9. Un salto en el vacío

– Es para ti –le dijo Laurita.

– ¿Quién es? –preguntó.

– Juan Jiménez Vargas.

Tomó el teléfono y escuchó la voz que le hablaba desde Pamplona. Don Juan Jiménez Vargas quería hablar con él para conocer su opinión sobre algunos asuntos relacionados con la enseñanza de la Medicina.

El profesor Jiménez Vargas, primer decano de la Escuela de Medicina del entonces llamado Estudio General de Navarra, había dejado en 1954 su cátedra de Fisiología de la Universidad de Barcelona para ir a Pamplona a poner en marcha la segunda de las facultades del centro universitario, fundado en 1952, que había comenzado sus actividades con una Escuela de Derecho. La Escuela de Medicina se instaló en un edificio al fondo del conjunto del Hospital Provincial de la Diputación de Navarra, en cuyo sótano estaba el depósito de cadáveres.

En el curso 1957-58 estaban ya en marcha las asignaturas básicas y se planteaba la necesidad de resolver el problema de la enseñanza clínica: resultaba urgente nombrar profesores de Patología Médica y Quirúrgica. Jiménez Vargas pensaba que la Patología General clásica, tal como se enseñaba en la mayoría de las Facultades, estaba planteada de un modo arcaico y sin el necesario nivel científico. Y algo parecido ocurría a su juicio, con la Patología Médica. No acababa de imaginarse, como profesor de Patología Médica de la Facultad que estaban poniendo en marcha, a un gran clínico, muy experimentado, pero que careciera del nivel exigible en un centro de investigación y docencia.

Jiménez Vargas consideraba que era necesario encontrar profesores que, además, fueran capaces de hacer y de dirigir investigación clínica. Recordaba el modo de hacer de Jiménez Díaz, a cuyas clases había asistido sin que fueran obligatorias para él, y de cuya clínica había sido interno durante su formación médica en Madrid. Y sabía que lo que convenía para la Facultad de Pamplona era alguien formado en esa escuela. No se le había pasado por la cabeza hacerle una propuesta a Ortiz de Landázuri, porque su colega había alcanzado una posición bien consolidada en Granada y resultaba absurdo proponerle nada a cambio de todo. Pero un antiguo compañero de la Universidad de Granada le sugirió que se atreviera a hacerlo.

– Eduardo es capaz de ir. Lo conozco bien y me parece que podría aceptar.

Era don Eduardo decano de una de las diez facultades de Medicina que había entonces en España, y acababa de ser convocado por el director general de Universidades, don Torcuato Fernández Miranda, a una reunión en Madrid con objeto de estudiar el problema de las especialidades médicas. Así que le propuso a Jiménez Vargas encontrarse unos días más tarde, después de comer, para tomar café en el bar La Mezquita, un lugar que podía convenir a ambos, bajo la casa familiar de la plaza de Santa Bárbara.

Se encontraron allí, y luego, caminando por la calle Barquillo en dirección a la de Alcalá –pues la reunión era a las cuatro y media en el Ministerio de Educación–, sorteando coches y peatones, Jiménez Vargas le habló del Estudio General de Navarra y de la Escuela de Medicina, y de los problemas que tenían que afrontar para poner en marcha los cursos clínicos. Y, yendo al grano, le ofreció la oportunidad de unirse a aquel grupo de profesores que estaban promoviendo una universidad de características únicas, que se había creado y se iba consolidando con el impulso de monseñor Escrivá de Balaguer.

– ¿A ti no te gustaría venir a Pamplona para explicar Patología Médica?

Vistas las cosas humanamente se puede decir que era una oferta descabellada: por un lado, una cátedra y un Departamento florecientes, el decanato de Granada, la consulta privada –siempre contenida, pero floreciente–, la casa de Fuentehonda con su jardín, su huerta y los marjales que habían comprado al otro lado del sendero; por el otro, nada, sólo «sangre, sudor y lágrimas», y el traslado con una familia de siete hijos. Más que volver a empezar –como años más tarde comentó uno de sus discípulos de Pamplona– era un salto en el vacío. «De la certeza a la ilusión; de Andalucía a los Pirineos; del escalafón oficial a la aventura». Decidieron seguir la conversación en Pamplona, con ocasión de la conferencia que le invitaron a dar en la fiesta del paso del Ecuador de la primera promoción de la Escuela de Medicina.

