Nota introductoria a la 3ª edición

Cuando Jesús Urteaga me propuso escribir la primera biografía de don Eduardo Ortiz de Landázuri, puse una condición: que me permitiera incorporar al proyecto a mi gran amigo y colega Pedro Lozano Bartolozzi; quería que Pedro –observador y escritor de talento– compartiera conmigo este encuentro con don Eduardo que, a primera vista, prometía ser benéfico para ambos, como en efecto lo ha sido. Cuando Urteaga dijo que sí, pusimos manos a la obra.

Decidimos que, sin disminuir la valía científica de don Eduardo, su biografía no podía quedarse en un trabajo convencional: la personalidad del biografiado, cuyo recuerdo estaba tan vivo en aquel momento, no merecía una biografía «neutra» o descarnada. Pero también teníamos claro que todas y cada una de las referencias del libro deberían basarse en datos ciertos, en fuentes sólidas; en suma, nos negamos a imaginar, a relatar cualquier cosa que no se basara en hechos probados.

Iniciamos la investigación entrevistando a varias personas; principalmente al Prof. Juan Jiménez Vargas, que –al publicarse la primera versión de este libro– estaba ya internado en la habitación 703 de la Clínica Universitaria de Navarra. Nos enfrentamos también a una copiosísima documentación –lo que don Eduardo calificaba como «Entrevistas»– que se guardaba en el semisótano del Edificio Central de la Universidad de Navarra. Tuvimos, además, la suerte de contar con algunos documentos excepcionales –conservados inicialmente por Manolo, el hermano mayor de los Ortiz de Landázuri, y luego por él mismo–, que doña Laura Busca (Laurita), su viuda, puso a nuestra disposición.

También conversamos con más de un centenar de personas que, por una y otra razón, lo habían conocido. Quizás sea éste el momento de dar las gracias nuevamente a quienes nos ofrecieron su testimonio, y de pedir excusas a quienes no lo solicitamos. Es evidente que se podría haber acudido a muchos más, pero era necesario ganar tiempo para cumplir con las urgencias editoriales, y porque trabajábamos sin abandonar las ocupaciones profesionales, utilizando los fines de semana y renunciando a una parte importante del tiempo de vacaciones.

Con tales elementos se produjo este libro, que es fruto de una investigación sólida, pero que quisimos presentar como un texto fluido; intentando que en él hubiera estructura y ritmo, arquitectura y melodía.

El manuscrito inicial lo leyeron unas pocas personas; entre ellas nuestro colega de la Facultad de Comunicación de la Universidad de Navarra, el profesor José Antonio Vidal-Quadras, que escribió en la última página un estimulante ‘¡Bravo!’. Lo leyó también don Eduardo Guerrero –ex gerente de la Universidad de Navarra, lector infatigable, dotado de un fino paladar para los libros– que dijo: ‘¡Es él!’. Laurita, la viuda de don Eduardo, con quien los autores adquirimos una deuda impagable, respondió a una llamada mía, en el verano de 1993, que el libro le parecía ‘¡Estupendo!’ Esas tres valoraciones resultaron muy estimulantes.

Entregamos algunos de los primeros ejemplares al Doctor Manuel Martínez Lage y al notario Javier Nagore, que intervinieron el 12 de mayo de 1994 en la presentación del libro en un hotel de Pamplona ante una concurrencia desbordante. Días antes de aquel acto le pregunté a Martínez Lage si había leído la biografía, y me respondió –no olvidemos que es de Betanzos– de un modo enigmático e inquietante: «Ayer estuve en Salamanca y me lo he leído de arriba abajo en el viaje. Pero no te voy a decir nada del libro hasta que hable el día 12: porque voy a ser muy hiriente».

Las palabras de Martínez Lage nos sirven hoy para presentar esta nueva edición.

