre de 1936, en el cargo de médico de guardia del Hospital del Rey que ya tenía antes interinamente siendo Teniente Médico en las fuerzas rojas.– CONSIDERANDO: Que de todo lo actuado en el sumario aparece que el procesado en toda su actuación no sólo ha procurado la defensa de cuantas personas eran afectas a nuestra causa Nacional sino que incluso estuvo detenido por el S.I.M. rojo habiendo sufrido la pérdida de su padre que fue asesinado por los marxistas y habiendo colaborado en la organización en el Hospital del rey de la Bandera de F.E.T. siendo en todos conceptos abrumadora la prueba de descargo ofrecida por el procesado.– CONSIDERANDO: Que de lo anteriormente expuesto aparece la escasa relevancia penal de los actos realizados por el procesado pero en el supuesto de ser suficientes para deducir de ellos una responsabilidad para aquel por su intrascendencia había de estar afectada por la excusa absolutoria que la magnanimidad generosa de nuestro Caudillo ha otorgado en sus proclamas.– VISTAS Las disposiciones de general aplicación, Bando Declaratorio del estado de Guerra, proclamas citadas y Decreto N° 55.– FALLAMOS: Que debemos absolver y absolvemos con todos los pronunciamientos favorables al procesado EDUARDO ORTIZ DE LANDÁZURI.– Así por esta nuestra sentencia lo pronunciamos, mandamos y firmamos.– César Mateos Ribera.– Fernando Ruiz Peignspan.– Francisco Pérez Muñoz.– Ramón Lázaro de Medina.–Gabriel García Marco.– Todos rubricados».

Superada la exigencia de la depuración, Ortiz de Landázuri quedó confirmado en su puesto del Hospital del Rey de Enfermedades Infecciosas. Así consta en un oficio del Servicio Nacional de Sanidad, dependiente del Ministerio de Gobernación, fechado en Burgos el 7 de junio de 1939, por el que se le nombra –con carácter interino, por entonces– médico de guardia eventual, con un sueldo anual de 3.000 pesetas.

A lo largo de todos los avatares que sacudieron como un latigazo la historia de España, Eduardo Ortiz de Landázuri, adscrito por los diversos destinos a desempeñar formalmente puestos sucesivamente distintos, no dejó nunca de ejercer una única actividad: la de médico. Entusiasmado con su profesión, buscaba los medios de perfeccionarse en ella.

Supo que Juan Rof había regresado a Madrid, después de haber proseguido su formación en Viena, Berlín, Copenhague y París, y lo llamó enseguida. Hablaron por teléfono. Quería pedirle consejo, porque no sabía qué hacer. Rof había regresado a España y había trabajado con Jiménez Díaz en San Sebastián antes de que terminara la guerra civil. Conocía bien la magnífica formación clínica de Eduardo, que había sido además médico de su familia, a la que había atendido durante los años de contienda en aquel piso de la calle Argensola en el que vivían casi hacinados con varios refugiados. Y le dijo:

– Si quieres proseguir tu formación, tienes que ir a trabajar con don Carlos.

Eduardo se resistía. Conocía la enérgica personalidad de Jiménez Díaz, su absorbente capacidad, y afirmaba que no quería perder su personalidad propia. Rof fue convincente: a menos que se planteara salir al extranjero, nadie como don Carlos podría brindarle un modo de trabajo que asegurara el perfeccionamiento profesional que Ortiz de Landázuri andaba buscando.

Siguiendo el consejo de Rof, le planteó a Jiménez Díaz la incorporación a su servicio en el Hospital Clínico de San Carlos, aunque ese trabajo no era remunerado: la formación que se le ofrecía valía la pena, pero Ortiz de Landázuri necesitaba asegurarse unos ingresos mínimos para vivir.

En el Hospital Clínico de San Carlos tenían una importancia grande las sesiones clínicas, que se celebraban en un destartalado consultorio, en el que apenas había asientos, donde se reunían de once de la mañana hasta las tres de la tarde viendo enfermos que preparaban los jóvenes médicos, cuya recompensa, ya que se trataba de un trabajo gratuito, era el honor de colaborar con don Carlos y la oportunidad de trabajar al lado de uno de los grandes de la Medicina.