Había, no obstante, un factor clave en la toma de esta decisión. Don Eduardo era consciente de que aquella invitación era una oportunidad para sumarse a un proyecto universitario y apostólico que valía la pena. Veía que se trataba de un servicio cristiano a todas las almas, basado en el trabajo bien hecho, con exigencia científica y calidad humana, que requería esfuerzo y gran generosidad.

Con todo, el caso exigía un mínimo de prudencia: era un disparate, pero era un disparate sugestivo, una oportunidad paradójicamente tentadora para un universitario cuyo ímpetu necesitaba una continua moderación. Había que consultarlo, al menos con dos de las personas claves en su vida: Laurita y don Carlos.

Acudió a Pamplona, y desarrolló la misma lección con la que poco antes había inaugurado el curso en la Academia de Medicina de Granada. Vio el modesto edificio que albergaba la Escuela y las obras parciales de otro, de nueva planta, que se comenzaba a construir. Conversó con los estudiantes y, sobre todo, con el pequeño plantel de profesores, jóvenes y llenos de ilusión, que estaban sacando adelante la Facultad. Le llevaron a comer a Las Pocholas, el restaurante más conocido de Pamplona en aquella época, con fama que desbordaba ampliamente las fronteras del Viejo Reino, y disfrutó en aquel almuerzo que acabó, a los postres, en un improvisado espectáculo de prestidigitación. Ésta era una destacada habilidad del cirujano Juan Voltas que, baraja en mano, dejó fascinados a los clientes del restaurante, mientras las dueñas –admiradas– no hacían más que exclamar: «¡Milagro! ¡Milagro!»La apoteosis final fue cuando Voltas, arrojando la baraja al aire, cogió al vuelo los naipes elegidos por algunos de los comensales y que él no había visto. El doctor Macarulla, secretario de la Escuela de Medicina, dio por bien empleadas las 900 pesetas con las que saldó la cuenta.

La disposición de Laurita la conocieron aquella misma noche. Lo llevaron a Alsasua, por donde tenía que pasar el expreso Irún-Madrid en el que Laurita venía de San Sebastián de visitar a María Socorro, una de sus hermanas: el plan era continuar el viaje juntos. Cuando llegó el tren, Laurita se asomó a la ventanilla para saludarles, y él le dijo:

– Laurita, ¿qué te parece?, éstos me están proponiendo que nos vengamos a Pamplona.

No hubo sorpresas ni gestos; sólo esta respuesta: –Yo, lo que tú quieras.

La primera de las consultas se había resuelto favorablemente. Quedaba la segunda: en su interior Ortiz de Landázuri quizás pensaba que don Carlos pondría un poco de sentido común y le convencería de que este proyecto era una locura. Le hicieron una primera visita a su casa de la calle Velázquez, donde habían estado ya tantas veces. Los Jiménez Díaz tenían la costumbre de pasar un rato de sobremesa en una amplia habitación, instalada con estilo de café decimonónico. No faltaba la mesa de billar e incluso había un organillo; y en las paredes colgaban carteles de corridas de toros. Unas mesas de mármol, con base de hierro forjado, terminaban de ambientar el salón. Allí se celebraban con frecuencia tertulias sobre temas intelectuales y de actualidad, a las que acudían, por poner un ejemplo, gentes tan diversas como el filósofo Zubiri, con Carmen Castro, su mujer, y el matador de toros Marcial Lalanda.

Aquel día, después de un rato de conversación sobre los preparativos de un viaje inminente, las mujeres los dejaron solos. Don Eduardo aprovechó el momento para plantear al maestro la cuestión. Don Carlos guardó silencio por unos instantes y le respondió:

– Es un asunto de su incumbencia, máxime teniendo un extraordinario porvenir en Granada. En mi opinión, la propuesta es muy grata. Y del mayor interés, conociéndole a usted. En principio no me parece mal.

Más tarde, en una carta, le puso estas palabras: «Ánimo, Eduardo. Más lejos fueron los Reyes Magos, y sólo iban detrás de una estrella».

Tenía don Carlos una experiencia profesional y humana considerable. Por amor a su profesión, en el doble sentido de poder atender mejor a los enfermos y de poder realizar la investigación, que a su juicio requería el desarrollo de la Medicina, había llegado a plantearse el abandono de su cátedra en momentos en que encontraba dificultades especiales. Veía, quizás, que aquel discípulo suyo, en alguna medida incluido entre los predilectos por su valía y lealtad, podía trasladar el mismo espíritu que él había intentado transmitir a sus discípulos, a un centro que apenas estaba en los comienzos.