Don Eduardo, como biografiado, desbordó nuestras expectativas: no sólo conocimos detalles de su vida inéditos para muchos de nosotros, que daban la medida cabal de su talla espiritual y humana; sino que, además, pudimos advertir la huella imborrable que dejó en multitud de gentes, al ver las reacciones que suscitaba con sus cartas. Al leer la correspondencia que recibía, pudimos percibirlo como reflejado en un espejo; como hemos escrito en una de las páginas del libro, «al igual que al contacto de la mano del artista vibran las cuerdas adormecidas del arpa, así parecían vibrar los resortes más íntimos del alma de muchos destinatarios, que respondían con cartas sentidas y confiadas».

En cierta ocasión le pedí a don Ignacio Orbegozo, que ejerció como médico antes de ser sacerdote y obispo de Chiclayo, alguna aclaración y algunos recuerdos relevantes para esta biografía. Me contestó diciendo que se alegraba de que se escribiera, y que sería buena «aunque se escribiera con los pies». Algo se ha escrito «con los pies», desde luego: yo he cruzado España para entrevistarme con decenas de gentes –a veces en reuniones casuales «en las aceras», como escribe Martínez Lage–, y para impregnarme de la atmósfera de los lugares de su vida: la calle de José Zorrilla y la Academia de Artillería de Segovia; la plaza de Santa Bárbara, donde estaba el domicilio familiar, la Facultad de Medicina en San Carlos, y los hospitales en que trabajó en Madrid; el Hospital de San Juan de Dios y la nueva Facultad de Medicina de Granada; la entrañable casa de Fuentehonda, en el término de Cájar, a la vera del camino de Monachil; el Hospital Psiquiátrico de Navarra, donde estuve con su hijo Eduardo, que reproduce siempre, con sus ceras de colores, la casa de la finca granadina…

Pero los pies no bastaban: el libro requería talento y corazón, inteligencia y amor; todo eso nos ha venido de los testimonios de las personas entrevistadas, y hemos de decir que ningún testimonio ha resultado inútil. Con esos testimonios hemos tratado de hacer una fotografía de cuerpo entero de don Eduardo, sin edulcoraciones que lo pudieran desfigurar: en esta tarea la mayor parte del mérito corresponde al propio biografiado. En toda la vida de don Eduardo Ortiz de Landázuri hay un aliento profundamente varonil que no deja espacio para la edulcoración: su vida entera desprende un halo de reciedumbre; y su proverbial cariño nacía de una fuente de energía vigorosa. No hubo en su vida almíbar o dulzonería; hubo en cambio un desbordante amor a Dios y a su familia, trabajo, entusiasmo, ternura, carácter y virtudes. Desde su juventud Eduardo Ortiz de Landázuri fue un hombre de fe, leal, trabajador, infatigablemente generoso.

Dije antes que este libro se ha escrito con amor. Cuando regalamos un ejemplar de la primera edición a nuestros queridos Ana y Luka Brajnovic, puse como dedicatoria: «Para Ana y Luka, con todo afecto, esta historia que, a fin de cuentas, es una historia de amor». Creo que en ese momento hice explícita la esencia de esta biografía, que es una hermosa historia de Amor y de amores, que hemos tratado de escribir con amor.

Don Eduardo murió el 20 de mayo de 1985. El 19 de marzo de 1998 el Postulador general del Opus Dei solicitó al Arzobispo de Pamplona que introdujera su Causa de Canonización. El 11 de diciembre de 1998, cumplidos previamente los trámites necesarios, se celebró en la sacristía de la catedral de Pamplona la primera sesión del proceso diocesano de virtudes. El 28 de mayo de 2002 tuvo lugar la clausura del proceso diocesano, y enseguida se envió la documentación correspondiente a la Congregación para las Causas de los Santos. Laurita Busca Otaegui, su viuda, no pudo estar presente en este acto: el Señor la llamó el 11 de octubre del año 2000.