La Providencia vino otra vez en su ayuda. Su condición de médico de prisiones, ganada años atrás, pero no ejercida por falta de plazas, pudo esgrimirla ahora para ocupar una vacante en Madrid.

Con fecha del 5 de julio de 1939, el Inspector Director de Prisiones de Madrid le comunicó lo que sigue: «Teniendo en cuenta las instrucciones dadas por la Jefatura del Servicio Nacional de Prisiones y con el fin de organizar los servicios sanitarios de las Prisiones de esta Capital, he dispuesto que usted como Médico del Cuerpo de Prisiones, de acuerdo con los señores Huarte, Camporredondo y Meana, Médicos del Organismo Penitenciario, proceda a inspeccionar y organizar dichos servicios, auxiliados por los Médicos nombrados por esta Inspección con carácter provisional y de los reclusos también Médicos que halla (sic) en cada Establecimiento, siempre que estos últimos ofrezcan las debidas garantías».

Eduardo, además, después de su boda, abrió su consulta particular, que atendía en el domicilio de la calle Viriato, y mediante las visitas domiciliarias a sus enfermos. En un diminuto cuaderno de hojas cuadriculadas llevaba la contabilidad de esta consulta.

La magnitud del trabajo en el cuerpo de prisiones se refleja en un artículo que publicó la revista «Consulta Médica» en diciembre de 1979, dedicado a elogiar la figura de don Eduardo de Guzmán, por sus esfuerzos para mejorar la situación sanitaria española; en ese texto se describen algunos rasgos del estado de España después de la guerra: «Una nación asolada por cerca de tres años de duro e incesante batallar no se recupera en un abrir y cerrar de ojos. Si por un lado los racionamientos continúan durante lustros enteros, por otro cientos de miles de españoles pasan por campos de concentración, batallones de castigo o fortificaciones, cárceles y presidios. En una dilatada etapa de penuria general, las condiciones de vida de campos y prisiones tienen poco de agradables. Sobre el amontonamiento de los reclusos –muchas veces carentes del espacio preciso para poderse tumbar–están el frío y el calor, el hambre y la ausencia de toda limpieza. Personalmente he padecido durante años estas condiciones infrahumanas de existencia en campos de concentración y prisiones –escribe el autor–. En todos ellos se daban las condiciones más propicias para que surgieran epidemias de alcance devastador. Unos millares de profesionales de la Medicina –en buena parte presos políticos también–, luchando contra la falta de agua y de los medicamentos más precisos, hicieron posible que muchos millares de enfermos consiguieran salvar sus vidas. Cuando en el invierno y la primavera de 1941 surgieron brotes amenazadores de tifus exantemático, la actitud de estos médicos —algunos de los cuáles murieron víctimas de su abnegación— alcanzó cotas de verdadero heroísmo».

Eduardo Ortiz de Landázuri se encontraba entre esos millares de médicos. Precisamente unas semanas antes de su boda participaba en las campañas de despiojamiento, y fue cuando tuvo una fiebre próxima a los 40 grados, que le hizo pensar que era el comienzo del tifus. Le concedieron la Cruz de Sanidad, por su actuación en las prisiones, algunas de las cuales, tal era el caso del penal del Dueso en Santander, tenían más de 5.000 reclusos.

Encontró en los directivos del cuerpo de prisiones una gran comprensión. Le destinaron a la secretaría de la Dirección General y le autorizaron a realizar su trabajo en los fines de semana, viajando a las diversas prisiones distribuidas por España. A las órdenes de don Máximo Cuervo, cuidaba de la alimentación de los 250.000 reclusos, estudiando la dieta idónea, en un momento en el que la nutrición a base de almortas provocaba graves disfunciones —el latirismo— en la población internada.

