7. La luz de Granada

«Entonces (1946-58) lo fui médicamente casi todo: catedrático, Decano y Vicerrector. Consultas en Almería, Málaga, Jaén y los pueblos de aquella zona, de Lucena a Adra y de Campillo de Arena a Campillo de Málaga».

Entrevistas, 8-1V-1980

Sonó el teléfono en la casa de Travesía de Monasterio de Urdax. Laurita lo tomó y le oyó decir: «Aquí me tienes, en esta querida Granada». Le contó el viaje y le dijo que los componentes de la promoción de 1943-1950 –sus primeros alumnos en Granada– habían preguntado mucho por ella. Laurita le dijo que los saludara a todos en su nombre.

Al día siguiente, dos de mayo de 1975 –un año que traería emociones muy intensas para don Eduardo– en el Aula Magna de la Facultad de Medicina, dirigió unas palabras a los componentes de aquella promoción, en el acto de celebración de sus bodas de plata : «Hace 29 años, recién cumplidos los 36, a finales de octubre de 1946 –comenzó–, llegaba como profesor de Patología General a esta Universidad de Granada, gracias a la amable disposición de don Adelardo Mora, que se había trasladado a la de Anatomía Patológica, que le correspondía por ley».

Recordó a los antiguos compañeros de Facultad, algunos ya fallecidos, y añadió: «entre ellos como profesores y con vosotros, a la sazón alumnos de 4° curso, se inició oficialmente mi actividad vocacional como docente».

En 1946 tenía Granada mucho más vivo su pasado moro. La ciudad, asentada en un terreno irregular de colinas, se extendía abrazando a la Alhambra, y abriéndose después a la Vega. La Sierra se alzaba a cincuenta kilómetros, imponente y hermosa, con el remate de nieve perpetua del Mulhacén. Qué bien se explican las lágrimas de Boabdil al abandonar tanta belleza. Aquel enjambre de edificios blancos en torno al Darro, con sus otros monumentos de piedra, ejercía como capital intelectual de la Andalucía oriental con su Universidad –una de las doce de España– fundada por el Emperador Carlos V. Su Facultad de Medicina era una de las más importantes, al menos por el número de estudiantes.

Era la sociedad granadina, no obstante, una tanto singular, con fama de cierta cerrazón sobre sí misma, en la que no era fácil penetrar sin un introductor cualificado o unas condiciones peculiares. Don Eduardo contó con ambas cosas: don Adelardo Mora fue como su ángel tutelar, pues no se limitó a permitir que ocupara la cátedra granadina de Patología General, en lugar de tener que ir a la Facultad de Cádiz –que era por entonces centro universitario aislado–, sino que le guió por las sutilezas de la sociedad granadina, y ayudó al matrimonio Ortiz de Landázuri con sugerencias siempre acertadas y gestiones eficaces. Pero, además, don Eduardo no había nacido para el aislamiento: dondequiera que fuese acabaría echando raíces y teniendo muchos amigos.

Muchos años más tarde, en carta al doctor José Mora, hijo de don Adelardo, le recordaba una de esas útiles orientaciones de su padre. Llevaban poco tiempo en la ciudad, y un periodista, que tenía una hija enferma, quiso al parecer quedar bien con él y publicó una información en primera página sobre un servicio para alérgicos que iban a poner en marcha. «Estas exhibiciones no gustan en Granada», le comentó don Adelardo.

Aquel año 1946, el curso académico se inició en la Universidad el sábado 5 de octubre y pronunció la conferencia inaugural el catedrático de la Facultad de Ciencias don Bermudo Meléndez Meléndez, que disertó, nada menos que sobre la «Historia de la vida en la tierra». De ello dejó constancia en su portada del domingo el diario «Ideal», con una información ilustrada con fotografías de Torres Molina, que exponía cómo Meléndez, en su conferencia, había demostrado «la perfecta concordancia entre la ciencia y la fe sobre la creación del hombre».

En esa fecha se agravaba la salud del cardenal arzobispo de Granada, doctor Parrado, que falleció dos días más tarde. Y en el plano internacional se desarrollaba y llegaba a su fin el juicio de Nürenberg, que concluyó con las condenas a la horca de los hombres relevantes del nacionalsocialismo alemán.

El 8 de noviembre, «Ideal» dio cuenta de la toma de posesión de la cátedra por Ortiz de Landázuri. Era un acto administrativo rutinario, que se celebró en presencia del rector Marín Ocete; el vicerrector, don Adelardo Mora Guarnido; el secretario general, Sánchez Agesta; y el administrador, Sáenz de Buruaga. El diario daba también noticia de que ese mismo día había muerto en un accidente de aviación el teniente Aznar, hijo del famoso periodista que desempeñaba en Washington el cargo de ministro plenipotenciario de España; tres albañiles se habían accidentado en el trabajo –por suerte sin consecuencias mortales– en obras realizadas en la ciudad; y los cines granadinos ofrecían un variado repertorio de películas en sesiones continuas, dobles y aun triples.