La Clínica Universitaria y la Facultad de Medicina de la Universidad de Navarra crearon en 1999 la Lección Conmemorativa «Eduardo Ortiz de Landázuri», que se viene celebrando anualmente con la participación de médicos eminentes de todo el mundo.

Para la tercera edición de este libro hemos introducido pocas variaciones: el cambio de título de un capítulo, ciertas aclaraciones para mejorar la comprensión de algún pasaje, y algunos datos nuevos basados en los testimonios de su mujer e hijos, o en los de otros testigos que han intervenido en el proceso diocesano de su causa.

ESTEBAN LÓPEZ-ESCOBAR

Pamplona, 9 de enero de 2003

Don Eduardo: servicio, amor y sacrificio

(Palabras de J. Manuel Martínez Lage pronunciadas en la Presentación del libro, en Pamplona, el 12 de mayo de 1994, actualizadas e incorporadas por los autores a esta nueva edición.)

Quienes me conocen bien pueden compartir conmigo la alegría y el júbilo que siento al hacer esta presentación. Esteban López-Escobar puso en mis manos un ejemplar de este libro, que es una auténtica novela de amor. «El médico amigo» produce de inmediato conmoción en todo aquel que comienza su lectura. Yo confieso paladinamente que, por ser largamente esperado, leí el libro de un tirón en un viaje que realicé en taxi de Pamplona a Salamanca y regreso. He vuelto a leer el libro un par de veces y estoy convencido de que, con relativa frecuencia, seguiré leyendo esta biografía que, como ha dicho José Antonio Vidal-Quadras, hace reír y hace llorar, lo que es garantía de que es un buen libro. Pero además, da que pensar, y esto permite decir ya que la bondad de este libro tiene grado superlativo. Esta historia novelada de don Eduardo acaba con un sinfín de tópicos que, con frecuencia, se aplican a héroes y santos, genios y carismáticos. Está escrita con amenidad y objetividad, con lenguaje sencillo, directo, llano y coloquial.

El ejemplar que me regaló Esteban tenía una cariñosa dedicatoria: «Para Manolo Martínez Lage, este libro que le hará revivir una historia inolvidable». En efecto, página a página, el lector revive una historia irrepetible. Una historia que tuvo lugar en Pamplona, en sus calles y plazas, en medio de las gentes que en ella vivíamos entre octubre de 1958 y mayo de 1985, fecha en que don Eduardo se nos fue al cielo. Esta historia novelada de don Eduardo elimina lugares comunes e incluso pone en duda teorías neuro biológicas que parecían firmemente asentadas. Revivir un olor traslada a uno a una escena anterior, quizá ocurrida muchos años atrás, con todo género de detalles, lugar, fecha, ambiente, compañía y circunstancias. Es una experiencia psicobiológica bien común. Es una función cerebral rinencefálica conocida hasta en pequeños detalles de biología molecular. Revivir una historia es, habitualmente, evocar recuerdos donde la memoria, el dato, el esfuerzo intelectual domina al eco afectivo y la reacción emocional. Se activa el circuito neuronal de engramas remotos y no entra en juego, por lo común, el sistema límbico, sede de la urdimbre vivencial y existencial. Pues bien, deformidades profesionales aparte, la lectura del libro de Esteban López-Escobar y Pedro Lozano Bartolozzi enciende mente y cerebro, pensamiento y afecto, sentimiento y reflexión, recuerdo y trascendencia, contingencia y necesidad.

Tengo la firme convicción de que muchos otros, con más autoridad y conocimiento que yo, porque trataron más a don Eduardo y porque le quisieron mucho más que yo, harían más justificadamente la presentación de este libro. Probablemente, hay muchos entre los que le confiaron el cuidado de su salud o la de sus familiares que tienen más autoridad moral para escribir este prólogo.