Con otro oficio fechado el 8 de diciembre, el nuevo director del Hospital del Rey le comunicó que se le admitía al servicio sin sanción alguna, una vez resuelto su expediente por el Ministerio de Gobernación. Pero poco después Eduardo Ortiz de Landázuri presentó la renuncia, que le fue aceptada, al cargo de Médico de guardia del Hospital del Rey de Enfermedades Infecciosas, «por razón de pasar a ocupar otro cargo en el Ministerio de Justicia». El 18 de abril de 1941 la Dirección de la Prisión Central de Mujeres de Madrid le indicó que se encargara «de la asistencia facultativa en la Prisión de S. Isidro, por haber sido destinado el médico de la misma a otro establecimiento».

Tenía entonces una base económica y un trabajo que le permitía cierto tiempo para pensar en tareas de mayor envergadura científica y académica.

Mientras tanto, don Carlos había vuelto a Madrid de San Sebastián, se había reintegrado a su cátedra, había ganado en una oposición singular el puesto de jefe del Hospital General o Provincial y se preparaba para relanzar el Instituto, ya pergeñado antes de la guerra.

Pensaba don Carlos que no debería haber separación entre la Facultad de Medicina y el Hospital General. «Para nosotros los internos que lo éramos al tiempo de la Facultad de Medicina y del Hospital General, esa plaza —se refería a la plaza física que se encuentra entre los edificios de San Carlos y el que albergaba al Hospital General— no existía».

Don Carlos se había formado en aquel hospital y veía la necesidad de unirlo con la Facultad en beneficio de la asistencia, la enseñanza y la investigación. Además, había razones sentimentales; a pesar de tratarse de un caserón, en cuyas crujías se habían instalado los enfermos hasta la saturación en otras épocas, Jiménez Díaz, recordando sus años como interno, sentía por él una singular simpatía: «Yo trabajé en este Hospital con el mayor entusiasmo; hubo muchos días en que habiendo venido a él a las siete de la mañana eran pasadas las cinco de la tarde cuando lo abandonaba. Para mí, por esto, el Hospital General no era un viejo edificio frío y mal acondicionado, sino el mejor, más bello y más cómodo de los sitios». Se creía con derecho a ocupar la vacante, según ley, pero le dijeron que si la quería «tenía que hacer oposiciones, y lo acepté porque era mi deber». No hubo más candidatos; y al terminar el primer ejercicio, en el aula de Marañón, el presidente del Tribunal, Muñoz Calero, declaró que no había razón para celebrar el segundo ejercicio, pues el tribunal no se consideraba capaz de continuar, ya que sus componentes pensaban que no podían juzgar al profesor Jiménez Díaz.

Eloy López García y Eduardo Ortiz de Landázuri, ambos de la escuela de Jiménez Díaz, opositaron tan pronto como hubo vacantes para cubrir plazas de jefes clínicos en el Hospital General. Ortiz de Landázuri sacó el número uno. Con él comenzó poco tiempo después a trabajar, en la sala 10 de hombres, José Perianes, que recuerda cuáles eran las «normas» del servicio: básicamente empezar temprano y acabar tarde. Muchas noches trabajaban hasta las tres o las cuatro de la madrugada, para estar de nuevo en el hospital a las nueve. Por eso se decía que, con Ortiz –como lo llamaban–, hay que «despedirse de comer el huevo frito caliente». ¿Qué les atraía en él? Que no era un hombre frío; que despertaba entusiasmo.

En aquellos años, la penicilina, el antibiótico descubierto por Fleming en 1929, empezaba a aplicarse con éxito a muchas enfermedades bacterianas. Su producción era, sin embargo limitada, y no estaba comercializada. A España llegaba en suministros reducidos, desde Inglaterra, para tratar los casos más urgentes, en forma de polvo amarillo que había que conservar a baja temperatura. El director general de Sanidad, profesor Palanca, encomendó a Jiménez Díaz la formación de un comité para su justa distribución; y éste incorporó a Ortiz de Landázuri, con el que a su vez colaboró el doctor Perianes entre los años 1943 a 1946. El comité tenía la misión de examinar todas las peticiones, para establecer un orden de prioridades según las características de cada caso, y esto exigía un trabajo meticuloso y responsable. Sus actividades duraron hasta que la penicilina comenzó a comercializarse y ya no fue necesario controlar su distribución.