Don Eduardo sintió que una emoción lo embargaba: ya no era sólo el sentido de un deber interior que él mismo había descubierto –recordando en parte el momento extremo de la vida de su padre– lo que le llevaría a Pamplona; aquello no sería ya una decisión descabellada, desde el momento en que tanto su mujer como la persona a la que reconocía mayor autoridad en las cuestiones médicas habían dado su consentimiento. No entraron en más detalles porque ambos matrimonios iban a viajar pronto a Estados Unidos, para participar en Filadelfia en el Congreso de la Asociación Internacional de Medicina Interna.

De aquel viaje –que comenzó el sábado 19 de abril de 1958– dejó Ortiz de Landázuri un testimonio completísimo en uno de sus exhaustivos cuadernos, en el que la expresión «¡formidable!» se encuentra en casi todas las páginas. Salieron –escribe, usando una palabra que ya no está de moda– del «aeródromo» de Barajas a las 9,45 hora española en un cuatrimotor de TWA; y fueron despedidos por un grupo de médicos –con sus mujeres– de la escuela de don Carlos. Tuvieron un vuelo «excelente», interrumpido en Lisboa, donde tomaron un café «extraordinario» –¡fama tenía entonces el café portugués!–. Llegaron a Nueva York a las ocho de la mañana, hora local (dos de la tarde según el horario de España). Los esperaban, con otros amigos, Severo Ochoa y Francisco Grande Covián y los llevaron al Hotel Astoria, en el que se alojaron; luego pasearon por la Quinta Avenida.

Oyeron misa a las 11,45 en la catedral de San Patricio. Y una hora más tarde comieron con el matrimonio Jiménez Díaz y otros amigos: «¡Qué bien lo pasamos!», escribe. Luego dieron un largo paseo en coche y le gustó Nueva York. Descansaron un rato y fueron a cenar –don Carlos y Conchita, Laurita y él– con un grupo de médicos jóvenes, discípulos y amigos de don Carlos; algo le dolió, quizás, de las condiciones de vida de aquellos jóvenes, porque subraya:

«Nos dio un poco de pena ver la vida en Nueva York de los jóvenes médicos que vienen a formarse».

Así continúa la crónica. El lunes 21 fueron a misa a las 8,30. Luego desayunaron en una cafetería. «¡Qué bonito Nueva York temprano!», comenta. Fueron a comprar cosas para los niños y comieron luego en el edificio Tudor. Después se separaron: las señoras fueron a ver tiendas de peletería, y don Carlos y él marcharon a comprar jeringuillas. Más tarde los vinieron a recoger y fueron todos a cenar a casa de Severo Ochoa.

El día siguiente –martes 22–, después de cenar en el restaurante del Astoria, fueron con sus amigos al Metropolitan Theater para ver actuar al ballet ruso. El miércoles tomaron el tren para Filadelfia: no había maleteros y tuvieron que acarrear sus propios bultos. En Filadelfia se instalaron en la habitación 843 del Sheraton, y allí vieron por primera vez la televisión, que apenas había comenzado a funcionar en España. «Es distraída», anotó Ortiz de Landázuri en su cuaderno.

A partir de entonces asistió a las sesiones del Congreso de Medicina Interna, con la precaución de ir a misa antes. La cena le sirvió para confirmar la impresión de días atrás: «¡Qué pena estos pensionados!», escribe. Tras la cena asistieron al concierto de la Filarmónica de Filadelfia, y aquí expresa su emoción frecuente –FORMIDABLE– con letras mayúsculas.

El día 25 fue su intervención en el congreso. «Estuve regular!!», dice. Y luego se refiere a sus charlas con don Carlos sobre España: «Charlamos mucho de España con don Carlos. ¡Qué formidable! Pobre España tan mal defendida por los españoles». Al día siguiente hace una observación sobre la Medicina que empieza a presentarse ante sus ojos: «Es una medicina telegráfica. Realmente es otra cosa lo que ahora se lleva». Y más adelante: «Es un problema la medicina actual».

Le impresiona, el domingo, la misa en Filadelfia: «Qué hermosura ver la Iglesia llena de fieles y todos oír la misa y comulgar. ¡Qué ejemplo! Para que luego digan. Menudo ejemplo de los católicos de EEUU!!»