No quiero adentrarme más en este preámbulo sin antes expresar mi agradecimiento por el regalo literario y espiritual que este libro significa para mí y para los numerosísimos lectores que va a tener. Estas gracias van dirigidas en primer lugar a los autores por haberlo escrito con ese mimo elegante que da la mejor calidad del personaje biografiado, y con esa sana e infantil –por falta de prejuicios– convicción de creer a pies juntillas en él, en su vida y en su obra. Mi agradecimiento se dirige también a Jesús Urteaga, director de la Colección Biografías Mundo Cristiano, por el pleno acierto de plasmar la historia viva de don Eduardo en un libro y por el rotundo éxito al habérselo encomendado precisamente a López-Escobar y Lozano, que han consagrado un nuevo género literario. Con la extensa realidad con que retratan a tan excepcional personaje, informando y no inventando, superando la categoría narrativa, conduciendo al lector a imitar al personaje, crean un estilo impresionista realmente nuevo. En este tiempo de parálisis antropológica, de orfandad ética –como ha afirmado Alejandro Llano– y de inmunodeficiencia religiosa –añado yo–, es un regalo de Dios el contar con una biografía como la que el lector tiene en sus manos.

Don Eduardo, como afirmé en alguna ocasión, fue demostración de fe en la empresa y dispensador de valores de amistad y de esperanza. Aquí aparecen las razones de su creer, amar y esperar. Cuando me refiero a un nuevo género literario, se me ocurre catalogarlo como el de la biografía cinemática, fuente perenne de perfeccionamiento humano y sobrenatural de todos cuantos lean o mediten este libro.

«Fons canit vitae laudem murmure suo», reza una leyenda en el monumento a los faunos en Villa Borghese de Roma, escrita por Calatti en el siglo XIX «La fuente canta la alabanza de la vida con su murmullo». Este libro, fiel reflejo de toda la urdimbre afectiva de don Eduardo, será loa continua a la vida –con mayúsculas– por el rumoroso eco que deja en el lector. No es exagerado decir que va a dejar en muchas conciencias tanto poso como en muchos de nosotros depositaron aquellos clásicos que fueron Cuerpos y almas de Maxence van der Meersch, y La incógnita del hombre de Alexis Carrell.

Yo no vine a Pamplona como «ortiziano». Mi locura de aterrizar aquí en 1959 fue jimenista. No me encuadraba yo dentro de la Medicina Interna, sino que vine a iniciar las andaduras del Departamento de Neurobiología creado por el primer Decano, Profesor Jiménez Vargas. Pero, a los pocos días de estar aquí, era ya landazurista incondicional. El entusiasmo universitario de Eduardo Ortiz de Landázuri marcó mi vida. Una mañana soleada y primaveral de un sábado de 1960, al iniciarse la solemne sesión clínica semanal en nuestra facultad, aquella actividad académica que representaba la mayor etiqueta universitaria, don Eduardo anunció, sentado en primera fila, no subido a la tarima, el programa y los ponentes de aquel día. Casi al final de estas palabras introductorias dijo: «Hablará también hoy Manolo Martínez Lage, ese joven en quien no sabemos aún (él empleaba el plural mayestático con gran autoridad y gran oportunidad) si hemos de admirar en él lo que sabe, lo que aparenta saber o la permanente osadía profesional de que hace gala».

¿Será por esta osadía inveterada, por esta caradura rayana en la insolencia, por lo que Esteban me pidió que presentara este libro? ¿O será que su exquisito espíritu quiere darme cancha para que haga público mi enamoramiento de don Eduardo? Esteban fue conociendo esta pasión a través de fortuitos encuentros en las aceras de la avenida de Pío XII mientras preparaba el libro. «Tenemos que hablar de don Eduardo», me repetía con cierta indiferencia. Y yo ¡zas!, le espetaba en cada ocasión, entusiasmado, una anécdota, una experiencia, una valoración o una enseñanza recibida de don Eduardo. Me escuchaba con paciencia y cierto senequismo. ¿Cuál no sería mi sorpresa al comprobar que todos aquellos testimonios –para mí informales y prodrómicos de una entrevista formal– están recogidos con detalle en el libro? Estoy seguro de que esta técnica de la entrevista peripatética soterrada ha sido utilizada por Esteban con otros muchos que han aportado testimonios personales a este libro, incluso con los que dicen que «de todo lo que conté a Esteban no aparece nada en el texto». Ya lo creo que aparece, pero han gustado los autores de ahorrar citas farragosas porque su obra es biográfica y no historiográfica. Además, creo yo, que así han respetado el pudor que muchos manifestaron sentir de pronunciarse en público sobre don Eduardo.