En diciembre de 1943, Eduardo fue nombrado Ayudante de Clínicas del Hospital Clínico de la Facultad de Medicina, adscrito a Patología Médica. Pocos meses después, un suceso familiar les obligó, a él y a Laurita, a cambiar de domicilio.

Guadalupe, aquella hermana de carácter recio y decidido –siendo la única mujer que estudiaba el bachillerato en su colegio de Tetuán, se había bebido un tintero para demostrar a sus compañeros de clase que ella no se andaba con bromas–, estaba terminando la carrera de Ciencias en la especialidad de Química. Le rondaba alguna inquietud espiritual, algún anhelo de llenar verdaderamente su vida, y preguntó a un compañero de curso si conocía algún sacerdote con el que pudiera hablar. Aquel compañero le dio el nombre de don Josemaría Escrivá. Bastaron dos conversaciones para que Lupe conociera un posible proyecto para su vida que la podía convertir en colaboradora muy directa de un querer de Dios. El 19 de marzo de 1944 solicitó la admisión en el Opus Dei y, poco después, planteó a su madre su deseo de trasladarse a vivir con otras jóvenes, de las primeras que pertenecieron al Opus Dei, para dedicarse con mayor intensidad a la realización de aquella tarea divina.

Eulogia, su madre viuda, que con la marcha de Guadalupe se quedaría sola, quiso ver cuanto antes a aquel sacerdote, para mostrarle los inconvenientes de aquella idea que le había propuesto su hija. El fundador del Opus Dei, que entonces apenas contaba con unos puñados de miembros, pero que iniciaba un crecimiento extraordinario, atendió a doña Eulogia y le manifestó que esas cosas ya se las había planteado a su hija, pero que ella insistía en trasladarse a vivir con aquellas otras jóvenes de la Obra.

Poco tiempo después, Eduardo acompañó a su hermana al chalet de la calle Jorge Manrique al que se trasladó a vivir Lupe. Y muy pronto, Laurita y él, de común acuerdo, decidieron ir a vivir con la madre viuda a la plaza de Santa Bárbara. Por esta decisión, y a través de Lupe, don Josemaría Escrivá de Balaguer hizo llegar su gratitud a Laurita y a Eduardo: sin embargo, no se conocieron, a pesar de que las vidas de uno y otro volvían a estar a punto de cruzarse.

La guerra civil había producido en España epidemias de verdaderas enfermedades carenciales sobre las que se habían hecho ya estudios importantes. Concluida la guerra, en una situación muy deficitaria desde el punto de vista alimentario, la falta de calorías estaba generando nuevos cuadros de desnutrición. En las consultas y hospitales proliferaban pacientes en situación hipoalimentaria y la Dirección General de Sanidad encomendó al profesor Jiménez Díaz y a su Instituto de Investigaciones Médicas el estudio de la renutrición de los carenciados.

Siendo este uno de los campos de investigación de don Carlos, y teniendo Eduardo la condición de médico de prisiones, surgió inmediatamente un buen tema para la tesis doctoral. En las cárceles se producía, por desnutrición, un tipo de enfermedad, un tipo de edema, que provocaba la muerte de un alto porcentaje de reclusos. Se trataba, pues, de una enfermedad carencial, para cuyo estudio las colectividades de internados en los establecimientos penitenciarios proporcionaban una muestra interesante para alcanzar algunas conclusiones.

Don Anastasio Gómez, un joven funcionario de prisiones, que andando el tiempo, en su viudedad, se ordenaría de sacerdote, se ocupó de mecanografiarle el texto de la tesis. Iba para ello a la Plaza de Santa Bárbara, y al dictado de Ortiz de Landázuri tecleaba en la máquina: muchas veces, ya comenzada la tarde, Eduardo se daba cuenta de que era la hora de ir a la consulta e interrumpía el dictado y se preparaba a salir a la calle sin haber comido todavía: Laurita y su madre se apresuraban a prepararle un bocadillo, y así bajaba las escaleras dando cuenta de un almuerzo tan frugal.

