De 10 a 12 años

Es un período de aparente tranquilidad, en el que se puede avanzar mucho en la educación. Hay una nota predominante de estabilidad, y no suelen presentarse más problemas que los derivados de la pereza y el capricho, salvo que haya conflictos familiares o dificultades claras de aprendizaje.

La disposición psicológica de esta edad (claridad, estabilidad de carácter y confianza) es óptima para percibir rectamente los conceptos morales, y un buen momento para asentar la formación de la conciencia. Hay toda una serie de virtudes que resultará mucho más fácil adquirir antes de los 12 años. Por eso hay que acometer con la mayor anticipación posible la formación del carácter, antes de que sea tarde y haya cristalizado en defectos difíciles de superar.

El chico de estas edades suele ser inquieto y movido. Le gusta explorar, curiosear, descubrir, entrometerse. Se pregunta de continuo el porqué de cada cosa. Observa con atención a los adultos, los estudia con mirada penetrante, hace radiografías de cada gesto, de cada reacción, de cada modo de hablar.

Es fácil verle alzar la voz o buscar con ansiedad el protagonismo. Tiene, por naturaleza, el deseo de atraer la atención sobre sí. Es travieso e incansable. La actitud ante sus trastadas deja enseguida su huella en el carácter del chico. Si se le hace frente con demasiada rigidez se suceden continuos episodios de irritación; si se dejan pasar, su forma de actuar cristalizará en un carácter molesto y prepotente. Acertar en un juicioso término medio entre ambas actitudes extremas es un continuo reto para su educación.

A estas edades se presenta con gran atractivo la fuerza física, la habilidad deportiva, el riesgo, etc. Le gustan los juegos competitivos, el deporte en grupo y la aventura. Da mucha importancia a lo que opinan de él y es muy sensible a los estímulos. Hay que saber apoyarse en esos sentimientos propios de la edad para ayudarle a superarse en su mejora personal: se trata, por decirlo de alguna manera, de poner a su amor propio del lado del bien.

No suele buscar aislamiento. Le gusta gravitar en torno a los demás, estar con todos, aunque a veces manifieste deseos de independencia. Necesita ser observado, apreciado, llamar la atención, sentirse útil. Si esas actitudes saben aprovecharse, son enormemente eficaces para la formación. De lo contrario, con facilidad pueden llevar a la envidia o a la crueldad, a excluir del trato a unos y ser posesivo con otros, etc.

Se ha de encauzar positivamente su fuerte inclinación hacia la amistad y el compañerismo, ayudándoles a entender que esos valores suponen entrega a los demás, espíritu de colaboración y servicio, de lealtad y solidaridad.

Es un buen momento para educar la laboriosidad, de modo que arraigue el hábito de un trabajo serio y ordenado, que le preparará para vencer la tendencia al desorden y la desgana que aparecen con la pubertad.

Habitualmente procura decir la verdad, pero si se le hace demasiado difícil puede acostumbrarse a mentir: es una etapa importante para consolidar su educación en la veracidad y necesita apoyo. Es especialmente peligroso que una excesiva severidad le dificulte ser sincero.

A esta edad empieza ya a ver a los adultos con otros ojos, de menor admiración y mayor sentido crítico. Censura su comportamiento y sus palabras. Existe una mayor suspicacia que le hace encontrar defectos donde antes no los veía, y a manifestar cierto ánimo discutidor, a gritar o a contestar de forma atrevida.

La aparente crisis en la obediencia en esta edad se suele deber a que reclama con más frecuencia que le expliquen los motivos para obedecer. No suele cuestionar la autoridad de los padres, profesores o preceptores, sino que simplemente le hiere todo lo que él percibe como arbitrariedad. Posee un profundo sentido de la justicia, y con frecuencia pide explicaciones de lo que no considera razonable. Le molestan mucho la acepción de personas, las trampas o cualquier tipo de discriminación. Es necesario enseñarles a obedecer con motivaciones positivas. Importa mucho explicarles el “porqué”; no basta señalarles el “qué” y el “cómo”.

A esta edad el interés por los temas sexuales procede en buena parte de la curiosidad. Por esa razón, es el mejor momento para abordar una buena educación sexual que le permita afrontar después, con más serenidad, los cambios que sobrevendrán en la adolescencia. Hay que explicarle las cosas con detalle, destacando la relación entre lo biológico y su sentido más profundo. Es importante llegar a tiempo, cuando comienza a plantearse estas cuestiones, y sobre todo, adelantarse a otras explicaciones poco recomendables que pueden llegarle por otros medios. Si no obtiene de forma natural lo que su curiosidad infantil le plantea, es fácil que recurra a algún compañero algo enteradillo, o se interese por determinados vídeos o programas de televisión. Entonces esas primeras impresiones viciadas enturbian desde el inicio su percepción de la sexualidad.

La falta de madurez afectiva le lleva frecuentemente a comportamientos aún bastante infantiles. Hay que estar pendientes de esos pequeños defectos que se traslucen en su comportamiento diario, y ayudarles a corregirlos: comodonería, pereza mental, irreflexión (provocadas a veces por el refugio permanente en la televisión, videojuegos, etc.), terquedad, superficialidad, egoísmo, tendencia a engañar o a hacer trampas, afán de quedar siempre bien y tener siempre razón, falta de lealtad con los amigos, actitud hipercrítica o victimista, tendencia a excusarse constantemente o a no admitir los propios errores, manías, caprichos, etc. Es necesario hacerle pensar sobre los detalles que observemos y darles ideas y motivos para esforzarse en practicar de modo positivo esas virtudes.