En unos artículos que escribió en la prensa para conmemorar los XXV años del Colegio Mayor Albayzín, rememoraba don Eduardo su incorporación a la Facultad de Medicina de Granada y sus primeros paseos hacia el carmen de las Maravillas, en el Albayzín, donde tenía su sede aquel Colegio Mayor. De la Facultad recordaba que tenía una sala de juntas en el edificio de la calle Rector López Argueta, colindante con el Hospital de San Juan de Dios. Allí, alrededor de una mesa camilla revestida de faldas verdes, se reunían los profesores en ocasionales juntas de Facultad: el decano a su llegada, don Miguel Girao, don Adelardo Mora Guarnido, don Francisco Mesa Moles, don José Pareja Yébenes, don Fernando Escobar, don Federico Oloriz, don Antonio Salvat, don Juan Sánchez Cózar, don Enrique Hernández López, etc.

Era difícil encontrar piso en Granada, pero consiguieron alquilar dos en la calle San Antón, que unieron por una escalera interior. El piso inferior sirvió para instalar la consulta y la biblioteca, y el superior se destinó a vivienda.

Había en la Facultad expectación ante la llegada del nuevo y joven catedrático, que era considerado uno de los discípulos más aventajados del profesor Jiménez Díaz, cuya fama alcanzaba a toda la península. Los estudiantes de la promoción 1943-1950 recuerdan cómo esa expectación dio lugar a un divertido equívoco.

Sucedió que, una mañana, ya comenzado el curso, los estudiantes esperaban charlando en las escaleras de la Facultad. Ya sabían que iba a venir el nuevo catedrático para hacerse cargo de la Patología General. De pronto vieron aparecer a un joven, bien vestido, con una cartera en la mano. Lo miraron intrigados. El desconocido se acercó al grupo y preguntó dónde estaba la clase de Patología Médica. Se produjo un respetuoso silencio, le abrieron paso y lo siguieron hasta el aula que le habían indicado, en el primer piso. El desconocido entró en el aula, se volvió y preguntó:

– ¿Todavía no ha llegado don Eduardo?

– Pero, ¿no es usted?

Era, simplemente, un estudiante nuevo, y desconocido para ellos, que se había trasladado a Granada aquel mismo curso.

Poco después llegó de verdad el profesor Ortiz de Landázuri. Acababa de cumplir treinta y seis años y se encontraba en la plenitud de sus facultades, y sus maneras eran –evidentemente– más desenfadadas que las del estudiante madrileño. Al verlo actuar en la primera clase, comenzaron a llamarlo, porque les pareció que respondía perfectamente al estereotipo, «el chicarrón del Norte». Venía de Madrid, había recibido una formación excelente, que unía la actividad clínica con la investigadora, tenía una energía y un entusiasmo contagiosos y arrolladores, y enseguida comenzó a crear escuela con la gente del Departamento y sus estudiantes de la Facultad.

No faltaban en Granada, y concretamente en la Facultad de Medicina, buenos clínicos cuando llegó Ortiz de Landázuri, pero no existía, en cambio, ese impulso de vincular investigación, clínica y docencia que él había aprendido y asimilado durante su formación con don Carlos. Por eso su actividad tuvo un éxito extraordinario y le ganó inmediatamente un prestigio indiscutible entre colegas y estudiantes. Con él volvieron a Granada algunos médicos, antiguos alumnos de la Facultad, pero que se habían trasladado a Madrid para formarse con Jiménez Díaz. Enseguida el equipo comenzó a incrementarse, no sólo con médicos sino también con químicos, y en una memoria que se publicó diez años después, junto a su nombre, se enumeran treinta y ocho colaboradores.

La Facultad de Medicina era entonces un edificio de nueva construcción adosado al viejo Hospital de San Juan de Dios, el primero fundado por la Orden Hospitalaria en 1537 –que era el Hospital Clínico–, al que se podía acceder, desde la calle Rector López Argueda o cruzando los dos grandes patios con columnata del Hospital, en el segundo de los cuales se había construido una especie de casamata para albergar el quirófano. Eran tales las condiciones del Hospital de San Juan de Dios que un colega sevillano, con buen humor, decía: «Esto no es un museo; es el Hospital Clínico».

Ése iba a ser su principal lugar de trabajo, al que entraría todos los días cruzando la cancela –regalo de Alfonso XII–, en el paso del zaguán al primer patio decorado con pinturas de la vida de San Juan de Dios. Allí, cerca de la escalera que conduce al piso superior, se encontraba la sala de Santa Teresa, donde había una docena de camas a las que llegaban para morir, con sus enfermedades crónicas, unas pobres mujeres.

También se ocupó enseguida de una parte de la sala de San Rafael, en el piso superior, en la que había treinta y seis camas para otros tantos enfermos al cuidado de Sor Juana Urmeneta, a la que ayudaban como enfermeros voluntarios –pocos medios había– antiguos enfermos desnutridos y con inclinación a la bebida, que con sus viejos y sucios sombreros, fumando y con no demasiados ánimos, circulaban por el Hospital haciendo de camilleros y llevando a los nuevos enfermos a Rayos o al Quirófano. Entretanto, algunos de los camilleros de plantilla, «entraban y salían haciendo mil combinaciones en los bares próximos, para ganarse unas pesetas que les permitiera vivir y educar a sus hijos». Era un «espectáculo curioso e inenarrable», escribió años más tarde Ortiz de Landázuri, con recuerdo afectuoso y casi añorante.