En los folios de introducción a su memoria de doctorado Ortiz de Landázuri escribió que en su relación, como discípulo, con el profesor Jiménez Díaz y su escuela habían surgido temas que podrían haber dado lugar a una tesis doctoral. Pero, «no llenaban nuestros afanes y preferimos esperar –escribe, usando la primera persona del plural, como era habitual en los trabajos científicos de la época– a que las circunstancias nos indicaran cuándo surgía el tema que llenara nuestro objetivo fundamental y que era el que nuestra tesis fuera apasionada como lo es nuestro espíritu y de este modo tuviera los rasgos característicos de nuestra personalidad».

Pero enseguida pasa a usar el «yo»: «Cuando a finales de 1941, por mi situación de Médico del Cuerpo de Prisiones, por oposiciones logradas en 1934, era encargado por el entonces Director General de Prisiones, Excmo. Sr. D. Máximo Cuervo, de las medidas a tomar para que la penuria alimenticia del país, que se hacía sentir sobre todas las capas sociales, pero más sobre las que tenían menos posibilidades económicas, repercutiera en menor grado sobre los Establecimientos Penitenciarios, comprendí toda la responsabilidad moral y material que el encargo representaba y sin embargo sentí la ilusión de poder ser útil a mi Patria y a mis sentimientos cristianos, por mediación de mis conocimientos adquiridos a través de mi vocación universitaria y por todo ello no dudé en aceptarlo, más teniendo como tenía el apoyo directo de mi maestro».

Así pues, integrado en un equipo clínico investigador de las situaciones de carencia nutricional, y disponiendo de una población de estudio de extraordinario interés, Ortiz de Landázuri se dedicó a la investigación doctoral con el entusiasmo y pasión que ponía habitualmente en las cosas en las que se comprometía: «Esta situación excepcional de vivir en un ambiente netamente universitario sin más amores profesionales que los de mi Clínica, viviendo en estrecho contacto con mi profesor, recibiendo sus consejos y enseñanzas, y al mismo tiempo observando el comportamiento de grandes masas de población en situación carencial y ayudado por tanto médico en cada uno de estos Establecimientos con los que tenía correspondencia frecuente y visitas personales a los lugares más afectados –escribe en la breve nota introductoria a la tesis–, me hicieron vivir días de recuerdo inolvidable y me permitieron hacer observaciones sobre el comportamiento de las masas humanas frente a la desnutrición que considero únicas, no por la modesta valía de mi persona, sino por las excepcionales circunstancias de mi puesto de observación».

«Al finalizar la campaña, normalizarse la situación nutritiva de los Establecimientos Penitenciarios, y ordenar tan copiosos datos, consideró mi profesor que el momento de mi tesis había llegado y con la mayor emoción e ilusión la presento al juicio del Tribunal que ha de dictaminar sobre ella».

La tesis se presentó el 20 de diciembre de 1944 con el título «Enfermedad de desnutrición (Observaciones sobre masas de población mal alimentadas)». En el acto público de defensa, Ortiz de Landázuri recordó genéricamente a todos sus profesores de la Facultad de San Carlos en los años 1927-33, pero mencionó expresamente a Pittaluga, del que aprendió «las técnicas fundamentales de Hematología y Laboratorio», a Tapia Martínez con el que trabajó como médico interno el curso 1935-36, y a don Carlos Jiménez Díaz, al que se unió «espiritualmente desde 1930, al iniciar la Patología Médica ler curso y ya de un modo material desde 1939». Y añadió: «Finalmente, permítame el tribunal que en este momento tan trascendental para mí recuerde la memoria de mi padre, muerto heroicamente en 1936 por Dios y por España». La calificaron con sobresaliente, la nota máxima que se daba en aquella época.