Evidentemente, no puedo referirme en modo alguno a todos los capítulos que constituyen el libro. Mi primer ejemplar está repleto de notas escritas al margen, observaciones a pie de página o fichas complementarias de pasajes diversos. Los autores me han pedido que, como si se tratara de una novela policíaca, no destripe el argumento ni descubra al asesino… Aunque sea a regañadientes, cumplo con pulcritud con su ruego. Porque ¡mire usted que es difícil que no se cuente aquella anécdota o aquel rasgo distintivo del hijo, marido, padre, médico, profesor, universitario…! ¡Con lo que yo viví a su lado!, piensan muchos por dentro. Además, he oído decir a algunos, el libro es «poco penetrante, poco espiritual». Apostillas de ésta y otra estirpe han ido surgiendo de diversas personas. Los autores han huido decididamente de escribir una hagiografía, al menos de manera intencionada. Digo al menos de manera intencionada puesto que, al final, muchos lectores van a quedarse con la impresión viva y real de haber leído la vida de un santo.

Lo extraordinariamente atractivo del libro es que se deja a cada lector, a cada lectora, que descubra por sí mismo a un don Eduardo nuevo en las páginas del libro, como la misma poesía que no se puede explicar sino que se descubre por uno mismo. Los autores dan aliento para entrar a leer su libro e incentivan la lectura. Trazan una vida y dejan rienda suelta a la imaginación del lector. Arrancan su afecto hacia el personaje para que cada lector lo consolide en la lectura sosegada. Escapan deliberadamente de toda documentación histórica, pero machaconamente insisten una y otra vez en los rasgos sine quae non don Eduardo sería irrelevante, no entraría en la historia ni sería imaginable su beatificación (sí, sí, su beatificación): las cuatro personas –su padre, don Carlos Jiménez Díaz, Laurita su mujer, y san Josemaría– «sin las cuales don Eduardo es inexplicable».

Su vocación médica nata y no innata, que se hizo en él hasta adquiridamente genómica; su vivencia de ver a Cristo en cada enfermo por vocación cristiana; su comprensión exigente; su infatigable trabajo que ha llevado a decir que, a lo largo de su vida, había trabajado por tres hombres; su entusiasmo, su abnegación: su furor-amor universitario de un hombre apasionadamente enamorado de esta institución, de todas las instituciones universitarias; de un hombre con una permanente sonrisa, paradigma del entusiasmo que derrochaba en abrazos, saludos y apretones de manos por doquier; su lealtad, heredada de su progenitor; su sentido de la amistad; su magisterio médico y su magisterio de la vida; su espíritu de servicio permanente; su estudio como pasión.

He querido titular estas páginas de presentación con tres palabras –servicio, amor y sacrificio– que representan todo un reto para compendiar las virtudes capaces de anidar y ser cultivadas por el ser humano. Don Eduardo prestó servicio a todos porque sirvió en todo. Su hoja de méritos de servicio a los hombres, a la familia, a los enfermos, a la universidad, es completa y repleta. Su servicio fue un obsequio para todos cuantos tuvimos la suerte de convivir con él. Su servicio, su afán de servicio, que nunca fue ni servilismo ni servidumbre, fue prestación humana que satisfacía su necesidad de demostrar el amor que sentía por los demás, sin esperar nada a cambio.