Los medios eran, pues, escasos. Pero él traía un afán de mejora y, con su ímpetu arrollador, comenzó a hacer buena Medicina –como había aprendido al lado de su maestro–, contagiando a los que tenía alrededor.

A su llegada apenas había un pequeño laboratorio en la ciudad de Granada, que hacía análisis rutinarios. En el primer año de su estancia en la Facultad, montó un laboratorio en donde se comenzó a hacer casi todo. Poco a poco fue ocupando espacios allá donde hubiera un rincón disponible. También abrió salas en el Hospital de San Lázaro –la antigua leprosería– y consiguió la aprobación de una sección del Consejo Superior de Investigaciones Científicas que se dedicó a los estudios endémicos del bocio en el Hospital de San Juan de Dios.

Casi remedando a Pedro Antonio de Alarcón, pero con un propósito bien diferente, recorría la Alpujarra a caballo o en mula —componiendo una estampa que parecía escapada de un grabado romántico— para recoger datos estadísticos sobre la enfermedad del bocio. Nada menos que las vacaciones de Navidad de 1950 las dedicó a estudiar este problema y estuvo a punto de llevarse un disgusto. Era el 31 de diciembre, y había llegado hasta Trevélez, bien famoso por sus jamones, a 1.400 metros de altitud al pie de la Sierra Nevada. Le acompañaba por aquellos caminos de herradura, con la nieve alrededor y bajo una lluvia medio helada, un médico mayor, el de Orjiva, cuya mula resbaló y dio con él en el suelo. Afortunadamente el golpe fue sin consecuencias, pero lo llamativo del caso es que —a pesar de la complicación— Ortiz de Landázuri, que quería pasar la Nochevieja con Laurita y sus hijos, decidió envolverse en unas mantas y hacer el recorrido de veinte kilómetros hasta llegar a la carretera. Como escribió más tarde, en 1980, a José María Busca Isusi, primo de Laurita, «fue una verdadera hazaña llegar a cenar a Granada».

En todo este episodio tuvo el buen humor de enviar un telegrama a su maestro don Carlos que decía así: «Desde lo alto de la Alpujarra en pleno temporal felicito año nuevo». Este telegrama fue objeto de muchos comentarios.

No era Granada una ciudad en la que pudiera pasar oculto nadie, y menos una persona de las características de don Eduardo. Su capacidad de trabajo tenía que contrastar con el ritmo poco apresurado del sur, pero comenzó a remover a quienes tenía alrededor, a los que fue embarcando en proyectos ilusionantes. En realidad hizo colaborar a cualquiera que tuviera el menor deseo de hacerlo.

Su actividad se desplegaba en el triple plano de la docencia, la asistencia a los enfermos y la investigación. Y en los tres frentes derrochó tiempo y entusiasmo.

Los estudiantes aprendieron, como él había aprendido de don Carlos, que la confección de una buena historia clínica era algo fundamental, y que de ella dependían el acierto del diagnóstico, la calidad del pronóstico y la eficacia de la terapia. Si no admitía chapuzas, ahí menos; y su genio se desencadenaba cuando detectaba omisiones en las anamnesis: en más de una ocasión rompió en pedazos historias de enfermos mal hechas y las tiró a sus autores. Estaba convencido de la enseñanza de don Carlos Jiménez Díaz, que decía que quien no fuera capaz de hacer una buena historia no podía ser un buen médico. Pero después de aquellas enérgicas riñas todo volvía a ser como antes; detrás de la tempestad volvía la calma.

Como profesor no era, por cierto, sistemático, pero se esforzaba por estar al día y por dar unas buenas clases; así que gustaba poco a los que querían tener unos «apun ritos», y bastante a los que deseaban aprender Medicina. Pero todos eran conscientes de que se trataba de «una medicina diferente», que él había traído y hacía vivir a sus alumnos de Granada.

Enseñó a sus estudiantes que el contacto con el enfermo era obligado e inmediato. Les mostró que el buen ejercicio de la Medicina se basaba en una historia bien elaborada y en una exploración hecha asimismo del modo mejor, usando desde luego el fonendo.

Siendo buen profesor, resultaba aún mejor maestro a la cabecera del enfermo. No era nada nuevo, puesto que desde que terminó la carrera su puesto de enseñanza estuvo básicamente allí, junto a sus «enfermitos»; pero con su ejemplo inculcó a los estudiantes y colaboradores que la atención a los enfermos era una obligación grave. Porque estaba convencido –lo dijo innumerables veces a lo largo de su vida– de que a las dos de la madrugada se puede salvar una vida, mientras que a las nueve de la mañana sólo se puede extender un certificado de defunción. Si había un enfermo grave, él mismo pasaba allí toda la noche.

