8. Fuentehonda

«Como sabéis, nosotros vivimos en Cájar, en Fuentehonda. Qué felices fuimos en aquella casa que ahora es de las MM Mercedarias. Pasan los años, ya 27, que volamos para Pamplona…»

Carta a Francisco G. E, 27-IV-84.

El médico de las 500 pesetas, que era sobre todo maestro de médicos y de investigadores, comenzó a ser reclamado por pacientes desde Almería, Málaga, Ronda o cualquier otro lugar. Ortiz de Landázuri hizo muchos viajes nocturnos para acudir a la cabecera de esos enfermos, y muy pronto su fama se extendió por toda la Andalucía oriental. Era un trabajo agotador, el que siempre había desarrollado, y a él acudía con la convicción de que los enfermos no pueden esperar y que para el médico ellos son lo primero.

Se cuenta que por esta época, doña Carmen Polo, mujer del general Franco, acudió a don Carlos Jiménez Díaz, para que atendiera en su clínica de Madrid a un enfermo andaluz, al que conocía por razones de amistad. Don Carlos, después de enterarse del estado del enfermo y del lugar en el que vivía le contestó:

– No es necesario que venga a Madrid. Puede ir a Granada donde está Ortiz de Landázuri, discípulo mío, que lo puede atender como lo haría yo mismo.

Sus discípulos de Granada vieron enseguida que era un maestro; y que lo era precisamente porque, al mismo tiempo, sabía ser también amigo.

Así lo refirió el profesor Fernando Reinoso, uno de sus primeros estudiantes granadinos, en el homenaje póstumo que le dedicó la Facultad de Medicina de Navarra el 13 de diciembre de 1985: «Llegó a ser nuestro mejor amigo. A pesar de hacer muchísimas cosas, siempre encontraba tiempo, a veces a horas insospechadas, si había que hablar de algo de interés. Pero no sólo era nuestro amigo, era el amigo de mucha gente. Pocas personas (no de Granada) han calado tanto en la cerrada sociedad granadina como lo hizo el Profesor Ortiz de Landázuri, y eso que tenía tiempo sólo para trabajar. Pero siempre, cuando otro lo necesitaba, era generoso de ese tiempo que no tenía. Y además de para sus alumnos y colaboradores, él tuvo tiempo muy especialmente para sus enfermos…, para sus enfermos de San Juan de Dios y San Lázaro, y luego del Hospital Clínico de San Cecilio de Granada, del pabellón F y de la Clínica Universitaria de Pamplona».

No se sabía cómo podía aguantar. Algo ayudaba el que, por fortuna para él, hubiera en el hospital una monja navarra, Sor Juana Urmeneta, que a las doce lo sacaba de sus ocupaciones, lo encerraba en el despacho y le hacía tomar un desayuno copioso capaz de resucitar a un muerto.

Si era generoso con su tiempo, también lo era con su bolsillo cuando advertía la necesidad en quienes acudían a él. Los primeros tratamientos con penicilina que se hicieron en Granada los aplicó él. No siempre era posible conseguir el antibiótico, y, a veces, cuando podía obtenerse, no había dinero: en más de una ocasión, el dinero lo puso él.

Pero le irritaba la inconsecuencia y no estaba dispuesto a hacer de «primo». Una vez le llevaron un paciente, padre de varios hijos, de la provincia de Jaén. Era un caso que requería tratamiento con penicilina, pero los hijos le dijeron que no tenían dinero para ello. Don Eduardo se hizo entonces personalmente cargo del gasto. A pesar de todo, el enfermo murió; y entonces la familia mostró su determinación de gastárselo todo para llevar el cadáver al pueblo. Ortiz de Landázuri se indignó: ¡no estaban dispuestos a gastar nada por la salud del padre y ahora estaban decididos a cualquier gasto sólo para trasladar al muerto! Casi les exigió la devolución de lo que él había pagado para conseguir la medicina que precisaba el enfermo.

Cuando consiguió algunos ahorros se planteó la compra de un coche. Surgió una oportunidad. El propietario de uno de aquellos Citroen que llamaban «patos» estaba dispuesto a vender el suyo, y a trasladar, por decirlo así, al chófer con el automóvil. El problema estaba en el precio. Le pedían 150.000 pesetas y Ortiz de Landázuri no quería pagar más de 125.000. Pidió consejo a don Adelardo y éste le dio la solución: «Llévate las 125.000, pero en billetes», le recomendó. Y en efecto, cuando don Eduardo fue a ver al vendedor le dijo que sólo estaba dispuesto a dar lo que llevaba encima. El dueño del automóvil dudó un momento, pero, viendo el dinero contante y sonante en la mano del doctor, cerró el trato: la familia pasó a tener coche y chófer.