Su amor, pristinamente definido, fue un sentimiento que le movía a desear que la realidad amada, persona, facultad, universidad, hospital, enfermo, etc., alcanzara siempre lo que él juzgaba que era su bien, procurando que este deseo se viera cumplido y llevara el gozo a los demás como bien propio, solamente por el hecho de saberlo cumplido. Ese amor de don Eduardo por los demás fue el secreto de que todos, absolutamente todos cuantos le conocieron, le amaran como persona excepcional y llevaran a proclamar este amor todavía por doquier. Es una de las cosas importantes que el libro de Esteban y Pedro viene a recordarnos. Servicio, amor y sacrificio. Don Eduardo fue un hombre sacrificado por excelencia, él ofreció su vida por Dios, por su familia, sus enfermos, sus estudiantes, sus amigos, sus maestros, etc. No exagero al afirmar que su espíritu de sacrificio llegó a alcanzar dimensiones de actos sacerdotales.

Para don Eduardo «el enfermo siempre tiene razón», como nos recuerda uno de los capítulos del libro. Pero él lo decía en el sentido de que el enfermo guía al médico cuando le cuenta su verdad, cuando precisa ser escuchado por el médico horas y horas, cuando percibe que estar a la disposición del enfermo es el inicio del tratamiento. Don Eduardo sabía que había que darse a los enfermos, que había que involucrarse afectivamente con ellos, gastarse con ellos desde un punto de vista emocional, vivir su enfermedad y vivir también su muerte. Se podría llamar también a don Eduardo «el médico divino, el médico mítico», como algunos autores han empleado para otros excelsos personajes de la medicina.

Don Eduardo jamás sucumbiría en brazos de la moderna tecnología del hiperracionalismo contemporáneo, de la medicina robotizada, signo de un abismo que nos amenaza. Si seguimos el ejemplo de don Eduardo —y para ello puede servirnos el tener este libro en la mesilla de noche y echarle una ojeada muy a menudo—, la medicina, nuestra medicina, retornará siempre a ser humana, amiga y divina, «pues ésta es la consigna sempiterna de la vida, el fluir amoroso a la esencia de la que ha tomado siempre sus raíces, como escribía Juan Rof Carballo —gran amigo de don Eduardo— en una hermosa tercera página de «ABC».

No han escrito Esteban y Pedro el retrato de un hombre santurrón, sujeto de sacristía, chupacirios ni nada parecido, porque don. Eduardo no era nada de esto. Él —insisto— todo lo hacía por amor, «a base de cariño», como él a menudo afirmaba. Y el cariño de don Eduardo por algo o por alguien era comparable al del avaro por su oro, al de una madre por un hijo, al de un ambicioso por los honores… ¿Recordáis ese punto de Camino? Su sentido del deber era tal que no cambió la hora de un examen que coincidía con la retransmisión por televisión de una final de Copa de Europa que iba a ganar el entonces glorioso Real Madrid.

Al mismo tiempo, don Eduardo fue un hombre dócil, un hombre FIAT, si se me permite el socorrido acróstico: fiel, inmolado, alegre o amoroso, trabajador. Su saludo era el elogio, con ocasión y sin ella; su servicio, disponible a cualquier hora. Que se lo pregunten si no a aquel taxista al que reconoció médicamente de manera discreta en el mismísimo bar de la estación de Renfe, esperando la salida del tren ya entrada la noche, porque le comentó que sufría lumbago… Él fue «ingeniero y obrero de una facultad de medicina y de su Clínica Universitaria en un auténtico oasis providencial cuya vegetación cuidaba día a día trayendo el agua desde el manantial de la oración y el altar». Su vigor físico y moral, olímpico y maratoniano, era emulación permanente. Fue un hombre que con bruta expresión reventaba caballos en sentido hípico, en lo que se refiere a su capacidad de trabajo.