Aparte del ejercicio de la Medicina en la Facultad, montó su consulta privada. Eduardo Ortiz de Landázuri, haciendo caso a la indicación casi imperativa de su maestro, fijó sus honorarios profesionales en 500 pesetas. Jiménez Díaz le había dicho con claridad que cualquiera podía acudir gratuitamente al Hospital; si no lo hacía así, y quería ir a su consulta, Ortiz de Landázuri debería fijar unos honorarios adecuados a su competencia. Por entonces los médicos granadinos cobraban cinco, diez o veinte duros por la consulta; así que las 500 pesetas que fijó de consulta quintuplicaban o decuplicaban lo que cobraban otros especialistas de la ciudad. Y esa decisión, sorprendentemente, le ganó un prestigio extraordinario. La gente acudía no a que les viera el profesor Ortiz de Landázuri, sino el médico de las 500 pesetas.

Esta circunstancia dio lugar a sucesos y comentarios divertidos, de esos que nunca faltan en el anecdotario de cualquier vida normal.

En cierta ocasión llegó un señor con su hijo adolescente como paciente. El muchacho tenía un hipo continuo, y ninguno de los médicos a los que había acudido se lo había podido quitar. Don Eduardo hizo la anamnesis: el muchacho llevaba varios días con el hipo y no había una causa manifiesta. Así que llegó a la conclusión de que el hipo constituía un fenómeno histérico. Sin que le escuchara el pequeño, preguntó al padre:

– ¿Me deja usted pegarle una bofetada a su hijo?

El cliente le miró atónito. Se encogió de hombros y balbuceó:

– Como quiera el doctor.

Ortiz de Landázuri se acercó al muchacho y le sacudió una bofetada. Fueron unos segundos angustiosos, pues parecía que el pequeño se ahogaba, y en lugar de curarse podría quedar muerto allí mismo. Pero de pronto aquella asfixia cesó y el chico comenzó a respirar con toda normalidad y… sin hipo.

– Bueno, ya está; ya se le ha pasado –dijo don Eduardo indicándole al padre que todo se había resuelto.

Llegó el momento de pagar y el cliente hizo la pregunta inevitable:

– ¿Cuánto le debo, doctor?

Tuvo que aguantar bien firme cuando don Eduardo le contestó:

– Quinientas pesetas.

¡Quinientas pesetas por una bofetada! A partir de entonces se decía en la ciudad «que cobraba más que Paulino Uzcudun», el boxeador español que triunfaba en todos los rings del mundo.

Tenía la consulta privada en la calle de San Antón. Solía comenzar a las cinco o cinco y media y veía por lo regular de tres a cinco enfermos diarios. Pero rara era la semana en que no salía a ver algún enfermo fuera, pues le reclamaban desde las ciudades y pueblos de toda la región: era una época en que se estilaba el sistema de consulta y en la que no era tan frecuente la hospitalización. Así que solían venir a buscarle, y viajando de noche se desplazaba por toda Andalucía visitando enfermos. Esas consultas eran, lógicamente, más caras: entre cinco mil y diez mil pesetas.

Trasnochaba y… madrugaba. A falta de otra hora para atenderlos, citaba a los doctorandos a las once de la noche en su consulta de la calle San Antón. Sin embargo, muchas veces, cuando éstos llegaban a su cita, tenían que esperarle hasta las doce o la una. Al inicio de la madrugada, después de un día sin respiro, don Eduardo se ponía a estudiar o a despachar con ellos: alguna vez de pie, apoyado en una estantería para no dejarse vencer por el sueño, se le escurrían las revistas de las manos porque no aguantaba más. Cuando los estudiantes, viendo su fatiga, hacían ademán de marcharse («nos vamos, don Eduardo»), él respondía: «Los jóvenes no tienen por qué dormir». Y continuaba con las cuestiones que tenían entre manos, porque también a él le gustaba, como solía decir don Carlos, que a los jóvenes «les crujiera el esqueleto». Los estudiantes no ignoraban, porque la vida de su profesor transcurría en aquella ciudad a plena luz del día, que quizás después, o a la mañana siguiente, bien temprano, tenía que preparar la lección, acudir a una clase de inglés que recibía entre ocho y nueve de la mañana, y llegar a las nueve al aula de la Facultad. Y eso, si no salía de nuevo al Hospital para ver cómo seguían algunos de sus enfermos de la sala de hombres o de la de mujeres.

Los estudiantes se entusiasmaban con aquel profesor que enseguida los metía en tareas profesionales y que incluso, ante la falta de personal y medios, les llegaba a encargar del control de una sala. Y competían por alcanzar una buena nota. Por cierto que a veces con cierta virulencia que exigió un poco de apaciguamiento: así ocurrió, por ejemplo, con el examen especial que hizo para dar las matrículas de honor. Asignó un enfermo a cada uno de los candidatos, les concedió una hora para estudiar al paciente y dos horas para orientar un juicio diagnóstico y el tratamiento. Después los estudiantes tenían que exponer sus conclusiones en público y someterse a la crítica de los otros candidatos. Se produjo una discusión tan encendida que el propio Ortiz de Landázuri tuvo que apaciguar los ánimos.

Han cambiado mucho las cosas en la Universidad española, y las nuevas generaciones no conocen ya el poder que tenía y el respeto que infundía un catedrático en los años cuarenta y los cincuenta. Existiendo sólo doce universidades en el país, y muchas de ellas con muy pocas facultades, el catedrático formaba parte de una minoría selectísima, aunque quizás su sueldo no estuviera a la altura de su prestigio social. Eduardo Ortiz de Landázuri –siguiendo la línea programática que había expuesto en su discurso del Hotel Ritz cuando ganó la plaza de catedrático– prestigió su cátedra, y no vivió del prestigio que ésta pudiera arrojar alrededor. Y fue ganando en autoridad por su ciencia y su conciencia.