Su admiración se desplegaba ante la magnitud norteamericana: «Fue un viaje de Filadelfia a Atlantic City formidable, tardamos dos horas ya que fuimos despacio. Menudas carreteras!! Comimos los ocho en el restaurante que se llama El Cangrejo». Quién sabe si aún perduraban los recuerdos de su tesis doctoral sobre las carencias en la nutrición cuando escribía: «Langostas. Menudas raciones». Se alojaron en el Hotel Claridge, también formidable. «Menudo hotel!!» Ese día, después de descansar un rato, bajaron a tomar el té y bailaron «una pieza». Luego cenaron con otros matrimonios.

Se iba emocionando con lo que veía del trabajo en los Estados Unidos: «Es hermoso ver qué pueblo más trabajador y más consciente. Todos oyendo y qué bien presentado. Tiene mucho mérito y es digno de aprender».

El día 29 comienza su diario exultante: «¡Día de alegría! Qué bueno es D. Carlos». Ese día viajaban en coche cama de Filadelfia a Chicago. Fueron a cenar al coche restaurante y, cuando acabaron, mientras las mujeres se instalaban en sus compartimentos, quedaron conversando los dos solos: «D. Carlos me habló de Pamplona. No le parece mal! Me dijo era difícil dar un consejo! Qué formidable cuando le dije no se lo pedía. Sino que lo interpretara en su verdadero sentido. Le produce una cierta ilusión mi cambio».

Cuando despertó a la mañana siguiente, pasó varias horas contemplando con curiosidad el paisaje. Luego llegaron a Chicago, que le encantó: «A las 9 en un taxi recorrimos Chicago. Qué preciosidad de ciudad. ¡Menuda ciudad! Qué bonita la fila de rascacielos. Qué grandeza de ciudad».

De allí volaron a Rochester, para conocer la Clínica Mayo, donde les esperaba Grande Covián. Apalabraron una visita al centro hospitalario para el día siguiente, pero fueron después a verla desde el coche: «Menuda Clínica Mayo», apunta don Eduardo en su cuaderno. Cenaron en el hotel, acompañados del doctor Hogdson y su esposa, y quedaron a las siete y cuarto del día siguiente para la visita a la Clínica. Se admiraba de cómo trabajaban: «¡Qué pueblo más recio, serio y trabajador! ¡Es formidable! Cuánto tenemos que aprender».

Con el doctor Hogdson fueron a la Clínica Mayo para asistir a una sesión clínica que comenzaba a las siete y media y trataba sobre problemas del aparato respiratorio. Su impresión del edificio de cinco plantas dedicado a la investigación queda registrado así: «A las 8 y media recorremos el pabellón de investigación. ¡¡Qué maravilla de aparatos, de animales, de personas, de orden!!»

Por la tarde visitaron un hospital metodista, que también le pareció formidable. Y de allí salieron hacia el aeropuerto. La llegada a las ocho y diez a Chicago le permitió ver la extensión de la ciudad plagada de luces: «¡Es formidable ver Chicago iluminado!», escribe. En el tren de las diez y veinte salieron para Buffalo. A las ocho de la mañana del día 2 de mayo, viernes, les despiertan en el tren. Desayunan y a punto están de pasarse de estación. «Buffalo, escribe, causa al principio impresión de ciudad pequeña, pero luego se cambia. Cogimos un taxi, y nos fuimos, después de dejar las maletas en consigna, a la estación de autobuses para ir a las famosas cataratas del Niágara». Era una lógica concesión al turismo, la inevitable visita, estando tan cerca, a una de las maravillas de la naturaleza. El viaje en autobús fue «estupendo»; pero el juicio sobre la comida en Niágara fue menos elogioso: «En Niágara comimos, por cierto regular y caro. Se come realmente un alimento bueno, pero poco condimentado». Y deja pendiente la consideración del asunto con quien era para él una autoridad en la materia: «La cocina en Estados Unidos –anota casi en telegrama–. Preguntarlo a Laurita».

A la una y media tomaron el autobús para ir a ver las grandiosas cataratas, pero debido a que don Carlos y su mujer no tenían el visado necesario, sólo pudieron verlas desde el lado norteamericano. Quizás en parte por eso, le pareció «un espectáculo hermoso, pero no excepcional».