Contrariamente al que es escéptico de la virtud de los demás, escondiendo así sus defectos propios, don Eduardo siempre creía en los valores de los otros y, con ocasión y sin ella, lo exteriorizaba. Don Eduardo, como otros muchos personajes de la historia, tuvo un porqué para vivir y por eso encontró el cómo. El porqué lo recibió de san Josemaría Escrivá, el cómo lo labró él mismo.

La capacidad moral de don Eduardo vino dada por su capacidad de entusiasmarse y entusiasmar. Como escribí en un diario nacional en 1986, don Eduardo, discípulo predilecto y sucesor in pectore de don Carlos Jiménez Díaz al frente de su Fundación y Clínica de La Concepción en Madrid, incrustó para siempre en nuestra Facultad de Medicina y nuestra Clínica Universitaria el linaje y la autenticidad del maestro y la eterna dimensión universitaria. Esculpió un espíritu y un estilo. Desde aquel discurso que pronunció el 20 de mayo de 1931, a sus 20 años, con ocasión del monumento levantado a Cajal en el patio de la facultad madrileña, en el que de una manera apasionada afirmaba el amor hacia la universidad –el santo amor hacia la universidad–, cinceló en piedras y personas, en mentes y corazones el hábito de la autoeducación permanentemente inacabada a la luz de un concepto cristiano de la vida. Esa es la púa sobre la que siempre ha girado la aguja de la brújula que movió la vida de Ortiz de Landázuri.

Desde 1958, quienes todavía arrimamos el hombro en esta auténtica epopeya que es la Facultad de Medicina de la Universidad de Navarra, sentimos el perenne proceso espiritual y estilístico de los primeros tiempos que imprime, por ósmosis, el estigma del comienzo en cada persona que viene a formarse o a prestar sus servicios en la Clínica Universitaria. Así, comprobamos a diario cómo el enfermo gana fe en el médico, porque no desmaya en su enfermedad, cómo mantiene su esperanza en él y no se desencanta. Así también, los médicos sentimos bienestar porque vamos haciendo mejor nuestro trabajo, a diferencia de esos ambientes tecnificados en los cuales «el hacer mejor las cosas es sentirse afectivamente peor». ¿Cuántos de nosotros podemos decir –parafraseando a alguno– que los sueños de ayer no eran más que quimeras pero que actualmente son más que recuerdos?

Leyendo esta biografía, se hacen auténtica realidad aquellas palabras pronunciadas por don Álvaro del Portillo según las cuales «la Clínica Universitaria de Navarra será tanto más eficaz cuanto más nos enamoremos de Dios y sepamos ver en los demás al mismo Cristo, haciéndolo todo por Él, cuidando hasta los más pequeños detalles, para que el Señor premie nuestra abnegación concediéndonos abundantes bendiciones para nosotros y para los enfermos, lo que nos llenará a todos de alegría y de paz para seguir realizando verdaderas curaciones de cuerpos y de almas».

Don Eduardo, cuya capacidad de hacer discursos y cuyas dotes retóricas eran escasas, sufría en ocasiones una espectacular transformación. Yo, osadamente, llamaba a este fenómeno «la bajada de la paloma» refiriéndome a que comenzaba a ser inspirado por el Espíritu Santo. De pronto, en un acto de final de carrera, en una asamblea de Amigos de la Universidad, en la inauguración de un edificio, en una conferencia ante profesores universitarios, alcanzaba una claridad de expresión, una riqueza de pensamiento y de lenguaje y una penetración de ideas que deslumbraba a todo el público. Creo que esto ocurría mayormente en cuanto le invadía, diría que físicamente, el amor por lo que estaba haciendo. «En el amor, la constancia es necesaria, la fidelidad es un lujo». De una y otra estuvo preñada la vida de don Eduardo. ¿Adquiriría este don ya en sus años juveniles en el Instituto de Segovia oyendo de labios de su propio autor los hermosos versos de Antonio Machado?

Moneda que está en la mano
quizá se deba guardar,
la monedita del alma
se pierde si no se da.