Por eso, su ángel tutelar, el profesor don Adelardo Mora, promovió que lo hicieran miembro de número de la Real Academia de Medicina de Granada, que lo recibió en su seno el 26 de noviembre de 1950. Leyó don Eduardo un discurso que tituló «Orientaciones para la formación del clínico», y el profesor Adelardo Mora en su respuesta trazó una semblanza del profesor Ortiz de Landázuri que con gusto suscribirían todos los que le iban conociendo.

Comenzó don Adelardo su discurso diciendo que el manido argumento de lo dificil que era hablar de las cualidades de una persona no existía en el caso de Ortiz de Landázuri:

– En él es todo diáfano y transparente –continuó–, lo mismo en la vida pública que en la social, como espejo clarísimo de su espíritu. Nada de poliedros y facetas, nada de recovecos y artificios; todo en él se exhibe a flor de piel, en la expresión de su cara, en la sonrisa no estereotipada, sino inteligente y expresiva para cada persona; en esa cordialidad afectuosa del saludo lleno de espontaneidad y generosidad con que recibe nuestra visita, pone atención al diálogo que se entabla, reflexiona y piensa.

Don Adelardo Mora se refirió también a cómo trabajaba su colega:

– Va de uno a otro sitio, salta de la Clínica al Laboratorio; de éste a los trabajos de Patología experimental; asiste a las autopsias y a un modesto seminario, y en todos los sitios su actividad plasma dando ejemplo y aliento a los ayudantes y discípulos que le rodean, impregnándoles de esta calidad de profesores de energía, que constituye el verdadero estímulo para la persecución de sus trabajos. Si reclama locales, si planea nuevos servicios, bien demostrado está que es para cumplirlos y hacer que marchen y que se defiendan con holgura, y así no es en los papeles, ni en las fórmulas burocráticas o interpretaciones legales donde viven sus reclamaciones, sino en la propia conciencia de su actividad y prestación personal, que sabe dar vida aun a aquellas organizaciones que pudieran estimarse desorbitadas o no posibles.

Hay años en los que parece que se adensa la vida, años cruciales en los que ocurre algún o algunos acontecimientos que determinan una trayectoria, que dejan una impronta fuerte en la existencia. El curso académico 1951-52 fue para Ortiz de Landázuri uno de esos años. Por una parte, por si fueran pocas las actividades a las que había de atender, le nombraron decano de la Facultad; por otro lado accedió a la cátedra de Patología y Clínica Médicas; y, finalmente, descubrió una luz que le llevó a comprometer su vida en un servicio a Dios que, en lugar de apartarle de sus actividades cotidianas, le hizo ver que todas aquellas tareas en las que ponía su inteligencia y su gran corazón podían adquirir un valor divino: Dios le esperaba allí, en su vida familiar, en sus clases, en los «enfermitos» que absorbían la mayor parte de sus energías, en su despacho de decano, en cualquier rincón de aquella Granada de enredadas callejas o de espacios abiertos a horizontes de tanta belleza.

Casi desde que llegó a Granada conoció el Colegio Mayor masculino del Albayzín, promovido por el Opus Dei e instalado en el carmen de las Maravillas, en el abigarrado y bellísimo barrio granadino del mismo nombre. Primero fue, como médico, a atender a algunas de las chicas –amigas de su hermana Guadalupe– que trabajaban en la administración del Colegio Mayor.

Más tarde comenzó a colaborar en alguna de las actividades culturales, sobre todo en los cursos de verano, en los que se celebraban conferencias y coloquios, al atardecer, junto a la rotonda que había en un rincón del jardín. Le impresionaba la vida de algunos de aquellos jóvenes, buenos estudiantes o ya licenciados con un magnífico expediente, que cultivaban una serie de virtudes y que, en algunos casos, dejaban su profesión para ordenarse de sacerdotes.

En el clima juvenil, laborioso y alegre del Mayor descubrió la substancia de la Universidad. Su paso por la de Madrid –la llamada Universidad Central–, con su dispersión física, no le había permitido llegar a ver la universidad como un conjunto unitario, aunque allí naciera su amor a la institución. La de Granada y el Colegio Mayor Albayzín le permitieron acceder a la entraña de la vida universitaria.

Comenzó también a conversar periódicamente con un sacerdote, don José María Vascones, que poco después se trasladó a México, para desarrollar en ese país su actividad pastoral.

En este Colegio Mayor vivía Ángel Jolín, joven licenciado en Medicina –hijo de un médico de Valladolid–, de buena cabeza y brillante expediente, que se había trasladado a Granada como director del centro. Angel, que padecía una hemofilia que le causaba dolores muy intensos cuando surgían los hematomas, se incorporó como colaborador de la cátedra de Ortiz de Landázuri, que a su vez lo atendía como médico. Jolín solía explicar la patología de la hemofilia, que conocía bien en la teoría y en su propia carne.

