De 13 a 14 años

En este período entran en la pubertad, un proceso de maduración en el que aparentemente predominan los aspectos negativos sobre los positivos.

La falta de armonía en el crecimiento físico, la aparición de los caracteres sexuales y el desfase entre el crecimiento físico y la madurez psicológica puede ser lo más característico de esas edades.

Con una cierta interiorización de los valores, el chico va descubriendo su conciencia y su propia intimidad. Manifiesta un gran deseo de conocerse y desarrolla un fuerte sentido crítico negativo, acompañado por una desconfianza generalizada, que suele tener su raíz en la propia inseguridad. Muchas veces, su enfrentamiento con personas o situaciones es, sobre todo, autoafirmación.

Es preciso estar atento para ayudarle a evitar complejos. Una buena atención personal le ayuda a conocer sus buenas cualidades, como punto de apoyo de su seguridad personal, y a ponerlas al servicio de los demás. Con un sentido optimista y positivo en los medios de formación, los chicos aprenderán a aceptar sus propias limitaciones y a conocer sus defectos, que es la primera condición para luchar por superarlos.

La inseguridad personal provoca igualmente hipersensibilidad y sentido del ridículo que, paradójicamente, van acompañados de un vivo deseo de libertad, autoafirmación y autosuficiencia, que lleva en ocasiones a rechazar la autoridad. Importa mucho educar en y para la libertad, unida siempre a la responsabilidad personal. Resulta imprescindible la paciencia, la fortaleza y una gran confianza hacia él.

También es propio de la edad la tendencia a distanciarse de sus padres y gravitar más en torno a sus amigos. El sentido de la amistad aún no está maduro y suele manifestarse con facilidad en tendencia al gregarismo, con una poderosa influencia de la pandilla. Importa mucho conocer el ambiente de los amigos para aconsejarles con acierto y procurar que se ayuden entre ellos. Es una buena ocasión para fomentar el ejercicio de la libertad personal, frente a las presiones externas.

A veces disfraza su inseguridad de prepotencia, insolencia o rebeldía. Estos comportamientos se enmarcan dentro de su proceso de autoafirmación, deseo de independencia y búsqueda de seguridad en el grupo: son rebeldes en grupo, pero individualmente saben comportarse.

Tiene necesidad de estar ocupado, de hacer ejercicio físico y de dominar su imaginación. Por eso es oportuno fomentar el deporte, excursiones, campamentos, aficiones manuales, lecturas amenas y de calidad, etc. Hay que ayudarle a que no se aísle en un mundo imaginario, pues los diferentes mecanismos de evasión típicos de la edad -refugio en la fantasía, inmersión total en la música, etc.- le pueden conducir a la apatía o al pasotismo.

Se producen notables fluctuaciones en el estado de ánimo, a veces unidas a cierta agresividad, falta de constancia, decaimiento y cansancio, que provocan descensos bruscos en el rendimiento. En estos casos puede estar pasivo durante temporadas más o menos prolongadas. Lo mejor es actuar de forma preventiva, fomentando la virtud de la laboriosidad, ayudándole a trabajar todos los días y apoyarse en la amistad con Dios en la oración, que será una excelente ayuda para superar esas fluctuaciones.

Aparece el razonamiento abstracto, el gusto por la discusión y por el trabajo en equipo, que conviene aprovechar. Interesa fomentar la delicadeza en el trato y el espíritu de servicio, los encargos en la familia y en el Club, y cuanto le ayude a combatir el egoísmo y a ganar en solidaridad.

Es preciso insistirle en la importancia de la higiene personal, del aseo diario, y al terminar de hacer deporte.

El educador no debe dejarse intimidar por lo que aparentemente tiene de negativa esta etapa. Ha de tener paciencia para encauzar, corregir y ayudar a madurar (no podemos olvidar que se trata de una crisis de crecimiento), fomentando el optimismo y el espíritu deportivo, y ofreciendo motivaciones grandes, que den sentido a lo que debe hacer.