Solían salir de Granada; Laurita iba con los niños a un riachuelo cercano, y allí esperaba hasta que su marido terminara su tarea: esas esperas, como es de imaginar, se prolongaban con frecuencia; don Eduardo nunca se negaba a los asaltos de unos y otros y no olvidaba la espera de los suyos, pero éstos resultaban casi siempre perdedores.

Mientras vivían en el piso de San Antón llegaron otros tres de los hijos, que nacieron en la Clínica de Nuestra Señora de la Salud: Carlos en 1947, a quien pusieron ese nombre en honor de Jiménez Díaz, que fue su padrino –«con tal padre y tal padrino ha de ser un niño fino», escribió don Carlos en una tarjeta que les envió–; José Mari en 1950; y María Luisa en 1952. Ya eran seis los hijos, que correteaban por el piso, no muy grande, de San Antón. Algún verano alquilaron una casa en Güejar Sierra, un pueblo de la montaña. Laurita se trasladaba allí con los niños, y Eduardo iba y venía en el tren.

Era divertida la vida en Güejar Sierra: en las fiestas se organizaba una plaza de toros con carros, y una vez la cosa resultó cómica, porque un joven novillero, atemorizado, lloraba y se resistía a salir a torear. Otra vez, en cambio, se produjo un susto grande, porque uno de los novillos se escapó y por la noche anduvo rondando la casa que ocupaban. Laurita tuvo que emplearse a fondo para tranquilizar a la empleada, temerosa de que el animal subiera las escaleras y se les metiera dentro de la casa.

En Güejar Sierra, precisamente, se presentaron los primeros síntomas serios de la enfermedad de Eduardito. Siempre se le había notado algo, pero asistiendo a la misa del domingo en la iglesia del pueblo, tuvo un desvanecimiento, que precedió al progresivo deterioro de su salud.

Viendo las necesidades de la familia, la mujer de don Adelardo Mora, aquel a quien tanto debían y a quien querían mucho, les solía decir, sobre todo a Laurita:

– Tengo que encontraros una casa grande, un sitio donde podáis estar a gusto con los niños.

Y, por fin, en 1954, llegó con una oferta que parecía interesante. En el camino de Monachil, en Cájar, a unos cinco o seis kilómetros de Granada, se vendía una casa que parecía adecuada para ellos. Fueron a verla y les encantó. Era un chalet de dos plantas, con un pequeño semisótano y dos torres abuhardilladas y diferentes. Subiendo cinco escalones, se accedía al porche; tenía éste dos columnas y servía de hecho como terraza del primer piso. La casa, cubierta en parte con un tejado de tejas verdes, tenía también terraza en el piso segundo.

Alrededor de la casa había un jardín, cerrado con tapia y balaustrada blanca que daba a la carretera. Y por allí pasaba precisamente el tranvía de La Zubia, con sus vagones amarillos, facilitando la comunicación con Granada.

Don Eduardo y Laurita recorrieron con satisfacción toda la casa mientras mentalmente iban distribuyendo las habitaciones.

La casa se llamaba Fuentehonda. Había pertenecido a un farmacéutico y a alguien vinculado a alguna empresa minera, y a treinta metros de profundidad tenía una fuente, a la que se accedía por una larga galería en rampa descendente. No era una fuente cualquiera, una fuente rústica: se habían hecho obras de acondicionamiento y aparecía en un espacio amplio, cubierto de cerámica, y tanto aquélla como la galería disponían de luz eléctrica. Algunos recuerdan que en Granada Fuentehonda era conocida, en la época de los aguadores, por la tienda a la que la gente iba a beber su agua.

Además del jardín, la finca tenía huerta, y contaba con gran variedad de árboles, algunos de ellos frutales. Había también una alberca que, aunque se helaba en los días fríos del invierno, constituía un extraordinario atractivo para otras épocas del año. Era ideal, así que la compraron.

El traslado a Fuentehonda –el cuarto hogar de la familia– fue para los niños algo extraordinario; como irse a vivir a un mundo mágico. Se divertían jugando e inventando múltiples aventuras en aquella casa, que era castillo, fortaleza, isla misteriosa, jungla, jardín y tantas otras cosas para una imaginación infantil. Todos la recordaron siempre y Eduardito, con sus ceras, todavía podía pintarla, con gran detalle, muchos años más tarde.

El 22 de octubre de 1954 Laurita dio a luz a Guadalupe (Upe), la última de las hijas, una vez más en la Clínica de la Salud.