Le admiraban a don Eduardo la paz y la entereza, incluso la alegría, con que Ángel llevaba su enfermedad, que le obligaba con frecuencia a acostarse para poder mantener una total inmovilidad. D. Ernesto Santillán, mexicano que había sido ordenado sacerdote poco tiempo antes, recuerda un suceso de las relaciones entre don Eduardo y Ángel Jolín.

Se encontraba éste acostado por un accidente de su enfermedad, y Ortiz de Landázuri le estaba reprendiendo. Al parecer había ido a verle y a charlar con él y, mientras hablaba, caminaba por el cuarto de un lado a otro, sin advertir que los vibraciones del suelo provocadas por sus pisadas repercutían en Ángel, que sufría bastante con esos movimientos. Repentinamente don Eduardo se dio cuenta de por qué Ángel estaba aferrado con sus dos manos al cabezal de hierro de la cama, tratando de mantener el cuerpo en el aire para que aquellos golpes –que apenas advertiría un cuerpo sano–no le hicieran sufrir. Don Ernesto llegó en el momento en que don Eduardo le decía a Ángel:

– ¡Ángel, no me hagas nunca esto! Mira el dolor que te estoy provocando ¡y no me dices nada!

Ángel Jolín «pretendió quitar importancia al asunto –ha escrito don Ernesto Santillán–, pero Eduardo no lo permitió»; explicó que «su deber era ayudarle a sanar o a reducir sus sufrimientos, no aumentárselos». Sin duda, ignoraba que Ángel Jolín ofrecía por él, por su vocación, una buena parte de todos aquellos dolores.

Precisamente porque conocía bien el estado de Ángel, sintió que algo le golpeaba dentro cuando éste le confió que se marchaba a Colombia para ejercer allí su profesión y para llevar el espíritu del Opus Dei a aquel país, con los primeros que fueron allá.

Desde finales de los años cuarenta, promovidas por don Ángel Guevara, se celebraban algunas reuniones de la Acción Católica a las que asistían varios profesores de la Universidad granadina. Ortiz de Landázuri procuraba acudir a aquellas reuniones mensuales, consistentes en una prédica del padre García Alonso, jesuita, a la que seguía la celebración de la misa. También solía dar el padre García Alonso todos los años, en el Colegio Mayor de San Bartolomé, unos ejercicios espirituales para este grupo de profesores. Sucedió que en 1952 el padre García Alonso enfermó y Ortiz de Landázuri aceptó la propuesta que le hizo un compañero del claustro universitario de hacer un curso de retiro en un lugar llamado Molinoviejo.

Molinoviejo, en la llanada a los pies del monte llamado de la Mujer Muerta, a menos de veinte kilómetros de su ciudad natal, Segovia, era como una esmeralda en medio de un panorama de trigales, barbechos y dehesas; como alguien dijo, «una esmeralda en la mano morena de Castilla». Y a Molinoviejo se dirigió don Eduardo.

Le agradó el pinar que había que cruzar para llegar a la casa de retiros, pintada de un color rojo cárdeno, y le encantó el interior. Era Molinoviejo un verdadero oasis de paz, hecho sin embargo para recordar a sus visitantes que el cristiano es un «miles Christi» –un soldado de Cristo–, que la vida del cristiano es milicia, como se dice en la Escritura.

Le gustó mucho el oratorio de la casa, habitualmente en penumbra, con sus bancos adosados a las paredes laterales, y su zócalo de madera con grabados de invocaciones a la Virgen. Le llamó la atención la belleza del altar, con una pintura al fresco de la Anunciación de la Virgen como retablo, y el dignísimo sagrario sostenido en el aire por cuatro ángeles arrodillados. ¡Cuánto detalle de amor y buen gusto en aquella casa! Qué excelente idea las pinturas murales del comedor, reproduciendo fachadas de las más famosas universidades alemanas, británicas, americanas, españolas…

En los abundantes ratos libres entre meditaciones, charlas, el rezo del Rosario o del Via Crucis, se podía andar por la finca, caminar junto al arroyo que bajaba de la montaña, o pasear entre los aromáticos pinos para hacer una visita a la Virgen en la ermita; o llegar hasta la campa, una extensión sin árboles que se utilizaba en los cursos de verano como campo de fútbol. Al atardecer de aquellos días primaverales se extendía un fresco tonificante, y resultaba muy agradable respirar aquel aire purísimo, contemplando la hermosa noche estrellada de Castilla.

Daba el curso de retiro un sacerdote joven, vasco, médico antes de su ordenación, llamado don Ignacio Orbegozo. Desarrollaba el sacerdote los temas del retiro, y en aquellas meditaciones en torno al Sagrario interpelaba a los asistentes: «Y tú, ¿qué haces?» Ese estribillo era un desafío para Eduardo: no se trataba fundamentalmente de hacer mucho más –¿de dónde iba a sacar el tiempo?–, sino de conseguir unos pequeños ratos para tratar al Señor, y a partir de ahí convertir en oración toda su vida de trabajo y servicio al prójimo. Se le mostraba que en las ocasiones ordinarias de la vida hay algo santo, escondido, que se puede descubrir cuando se tiene visión sobrenatural. Se le proponía nada menos que ser santo, porque esa era la voluntad de Dios. Y él aceptó el envite. Ahora comenzaba a entender de verdad aquella locura de su hermana Guadalupe, cuando ocho años antes había dejado la casa de su madre en la plaza de Santa Bárbara.