Varios meses después, su amigo Rof Carballo le comentó:

– ¿Has visto el Boletín Oficial del Estado? Convocan dos plazas de Patología General, las de Salamanca y Cádiz, y creo que deberías firmarlas.

No se consideraba él aún en condiciones de opositar a cátedra, pero don Carlos, a quien consultó, le animó a preparar las oposiciones. Y Rof le insistió para que no se echara atrás.

A última hora, presentó los papeles para participar en la oposición, y en el verano de 1945 se fueron a pasar una temporada en Villareal de Alava, donde con la ayuda de su colega Alfonso Merchante, Eduardo preparó la memoria, el programa y los demás ejercicios de la oposición.

En la Semana Santa de 1946 se celebraron los ejercicios. Las oposiciones a cátedra tenían entonces un ritual más duro y complejo que los concursos-oposición actuales. Había que hacer seis ejercicios ante un tribunal compuesto por cinco catedráticos. Dos de estos ejercicios admitían –aunque no siempre se ejercitaba– lo que llamaban «la trinca»; es decir, la posibilidad de que los otros opositores criticaran a sus colegas en los dos primeros ejercicios de la oposición y también en el quinto.

El primer ejercicio era «el autobombo», la exposición por parte del candidato de los méritos científicos y docentes que le hacían merecedor de la plaza. El segundo consistía en la exposición del concepto, método y fuentes de la disciplina, lo que exigía la elaboración de una Memoria previa, cuyo contenido se exponía ante el tribunal. El tercero, llamado «la lección magistral», consistía en la exposición de una lección elegida por el candidato: mostraba su aptitud investigadora, su originalidad científica. El cuarto ejercicio requería la exposición de una lección del programa, señalada por los miembros del tribunal de entre tres elegidas al azar: este ejercicio estaba pensado para calibrar la aptitud pedagógica de los opositores; y se hacía después de la «encerrona», es decir después de varias horas de encierro dedicadas a la preparación de la lección: los candidatos solían llevar libros, guiones y otros materiales y podían solicitar material adicional si lo consideraban necesario. La experiencia académica se expresaba diciendo que las oposiciones se ganaban en el tercero y que se perdían en el cuarto: todo lo que se consiguiera con la lección magistral podría desvanecerse en el caso de fallar en la exposición de la lección del programa no elegida por el candidato. Los dos últimos ejercicios eran de carácter práctico.

Fueron unas oposiciones reñidas, con diecisiete opositores que ejercieron su derecho a objetar a sus coopositores en varias ocasiones. Ortiz de Landázuri había preparado su lección magistral sobre el shock anafiláctico; Arjona, otro médico de la escuela, cuya muerte prematura lamentó siempre Jiménez Díaz, le había preparado un par de cobayas, uno sensibilizado y otro no, para mostrar, al inyectarles el antígeno, cómo el sensibilizado se moría. El profesor Perianes, que colaboró con él en el servicio del Hospital General, recuerda aquella lección dada en una tarde de primavera en el aula 4.

El tribunal, presidido por el profesor Enríquez de Salamanca votó en primer lugar al doctor Luis Manuel y Piniés, que eligió Salamanca, y en segundo lugar a Ortiz de Landázuri, a quien correspondió la plaza de Cádiz. En cartas posteriores don Eduardo le recordaba al profesor Rodríguez Candela el voto que le había dado en «aquel día de primavera del año 1946». En realidad nunca ocupó la cátedra de Cádiz —se limitó a tomar posesión de ella— pues enseguida hubo una vacante en la Facultad de Medicina de Granada y solicitó el traslado.

Unos días después de la oposición, el 12 de mayo de 1946, un grupo de amigos, básicamente los «ortizianos», le organizaron una comida en el restaurante Mingo, en el Paseo de la Florida, en la que le entregaron una carta —con varias firmas ilegibles y algunas otras identificables: Miguel Aguirre, Gregorio Calvo, M. Rabadán…— acompañada de un curioso poema, con alusiones a la cátedra. Ambos textos, aunque no sean ninguna aportación literaria relevante, rezuman buen humor y reflejan la camaradería universitaria. Ortiz de Landázuri guardó cuidadosamente carta y ripio con otros papeles y documentos, recuerdo de momentos especiales de su vida.