De regreso a Buffalo mejoró su impresión de la ciudad. De las cosas que vio en una vuelta por la ciudad destaca: «a) gente sana y agradable; b) estatua de Italia a Colón; c) templo masónico; d) monjas y gran edificio de la Diócesis Católica; e) estupenda cena en Statler». Se refería en el último punto al Hotel Statler en el que se alojaron: se ve que la cena compensó la pobre impresión del almuerzo de Niágara.

El día tres estaban otra vez en Nueva York. Llegaron a las ocho, y media hora después asistieron a misa. Después fueron a comprar juguetes para los niños: «A Manolito una máquina de retratos. A Mari Lauri un reloj; para los demás triciclo, construcción y pequeños juguetes». Más tarde en la librería McKanner –«formidable librería»– se gastaron una buena cantidad en libros. Cenaron con unos amigos –los Usano– una carne especial «formidable». Y a continuación fueron a ver CINERAMA, otra novedad del momento, que por supuesto resultó «formidable» también. Luego tomaron un helado en el Astoria, atendidos por un camarero mexicano.

El día 4 era domingo y se levantaron algo más tarde. Fueron a misa de diez a la Catedral de San Patricio. Era misa mayor: «Formidable –escribe–. Qué emoción. El Cardenal Spellman estaba en su sitial. Qué estupendo. Hay muchos y muy buenos católicos». Luego, desayunaron y prepararon el equipaje. Comieron y vinieron unos amigos a buscarlos para visitar a la familia de otro médico español que llevaba varios años en América.

Resulta paradójico, pero Ortiz de Landázuri, que sólo conocía el descanso por referencias, escribe de este colega: «Resulta asombroso que lleve una vida tan peculiar, que trabaja tanto que sólo descansa los sábados y domingos». Refiriéndose a los anfitriones subraya: «Ella es muy buena y él también debe de ser», aunque le parece «algo impaciente». Y en las aclaraciones al dibujo que muestra la disposición de los comensales en la cena –«que fue formidable»– indica que la hija mayor «estudia filosofía» y es «algo existencialista» y que la pequeña «toca muy bien el piano».

Después marcharon a Radio City en donde ofrecían un espectáculo de ambiente español –«¡Cuánto de España en Nueva York!», escribe–. Luego les ofrecieron una película de «una muchacha de 17 años norteamericana. Menudo problema el de la niña»; esa es la última anotación del día.

El día 5 de mayo madrugó para poder acudir a misa, manteniendo el hábito que había adquirido de no dejar de asistir a ella ningún día. Gestionaron los papeles para el regreso y tuvieron algunas reuniones con médicos y diplomáticos: se habló, entre otras cosas, de la posible llegada de la monarquía. Ya al atardecer, otra reunión con médicos jóvenes queda plasmada en estas palabras: «¡¡La juventud española está trabajando mucho y es firme!! Pero tienen miedo al futuro. Muy dura la vida ahora. Don Carlos los anima y como siempre: ¡¡España, España, España!!» Luego, en la cena, uno de los comensales se refiere al Opus Dei y a la Escuela de Medicina de Pamplona. «¿Quién va a ir de internista?», preguntan a don Carlos. Don Carlos –sin mencionar que esta última cuestión ha quedado prácticamente resuelta en una sobremesa de la cena del expreso de Filadelfia– se limita a hablar, con respeto y afecto, del Opus Dei.

El día 6 de mayo, después de tantas experiencias interesantísimas, embarcaron en el Independence en los muelles de Manhattan. A las doce el barco soltó amarras e iniciaron el regreso: tanto en el muelle como a bordo se vivía la emoción, el desgarro de las despedidas, la separación definitiva o transitoria de tantas vidas, de tantos misterios. Media hora más tarde el barco, camino de la mar abierta, pasa ante la Estatua de la Libertad. El barco ofrecía buena comida, tenía biblioteca, disponía de cine, permitía agradables ratos de descanso tomando el sol en las tumbonas de las cubiertas… Le gustaron a don Eduardo las prácticas de salvamento con salvavidas. «Resultó muy bien», anota escuetamente. La película del segundo día de navegación le hace pensar «en el Drama americano: LA FAMILIA –escribe con mayúsculas y subrayando–. Es enorme el problema de los padres y los hijos».