Poco tiempo después de regresar a Granada, pidió la admisión como Supernumerario en el Opus Dei. Escribió una carta para solicitar la admisión, y se la leyó a Laurita, explicándole algunas cosas del espíritu de la Obra, en particular las referentes a la familia. A Laurita le gustaron esas cosas y se quedó muy tranquila. Enseguida notó cambios en su marido, especialmente en el control de su temperamento: su dureza de carácter se fue dulcificando; también vio cómo iba haciéndose más fervoroso en su vida de piedad, menos ambicioso personalmente, más desprendido y generoso. Eduardo tenía con ella muchos detalles de cariño y de agradecimiento; la elogiaba por muchas cosas, entre otras por las comidas que preparaba. Una vez, durante un almuerzo en el curso de un congreso de Psiquiatría, tuvo con ella uno de esos minúsculos detalles agrandados por su gran amor; por debajo de la mesa la pasó a Laurita un papel de fumar –que ella conservó siempre– en el que había escrito: «Te quiero muchísimo – Laurita mía – Laurita bonita – Mi Laurín».

Entre los amigos se produjo alguna alarma, sobre todo entre los que eran asiduos a las tertulias de la casa de la calle de San Antón. Porque aquella casa, con la hospitalidad de don Eduardo y Laurita, se había convertido en el lugar de reunión de un grupo de profesores de diversas facultades, fundamentalmente venidos de fuera de Granada: los Hoyos, los Gibert, los Gutiérrez Ríos, los Alvar, etc. Aquellas tertulias comenzaban al anochecer y terminaban de madrugada. Aquello era una gran familia. Don Manuel Alvar recuerda que fue incorporado al grupo cuando llegó soltero, con la cátedra recién ganada, y allí siguió después de casarse; en el pasillo de la casa entrenaba a alguno de los pequeños Ortiz de Landázuri chutándoles el balón.

Don Eduardo disfrutaba con aquellas conversaciones nocturnas en las que prefería escuchar a hablar, y de las que con frecuencia se ausentaba para hacer una última visita a sus enfermos del Hospital. Como anfitrión –en realidad el mérito era de Laurita– y como amigo no tenía precio, pero además algunas de sus intervenciones dejaban clara la nobleza de su carácter.

El profesor Gibert recuerda una ocasión en la que, como ocurre con frecuencia en reuniones de académicos, se comenzó a hablar de un modo algo crítico de las autoridades académicas. Ortiz de Landázuri les cortó:

– Hombre, no. Esto no. En el Ejército no se concibe hablar mal de un compañero.

El clima de su formación en un ambiente militar emergía en situaciones como ésta.

También se reunían todos los sábados en el bar Sevilla los matrimonios Carreras, Clavera, Hernández, Hoyos y Gibert.

Pues bien, la noticia de que Eduardo se hacía del Opus Dei hizo pensar que el futuro de aquellas tertulias nocturnas peligraba. ¿Qué iba a ocurrir si Eduardo tomara la decisión de introducir un mayor orden en su compleja vida? Hubo un tiempo de expectación, pero pronto se vio que todo seguía igual, aunque Ortiz de Landázuri había cambiado su existencia.

El 26 de enero de 1952, en un ciclo organizado conjuntamente por la Capitanía General y la Universidad de Granada, pronunció una conferencia sobre «La defensa de la sed, el hambre y el frío en los ejércitos en tiempo de guerra». En la presidencia se reunieron las principales autoridades: rector, capitán general, arzobispo, gobernador civil, gobernador militar, presidente de la Diputación, coronel primer jefe de Aviación del Sector de Granada y Fiscal de Tasas.

La sala de conferencias de la Universidad, como informaba el diario «Ideal» del domingo día 27 de enero, «se hallaba materialmente ocupada de selecto auditorio, civil y militar, y mucho público hubo de permanecer en pie». Cuando acabó su conferencia, le dieron un gran aplauso. Pero, como recuerda el profesor Gibert, aquello no le pareció suficiente al capitán general, Ríos Capapé, de modo que, cuando acabó el primer aplauso, dijo:

– No es bastante –e inició un segundo aplauso al que no tuvieron más remedio que sumarse los asistentes.

En medio de aquella vida que se consolidaba, Eduardo y su familia iban echando raíces en la ciudad andaluza. Pero surgió una nueva expectativa. En 1953 se convocó una cátedra vacante en la Universidad de Madrid. Era la gran oportunidad de volver a reunirse con el maestro, de reincorporarse físicamente a la escuela en la que había madurado su vocación universitaria, de volver a compartir con los antiguos colegas la ilusión de la Medicina renovada, que Jiménez Díaz les había inoculado.

Se prometían unas oposiciones reñidas, ya que se presentaban más de una decena de candidatos, varios de ellos catedráticos y algunos, además, decanos. No obstante, él iba con grandes posibilidades ante un tribunal sin un candidato claro, presidido por su maestro, don Carlos Jiménez Díaz. Que había ciertas esperanzas lo prueba –como recuerdan sus tías Margarita y Mariita– el hecho de que anduvieron mirando pisos, pensando en el regreso a Madrid.

