Aspectos en los que conviene incidir

Que crezca en conocimiento propio es el primer paso para mejorar. Ha de conocer lo positivo y lo negativo de su carácter y su conducta, aceptarlo, y después esforzarse por mejorar, sin caer en el conformismo ni en el perfeccionismo.

Enseñarle a ser coherente con sus ideas en cualquier lugar y situación, sin miedo al ambiente o modas negativas. Apelar a la autenticidad, la unidad de vida o la valentía siempre tiene fuerza ante un adolescente.

Atender con profundidad y realismo a su educación afectiva y su educación sexual. Es preciso abordar estos temas con tiempo, adelantándose a la manifestación de sus dudas y preocupaciones, y formando muy bien la conciencia para que trate estas cuestiones con naturalidad, de modo que no se sienta culpable por cosas que son normales ni justifique comportamientos equivocados.

Buscar la estabilidad en el desarrollo de las virtudes humanas. La práctica de las virtudes fortalecerá su voluntad, lo que le permitirá ser verdadero dueño de sí mismo (necesario para darse a Dios y a los demás, pues no hay que olvidar que las virtudes humanas son fundamento para las sobrenaturales). Habrá que desarrollar, principalmente, las virtudes de la reciedumbre, sobriedad, laboriosidad, sinceridad, pureza, pudor, lealtad y afabilidad.

El estudio ocupa un lugar primordial en la formación del carácter. Es preciso lograr que sea una persona trabajadora y responsable, y no centrar la atención sólo en el resultado académico. Conviene ayudarle a que no entienda el estudio como una simple obligación que ha de aceptar con resignación, ni como un simple modo de ganarse la vida o de reforzar su afirmación personal, sino más bien como un servicio a Dios y a la sociedad, una oportunidad de ayudar a las personas que le rodean, una exigencia natural que le lleva a hacer rendir los talentos que ha recibido; etc.

Ayudarle a que practique en el trato con sus amigos las virtudes que se le enseñan. Es preciso estar atentos a la influencia que recibe de sus amistades, especialmente si todavía tiene poca personalidad, es algo inseguro o tiene una baja autoestima. Ha de aprender a decir “no” cuando sea necesario, y a tener suficiente personalidad para ayudar a sus amigos, aunque obren equivocadamente, con ganas de echarles una mano, que le hará entender el sentido del apostolado cristiano.

En la educación de la fe y de la piedad, habrá que atender -igual que en cualquier otra faceta de la educación- tanto a la inteligencia como los sentimientos y a la vez darle razones para creer, motivos para luchar y ayuda para adquirir los hábitos positivos necesarios para avanzar en ese camino. Han de descubrir la alegría de vivir en gracia, y plantear siempre de modo atractivo la cercanía con Dios.

Es importante explicarles a los chicos del modo más oportuno, que necesitan ahora aún más de sus padres; es preciso tratarle si cabe con más afecto y respeto. Algunas actitudes de los educadores facilitan una adolescencia tranquila:

  • Escuchar las razones del hijo con verdadero interés.
  • Razonar más las normas familiares y seguir criterios claros.
  • Aconsejar sin sermonear.
  • Darle una cierta participación en las decisiones que afecten a la familia.
  • Exigirle responsabilidad en sus encargos.
  • Dejarle libertad en lo que es más opinable: aficiones, ropa, música…
  • Castigar lo menos posible y siempre de modo constructivo.
  • Paciencia y cariño.
  • No vivir en casa “virtudes tristes”.
  • Apelar a su valentía, responsabilidad y libertad.