El 8 de mayo el viaje continúa apacible; parece que el Independence apenas se mueve; hasta llegan a olvidarse de que están en un barco. Conversan, con confianza, el maestro y él: «Fue una larga conversación con D. Carlos. Formidable. Hablamos de la Institución –escribió, refiriéndose a la Clínica de la Concepción– y de Pamplona (…) y D. Carlos me dijo que ha pensado en mí para cuando él faltase de la Institución. Se lo dijo a Obrador. Este se quejaba del futuro y entonces dijo que cuando falte D. Carlos qué pasaría, y dijo D. Carlos el futuro es el (que) quieran los jefes. Sí, pero Vd. debe decir alguien, y entonces dijo Ortiz de Landázuri». «Qué bueno es D. Carlos. ¡Quién sabe! ¡Lo que Dios quiera! Ahora a Pamplona es lo que parece seguro. A D. Carlos le he contado todo, la conversación con Jiménez Vargas».

Ese deseo de don Carlos de que él fuera su sucesor se lo confirmó casi veinte años más tarde el neurocirujano Sixto Obrador, compañero de estudios de la Facultad, con quien en 1977 coincidió en el tren camino de Madrid. Estaban en vísperas del décimo aniversario de la muerte de don Carlos, y después de recordarlo, Obrador le dijo que en 1955 Jiménez Díaz le había dicho:

– Si me pasa algo, quiero que me sustituya Eduardo. Obrador quiso saber por qué don Carlos deseaba que le sustituyera Ortiz de Landázuri, y don Carlos respondió:

– Por el entusiasmo que tiene.

El día 9 se cruzaron con el Constitution, buque gemelo del Independence. Y el 10 pasaron ante las Azores. Le parecieron bellísimas: sobre todo la isla central, cuyo cumbre estaba cubierta de nieve.

El día 11 siente que están llegando: «He hablado con D. Carlos de Pamplona y ha sido menos explícito. Ha puesto unas condiciones. Si mi labor científica persiste en Pamplona con un buen anatomo-patólogo y un buen bioquímico y bacteriólogo. Lo tremendo es que me quedé sin misa. Me dormí. Qué pena. Vamos llegando, vuelven los problemas y qué complejidad es todo. Dios mío ayúdame!!»

Pocas horas después atracaron en el puerto de Algeciras. En el equipaje traían el aparato científico con el que, unos meses más tarde, se inició en España –en la Clínica de la Concepción– la cirugía de corazón abierto. El doctor Morata –Paco Morata– los esperaba en el muelle.

Llegó el momento de comunicar a sus íntimos la decisión de dejar la brillante situación granadina por un futuro incierto que le iba a exigir recomenzar a sus cuarenta y ocho años. Entre los amigos más cercanos estaba el profesor Rafael Gibert, con quien pensaba que tenía una deuda de gratitud en cierto modo impagable. Rafael Gibert oyó estupefacto la decisión de don Eduardo. Quizás se le acumularon en la memoria de pronto tantos recuerdos que habían entretejido la amistad: Eduardo fue, por decirlo así, la primera mano amiga que se les tendió a él y a Sara María, su mujer, cuando llegaron a Granada, una ciudad desconocida para ellos, en cuya Universidad Rafael iba a ocupar la Cátedra de Historia del Derecho, ganada en oposición frente a un candidato local. Eduardo había sido el amigo en cuya casa encontraron la hospitalidad generosa encarnada en aquellas cenas proseguidas con tertulias que se dilataban hasta bien entrada la noche; a él le debían la salud de su única hija María Teresa, a la que don Eduardo aplicó un tratamiento intensivo de penicilina, entonces tan escasa y costosa.

Todavía más: años atrás Eduardo había disuadido a Rafael de trasladarse a la Universidad de Santiago de Compostela, cuando Rafael pensaba que podría ser más productivo trabajar cerca del profesor Álvaro d’Ors –al que admiraba–, que había creado una excelente biblioteca en la Universidad gallega… Ortiz de Landázuri se había empleado entonces a fondo haciéndole ver que en Granada, donde había menos tradición y menos medios, estaba su sitio; y le había convencido; y ahora, él, precisamente él, le estaba diciendo que pensaba trasladarse a un Estudio General –ni siquiera Universidad todavía–, dejando toda la labor en marcha en Granada. El profesor Gibert le devolvió todos los argumentos uno por uno y fue añadiendo otros para que revocara su decisión. Debió apretar fuerte porque don Eduardo, del que sólo recordaba gestos de apacible amabilidad, le dijo de pronto:

– Mira, Rafael, por ahí no.