Propuso a su colaborador, antiguo alumno al que había incorporado a su consulta de la calle San Antón, el doctor Francisco Morata, que lo acompañara a Madrid; y allá fueron a instalarse en el piso de su madre. Iniciadas las pruebas, Paco Morata le ayudaba en diversas tareas. Concluidos los ejercicios se despejó la sala, y quedó solo el tribunal para deliberar.

Para sorpresa de los concurrentes, apenas pasaron cinco minutos cuando se convocó de nuevo «sesión pública». Los opositores, sus familiares, colegas, amigos y conocidos fueron entrando y se acomodaron en los bancos. La votación no recayó en favor de Ortiz de Landázuri, ni de ninguno de los catedráticos que habían opositado: se propuso al Dr. Gilsanz, profesor adjunto perteneciente a la escuela de Jiménez Díaz.

Una de las versiones que han circulado sobre la discusión del voto –probablemente no la única, pues en estos casos las versiones suelen ser múltiples– explica que ocurrió lo que sigue: el catedrático de Santiago de Compostela propuso a su decano, Fernández Cruz; el de Salamanca declaró que votaba por Rof Carballo; Gibert Queraltó dijo que votaría al que tuviera dos votos; Enríquez de Salamanca afirmó que, en conciencia, tenía que votar a Gilsanz, pues le había parecido el mejor…; y Jiménez Díaz remató: si él daba el voto a Gilsanz ya eran tres con Gibert Queraltó.

Don Eduardo recordaba en 1981 estas oposiciones en carta al profesor José Luis Rodríguez Candela: «Incluso hicimos juntos, contigo también, las famosas oposiciones –escribe– a la de Patología y Clínica Médica de Madrid en 1954, cuando estaba en el tribunal D. Fernando Enríquez de Salamanca, D. Carlos Jiménez Díaz, D. Pedro Pena, Querol y Gilbert Queraltó, que sacó Vicente Gilsanz y Arturo sacó un voto de Pena, y Juan Rof otro de Querol. Arturo era decano de Santiago y yo lo era de Granada. Fueron las oposiciones de los grandísimos disgustos: por ejemplo el de Fernando Civeira, y no digamos el de Manolo Valdés. También se presentaron: Eloy López García, Pedro Farreras Valentí y Enrique Romero. Total once opositores y se tardó en la discusión del tribunal en el momento de la elección ¡algo menos de 5 minutos!

»Todo eso y muchos detalles más me vienen a la mente y por eso al apoyarme en ti me hace pensar qué rápido pasa todo y qué pocas cosas merecen la pena».

Algunas personas, desconocedoras de la mecánica de las oposiciones, comentaron que don Carlos no había apoyado a don Eduardo. En cambio, Ortiz de Landázuri realizó muy bien –como se decía en la jerga universitaria– el séptimo ejercicio: es decir, encajar la derrota, felicitando con franqueza y alegría al triunfador. Si pasó por su cabeza una ráfaga de desilusión, no debió de durar más de un instante: había aprendido a aceptar la voluntad de Dios, sabiendo que todo es para el bien de quienes le aman, y había aprendido a respetar la voluntad de los demás –sin inquirir impertinentemente en sus motivaciones–; además él era un discípulo fiel a su maestro. Por eso, ni en Madrid, ni en Granada, cuando regresó, pudieron detectar en él algún rastro de amargura, un decaimiento de su entrega entusiasta al trabajo de siempre y a la atención sin tasa a sus «enfermitos».

En esos años de su estancia en Granada su fama como profesor y como médico –a juicio de muchos, el mejor– se fue consolidando. Le conocían en todas partes y se le abrían todas las puertas. Por eso, cuando ya trasladado a Navarra, regresaba circunstancialmente a la capital andaluza, volvía a reunir en torno a él a múltiples amigos y conocidos que le tenían en gran aprecio.

Por ejemplo, en mayo de 1961, la Beneficencia Provincial de Granada le tributó una cena homenaje en el comedor de la terraza del hotel Brasilia, que comenzó después de un coloquio sobre el «stress» en el que don Eduardo tuvo una intervención dedicada a la fatiga. Un gran número de médicos de Granada, los catedráticos de la Facultad de Medicina de la que él había sido profesor y decano, y un buen número de personas y autoridades ajenas a la Medicina, se unieron a aquel homenaje.

Allí estaban el alcalde, don Manuel Sola, el presidente de la Diputación, don Miguel Zúñiga, el rector de la Universidad, profesor Muñoz Fernández, el ex rector, don Antonio Marín Ocete, el decano del Colegio Notarial, señor Ávila Fernández, el decano de la Facultad de Medicina, doctor Galdo Villegas, y el de la Beneficencia, doctor Pulgar Ruiz, y muchos más.

Aquel acto, en torno a las mesas del Brasilia, tuvo, como publicó Ideal, «un marcado sello de emotividad y fue exponente de los verdaderos afectos que dicho ilustre profesor –Ortiz de Landázuri– supo conquistar durante su estancia en nuestra capital, como catedrático de su gloriosa Facultad de Medicina».