Si Fuentehonda era agradable siempre, durante los fines de semana solía ser divertidísima: llegaban allá las familias de los amigos y con frecuencia se reunían sesenta, setenta, ochenta personas; en alguna ocasión, con motivo de la celebración de un congreso, los Ortiz de Landázuri llegaron a reunir más de doscientos invitados; en esta ocasión la cena –amenizada por la banda del pueblo– se celebró en el jardín iluminado, con asistencia del alcalde y del párroco. Muchos universitarios, profesores de otras facultades, como los Hoyos, Gutiérrez Ríos, Alvar, Gibert, etc., eran visitantes asiduos de la casa de Cájar.

En un rincón de la finca había un cubil en el que solían tener cerdos. Por eso, todos los años, se celebraba la gran fiesta de la matanza, que era un festejo excepcional. Allá venía el matarife con sus colaboradores, preparaban la artesa y sacrificaban a los cerdos ante el asombro de los pequeños. Laurita vigilaba el fogón, para que nadie diera un traspiés y sufriera un accidente. Los productos de la matanza se guardaban en una de las torres, para que se curasen hasta poderlos comer; la otra torre servía como palomar.

Don Eduardo, entre tantos recuerdos agradables de Cájar, guardaba también los de algunas situaciones que casi acabaron en tragedia; como aquella vez en que una niña de tres años, hija de Carmen y Buenaventura Carreras, se cayó a la alberca y fue salvada por otros dos pequeños –Miguel Ángel Hoyos y uno de los Bedoya– que, con decisión, la sacaron del agua arrastrándola por las trenzas.

Allí descubrió Ortiz de Landázuri de qué poco valen a veces los juicios humanos. Acababa de comer y, mientras se permitía un pequeño respiro durante la sobremesa, contemplaba con Laurita las operaciones de José. Era José un trabajador que, con más o menos acierto, les cuidaba la huerta y los frutales.

– En este momento –comentó Eduardo–, me cambiaría por José. ¿Tú crees –le dijo a Laurita– que José se cambiaría conmigo?

– Ay, no sé. Pregúntaselo a él –le contestó ella siguiéndole la broma.

Se levantaron y se acercaron al labriego que trajinaba con sus aperos.

– José –le dijo don Eduardo–, ¿quién cree usted que se da mejor vida? ¿Usted o yo?

José lo miró un poco escéptico y, después de una pausa, meneando la cabeza de lado a lado, aprovechó para expresar su pensamiento:

– Pues qué quiere que le diga…, porque usted habrá estudiado mucho para llegar a ser lo que es, pero ahora ¡vengan bimbas!

Quería decir el labriego, con esa expresión, que ahora –después del esfuerzo, del que no dudaba– don Eduardo, ganando un buen dinero se podía permitir el vivir como un duque.

Durante el curso los niños iban a Granada a los colegios. Don Eduardo, que asistía a la misa del pueblo de las ocho de la mañana, los repartía después por los centros de enseñanza. Pero al acabar las clases por la tarde, en las monjitas de Riquelme y en los Maristas o en el Sagrado Corazón, los niños se reunían en la consulta de la calle San Antón para regresar con él cuando terminara su trabajo: la verdad es que nunca se sabía bien a qué hora. Laurita usaba con frecuencia el tranvía de La Zubia para ir a la ciudad.

Parte de las costumbres de la familia se trasladaron a Fuentehonda. Por ejemplo, la de rezar la salve todos los sábados después de la cena ante la imagen que adquirieron en Granada. A los hijos les gustaba también acompañarlo a hacer la visita al Santísimo a la iglesia del pueblo. Los domingos solían ir a misa bien al pueblo o, más frecuentemente, al convento de Monachil; y al volver a casa despachaban una gran fuente de churros que les había preparado María, la empleada del hogar.

Allí vivían cuando don Eduardo tuvo su segundo encuentro con el general Franco, jefe del Estado. Lo había acompañado antes, en 1954, cuando Franco acudió a Granada para presidir, entre otras cosas, la inauguración del nuevo Hospital Clínico. Don Eduardo, decano de la Facultad de Medicina, le acompañó y le mostró las instalaciones. Franco, como solía ser habitual en él, estuvo poco comunicativo. Por eso a Ortiz de Landázuri le llamó la atención su animación dos años más tarde.