Lo dijo con tanta seriedad que Gibert tuvo la convicción íntima de que, si seguía adelante, ponía en riesgo su profunda amistad. Y calló. Después de un silencio, Ortiz de Landázuri le relató la historia de su padre; y Gibert descubrió que existía allí un profundo sentido del deber, un insondable sentido de la lealtad que a él se le escapaba, pero que tenía que respetar. Y vio que se le desvanecían los plácidos días de Fuentehonda y, sobre todo, la cercanía de aquel amigo cuya separación física le dolería profundamente.

Se iba despidiendo personalmente, sin proclamar su decisión, pero las cosas no eran tan fáciles. A fines de junio recibió un oficio del Rectorado en el que le comunicaban que por orden del Ministerio, fechada el 6 de marzo, se le nombraba Vicerrector de la Universidad. El cargo había quedado vacante al jubilarse don Adelardo Mora, y el rector, don Luis Sánchez Agesta, lo había propuesto para sucederle. Don Eduardo fue a ver al rector para agradecerle esa muestra de confianza y para renunciar al nombramiento: no le parecía lógico ocupar ese puesto para dejarlo pocos meses después. «El rector no comprendía –escribió don Eduardo en uno de sus manuscritos– que ‘renunciara a su carrera universitaria, dejándolo ‘todo’, para ir a una ciudad sin antecedentes universitarios, con una familia numerosa». Intentó disuadirle. Y le dijo:

– Mira, tú tomas posesión del Vicerrectorado y después haces lo que quieras.

Y añadió:

– Date cuenta de que yo voy a irme a la Cátedra de Derecho Político de Madrid y que es muy probable que tú puedas ser el próximo rector. Aquí puedes desarrollar todas las ideas que te llevan a Pamplona.

Don Eduardo le contestó que, aunque sólo tenía motivos de satisfacción en Granada, ya había tomado la decisión por razones profundas. No obstante, accediendo a la petición de Sánchez Agesta, tomó posesión del Vicerrectorado al que renunció por escrito en vísperas de partir para Navarra.

Los padres de la Compañía de Jesús, cuando se enteraron de que dejaba Granada, lo invitaron a comer para darle las gracias por sus atenciones como médico durante el tiempo que vivió en la ciudad.

Don Eduardo se despidió del Colegio Mayor del Albayzín clausurando el IX Curso Internacional de Verano con una conferencia que pronunció el 18 de septiembre sobre el tema «Maestros y discípulos», en la rotonda del jardín del Colegio Mayor, en la que había intervenido tantas veces, y en la que había estado mezclado entre el público en otras muchas ocasiones. Lo presentó el capitán general, Álvarez Serrano, aunque asistían también varias autoridades académicas. Todo aquello tenía un sabor agridulce: el sabor de la despedida.

Comenzó subrayando la importancia del asunto. Explicó que un maestro tiene varios discípulos: los que aún cursan la licenciatura, aquellos que han concluido los estudios, los doctorandos, el adjunto de la cátedra, el encargado de clases prácticas, los colaboradores que constituyen el equipo…; a todos ellos debe proporcionarles una formación técnica y humana. El discípulo, continuó el que todavía era vicerrector de la Universidad de Granada, debe «ser», con virtudes en esencia y sin contenido; el maestro, en cambio, debe «tener», para dar el contenido a las virtudes del discípulo. El discípulo tiene que ser leal –a sus convicciones, a su sinceridad, a su deseo de aprender–, emprendedor –con audacia, con noble ambición, con ilusiones– y trabajador. El maestro ha de poseer criterio –para saber ordenar, indicar y definir–, espíritu de dedicación, hasta el sacrificio, y sentido del orden.

Añadió que no se podía ser ya discípulo de un solo maestro, sino que había que serlo de una escuela. Consideraba necesaria la posibilidad de contar con un equipo de maestros, de modo que fuera posible ir de uno a otro, recogiendo sus orientaciones dentro de una unidad de criterio, que daría el estilo al equipo. Manifestó que, a su juicio, el verdadero maestro no es el que informa sobre muchos conocimientos, sino el que forma dando criterio al discípulo sobre estos conocimientos: más que a la cantidad, el maestro debe tender a la calidad.

Luego se extendió sobre las relaciones entre enseñanza e investigación. Observó que el maestro debe conocer la vida interna del centro de investigación en el que trabaja, debe percibir la inquietud humana de los seres unidos allí para aprender hechos humanos. Y debe cuidar también para que en ese conjunto haya dinamismo, para que no se degenere en una rutina que llevaría a la ineficacia. Ahora bien, la eficacia, explicaba, no es la lucha de unos grupos con otros, sino el resultado de una actitud: la decisión de hacer lo que se deba a pesar de todas las trabas. Y con estos presupuestos, el discípulo, continuaba, llegará a su término lógico: su conversión, a su vez, en maestro.