Don Eduardo fue a la vez discípulo y maestro. Él, que pensaba que el verdadero maestro no es el que informa sobre muchos conocimientos, sino el que forma dando criterio, nos enseñó a todos las relaciones entre docencia e investigación y nos inculcó que había que hacer lo que se debía, a pesar de cualquier traba. Con esos presupuestos, los que en la vida y en la medicina hemos sido sus discípulos, continuamos llevando adelante su ideal: convertir a nuestros propios discípulos en auténticos maestros. En la vida inmolada de don Eduardo, Dios atendió la plegaria que Hutchison hizo en su día y que Francisco Errasti recordó con ocasión del jubileo de plata de la Clínica Universitaria en 1986: «Señor, líbranos del celo excesivo por la novedad/de anteponer la cultura a la sabiduría/la ciencia al arte/la inteligencia al buen sentido/de curar a los enfermos como si fueran enfermedades/de hacer la curación más penosa que la persistencia de la enfermedad».

A mucha gente, aun con buena voluntad, no le salen las cuentas ni entienden las claves ni las últimas razones de nuestro estilo universitario. Les pasa como a aquel periodista finlandés que atendió Carlos Soria. No entendía nada de lo que veía en la Universidad de Navarra hasta que «reparó en el remate del Edificio Central, en el sello en piedra de la Universidad de Navarra: el arcángel San Miguel embraza un escudo con las cadenas de Navarra y pisa sin miedo, con la ayuda de una recia lanza, a Lucifer. Pisa con firmeza todas las miserias, todos los errores, todos los espantos. Es el compromiso de nuestra inteligencia, de nuestras manos, de nuestra sensibilidad universitaria, con la luz de las cosas verdaderas, con el sentido humano y solidario de la vida, con la misericordia de la cabeza y del corazón». ¿Puede alguien dudar que don Eduardo gozó especialmente de la ayuda y protección de San Miguel?

No me resisto a callar que don Eduardo no hacía todos aquellos servicios y sacrificios amorosos de manera espontánea y natural. Más de una vez le oí confesar que le gustaría ascender a las montañas los fines de semana como tantos otros amigos y compañeros. Pero, para él, lo primero era lo primero. Su mayor insatisfacción, creo que su más abnegado servicio, fue renunciar a la brillante carrera universitaria, docente e investigadora, para la que estaba dotado y preparado. Estoy seguro de que él hubiera preferido dedicar toda su infatigable actividad a la enseñanza, al trabajo de la investigación. Sin embargo, las circunstancias le colocaron en una continua labor de gobierno en la facultad y en la universidad. Dando muestras de un inequívoco afán de servicio, se vio obligado a reducir el estudio que le apasionaba para realizar la fatigosa gestión de dirección. Es en este sacrificio que llevó a cabo, donde se me antoja que podemos encontrar especialmente las motivaciones de las condecoraciones que recibió en vida y las condecoraciones que ha recibido en el cielo.

Don Eduardo vivió y murió amando. Don Eduardo vivió y murió obedeciendo. Cuando su cadáver fue velado en el Oratorio de la Facultad de Ciencias, a las pocas horas de haber fallecido, eran muchas las personas que, con serenidad y respeto, rezaban ante él. En aquel Oratorio, tuvo lugar la primera misa corpore insepulto que celebró Juan Antonio Paniagua. Su homilía fue un paralelismo plutarquiano entre san Josemaría y don Eduardo. Salvando todas las distancias de carisma y santidad entre uno y otro, don Eduardo emuló al santo Fundador del Opus Dei en fidelidad, humildad, alegría, entusiasmo, vida cristiana, abandono en las manos de Dios y vida de infancia espiritual.

Serán muchísimos los que, al concluir la lectura de este libro, entonarán un te Deum y dirán: a usted, don Eduardo, y a doña Laurita Busca de Ortiz de Landázuri, de todo corazón, gracias, muchísimas gracias.

J. MANUEL MARTÍNEZ LAGE