Al conseguir la cátedra, de acuerdo con las tradiciones del respeto social que dominaban en España, Eduardo Ortiz de Landázuri pasó a ser «don Eduardo». En su caso también porque, al alcanzar la más alta posición en la vida universitaria, gozaba ya de una autoridad profesional que nadie discutía. Si don Carlos era una de las figuras estelares de la Medicina española, Ortiz de Landázuri era uno de sus discípulos predilectos, y no por una mera cuestión afectiva, sino porque el maestro reconocía en él la autoridad y la entrega al trabajo que lo habían convertido ya en un joven maestro.

El 16 de mayo un grupo de profesores, compañeros y amigos le ofrecieron, con mayor solemnidad, una cena homenaje en el hotel Ritz, por haber ganado la cátedra. La minuta incluía Caldo de Ave en Taza, Filetes de lenguado Dugleré, Pavipollo en cacerola a la Anciana, Espuma de helado con fresas de Bosque, Pastas Finas de Almendras, y Café; en cuanto a los vinos se tomó Cepa Graves, La Rioja Alta 6° año, Champán Freixenet y licores.

El general Millán-Astray —fundador de la Legión, que se había convertido en paciente de Ortiz de Landázuri por encargo de Jiménez Díaz— fue uno de los que se unieron a la cena homenaje y dejó constancia de ello en una de las invitaciones: «A Eduardo OdeL. Te rindo homenaje de amor y gratitud al amor y generosidad que para mis amores tienes—Por tu éxito que hoy celebramos le rezamos a la Virgen. Que ella te guíe en tu alta misión en favor de los hombres—Te abraza Millán-Astray».

Eduardo, que había preparado un pequeño discurso, que llevaba mecanografiado en un folio, se levantó y, ante aquel auditorio que lo miraba con simpatía, dijo estas palabras:

«Mis queridos profesores, compañeros y amigos: para poder corresponder de algún modo a vuestra amabilidad al ofrecerme este homenaje que me confunde y emociona, por mis recientes oposiciones a la Cátedra de Patología General, no tengo nada mejor que manifestaros con sinceridad mis propósitos y esperar que, con ayuda de Dios, pueda llegar a verlos realizados.

»En realidad mi actuación hasta ahora en mi vida profesional y científica sólo tuvo como objetivo el ir formándome en el amor por la Universidad. Ya desde el primer momento en que inicié mis estudios facultativos se despertó en mí un sentido profundamente universitario, que se fue acrecentando a lo largo del período de la licenciatura, culminando cuando inicié en el año 1929 mis primeros estudios con el Prof. Jiménez Díaz. El manifestar ahora lo que desde entonces supuso para mí tal feliz coincidencia sale de los límites de mis posibilidades. Sólo podría decir que representó siempre para mí su ejemplo la máxima superación de lo que debe ser una formación universitaria. Desde entonces viví en el santo amor por la Universidad y me esforcé dentro de mis posibilidades en conseguir una formación auténtica. Autenticidad que a la par que me iba dando bríos para nuevas empresas, me permitía establecer deseos imperiosos de comunicar a los demás mis afanes e ilusiones. Así fue naciendo en mí el amor a la enseñanza.

»En este caminar alegre y entusiasta conviviendo diariamente con mis queridos compañeros de la Clínica de nuestro maestro, aprendía en ellos su magnífica y desinteresada actitud frente a los problemas clínicos y de la investigación, influyendo poderosamente en mi espíritu vocacional.

»Al llegar el día en que creí que podría ser útil a la Universidad al presentarme a oposiciones a una cátedra de Patología, fui a ellas con el ánimo resuelto y la conciencia serena del que cumple un deber ineludible. Tengo la seguridad de que si no hubiera tenido este sentido auténtico de lo que debe ser una misión universitaria posiblemente no hubiera podido realizarlas, ya que para mi temperamento apasionado y emotivo no creo que haya nada dentro del esfuerzo voluntario tan duro como unas oposiciones a cátedras.