En 1956 Franco volvió a Granada para asistir a la clausura del Congreso Eucarístico. Al regresar de visitar a la Virgen de las Angustias, la patrona de la ciudad –su primera actividad en Granada–, se encontraba, en aquella tarde espléndida de sol, delante del Gobierno civil con la Junta de Gobierno de la Universidad. Al parecer, el general preguntó por el hospital que había inaugurado dos años antes y el rector pensó que nadie mejor que Ortiz de Landázuri para informarle. Así que lo llamaron. Don Eduardo lo encontró mucho más comunicativo y sonriente. Franco le comentó que veía algo estancada a la universidad española, la cual –adormecida en sus estructuras napoleónicas– no podía progresar, y no se ponía en marcha la transformación necesaria. Franco le dijo que incluso la Universidad de la Unión Soviética parecía mejor organizada que la española, según habían declarado algunos jóvenes de origen español, repatriados de Rusia, que habían alcanzado allí una especialización muy aceptable.

Aunque don Eduardo se había comprometido a buscar la santidad en su trabajo y en sus obligaciones familiares y sociales, y desde hacía años acudía diariamente a la santa misa y comulgaba, se confesaba con frecuencia semanal y había incorporado a su vida una serie de prácticas de piedad que aumentaban la unidad de su vida cristiana, no sentía ninguna inclinación a exhibir ese compromiso. Un día, en una de las fiestas religiosas de Cájar, se vio casi obligado a romper esa manera de comportarse, y como luego contaba a su amigo Rafael Gibert, además se encontró en una posición próxima al ridículo.

Formaba parte de la fiesta la celebración de una procesión con palio incluido. En el momento de iniciarse la procesión, don Eduardo vio cómo el sacerdote y los responsables del palio miraban alrededor, pues faltaba uno de los encargados de llevar los varales. Ortiz de Landázuri se hizo cargo de la situación y se resistió lo que pudo, pero al final vio que no había más remedio que incorporarse a los portadores del palio. Así comenzó la procesión, pero poco después llegó apresurado el titular por tradición del puesto, que quitó a Ortiz de Landázuri, reprochándole además el haberle suplantado.

En Fuentehonda le contaría a Laurita, con toda seguridad, la lección que recibió un buen día de un estudiante no muy brillante, que le hizo pensar. Como decano tenía que presidir una de aquellas asambleas estudiantiles, que empezaban a prodigarse por entonces. Y notó que aquel estudiante, repetidor, pedía con insistencia la palabra; y él, pensando que aquella intervención no sería muy constructiva, se hacía el despistado, no le miraba y fingía no ver los gestos del universitario pidiendo la palabra. Cuando terminó la asamblea, vio que aquel joven se le acercaba y, con tono cordial, le dijo:

– Don Eduardo, que los malos estudiantes también tenemos derechos.

Fue una anécdota que repitió muchas veces a lo largo de su vida.

Don Ramón Montalat, capellán a la sazón en el Colegio Mayor Albayzín, refiere, no obstante, que era grande su capacidad para ponerse en el lugar de los demás. Por razones de su trabajo se trasladaba don Ramón todos los meses a Sevilla, y un domingo en que tenía previsto su viaje, don Eduardo y Laurita lo invitaron a comer en Fuentehonda; eso sí, asegurándole que le llevarían a Granada para que pudiera tomar el tren. La comida se prolongó y, al final, nerviosos, salieron en el coche para Granada con el tiempo, más que justo, escaso. Aún no habían salido del pueblo cuando, para mayor complicación, se toparon con el burro del botijero atravesado en el camino. Tuvieron que pararse, con los nervios a flor de piel, y vieron cómo el botijero, en lugar de despejar la carretera, comenzaba a vocear su mercancía: «¡¡Botijos!! ¡yendo baratos!!».

Laurita y don Ramón hicieron un gesto de contrariedad, pero don Eduardo comentó:

– ¡Pobre hombre! ¡Él qué sabe si tenemos prisa! Fíjate que no habrá vendido uno en todo el día y se habrá creído que paramos para comprarle algo…

De todos modos esa capacidad de comprensión no impidió que perdieran el tren.

En el despacho-biblioteca de Fuentehonda encontraba don Eduardo su refugio para estudiar, escribir e incluso recibir a algún doctorando, como era su costumbre, a altas horas de la noche.

Allí prepararía el «Resumen de los trabajos, ponencias y tesis realizados desde 1947 a 1957, por la Clínica Médica Universitaria, el Departamento de Fisiopatología de la Nutrición (del Consejo Superior de Investigaciones Científicas) y la Sección de Profilaxis del Bocio Endémico» que publicó el Boletín de la Universidad de Granada, y que sintetiza la actividad desarrollada en los diez años primeros de su etapa granadina.