Luego, en aquella tarde, una de las últimas del verano de 1958, una de sus últimas tardes de la etapa granadina, en aquel rincón del Albayzín perfumado por el aroma de los jazmines, escuchó la ovación en la que autoridades, colegas y estudiantes quisieron comprimir el respeto, la admiración y el profundo cariño que supo granjearse en los doce años que transcurrieron en Granada. Quedaban pocos días para organizar la marcha hacia Navarra.

Y en esos días, antes de salir para Pamplona, recibió otro impulso que le llenó de alegría: «Nunca puedo olvidar, escribió años más tarde a Teófilo Hernando, cómo en 1958 cuando estando en la Universidad de Granada decidí venir a Navarra, D. Gregorio (Marañón) me escribió una carta que siempre conservo en la que con su magistral precisión me daba alientos para seguir adelante». Marañón, al que tenía tanta estima, había sido uno de los visitantes de la casa de Fuentehonda; su carta , fechada el 22 de julio, decía así:

«Querido Ortiz de Landázuri:

»Desde luego, sabía ya su decisión de trasladarse a Pamplona, pues es asunto, dentro de la vida universitaria, importante y muy comentado. Claro es que se le juzga de distintas maneras, aunque siempre partiendo de la irreprochable conducta de usted en toda su vida, universitaria, profesional y personal.

»Desde que lo supe, juzgué su decisión con apasionada adhesión, que ahora le reitero después de su cariñosa carta. En primer lugar, creo que esta decisión, en las condiciones materiales y espirituales en las que está usted colocado, supone una independencia de criterio y una valerosa confianza en la vida, que no puede sino producir el respeto entre sus amigos.

»Pero, además, estoy firmemente convencido de que la anquilosada Universidad española no tiene más posible remedio que la creación de escuelas libres, jóvenes y sanas. Cierto que el remedio sería peligroso, si se abriera excesivamente la mano en el permiso para estas novedades. Pero nada es peor que el anquilosamiento pedantesco. Y, no hay que decir, que esta Escuela navarra por los designios de su fundación —aunque sólo conocidos imperfectamente por mí— y por los resultados que ya se van viendo, me parece que puede clasificarse entre las realidades que puedan influir beneficiosamente y acaso definitivamente, en la transformación de la vida espiritual y de la eficacia de nuestra Universidad.

»No le deseo, por lo tanto, suerte en su aventura, porque creo que la obtendrá (…); y porque sólo es aventura en apariencia, sino valentía antirrutinaria, que siempre acaba bien.

»Pero por si pasara usted aún momentos de duda, sepa que tiene usted aquí un amigo, que en todo momento sabrá fortalecerle en su convicción y fortalecerla con éxito. No habrá lugar a ello.

»Con mi gratitud por su confianza y atención, y con muchos saludos a su señora y en nombre de la mía, le envía un cordial abrazo su buen amigo

Gregorio Marañón».

En el Austin, que había sustituido al antiguo Citroen «pato», la familia se trasladó a Pamplona, a donde llegaron el 25 de septiembre de 1958. Laurita llevó en brazos, durante todo el viaje, la imagen de la Virgen que había comprado el año 1948 en la tienda de antigüedades de don Juan Vidal, en El Realejo, y que había estado en la consulta de la calle de San Antón y en Fuentehonda.

La marcha de Ortiz de Landázuri desató los comentarios y las cábalas. Algunos que le conocían poco, y sólo se fijaban en su éxito profesional y económico, comentaron:

– ¡Cuánto le pagarán!

Los que le conocían bien y sabían cuánta generosidad había en aquella decisión, sintieron el desgarro de su partida, y le vieron marchar con un gran respeto y una admiración profunda. Laurita pensaba que el motivo fundamental de su decisión era ayudar al fundador del Opus Dei a sacar adelante la Universidad de Navarra, cosa que le atraía y en la que puso todo su entusiasmo.

Don Eduardo no tuvo valor para despedirse de don Adelardo Mora, su ángel tutelar, que tantas veces le había repetido: «Quien ha comido el pan de Alfácar, ése ya no se marcha». Aquella máxima no rezaba con él.