»Nunca mi ánimo soñó en conseguir tan ansiada recompensa, y si en realidad llegó el tan preciado galardón no ha variado en lo más mínimo dentro de mí el concepto que tenía y sigo teniendo de lo que debe ser la misión de un universitario. Si hasta hoy representó su cumplimiento un afán de mejoramiento, desde ahora lo ansiaré aún con mayor fuerza. Si para lograrlo tuve que realizar sacrificios, éstos creo han aumentado. Hasta ayer he vivido en un ambiente para mí inigualable; en una clínica universitaria en donde el amor por ella llenaba todas nuestras ansias y en donde diariamente recibíamos de nuestro Don Carlos el estímulo y la enseñanza constante, y todo ello además rodeado de la presencia de mis compañeros que me servían de ejemplo formidable y en los que aprendía también lecciones que no podré olvidar. A partir de ahora las circunstancias cambian; si quiero cumplir mi misión en el profesorado tengo que ausentarme al menos materialmente de todo este hogar universitario y os puedo asegurar que este pensamiento entristece gran parte de mis naturales alegrías. Quisiera poder renunciar para seguir en tan maravillosa compañía. Sin embargo comprendo que si me eduqué al lado de nuestro maestro y de él aprendimos cuál es el camino, sería desertar de un sagrado deber si anteponiendo personales conveniencias faltásemos a lo que fue siempre nuestra misión universitaria.

»Ésta es mi posición actual, éstos son mis sentimientos: un afán siempre entusiasta de servir a nuestra patria a través de la Universidad, aunque sea como ahora renunciando a lo que siempre consideré como mi mejor suerte, formar todos los días alrededor de don Carlos en la labor de su Clínica. Sea esta renuncia estímulo en el afán por una Universidad mejor, y sea mi esfuerzo en conseguirlo dentro de mis limitadas posibilidades, galardón que me permita su constante ayuda, sin la que nada hubiera sido, y de este modo uno entre sus colaboradores, pueda servir de portador de sus inquietudes entre los universitarios a donde el destino me lleve.

»Si así lo hago y la suerte me acompaña, no desmayando ante la dificultad y a veces el tedio, sino creciéndome ante la incomprensión, la ignorancia y la envidia, habré conseguido llenar de ilusiones a otros núcleos universitarios que tendrán como el mayor premio el que sean considerados como miembros de nuestra Clínica y del Instituto de Investigaciones Médicas.

»Sólo al pensar en esta misión me siento feliz, me olvido de la separación y desde luego de la ‘CÁTEDRA’ como pedestal social que nada me importa, y pienso sólo en ser útil a la Universidad y a España que colma por completo mis afanes. Para esta misión, mis queridos profesores, compañeros y amigos, vuestra ayuda me será indispensable y ello será motivo una vez más de mi agradecimiento».

Le dieron una gran ovación. Luego todos los comensales, unos sentados en primera fila y otros en pie, posaron para el fotógrafo. A él lo situaron sentado en el centro, con don Carlos a un lado y su paciente, el general Millán-Astray, al Otro.

Empezaba otra nueva etapa en la vida de Eduardo. El acceso a la cátedra encerraba una paradoja: por un lado culminaba su carrera universitaria, pero ese mismo triunfo le alejaba de su maestro y de todos aquellos compañeros, con los que se sentía unido por tantos lazos. Una página en blanco que era a la vez incógnita y promesa se abría ante él.

Con Laurita comenzó a calcular los gastos que se les avecinaban, y a pensar en los muebles que había que comprar. Poco tenían, pues escaso era el mobiliario con que empezaron a vivir en la calle Viriato, y tampoco habían adquirido nada al trasladarse a la casa de su madre, en la plaza de Santa Bárbara, en la que nació el segundo de los hijos, y primera de las niñas: Mari Lauri.