Don Eduardo escribió en la introducción a estas páginas: «Nuestra aportación al avance de la Medicina Española va dedicada al Prof. Jiménez Díaz, maestro directo de muchos e indirecto de todos nosotros, y cuya ejemplar trayectoria científica ha sido el norte de nuestros afanes; y al Prof. Mora Guarnido, que con sus constantes consejos tanto nos ha ayudado».

Y más adelante: «En realidad la finalidad de esta recopilación de resúmenes de Tesis doctorales, trabajos clínicos y experimentales, ponencias, revisiones de conjunto, etc., cuya reseña bibliográfica se hace constar –para quien pueda interesarle leer el original– no es pretenciosamente señalar con petulante engolamiento lo que hicimos, lo que sería pueril presunción, ya que nuestras aportaciones son muchas veces de escasa cuantía, sino que nuestro objetivo es muy diferente: por un lado agradecer sinceramente a los que nos alentaron, y sobre todo indicar que a nuestro juicio sólo ayudando a estos reducidos pero auténticos grupos de hombres amantes de su oficio, y al que dedican su voluntad e inteligencia, es como se puede realmente ir haciendo la Universidad y con ello la España científica, tan indispensable para que nuestra querida Patria adquiera un auténtico prestigio internacional. Esta noble tarea es lenta, pero segura si se consigue dar continuidad a estos esfuerzos en equipo, de verdaderos hogares de colaboradores en una tarea científica común, y como ejemplo, vaya el nuestro».

«Los gastos que realmente ello ocasiona no son cuantiosos si se comparan con sus beneficios», continuaba Ortiz de Landázuri, pero afirmaba que era imprescindible asegurar vida económica digna a los investigadores, «ya que no se puede pretender que se logre esta continuidad de trabajo –condición esencial para la obtención de resultados– sólo a base de la abnegación de los que dedicaron los mejores años de su vida al conocimiento teórico y práctico propiamente específico de su dedicación, que a la hora actual es una exigencia ineludible de la Investigación».

Allí terminaría de escribir también el discurso inaugural para la solemne apertura del curso de la Real Academia de Medicina de Granada, que pronunció en enero de 1958, tras la lectura de la memoria de actividades del año precedente. Por cierto, que en la memoria se hacía constar la satisfacción de la Academia por la concesión a Ortiz de Landázuri del ingreso en la Orden Civil de Alfonso X el Sabio con la categoría de Encomienda con Placa. La lección de don Eduardo fue sobre la «Insuficiencia suprarrenal iatrogénica en las colagenosis», tema que, con algunas variantes, desarrollaría poco después en la Escuela de Medicina del entonces Estudio General de Navarra.

Los recuerdos de Granada y Fuentehonda –paisajes, amigos, trabajos, alegrías y sufrimientos– se agolparían en su memoria aquel día de 1975, cuando se dirigía con estas palabras a los que habían sido sus primeros estudiantes: «Ante esta aparente disyuntiva de un pasado ilusionado y un presente cuajado de inquietudes, considero que lo que nos toca hacer es justamente lo que estamos haciendo en esta mañana luminosa del dos de mayo en esta Aula Magna de nuestra Facultad: que vean cómo a los 25 años, de los 80 alumnos, vienen casi el cien por cien, y que los profesores que vivimos lejos de aquí, por ejemplo yo desde la de Navarra, venimos con la alegría del deber cumplido».

Continuó su breve discurso y lo terminó con estas palabras: «Quiero enviar a vuestras mujeres un saludo muy cordial. La mía no ha podido venir desde Pamplona por su enfermedad, pero ayer por teléfono le decía: ‘Estoy en esta querida Granada donde nacieron nuestros hijos’. Ella –Laurita– sigue con emoción este nuevo encuentro con vosotros en las aulas de esta nueva y bella Facultad que, indudablemente, con vuestra presencia, viniendo de lugares tan distintos, incluso de América, ennoblecéis. Por todas estas razones y otras que quedan en el corazón, tened siempre la seguridad de que si alguna vez llamáis a mi hogar, allí en la Universidad de Navarra, vosotros, mis primeros discípulos de la promoción de 1950 de la Facultad de Medicina de Granada, seréis recibidos como si fuerais nuestros propios hijos». Luego escuchó los vibrantes aplausos de quienes habían sido sus primeros alumnos, una vez obtenida la cátedra universitaria.

En diciembre de 1980, vendieron los Ortiz de Landázuri los marjales de Monachil, lindantes con Cájar. En la operación intervino el doctor José (Pepe) Mora. Casi treinta años antes, don Adelardo y María, su mujer, les facilitaron la compra de la casa; ahora su hijo les ayudó a cerrar el último capítulo de la pequeña y entrañable historia de Fuentehonda.